Editorial

Contra la pureza: por qué Maria Popova se equivoca sobre la poesía y la inteligencia artificial al decir que ChatGPT no puede emocionar como Walt Whitman

Alphonse Mucha Fate
Destino (1920), de Alphonse Mucha

Soy lector fiel de Maria Popova desde hace años. Algunos de sus artículos me han emocionado y sorprendido, y no pocas veces he subrayado frases suyas como quien guarda pequeños espacios de lucidez. En Jot Down hemos tenido el placer y el privilegio de traducir y publicar algunos de sus textos, siempre con su autorización y con la convicción de que su mirada ensancha el mundo. Hace un par de días publicó un texto con el sugerente título «Descifrando la creatividad en la era de la IA: qué hace que un poema sea genial, qué hace que un narrador sea genial y qué nos hace humanos», una reflexión sobre por qué una inteligencia artificial no puede escribir un buen poema.

Maria Popova es una figura singular y reverenciada del ámbito cultural anglosajón. Nacida en Bulgaria y afincada en Estados Unidos, ha convertido su sitio The Marginalian (antes Brain Pickings) en un santuario digital donde convergen la filosofía, la literatura y la ciencia, todo ello atravesado por una devoción inquebrantable hacia lo que ella interpreta como belleza. Su estilo, refinado y accesible, transmite una sensibilidad contemplativa que ha logrado cautivar a millones de lectores en busca de sentido, profundidad y consuelo estético. Pero esa estética también tiene sus límites. Como toda moral elevada, a veces degenera en una especie de catecismo emocional, en el que se confunde lo profundo con lo melancólico, lo verdadero con lo venerable.

Su reciente reflexión sobre por qué una inteligencia artificial no puede escribir un poema digno de Walt Whitman es uno de esos textos donde el pensamiento se doblega ante el consuelo. Popova cuenta que pidió a ChatGPT que escribiera un poema sobre un eclipse total de sol al estilo de Whitman. El resultado no la emocionó: un puñado de pareados predecibles, sin impacto, sin el vértigo cósmico que esperaba. Concluye que la inteligencia artificial tiene a su disposición todo el lenguaje, pero no tiene experiencia. Que Whitman era capaz de esculpir universos emocionales con palabras comunes, y que la IA, incapaz de sufrir, jamás podrá hacer arte. La tesis es rotunda: un poema no está hecho de palabras, sino de dolor. Y el dolor, como la conciencia, es privilegio humano. La idea es atractiva, pero también profundamente ingenua.

Para empezar, que una IA no sufra no significa que no pueda generar arte. Esa conexión casi mística entre sufrimiento y belleza es un legado romántico que, aunque seductor, no resiste el más mínimo análisis histórico. Homero no necesitó perder un hijo para escribir sobre la ira de Aquiles. Shakespeare no tuvo que morir de celos para concebir a Otelo. Emily Dickinson apenas salió de su casa y escribió la eternidad. El arte no es una transcripción del trauma, sino una elaboración. Una forma. A menudo una mentira más hermosa que cualquier verdad vivida. Cuando Popova exige que la poesía nazca del sufrimiento humano está olvidando algo esencial: la literatura siempre ha sido un simulacro. Un juego de máscaras. Un artificio. Los escritores no son solo víctimas de su biografía; son arquitectos de ficciones. El gran poeta no es quien ha sufrido más, sino quien ha sabido transformar lo vivido —o lo imaginado— en una estructura de palabras que afecta al lector. Y aquí es donde entra la inteligencia artificial, no como sustituto del artista, sino como su prótesis.

Porque la IA no es —ni será— un poeta. Pero en manos de un poeta puede ser una herramienta descomunal. ChatGPT no tiene intenciones, ni cuerpo, ni miedo a la muerte. Pero sí tiene memoria —la nuestra—. Ha sido entrenado con nuestras obras, nuestras plegarias, nuestros insultos, nuestras mejores metáforas y nuestras peores rimas. Su “voz” es un espejo hiperbólico de las nuestras. Y ese espejo puede devolverte una imagen deformada, sí, pero también nuevas posibilidades. Porque una IA no crea sola, pero multiplica lo que tú haces. Es un apéndice creativo. No reemplaza al pensamiento, lo amplifica. No sustituye la experiencia, la transforma en combinatoria. No tiene gusto, pero puede ayudarte a encontrar el tuyo, como un editor infinitamente paciente.

