
No es que París necesitara otro libro. París ha sido contada, descrita y reinventada por incontables escritores, pero pocos la han habitado con la intensidad casi visceral con la que lo hizo Georges Perec. Para él, la ciudad no era solo un escenario, sino un espacio concreto en el que los recuerdos, las pérdidas y las obsesiones tomaban forma. Ahora, con la publicación de Lugares, su ambicioso proyecto inédito e inacabado, nos adentramos en una escritura que es, al mismo tiempo, un ejercicio de memoria y un intento de agotar nuestros espacios más cotidianos.
El libro, en la impecable traducción de Pablo Martín Sánchez, es un monumental volumen de 824 páginas y de 1,04 kg que da testimonio de la obsesión de Perec por la ciudad. Su origen se remonta a 1969, cuando Perec decidió emprender la tarea de describir doce lugares de París significativos para él, dos por mes, durante doce años. La obra debía haberse compuesto de 288 textos en total, alternando entre observaciones directas realizadas en el lugar y evocaciones escritas desde la memoria. Sin embargo, el proyecto quedó inconcluso en 1975, dejando 133 textos que nunca llegaron a publicarse en vida del autor.
En Lugares, Perec no solo traza un mapa de París, sino también de sí mismo. Escoge espacios ligados a su historia, entre ellos: la rue Vilin, donde transcurrió su infancia; la rue de l’Assomption, donde encontró refugio en casa de sus tíos tras la guerra; la rotonda Franklin-Roosevelt, escenario de una fuga adolescente; la rue de la Gaité, donde vivía su gran amigo Jacques Lederer; el passage Choiseul, elegido sin más motivo que su fascinación por los pasajes y donde compró el puzle que inspiraría La vida instrucciones de uso; la Avenue Junot, donde su primo Henri le inculcó el amor por la literatura; o la Île Saint-Louis, donde Suzanne Lipinska, su gran amor de aquella época, tenía un apartamento.
Concebido como una cápsula del tiempo, cada texto quedaba sellado en un sobre lacrado con cera, una suerte de «bomba de tiempo» que nos permite, más de cincuenta años después, asomarnos a su mundo. Lugares es un archivo vivo del París de principios de los 70, una ciudad donde aún se podían ver cabras y mulas en la rue Linné, donde la gente fumaba cigarrillos Les Parisiennes y jugaba al pinball en los bares.
En las descripciones reales, Perec registra con precisión de entomólogo los transeúntes anónimos, las palabras de los rótulos comerciales, los buses que pasan, «lo que generalmente no se anota, lo que no se nota, lo que parece sin importancia; lo que sucede cuando no sucede nada». Desde la terraza de un café o mientras camina, intenta captar la ciudad sin intermediarios, ni ideas preconcebidas. Para Perec, lo esencial es dejar que las cosas emerjan por sí mismas, observarlas en su pura inmediatez. El espacio nunca se presenta como algo dado, manipulado: hay que explorarlo, marcarlo, descifrarlo una y otra vez.
A diferencia de las descripciones reales, los recuerdos son textos reposados, escritos desde la distancia de su escritorio. Son más introspectivos: los lugares no solo se describen, sino que se convierten en elementos estructurantes de la vida. Aquí aparecen los recuerdos familiares, los encuentros con amigos, los antiguos amores, las noches de borracheras… un entramado de experiencias donde los lugares y los afectos se entrelazan con intensidades dispares. Perec también se interroga aquí sobre la naturaleza y la deriva del proyecto, que con el tiempo se le hace cada vez más pesado y que, finalmente, acabará abandonando. «Las líneas precedentes son un buen ejemplo de otra vía muerta en la que me sumerjo y me enfango de buen grado: la tentación del metalenguaje: no hablo de mis recuerdos, no rememoro la Avenue Junot, no hago más que dar vueltas alrededor de las generalidades del proyecto: escribo para decir que escribo, así que no escribo».
Si la literatura suele imponer orden a la exuberancia de la vida, Lugares prefiere no hacerlo. El texto que leemos fue escrito casi sin retoques ni correcciones. Perec acoge todo tal como viene, deja el sentido en suspenso y nos arroja, en cambio, a un batiburrillo de sillas desordenadas y recuerdos sueltos en el que reconocemos nuestro presente. «Vivir es pasar de un espacio a otro haciendo lo posible para no golpearse», escribió. En este sentido, Lugares puede leerse como una de las más ambiciosas exploraciones de la realidad, de la manera en la que habitamos el mundo.
