Literatura

Mirar el abismo: cuando el dolor pide silencio y la libertad exige palabras

Black circle
Círculo negro de Kazimir Malevich, 1924

Este no es un alegato a favor de la publicación de El odio, de Luisgé Martín, apoyado en el socorrido recurso de citar obras canónicas de la historia del arte o la literatura. No intentaré revestir de legitimidad estética lo que, en su esencia, es una pregunta mucho más incómoda: ¿tiene una sociedad el derecho —o incluso el deber— de enfrentarse al mal en estado bruto, sin filtros ni anestesia?

Vivimos tiempos en los que la censura ya no se impone a golpe de decreto, sino bajo la forma más insidiosa del paternalismo moral. Se la disfraza de compasión, de respeto a las víctimas, de sensibilidad institucional. Me pregunto si esa “sensibilidad” no es otra cosa que miedo: miedo a lo que ciertas obras podrían revelar sobre nuestra condición, sobre nuestros límites, sobre el vacío que se asoma cuando dejamos de mirar desde la comodidad de lo soportable y nos adentramos en el territorio de lo insoportable.

La literatura no es un acto de indulgencia; es un campo de batalla donde las palabras abren heridas y, a veces, las cierran. No hay lectura inocente, como no hay pensamiento inofensivo. El odio reconstruye el asesinato de Ruth y José, dos niños de seis y dos años, a manos de su padre. Lo hace desde una perspectiva radical: la mente del asesino, explorada por el autor a través de un intercambio directo. La madre de los niños, Ruth Ortiz, ha solicitado la paralización del libro, y la editorial Anagrama ha suspendido temporalmente su distribución mientras valora las posibles consecuencias legales. Así, el libro queda en vilo, suspendido no por el juicio crítico del lector, sino por un eventual veto legal, social o emocional.

Desde la empatía más absoluta hacia Ruth Ortiz, cuya pérdida no admite comparación posible ni consuelo alguno, conviene trazar una distinción fundamental. Una cosa es el lugar del duelo. Otra, el lugar del derecho. Comprendo su petición de detener la publicación del libro; en su situación, probablemente habría hecho lo mismo. Pero precisamente por ser ella una de las víctimas directas de este crimen atroz, su voz —aunque dolorosamente legítima en el plano humano— no puede ser la voz que determine los límites de lo decible en el espacio público. El dolor no puede ser criterio jurídico. Ser víctima otorga muchas cosas: dignidad, respeto, reparación. Pero no confiere la prerrogativa de censurar la mirada del otro.

Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.

Regístrate gratis

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

7 comentarios

  1. Nunca necesité una dois de LSD, incluso pasé de fumar porros, porque la vida que nos oferta la sociedad actual, desde los años veinte del siglo XX en especial, dan para alucinar por colores sin necesidad de otras drogas que las naturales (las incorporadas naturalmente al ciclo vital de nuestra vida).

    Y, leído el texto, uno se pregunta en que sacrosanto sanedrín se decide lo que es literatura y no. Algo así como meterse en la retina el famso plátano del Cattelan, y sentirse perdido por los abismos de un cierto infierno dantesco, a la hora de dilucidar lo que es o no arte.

    Yo me lei el A sangre fría del Capote y no me pareció que hablara mucho de las intimidades de la familia masacrada. Aparte de que el tal Truman no era protagonista de la novela y siempre fue más vividor que literato. Lo que no quita su valía como escritor. Pero también el Marqués tiene sus adictos… Y pienso que como asesino lo hizo mejor que el puto Bretón… a fin de cuentas, como pasa con Nerón, lo que se dice de los malos, ya muertos, suele estar muy pasado de rosca.

    Ahora nos venden que un asesino casi en serie, buscando (supongo) los réditos económicos de un libro editado …e incluso los amoríos típicos USA de un buen killer… pero debemos preservar su sacrosanto derecho a publicar lo que quiera… incluso si no son hechos demostrados (una vez publicados hay que joderse!!!).

    Y valga como adelanto, tal como hace la autora del texto comentado, que soy partidario de publicar todos los Mein Kamp que se tercien, incluso las memorias de un terrible Stalin, siempre que no cueete intimidades de sus innumerables víctimas. De la suyas que comenee las que sean… allá sus jodidos lectores.

    Pero hay que reconocer que yo siempre antepongo los principios éticos a las leyes de los humanos, pero puede que sea un simplón anticuado, amante de las reflexione griegas sobre las cosas, sin dejar de pensar en sus implicaciones éticas.

    Pero como con el arte del plátano, e incluso de la metamasturbación sexuala, todo anda demasiado prostituido, para reivindicar algo de lo pensado en las épocas más lúcidas del Imperio Romano, por ejemplo.

    Ah, Marco Aurelio, si te hubieras preocupado más de la educación de Cómodo, que de cortar cabezas a los germanos, cual desbocada Daenerys de la Tormenta… por muchas reflexiones sesudas que no pudieras escribir.

    Lo dicho, no es defender la ética de una Ruth, es la ética de la humanidad lo que está en juego. Eso que malhizo la revolución Francesa, cuando se centró ene el derecho los ciudadanos (burocrático), en vez de la dignidad del hombre (y la mujer, sobre todo de la mujer… que ya el Sócrates la dejara muy d elado). Un cambio de prioridades, que tanto le convenía a la burguesía triunfadora. Porque el problema no empezó con el trumpismo, ya viene de muy atrás. Y empezó en Europa!!!

  2. Gonzalo Franco Revilla

    Qué claridad de exposición y de análisis de Marina. Gracias.

  3. A estas alturas, según parece, aún es necesario darle vueltas a ciertas cosas. La madre está sola. Monstruosamente sola. Este libelo (así llamado porque tiene el propósito lateral de escarnecer a la víctima que queda viva) quiere que lo esté aún más. Y sacar a relucir la Libertad de expresión es absurdo. No hay una brizna de debate, de conocimiento, de posibilidad de profundizar en la supuesta propuesta literaria. El tema central es una esfinge sin secreto, con la dolorosa obviedad de acciones que son a la vez monstruosas y memas. Creo que libros como el adversario o magnetizado tenían otras variables en la ecuación, pero incluso así pienso en los familiares de los taxistas leyendo el libro de Busqued y me invade una sensación extraña. En resumen: no creo en la urgencia, ni en la necesidad, ni en la honestidad de esta monserga. Me parece un truco barato, sobre todo en un momento en el que hay miles de temas urgentes. Puede ser que este libro sea una manifestación menor del fin de la literatura, a la que, obviamente, le queda poco. Y si esto es lo que da de sí, no habrá mucho que lamentar.

  4. Pingback: Una mal entendida libertad - Jugo

  5. Creo que es el mejor artículo que he leído al respecto de este asunto. Enhorabuena.

  6. Pingback: El derecho a la palabra frente al dolor: literatura y libertad de expresión - Hemeroteca KillBait

  7. Pingback: Sobre retirar El odio del mercado – Jotaí

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*