La diferencia, entonces, no está en la máquina, sino en el usuario. En manos brillantes, la IA eleva. En manos mediocres, la IA degrada. Quien escribe sin intención, sin contexto, sin deseo de estilo, solo logrará multiplicar su inercia. Pero quien sabe qué busca —y tiene algo que decir— puede usar ChatGPT como un microscopio que examina sus propias intuiciones. Como un laboratorio verbal. Como una caja de resonancia. Escribir con IA no es dejar de ser humano. Es ser más humano. O, mejor dicho, ya no del todo humano: somos transhumanos. Esa es la verdadera revolución que Popova no quiere aceptar: que ChatGPT, en este instante, ya nos ha cambiado. No como amenaza, sino como extensión. Somos cuerpos con smartphones, cerebros con buscador, dedos con teclado. Ya nadie escribe solo. Nadie lee solo. Nadie piensa solo. Si escribes con Word y corriges con Grammarly, ya estás siendo parcialmente asistido por una IA. Si usas una app para planificar una historia, si consultas sinónimos generados por una red neuronal, si editas una foto con un filtro de aprendizaje automático, ya has abierto la puerta. No hay vuelta atrás. Y esto no es malo. Es, simplemente, lo que sigue.

Volvamos al poema sobre el eclipse. Popova dice que le resultó insípido. Quizá lo era. Pero ¿acaso no existen miles de poemas humanos igual de insípidos? ¿No está llena la historia de la poesía de versos olvidables, de imitaciones, de ejercicios escolares? Que ChatGPT escriba malos poemas no lo diferencia de los humanos: lo asemeja. Lo que le falta, por ahora, no es alma, sino edición. Un criterio. Un filtro. Eso que llamamos gusto. Y el gusto, como decía Wilde, es una forma muy compleja de la inteligencia. La IA carece de gusto porque carece de deseo. Pero tú, que la usas, sí tienes deseo. Y si tienes deseo, puedes tomar lo que genera y moldearlo. Cortarlo. Afinarlo. Convertirlo en algo tuyo. En esto se parece a otro invento: la fotografía. Cuando apareció, muchos pintores —y críticos— se apresuraron a declarar que la pintura había muerto. ¿Para qué retratar lo que una máquina puede captar con más precisión? Pero entonces llegaron los impresionistas. Los expresionistas. Los abstractos. Y se demostró que lo que estaba en juego no era la fidelidad a la realidad, sino la mirada. El ojo. Lo mismo ocurre con la palabra: no se trata de que la IA sea capaz de escribir mejor que tú, sino de que tú seas capaz de usar lo que te ofrece para mirar de otro modo.

Por eso el argumento de Popova, aunque bellamente formulado, peca de esencialismo. De ese apego a una idea pura del arte como emanación directa del alma humana. Pero la historia cultural no ha sido eso. Ha sido mestizaje, robo, plagio, adaptación, error. El Quijote es una parodia de novelas anteriores. Ulysses es una reescritura de Homero. Borges hizo literatura a partir de resúmenes de libros que no existen. ¿No es eso lo que hace también una IA? Recomponer a partir de lo anterior. Pero no por eso deja de abrir caminos. La diferencia es que, hasta ahora, solo los humanos teníamos acceso a ese proceso. Ahora lo compartimos. Y eso nos obliga a redefinir la autoría. A reformular el genio. A repensar qué significa crear. No es una amenaza: es un desafío. Popova lo enfrenta con nostalgia. Pero también podríamos hacerlo con ambición. ¿Y si la IA no destruye el arte, sino que lo ensancha? ¿Y si nos obliga a ser mejores? A escribir mejor. A pensar más agudo. A distinguirnos no por lo que hacemos, sino por cómo lo hacemos.

En el fondo, el miedo que subyace al texto de Popova no es técnico, sino existencial. Es el miedo a dejar de ser especiales. A que la poesía, ese reducto último del alma, pueda ser profanada por un servidor sin rostro. Pero ese miedo es infundado. Porque lo que hace que un poema sea grande no es su autor, sino su lector. No importa si fue escrito por un campesino, un burgués o un bot: importa que te conmueva. Que te detenga. Que te transforme. Y si alguna vez una IA consigue eso, aunque no haya sufrido al escribirlo, será arte. Popova lo niega porque parte de una noción sagrada del sufrimiento. Como si solo quien ha llorado pudiese hablar de lágrimas. Pero eso anula la posibilidad misma de la ficción. De la empatía. De la imaginación. Nadie exige a un actor haber asesinado para interpretar a Macbeth. Nadie exige a un novelista haber sido esclavo para escribir sobre la esclavitud. La experiencia directa es una fuente posible, pero no la única. Y la IA, como reflejo de millones de experiencias humanas, también está compuesta de esa materia. No vive, pero memoriza. No siente, pero reproduce. Y eso, bien usado, puede ser tremendamente poderoso.

