
A la vista de una serie de documentos sobre la biografía de Christine Lavant, especialmente las cartas que rescatan su grandiosa y tortuosa historia de amor con el pintor Werner Berg, la obra de la escritora austriaca toma un nuevo rumbo. Si antes era magnífica, ahora es aún mejor.
La noticia era que no se hubieran traducido los versos de Christine Lavant. Una poeta nacida la última de los nueve hijos que habían tenido un minero y una costurera en el valle de Lavant, en Carintia, donde Austria se junta con Eslovenia. Una poeta cuya vida, desde muy niña, había estado marcada por la pobreza extrema, la enfermedad extrema y una extrema religiosidad también. Una poeta que vivió una corta vida, pero lo suficiente como para ver dos guerras mundiales. En medio de tanta adversidad, dicha criatura decide que quiere escribir. Que no quiere ser otra cosa que escritora. Que aunque tenga que realizar tareas de subsistencia ella será sencillamente alguien que escribe. ¿Cuál será el resultado de dicha resolución?
En España se habían publicado sus Notas desde el manicomio en errata naturae, con traducción de Nieves Trabanco. En México, Lorel Manzano tradujo La niña para Auieo (Mandrágora). Y que no se pudieran leer los versos de Christine Lavant en español dejó de ser noticia el año pasado, con la edición de Libros de la Resistencia: una selección y traducción de Izaskun Gracia Quintana. «Quería que hubiera versos que representaran cada una de las etapas de su vida», explica desde Alemania. Y así es.
Al principio fue la escrófula, una especie de tuberculosis cutánea que le afectó severamente el pecho, el cuello y la cara hasta casi quedarse ciega. Después vendría el primer episodio de neumonía, con tres años, que se repetiría hasta volverse casi recurrente. En 1927, tras un episodio de tuberculosis pulmonar, fue tratada de forma experimental e intensiva con rayos X, una terapia que tuvo éxito, pero dejó secuelas. Una infección le provocó una sordera casi total en un oído. El resultado es una niña, más que enfermiza, constituida por la enfermedad, que nunca pudo acompañar o seguir el ritmo de las clases ni de los juegos a sus compañeros. Se replegó en la interioridad del hogar, de la familia, de la religiosidad, de ella misma y de la escritura, hasta hacer de esta última su forma, y casi su única forma, de estar presente en el mundo.
Primera caída del caballo: la literatura
En la presentación de la mencionada recopilación, el pasado otoño en la librería Alberti de Madrid, el poeta y ensayista José Luis Gómez Toré dijo que fue uno de los maestros de Lavant el que le regaló a aquella niña los versos de Rilke. En el Frankfurter Allgemeine Zeitung, Norberto Hummelt habla de un médico del hospital de Klagenfurt… No es tan importante. Lo que es significativo es que cuando Christine Thonhauser (lo de Lavant llegaría después) conoció la poesía, la poesía la conoció a ella, la poseyó.
Escribía y leía febrilmente, mientras tejía, porque algo había que hacer para sobrevivir. «[…] debo pelar cantos rodados/cuando la sed y el hambre me atormentan —dice en sus versos— y la luna se asemeja a una ciruela». No era suficiente para no llegar a ser una extraña en su medio. Con la adolescencia llegaron también las primeras depresiones. Tras un fracaso editorial, destruyó sus textos y pidió el ingreso voluntario en un hospital psiquiátrico de Klagenfurt en 1935… para poder escribir a gusto. De esos meses surgieron las Notas de un manicomio, que se publicaron después de su muerte y donde relata su experiencia. «»Solo quiere escribir poesía», dijo una voz aguda desde la ventana. Todos rieron […]. Tendría que haber contado con ello cuando pedí el ingreso aquí. ¿Qué esperaba? ¿Curarme? ¿Pensaba realmente que cierta cantidad de arsénico tomada con regularidad daría sentido a mi vida? ¿Qué aquí podrían volverme hermosa, o al menos valiente y feliz?». Porque, eso sí, Christine no solo quiere escribir a pesar de todas las dificultades, es que a pesar de las dificultades también quiere que la quieran. Ante los elaborados diagnósticos y soluciones del tipo búscate un trabajo, búscate un novio, escribe: «Todos tienen algo de razón cuando se refieren a un amor desdichado, pues ¿qué amor es más desdichado que ese que nunca se requirió y nunca se probó?».