No es fácil explicar por qué nos cautiva un libro como este. Como siempre en la literatura de Perec, todas las cosas, incluso las más insignificantes, nos interpelan como por arte de magia. Nos encanta verlo alegrarse porque aún puede leer los titulares de un quiosco a lo lejos, indignarse por el precio de unas cerezas («4,50 el kilo; es caro»), dibujar esquemas sobre la disposición de los clientes de una terraza o cambiar de café cada treinta minutos para obtener distintas perspectivas de un lugar. Nos encanta ver cómo una tarde se come un bocadillo de camembert con una copa de Côte du Rhône y otra resiste al deseo de comprarse «una bolsa enorme de ositos, nubes y otras gominolas o algo parecido a fruta escarchada». Hay una ternura inmensa en ese gesto de atención, en la insistencia de que nada es demasiado pequeño como para no ser anotado.
Nos divierte su tentativa de genealogía de su gato Duchat o su parábola de las camas, según la cual, cuanto más grandes son, más cerca está la pareja de la separación. Nos fascina sobre todo el herbario íntimo y urbano que acompaña sus textos: envoltorios de azúcar, cuentas de cafés, fotografías, entradas de cine, listas, invitaciones a fiestas, un borrador de carta no enviada a Michel Leiris, prospectos, telegramas, dibujos, registros de hoteles, entre otros fragmentos dispersos de lo cotidiano. No acabaríamos nunca con Perec: podrían publicarse otro centenar de textos como estos, y cada uno sería leído con fruición.
De los doce lugares, la Île Saint-Louis, en pleno corazón de París, parece ser el epicentro del libro. Allí vivía Suzanne Lipinska, cuya ruptura con Perec en diciembre de 1968 marcaría el origen del proyecto. Según el gran crítico Philippe Lejeune, quien fue el primero en leer estos textos, «Lugares es el sepulcro de un amor. Una inmensa pirámide construida en torno a una cámara secreta. Una enorme acumulación de materiales visibles que rodean un centro (casi) invisible». Perec mismo admite que este proyecto había sido un pretexto para volver cada año a la Île Saint-Louis, para permitirse pensar en Suzanne al menos dos veces al año. Aunque fuera incapaz de quedarse allí mucho tiempo («me he limitado a pasar»). No será la última vez que el amor se convierta en coordenada de su escritura: en La vida instrucciones de uso, toda la acción transcurre el 23 de junio de 1975, el día en que comenzó su relación con su última pareja, Catherine Binet.
Pero quizá el verdadero centro de Lugares no sea la Île Saint-Louis, sino la rue Vilin, donde Perec pasó sus primeros años hasta que, en 1942, su madre fue deportada a Auschwitz. Regresa a esa estrecha calle de Belleville, cuyo trazado sinuoso forma una S («¡como en las SS!»), y recorre lentamente sus aceras flanqueadas por «ventanas cegadas», intentando rescatar algunas migajas dispersas de su infancia perdida. En el número 24, aún resisten los vestigios de la peluquería que su madre regentaba antes de la guerra, con la inscripción desvaída pero aún legible: Coiffure Dames.
A los lectores habituales de Perec les sorprenderá la tristeza que envuelve muchas de las páginas de Lugares. Quizá porque es un libro inacabado. Sus textos publicados suelen ser más luminosos, más juguetones. Aquí, en cambio, nos encontramos con un Perec vulnerable, que anota frases como «no soy más que un bufón», «soy un imbécil», confesiones que, viniendo de alguien tan reservado y reacio al desahogo, difícilmente habrían llegado a una versión definitiva. Y, sin embargo, nos conmueve verlo, por una vez, tan expuesto: una transparencia que otorga a Lugares «su fuerza de verdad», como bien apunta Claude Burgelin, amigo de Perec, en el espléndido prólogo del libro.
Escrito en una época difícil de su vida, Lugares nace de una intensa crisis personal y de la necesidad urgente de agarrarse a algo. La programación de un trabajo de tan largo aliento lo arraigaba a París, lejos de Suzanne Lipinska, pero sobre todo le proporcionaba un dispositivo para darse una estabilidad frente al futuro y, en el fondo, conjurar el miedo al vacío. Un dispositivo para seguir adelante, para vivir mejor.
«No quiero olvidar. Tal vez ese sea el eje central de este libro: conservar intactos, repetir año tras año los mismos recuerdos, rememorar las mismas caras, los mismos acontecimientos minúsculos, reunir todo ello en una memoria suprema y demencial», anota Perec el 2 de octubre de 1970. Porque escribir sobre un lugar es, en cierto modo, resistir a su inminente desaparición. Y con Lugares, consigue que nada se pierda del todo.








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