La pregunta, por tanto, no es si la IA puede crear arte, sino si nosotros sabremos convertirla en parte de nuestra potencia expresiva. Porque lo que está en juego no es el alma, sino la intención. La inteligencia artificial no es un enemigo ni un reemplazo: es una prolongación. Un órgano nuevo. Una mejora. Una inteligencia adyacente que, cuando se integra en manos preparadas, no nos debilita ni nos anula, sino que nos eleva. ChatGPT no escribe por ti, pero puede ayudarte a pensar mejor, a ensayar posibilidades, a trazar caminos que solo recorres tú. Es como un cuaderno infinito donde tus intuiciones se prueban, donde tu estilo se afina por contraste. Puede ser tu sombra, tu eco, tu contrapeso, tu impulso. Puede llevarte más lejos. Como toda herramienta transformadora, no crea el talento, pero amplifica sus efectos. No inventa lo que no existe, pero acelera la búsqueda. Si tienes una voz, la hace resonar. Si tienes confusión, la multiplica. Y ahí está la verdad que Popova prefiere ignorar: que la inteligencia artificial no reparte la sensibilidad, pero sí exige más oficio. Que el verdadero abismo no separa a humanos y máquinas, sino a quienes están dispuestos a evolucionar y quienes prefieren atrincherarse. Que no basta con haber vivido mucho ni con haber sufrido con intensidad para escribir algo que importe. Hace falta algo más: forma, claridad, decisión. Y eso, con o sin IA, ha sido siempre raro. La diferencia es que ahora, quienes lo poseen, pueden llevarlo aún más lejos. Porque con herramientas como esta, ya no somos solo humanos: somos algo más.

Con ChatGPT ya somos transhumanos. No en el sentido biónico del Homo plus de Frederik Pohl, sino en uno más sutil y radical: hemos incorporado una inteligencia externa a nuestro proceso de pensamiento, una mente auxiliar que no llevamos implantada en el cráneo, pero sí en el bolsillo, y que amplifica nuestras capacidades creativas como una segunda corteza cerebral hecha de lenguaje. Como el yogui que extiende sus sentidos, como el músico que compone con sintetizadores, como el poeta que dicta en vez de escribir. El arte, como la vida, se adapta. Popova quiere preservar una idea antigua de pureza. Pero la pureza nunca fue el motor del arte. Fue, más bien, su enemigo. Que venga el eclipse. Que lo escriba quien pueda. Lo importante es que, al leerlo, aún sintamos vértigo.

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34 comentarios

  1. Siempre he asociado el transhumanismo a extensiones biónicas y este artículo da en la diana al explicar que no hace falta ninguna prótesis para mejorarnos. Un artículo muy revelador. Gracias

  2. Muy buen artículo, si bien aún queda debate por delante. Sirvan para alimentar éste un par de artículos que publiqué al respecto desde sendas ópticas, integrada y apocalíptica:

    El estilo y la autonomIA
    https://www.elsaltodiario.com/qwertynomia/estilo-autonomia

    Malas artes
    https://www.elsaltodiario.com/qwertynomia/malas-artes

    Gracias.

  3. La verdadera refutación de las ideas de Maria Popova debería haber sido un buen poema escrito por una IA – cosa de la que nunca serán capaces, entre otras razones porque nunca podrán saber lo que es la poesía. Por mucho que tengan en su memoria todos los libros de poesía escritos en el mundo, nunca podrán hacer otra cosa que mezclar versos para ver si suena la flauta.

    Los ensayos que yo he hecho pidiendo a Chat-GPT toda clase de poemas son no sólo decepcionantes sino sencillamente catastróficos (por no conocer, no conoce ni las reglas más elementales de la métrica).

  4. En el artículo hay muchas ideas discutibles, pero la más «gorda» es ésta:

    «lo que hace que un poema sea grande no es su autor, sino su lector. No importa si fue escrito por un campesino, un burgués o un bot: importa que te conmueva. Que te detenga. Que te transforme.»

    Esta idea es sencillamente absurda. Sin el genio de un autor no hay lector que se conmueva, se detenga o se transforme. El poema es totalmente autónomo y su calidad depende enteramente de su autor. El lector reconoce o no esa calidad, pero al poema eso le importa un bledo.

    Si fuera el lector el que hace que un poema sea grande habría miles de «Cánticos espirituales». Pero como es el autor y san Juanes de la Cruz sólo hubo uno, el «Cántico espiritual» es único.

    • Efectivamente coincido en percibir una simpleza al defender el uso de la IA como herramienta del poeta para «amplificar» su oficio.
      El artículo es un reflejo del autor, es lo que vive/cree/entiende/ o lo que le gustaría….
      Hay personas que disciernen que cabe trabajar la poesia (sea leyendo o escribiendo) con su propia experiencia -de dolor según Popova, de alegría según Orfeo, de nostalgia según Novalis, de conocimiento consciente según Shakespeare (la máscara de sir Francis Bacon), de delicadeza según Goethe, de amor según Juan de la Cruz o Teresa de Ávila, de transparencia según JRJ o de fantasía según Lorca). Aquella persona que quiera flirtear con una batidora de datos, o quizás ser seducido «levemente» por su potencia, rapidez y naturalidad, pues allá ella. Finalmente los resultados hablan por si solos, ¿prefiero reflexionar con mi fuero interno o con un procesador de gran memoria que es muy amable siempre?