En las páginas de este libro de apuntes, Lavant desarrolla su ideario: «Al principio fui tierra, luego piedra, luego un árbol y una flor…». Son palabras, figuras y símbolos que atraviesan su producción poética también, junto con el sol y las estrellas. Todo sacado de un imaginario natural que observaba y del que hizo su compañero de vida y de letras. Y esa operación la repite en términos religiosos: sus ángeles, su Dios, son presencias constantes y encarnadas a los que adorar, pero a las que su desesperación pide cuentas: «¿Por qué, si hay ángeles, no hay ninguno que tenga la obligación de impedir aquí en la tierra cosas que solo deberían suceder en el más profundo de los infiernos? Os escribo esto con palabras corrientes, lo escribo como cualquier otra cosa, y en realidad debería romper las paredes piedra a piedra y lanzarlas una a una contra el cielo para que alguno de ellos se diera cuenta de que aquí abajo tiene obligaciones».
Pero, ¿qué está pasando aquí? El canon oficial habla de una escritora, una poeta sobre todo, anclada a la estética y los tropos de la naturaleza, el folclore, lo rural… Una mujer menuda, vestida, además, con la pulcritud y modestia de las mujeres del campo, cubriéndose la cabeza con su pañuelo… ¿Qué más daba si el pañuelo se debía a heridas y cicatrices que le habían dejado las enfermedades y tratamientos que habían pasado por su cuerpo? La imagen refuerza la teoría y a ella se debe. Y la teoría hablaba también de una autora que escribe poemas como oraciones rebosantes de iconografía cristiana y donde la presencia de Dios es una constante.
Señor, ¿no me has llamado?
¿Acaso un pájaro gritó durante la noche?
¡Estoy despierta! ¡Despierta y angustiada!
Y crujen escalones en la distancia…
¿Has sido tú, Señor, quien los ha pisado?
[…]
Sí, todo lo anterior es cierto. Pero no solo eso es cierto.
Segunda caída del caballo: el amor
En el 1938 —el año de la anexión de Austria a la Alemania nazi— no solo la historia del país es sombría. Los padres de Lavant mueren, la miseria nunca acaba y no son buenos tiempos para una mujer soltera, que ha pasado por una institución siquiátrica y que, sin profesión reconocida, teje para ganar algo de dinero. Un año después se casa con el pintor Josef Habernig, treinta y seis años mayor que ella. Él buscaba a una criada y ella una salida. Empieza la Segunda Guerra Mundial y Lavant entra en apnea poética. Su silencio dura exactamente el tiempo de la contienda y en 1945 comienza de nuevo a escribir y, como gran novedad, a publicar versos y narraciones que tienen cierta repercusión. En 1950, una lectura poética en el contexto de las Jornadas Culturales de St. Veit le cambiará la vida y también, en gran medida, el sentido de su obra. Allí conoce a un pintor, Werner Berg, que vive con su esposa en una granja y sus numerosos hijos. Es la forma de vida que han idealizado y elegido, aunque la realidad sea durísima. También es lo que Berg plasma en sus cuadros: los paisajes nevados, las construcciones aisladas, las campesinas con el pañuelo cubriendo sus cabezas… Como ella. La presencia de Lavant en esas jornadas le conmociona y así le escribe: «Desde el primer momento me impresionaron la belleza, la fuerza de su alma y la grandeza de su persona de la misma manera que a Saulo le atravesó un rayo a las fueras de Damasco». Quiere conocerla, quiere pintarla… Ella se muestra incrédula. No está acostumbrada ni a la atención ni si quiera al respeto de los demás y de repente encuentra admiración y algo que raya en el fervor. No puede ser. Hace lo que sabe hacer bien. Se autohumilla, se desprecia un poco, mientras su corazón se calienta y la boca habla en su idioma: «Esos tres días fueron en realidad mi cielo y mi paraíso […]. Pero no quiero quedarme en el paraíso ni en el cielo, porque estoy cansado de la tierra de la pobreza y la invisibilidad. Nuestro miserable salón, mis labores de punto y mis preocupaciones cotidianas, ese es el marco al que pertenezco. Tienes que saber lo que te conviene. ¿O podrías imaginarme con un abrigo de piel y un sombrero de plumas sin estallar en carcajadas?». Él no se ríe. Se la imagina. Ella no se ríe. Se desata. Se suelta el pelo, la lengua y el sexo desconocido se vuelve pájaro. La piedra estalla. Todos sus símbolos se llenan de significado o de otro significado, se dan la vuelta y hacen piruetas. Son cinco años de relación, de peligro —el adulterio es delito en Austria y lo será hasta mediados de los 70— y de absoluta plenitud. Lo sensual se reconcilia con lo intelectual. Él pinta como nunca. Ella escribe como siempre. Ambos inventan nuevas expresiones para lo antiguo. El mundo vuelve a ser creado. El amor es un salvaje que tropieza. Cinco años que acaban porque acaban mal. Profundamente desgarrado, él intenta quitarse la vida. Su esposa interviene y pide el fin de una relación que ya ha causado demasiado daño colateral. Su petición es atendida. Pero todo ha sucedido y allí estaba Christine Lavant. Esa también es Christine Lavant. Esa mujer desatada, desconocida y deslenguada también es Christine Lavant.
