Cine y TV

‘The End’: que el fin del mundo nos pille bailando

The End. Imagen Avalon.
The End. Imagen: Avalon.

Fin. El final. Aquí acaba la historia. Con un «The End», con esas icónicas palabras ahora ya en desuso, se terminaban antes las películas. Y así es como Joshua Oppenheimer ha titulado a su último largometraje, con un guiño a una época ya clásica del cine, pero decidiendo comenzar por donde se acaba. La primera incursión del cineasta en el terreno de la ficción (tras dos impactantes y rompedores documentales que explotaban las convenciones del género y difuminaban las líneas entre lo real y lo performativo) está muy vinculada a los orígenes del séptimo arte. En los primeros compases del film, el letrero de Hollywood ocupa un lugar privilegiado dentro del plano, situado sobre la maqueta que está construyendo Hijo (George MacKay). Es el instante previo a que el joven comience a cantar en un número que intercala diálogos y canciones, una escena en la que todos los personajes aparecen en una suerte de obertura, típica de cualquier obra musical. Aunque quizá «típica» no sea un término apropiado para referirse a un musical apocalíptico y nihilista con reminiscencias platónicas. Es en la música donde The End encuentra su razón de ser: en la partitura acompasada a los sentimientos de sus personajes, en las letras que revelan un mundo interior escondido dentro de cada uno, y en una coreografía que armoniza ambos elementos en un espectáculo visual disonante, claustrofóbico y explosivo a la vez.

The End es, por tanto y sobre todo, una alegoría. Toda la cinta puede leerse como un gran final —de ahí su nombre—, como si prescindiera de planteamiento y nudo para concentrarse solo en la resolución. Y, en realidad no necesita más: por un lado, está el fin de la humanidad que sostiene la narración, algo que no requiere de explicación previa (Oppenheimer se resiste a dar detalles que expliquen el colapso que padece el planeta); y, por otro lado, está el declive del clasicismo como género cinematográfico, el que concretan sus formas de musical tradicional. Quizá la metáfora que mejor define a The End es la del canto del cisne: una expresión que se remonta a la mitología griega, en la creencia de que justo antes de morir, los cisnes entonaban un hermoso sonido tras haber permanecido toda la vida en silencio. Las personas que habitan en el búnker de The End son, probablemente, los últimos humanos vivos en la Tierra. Su encierro les está salvando de morir en la superficie como hicieran los demás: un confinamiento prolongado que se alarga ya varias décadas y que consideran perpetuo. En estas condiciones, surge la música, una opereta que desafía el formato al servirse de este género tan celebrativo y vitalista en un relato acerca de la extinción. Cada arrebato emocional se traslada a un número musical, como si solo a través de la melodía se alcanzase cierto grado de libertad: precisamente, el que tienen vetado en el submundo en el que viven.

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