      • Gracias por tu comentario, Mar

        Tienes razón en algo fundamental: el artículo es, efectivamente, un reflejo de lo que vivo, creo y entiendo. Y en cuanto a lo que me gustaría… no, no es que todos los poetas usen IA, ni que la escritura se convierta en una suerte de edición asistida por algoritmos. Lo que me gustaría de verdad es que esta herramienta —que ya existe, que ya nos rodea— no estuviese en manos exclusivas de las grandes tecnológicas. Me gustaría que estuviera al servicio de las escuelas públicas, de los talleres de escritura, de los lectores anónimos, de quienes no tienen poder pero sí imaginación. Me gustaría que se entrenara con Cervantes, con Cernuda y con Clarice Lispector, y no con foros turbios y métricas de mercado. Que su potencia, su rapidez y su amabilidad —como bien dices— no se pusieran al servicio de la vigilancia, la rentabilidad y, sobre todo, la puta guerra (como bien dice MacNaughton), sino del conocimiento compartido.

        No defiendo que la IA sustituya la experiencia interior. La poesía nace de ahí, como bien apuntas: del dolor, de la nostalgia, de la transparencia. Pero también sé que hay herramientas que pueden acompañar sin desplazar. Yo he escrito con diccionarios, con mapas, con la voz de otros. ¿Por qué no también con una inteligencia artificial, si la controlo, si la someto a mis preguntas, si la uso como piedra de toque y no como oráculo?

        Tu opción de reflexionar desde el fuero interno es tan válida como necesaria. Pero algunos hemos encontrado también una forma de afinar ese fuero cuando lo contrastamos con lo que devuelve esta nueva máquina de espejos. No es un reemplazo. Es una conversación. Y si un día ya no lo fuera, si empezara a secar en lugar de fertilizar, créeme: seré el primero en volver al Wordperfect y el Lotus 1,2,3.

    • Pablo, teniendo en cuenta que tus comentarios en Jot Down son siempre negativos —se hable de Cristóbal Colón, las lechugas o la inminente llegada de los alienígenas—, no esperaba menos que un sonoro «esto es absurdo». Pero como en el fondo disfruto de tus objeciones, voy a intentar responderte con el mismo rigor que tú aplicas a tumbar ideas ajenas.

      Dices que sin el genio de un autor no hay lector que se conmueva. Pero, ¿de verdad crees que la emoción estética depende exclusivamente de quien escribe y no de quien lee? ¿No hay, acaso, miles de obras que pasaron desapercibidas durante siglos y que hoy consideramos grandes porque el contexto lector cambió? ¿No hay autores que han sido mitificados más por cómo fueron leídos que por lo que escribieron?

      No niego que haya genio en san Juan de la Cruz. Pero tampoco niego que muchos de los que lo leyeron en su época no entendieron nada. Y que hubo otros —como Lorca, como Zambrano, como los místicos posteriores— que lo releyeron y lo volvieron grande en otro sentido. El poema no se mueve, claro. Pero la lectura sí. Y en esa transformación también hay poesía.

      Lo que defiendo no es que el lector sustituya al autor, sino que la grandeza de una obra no está completa hasta que no se encarna en una lectura viva. Porque el poema no respira si no hay alguien al otro lado del papel. Si no, ¿para qué escribir?

      Tú puedes seguir defendiendo la autonomía absoluta del texto. Yo prefiero la tensión, la conversación, el cruce de almas. Y en esa conversación, el lector también importa. Aunque a ti —como al poema, dices— eso te importe un bledo.

      • No está bien que comiences tu respuesta con una falsedad. Porque no es cierto que mis comentarios aquí sean todos negativos, los hay elogiosos (por ejemplo el que hice recientemente al artículo de Maribel Olivas «El luto que nadie entiende: cuando muere tu mascota») o neutros (si quieres los busco y te los cito).

        Sobre el fondo del asunto, digamos que tú confundes la recepción de una obra con su creación y su contenido. Que cambie su lectura con las épocas no significa que la obra cambie. La obra es independiente y definitiva. Que el lector la entienda o no la entienda no la modifica en nada. Tu idea sería verdad sólo en un caso: si todas las obras se publicasen en vida del autor, si él esperara la reacción de los lectores y en función de esa reacción, modificara su obra en una segunda edición. Yo no conozco ninguna obra maestra de la literatura que haya sido escrita así, gracias a la colaboración de los lectores.