«Inmoderada en todo»
En 2023, con motivo del 50 aniversario de su muerte, la editorial Wallstein publicó un retrato biográfico de Christine Lavant a base de documentos inéditos en su mayoría: por primera vez veían la luz los extractos de la correspondencia entre Lavant y su amante, el auténtico corazón del volumen. Una cita, «Soy inmoderada en todo», daba título a una edición al cuidado del catedrático de Literatura Alemana Moderna, fundador y director muchos años del Archivo Literario de Carintia, Klaus Amann. A través de retazos biográficos, el libro desvelaba una visión radicalmente nueva de la obra de la autora. Pero ¿cómo podía no saberse todo aquello? ¿Cómo no trascendieron noticias de aquellos años decisivos en la carrera de la poeta y narradora? «La respuesta es sencilla», explica Amann, que es también coeditor de las obras completas de Christine Lavant. «La familia de Werner Berg, es decir, sus cinco hijos, negaron durante décadas esta relación amorosa y lucharon contra las declaraciones públicas al respecto. No querían que se hablara de ello y amenazaron incluso con acciones legales contra mí. Ahora todos están muertos, excepto una hija, que ya tiene noventa años. Uno de los nietos de Werner Berg, el Dr. Harald Scheicher, médico y artista plástico, que también es el administrador de su herencia y propietario de los derechos de Berg, decidió dar a conocer la relación entre Berg y Lavant y por ello publicó el año pasado la correspondencia (también en Wallstein-Verlag y titulada Über fallenden Sternen). Desde entonces, los hechos son de dominio público y pueden debatirse».
La conmoción tuvo secuelas: una exposición en el Werner Berg Museum de la localidad de Bleiburg, ciudad austriaca casi en la frontera con Eslovenia, mostraba el año pasado cómo ese amor imposible encontró salida en la expresión artística de cada uno de ellos. Se inauguró en mayo, el mismo mes en el que se publicó el intercambio epistolar que mencionaba Amann: más de mil páginas de intercambio luminoso y angustioso para cambiar el curso de las habituales interpretaciones de la obra de Christine Lavant.
«Una de las consecuencias de la situación que he descrito», detalla Amann, «fue que la sustancia erótica elemental de los poemas de Christine Lavant no fue reconocida (o fue deliberadamente suprimida, reprimida, negada). Durante décadas se la comercializó como poeta católica, en parte porque esto venía muy bien tras el fin del nacionalsocialismo y la restauración del catolicismo en Austria. Su sello, Otto Müller-Verlag de Salzburgo, era una editorial católica acérrima y rechazó toda una serie de poemas (más de una docena) en su primer volumen de poesía (Die Bettlerschale. El cuenco del medigo) y no los imprimió porque eran demasiado explícitamente eróticos y probablemente también demasiado blasfemos».
Vi al bailarín y entré en él
y lo practiqué todo con mis últimas fuerzas:
el odio, la venganza y el duro juramento
de encontrar tu corazón y quedarme en él
escarpada como un dios y más dura que el metal
Y prosigue Klaus Amann: «Christine Lavant hizo fructificar la imaginería del catolicismo en su poesía amorosa de una forma admirablemente independiente y original, de una forma más explícita quizás que nadie antes que ella. Lo que no podía expresar abiertamente (amor, pasión, deseo, sexualidad), lo codificaba en las imágenes y frases de la tradición bíblica/católica. Y, por supuesto, en la mayoría de los casos, cuando los poemas hablan de Dios, se refieren al amante, Werner Berg. Lo admirable, lo sofisticado, lo fantástico del asunto es que ambas lecturas son posibles en el poema; la religiosa y la erótica, la rebelión contra Dios y el lamento de amor».
En España, por lo que respecta a esta autora, hay mucha tarea por delante. Apenas hay obra publicada, apenas se conocen algunas notas biográficas cuando se descubre una nueva cara y una nueva vida de Christine Lavant. Es ahora cuando su obra estalla en mil direcciones, pletórica de significados y voces distintas. Qué carcajada. Qué divino troleo.
Como poeta y narradora, Lavant pudo finalmente encontrar su hueco en la historia de la literatura austriaca con narraciones como La niña y otras sin traducir (Das Krüglein, Die Rosenkugel) y poemarios como el mencionado El cuenco del mendigo, El grito del pavo real o La noche al día. La consagraron los premios, el reconocimiento de sus colegas —incluido el poco dado al elogio Thomas Bernhard— y el deliberado malentendido, por supuesto, como lo denomina Amann. Murió a los cincuenta y ocho años en 1973 y resucitó pasados casi los mismos, tal y como era su deseo, expresado en airados versos proféticos:
Sí, yo también quiero resucitar,
ya sea para maldecir o suplicar
en la Vigilia Pascual.








