
Cuando juego a rol lo hago con un catálogo completísimo de imágenes y recursos cinematográficos en mi cabeza. Llegado el momento, me es imposible no poner en boca de mis personajes ciertas frases o chascarrillos de película en según qué diálogos —yippee ki yay suele ser de los más recurrentes—, o utilizar movimientos y coreografías espectaculares de una peli de acción para volver más épicos los combates, o hacerles esbozar imaginativamente gestos y muecas teatrales de mi actor o actriz favorita con los que dramatizar la toma de una decisión importante o la adquisición de un dato revelador. Son instantes que dotan de una intensidad de vida y color particular las imágenes que se crean durante la partida.
No hay duda de que el séptimo arte es una fuente de documentación básica para jugar a rol y que incluso determina muchos aspectos de nuestra vida diaria.
No solo el cine es una fuente de inspiración para jugar a rol. Como ya escribí en otro artículo, la lectura de novelas suele venirme muy bien también. En este caso, me resultan muy útiles para poder recoger ideas con las que crear aventuras nuevas o para crear escenas dentro de una campaña cerrada. El poso de la lectura, el avance reposado por las páginas de un texto largo consigue que en mi mente vayan calando ideas que al cabo de varios párrafos hacen desbordar mi imaginación con posibilidades espectaculares y prometedoras.
Ambos, el cine y la literatura, son dos formatos que funcionan de manera muy diferente dentro de lo que ofrecen al universo del rol. Los veo como el padre y la madre que tratan de educar a un hijo. Los dos son necesarios, fundamentales y complementarios, pero cada uno cumple un papel y un momento diferentes. Uno centrado en el orden y la disciplina y el otro en la explosión del juego y la anarquía. Uno para lo espectacular, el otro para la organización a medio y largo plazo.
Pero como sucede en toda infancia, siempre existe la figura de ese adulto que nunca queremos que se marche de casa o de la que celebramos con histerismo una nueva visita. El familiar que no destaca por traer siempre regalos o bolsas de chuches o por ser el más juguetón. No. Simplemente se trata de una persona envuelta en un aura de misterio y magnetismo que nos hace sentir bien cuando estamos a su lado. Encaja perfectamente con lo que buscamos y soñamos de niños sin saber muy bien qué es.
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