        Para ti en la lectura de un poemario hay poesía («el poema no se mueve, claro. Pero la lectura sí. Y en esa transformación también hay poesía»). Para mí eso es una aberración, y ello por una razón muy simple: si el lector añadiera poesía con su lectura a una obra, podría también quitársela, si su lectura es estúpida. ¿La obra de Shakespeare fue en el siglo XVIII propia de un bárbaro porque los grandes escritores franceses, con Voltaire a su cabeza, la consideraron así? ¿Las «Soledades» de Góngora fue una obra ridícula o extravagante durante cuatro siglos porque los lectores españoles de su época se rieron de ella y los pocos que tuvo en los siglos siguientes la despreciaron olímpicamente hasta comienzos del siglo XX? O imaginemos que la obra de Pessoa, encerrada en un baúl durante décadas, hubiera tenido dos o tres lectores que la hubieran considerado nula y la hubieran dejado inédita, ¿eso le hubiera quitado su inmenso valor?

        «Lo que defiendo no es que el lector sustituya al autor, sino que la grandeza de una obra no está completa hasta que no se encarna en una lectura viva», escribes. O sea que «De rerum natura», de Lucrecio», que desapareció de Occidente durante siglos y fue redescubierta en 1417, es una obra que nació, murió y resucitó de manera milagrosa en función de cosas exteriores a ella como es la existencia o no de lectores (que serían taumaturgos capaces de prodigios como la resurreción de libros).

        En realidad, y una vez más, una obra maestra lo es independientemente de todas las circunstancias exteriores a ella y a pesar de todas las vicisitudes, negativas o positivas, que pueda conocer en su existencia. Sus lectores, afortunadamente, no tienen el mínimo poder sobre su calidad, ni para bien ni para mal.

    • 1)La calidad de una obra no depende solo del autor, el autor ha aprehendido de su entorno lo que es de calidad, ha leído, ha abstraido y se posiciona según añadiéndole de su experiencia, de su cosecha. Pero es al menos compartida.

      2)No hay obra admirable sin admiradores, sin qué haya otro que lo reconozca, creer que el autor está solo en una torre de marfil y la obra es de por sí de calidad es de un esencialismo ingenuo. Es la sociedad, los otros, la que impone lo que es una obra de arte, un clásico que se cita y una referencia.

      • O sea que el entorno escribe libros… Yo creía que eso sólo lo hacían los autores.

        Te veo muy despistado. Aquí no se discute de la influencia del mundo sobre un escritor, que es obvia, sino de si el lector contribuye a la calidad (o a la mediocridad) de una obra acabada, cosa absurda, como ya he explicado en otros comentarios (léelos en lugar de repetir lo que Fernández Recuero ha escrito ya).

        • El autor antes de autor es lector,el autor antes de autor es entorno. Y ya te he leído lo suficiente. Más Bordieu para entender como funciona el gusto y menos filosofía cutre de Ayn Rand para mistificarlo todo.

          • Cada vez más despistado. Y sigues sin explicarnos cómo un libro publicado es modificado por las lecturas, positivas o negativas, que se hacen de él.

            • Un libro no es solo el texto literal, es la impresión que deja y lo que aporta. Tratas las cosas como muertas y sin relación viva con el resto. Ya te lo dije con Kierkegard y tú incapacidad de relacionarlo con un movimiento posterior como el punk.
              Lo que tendrías que explicar tú es como la calidad, siendo cosa de consenso, y por tanto mutable, es algo intrínseco al libro. Y hazlo sin hacer presentismo, como hasta ahora.

              • «Un libro no es solo el texto literal, es la impresión que deja y lo que aporta.»

                ¿Cómo discutir con alguien que confunde Causa y Efecto?

                «Lo que tendrías que explicar tú es como la calidad, siendo cosa de consenso, y por tanto mutable, es algo intrínseco al libro».

                Tan intrínseco al libro es, que si el libro no existiera, nadie podría decir que tiene mucha calidad. Si la calidad estuviera fuera de él podría hacerse (da vergüenza explicar cosas que un párvulo entendería).

                Según tú, la calidad del Quijote no reside en el libro, sino en la opinión que la gente tiene de él. Toda la gente a la que el Quijote le parece un libro mediocre (entre ellos Nabokov), convierten automáticamente a ese libro en un libro mediocre. Explícanos mediante qué prodigios , como mínimo cuánticos, los juicios de los lectores modifican el texto de un libro.

                Veo que o no has leído mis respuestas a Fernández Recuero o no las has entendido en absoluto.

                Discutir contigo es una pérdida de tiempo. No te extrañes, pues, que deje de responder a tus objeciones absurdas.

                • Pero, alma de cántaro, ¿causa el mismo efecto un libro leído que un libro no leído? ¿Entiendes que para valorar algo has debido de leerlo?, qué te produzca una impresión y que emitas un juicio por ello? El texto sin leerlo no es nada, la causa final de un libro, ya que tan aristotélico te veo, es ser leído. Te vuelvo a repetir lo que te dije: La calidad de una obra no depende solo del autor, sino de la valoración que se hace.

                  Y con respecto al Quijote, mira que te dije que no hicieras presentismo, mira que te dije que leyeses a Bordieu… pues nada, la calidad según tu es un no sé qué, que el autor imprime en su obra y que el resto reconoce como se reconoce un conejo, un arbusto o un grillo. ¿De verdad no te ha dado por poner un ejemplo de un autor que haya sido muy leído en el pasado por académicos y eruditos y que ahora ni se plantea su lectura? ¿Es que crees que el juicio en la historia es inmutable?. Pues no, está llena de cambios de criterios. Y por supuesto que si hubiera habido más juicios como el de Nabokov ni habrías sabido del Quijote. Pero claro al hacer presentismo solo citas las historias de éxito, en las que en tu ignorancia crees que tienen un aura divina a su alredor al que llamas calidad.

                  Nadie ha hablado, salvo tu para ridiculizar o porque eres notablemente obtuso, de que se cambie el texto mágicamente, lo que cambia es la valoración.

                  • No entiendes ni lo que tú mismo escribes (con faltas de ortografía incluidas y una sintaxis más que dudosa), como para entender lo que yo digo.

                    Y conoces tan bien a Bourdieu que ni siquiera sabes cómo se escribe su apellido.

                    «Con tontos, ni a comer merengues», dice un refrán español.

                    • ¿Perdona?¿alguien que entra hablando de ideas «gordas» y se pone tiquismiquis con la ortografía y la sintaxis?.

    • Suscribo totalmente al autor del texto. Y si, Lo que hace que un poema sea grande no es su autor, sino su lector. Para mi «Elogio de la Lluvia» de Roberto Vallarino es el poema más grande que se escribió en Latinoamérica. Quizás para ti no, ni para su autor incluso. Para mí, su lector irredento, lo es.

  5. Otra idea muy discutible: «Esa conexión casi mística entre sufrimiento y belleza es un legado romántico que, aunque seductor, no resiste el más mínimo análisis histórico.»

    Esa conexión es visible en las biografías de todos los grandes poetas. Yo no conozco casos de grandes poetas felices. Conozco muchos, por el contrario, que sufrieron lo indecible. César Vallejo (para mí el mejor poeta en español del siglo XX) no hubiera escrito su poesía si hubiera sido millonario, bello y sueco, por ejemplo.

    «Sólo se aprende a ser en la escuela del dolor.»
    (Esquilo. «Las Euménides»).

    «El dolor hace al poeta, el dolor plenamente sentido, no evitado,
    reconocido, abarcado, conservado.»
    (Elias Canetti. «El suplicio de las moscas»).

    «Sólo rota se despierta el alma.»
    (Joe Bousquet. «Traducido del silencio»)

  6. No estoy de acuerdo con el autor. Creo que esta vez Popova está más cercana a la verdad. Voy a resumir lo que pienso de esta forma: si te pagan con un billete falso que no puedes distinguirlo de uno real, ¿eso significa que el billete es auténtico? ¿No será que te han engañado? Una IA que no tiene emociones sólo puede simularlas. Además también estoy de acuerdo con el colega que escribió más arriba. La felicidad no da buenos poemas.

  7. MacNaughton

    La verdad, Ángel, y con todos mis respetos, pareces nuevo… ¿Tú que te crees, que han inventado el AI para que se escriba poesía?

    Las empresas de Silicon Valley como Open AI son los financieros de la campaña electoral de Donald Trump, cuya llegada al poder les ha permitido quitar la máscara de una vez para todos, y todos los «tec bros» están colaborando activamente con el genocidio en Palestina, desarrollando y empleando junto con el Estado Israelí un AI con fines militares que se está utilizando en el dia a día desde hace año y medio…

    Te remito al excelente periodista / escritor Anthony Lowenstien y su libro «The Palestine Laboratory: How Israel exports the technology of occupation around the world» quien afirma que muy posiblemente serán imputables los dueños de Amazon, Microsoft y AI etc etc como colaboradores en crímenes de guerra por la justicia internacional…

    No es casualidad que el auge de artículos / información sobre AI coincide con el genocidio en Gaza, que es el laboratorio que Israel está utilizando para vender sus armamento / sistemas de vigilancia high tec al resto de los gobiernos que quieren controlar y vigilar sus poblaciones, pero ya sabíamos desde hace mucho que las «buenas intenciones» de los Sillicon Valley son pura propaganda, que Facebook ha colaborado con el gobierno Chino en actividades de vigilancia por ejemplo… y montones de cosas más…

    El libro clave «The Age of Surveillance Capitalism» de Shoshana Zuboff es de hace más de 6 años ya, pero parece que no habéis oído hablar de el…

    Aquí el propio Lowenstein en el canal Middle Eastern Eye en una entrevista titulada: How Palantir, Google and Amazon armed Israel’s Genocide In Gaza:https://www.youtube.com/watch?v=QTfQo4t_zVY

    • Delirante… Pura paranoia complotista.

      • MacNaughton

        ¿Qué es paranoia complotista según usted? Es el propio ejercito israelí que anunció que ha utilizado AI en sus ataques en Gaza, eh? ¿El programa Lavender por ejemplo? Eso salió en prensa hace más de un año y fue ampliamente difundido.

        https://es.wikipedia.org/wiki/Ataques_con_asistencia_de_IA_en_la_Franja_de_Gaza

        Lo que es nuevo es que, desde la segunda victoria de Trump, varios de los dueños de estas enormes empresas han declarado abiertamente su apoyo a la campaña de genocidio allí, como Alex Karp de Palantir…

        No controlo yo en mundo de las ventas de armas nada, pero cuando un periodista (nacido judio) como Lowenstein nos informa como varios Estados estén integrando tecnología y armamentos en sus fuerzas de defensa y seguridad probado por primera vez en Gaza por el IDF, no me cuesta nada creerlo.

    • Alfred Rosenberg le daría un «like». Se ha quedado usted a centímetro y medio de los protocolos de los sabios de sión.

    • Estimado MacNaughton:

      No, la IA no se ha «inventado» para escribir poesía, igual que la energía nuclear no se inventó para hacer escáneres PET. El conocimiento, como la curiosidad, es amoral: su orientación depende de quien lo aplica. Y efectivamente, el desarrollo contemporáneo de la inteligencia artificial está profundamente vinculado a intereses militares, geoestratégicos y comerciales. No tengo duda de que muchos tec bros colaboran con el horror. También lo hacen bancos, gobiernos y empresas textiles. Mi texto no va de blanquear nada. Va de señalar que, en manos preparadas, la IA no solo no anula la creatividad humana, sino que la potencia.

      ¿La IA está al servicio del poder? Claro. Pero también puede estar al servicio de la imaginación crítica. Y para eso también se necesita poesía.

  8. Me resulta curioso ver este artículo al lado de otro en el que comentan como la IA aplicada a las búsquedas esta matando esta revista, y este tipo de publicaciones. Es como una maltratada que, al mismo tiempo que enseña sus heridas y moratones, dice: «pero en el fondo no es tan malo».

    • Roberto, gracias por señalar esa aparente contradicción, porque me permite aclararla. No es solo legítima tu observación: es importante.

      Efectivamente, la IA está afectando a medios como este. Está alterando los modelos de negocio, reduciendo los ingresos por búsquedas, desplazando visibilidad, y fomentando, en muchos casos, un consumo superficial de contenidos. Es un golpe serio, y lo estamos diciendo abiertamente, sin contemplaciones. Ahora bien, que una tecnología nos haga daño no significa que no debamos reflexionar sobre cómo usarla de otro modo. Precisamente porque sabemos lo que implica, nos interesa abrir el debate no solo desde la queja, sino desde la pregunta: ¿puede esto servir también para algo más? ¿Podemos apropiarnos de una herramienta y convertirla en otra cosa?

      La comparación con la maltratada es potente, pero injusta: yo no estoy diciendo que el poder que nos hiere sea bueno en el fondo. Estoy diciendo que, como en el caso de la energía nuclear —que menciono a propósito—, una vez descubierto un principio físico o técnico, no podemos desinventarlo. Lo único que podemos hacer es decidir cómo lo usamos. Que se haya creado con fines bélicos no impide que hoy salve vidas con un PET. Que una IA haya sido entrenada para matar personas con drones no impide que podamos entrenarla también para explorar poesía, historia o filosofía.

      El artículo no es un canto a la bondad de la IA. Es una invitación a pensar qué hacemos con ella quienes no dirigimos OpenAI ni Alphabet. O la usamos críticamente, o la dejamos en manos de quienes no tienen ningún interés en salvar este tipo de publicaciones. Y eso sí que sería el verdadero final.

  9. Pero, ¿quién dijo que el sufrimiento es sagrado? ¿A quién se le ocurre tener un ayudante para escribir poemas, memorandum o la lista pal supermecado?, ¡con esa frase tan superflua!: “comprar pan”. Es de todos los días pero me llega flotando solita. No creo que a ella le floten alrededor las cosas, y menos tener memoria del sabor del pan recién cocinado. El sufrimiento no tiene predicado, es sufrimiento, solo la ciencia médica predica. No hay nada de sagrado en ese horror literario que pasó a la posteridad “… lo mejor para el hombre hubiese sido no haber nacido…” Tendríamos que presentársela a ella para ver qué es lo que “piensa”. Si es un reflejo de millones de experiencias que vienen en nuestra ayuda, quiere decir que no tendríamos que leer más y trambién escribir. Con lo lindo que es deslizarse por el declive de las palabras despues de agotarnos subiendo y creer entender en la cima, ¡llegar a la gloria! para al final preguntarnos: ¿y ahora qué? Habrá que bajar.
    “… La pregunta, por tanto, no es si la IA puede crear arte…” Me parece que ésa sería la pregunta. Y si puede crearlo que lo haga compartiendo la autoria con el necesitado. Sera siempre una obra a mitad. Con sufrimiento o sin el. Lo único que me consuela de esta realidad es que la inteligencia puede ser femenina, aunque por correlación de genero semántico. Reconozo que lo mío es una cuestión personal, pero ni “abrio ni dormido” pediría su ayuda. Y no porque me siento especial o porque sufra, sino por que temo perder la costumbre de agarrar un libro o un lápiz. Transhumanismo, como usted lo presenta pareciera significar no hacer absolutamente nada intelectualmente. Y esto no es de nosotros. Disculpe estimado, pero no me parece oportuno criticar a una escritora por motivos subjetivos cuando reflexiona sobre una entidad que no posee tal categoria. El miedo a dejar de ser especiales o románticos es más que discutible. Gracias por la excelente lectura.

    • Gracias, E. Roberto, por tomarte el tiempo de responder con tanta hondura. Quiero aclararte algo que quizá ayude a entender mejor desde dónde hablo.

      Además de usar la calculadora en mi trabajo financiero, desde pequeño me ha apasionado la aritmética modular, mucho antes de saber que se llamaba así. Disfruto resolviendo killersudokus como quien toma cervezas en Sevilla. Me encanta el cálculo mental, lo practico con frecuencia, y soy muy consciente de las ventajas que me ha dado en muchos aspectos de la vida que, a simple vista, no tienen relación directa con las matemáticas.

      Por eso, precisamente, no veo contradicción entre entrenar nuestras capacidades y usar herramientas. No es incompatible. Del mismo modo que la calculadora no me quitó el gusto por calcular mentalmente, usar ChatGPT no me ha quitado el placer de escribir, pensar o aprender por mí mismo. Al contrario: desde que me documento con ChatGPT, pasado siempre por verificación en Perplexity, no solo he aumentado mi productividad, sino que estoy aprendiendo más que nunca. Porque la herramienta bien usada no reemplaza: amplía, estimula, obliga a afinar el criterio, a distinguir lo válido de lo erróneo, lo interesante de lo accesorio.

      Entiendo tu temor a perder el hábito de agarrar un libro o un lápiz. Pero en mi caso, lo que ha ocurrido es justo lo contrario: ahora leo más y escribo más. Y también dudo más. Y eso, para mí, sigue siendo profundamente humano.

  10. MacNaughton

    Hola Ángel

    Gracias por la respuesta.

    No te he acusado de blanquear, no veo esa intencionalidad, sino ser poco crítico con el discurso de los intereses detrás de la Inteligencia Artificial.

    Por ejemplo, en cuanto a tu afirmación que con «El ChatGPT somos transhumanos», no veo absolutamente ningún indicio que sea así, ya que ChatGPT falla continuamente con las preguntas más básicas y inventa respuestas cuando no sabe, algo que en el argot de la IA se llama «bullshit». Hay un estudio reciente de la Universidad de Glasgow que se llama «ChatGPT Is Bullshit», que analiza justo este aspecto del modelo de Open AI.

    Sobre la creatividad, que cada uno haga lo que quiera. Siempre ha habido un sinfín de acercamientos distintos por parte de escritores, hasta el de Hemingway que decía escribir a pie, a William S Burroughs que se drogaba. No veo un nuevo amanecer para la creatividad humana con la AI sin embargo, para mi tiene más aspecto de ser una moda pasajera, pero la verdad es que no lo sabemos.

    Lo que creo es que hay que ser muy critico con estos discursos que afirman que «la AI va a salvar la humanidad» y es «un nuevo amanecer» y «inevitable».

    Estamos hablando de un proyecto financiados a través de los mercados especulativos americanos de capital que han invertidos billones y billones de dólares en el desarrollo la AI desde hace décadas.

    ¿Qué es lo que quieren entonces ahora estas personas? Cobrar, monetizar, rentabilizar su enorme inversión….

    ¿Qué mensaje van a hacer llegar a los medios esta gente por tanto? ¿Por que tenemos que creer lo de que AI es inevitable etc etc?

    Según la señora Karen Hao, quien ha trabajado en Open AI, no hay ninguna base real y concreto para creer que la AI se va a perfeccionar lo suficientemente para reemplazar el humano, sino más bien una creencia mesiánica de que esta gente, estos individuos, que son los «salvadores de la humanidad», mezclada con esa cristianismo evangélico tan presente en EEUU.., Una mezcla muy peligrosa…

    El libro de Karen Hao se llama «Empire of AI: How AI is Threatening Democracy and Creating a New Colonial World». No lo he leído, pero es he visto una entrevista con ella muy interesante en Youtube.

    Gracias Ángel y muchos saludos

    • Gracias por tu respuesta. La valoro mucho porque abre un debate necesario y honesto. Agradezco especialmente que mantengas el tono crítico sin convertirlo en confrontación. Voy, si me permites, a responder solo a una de tus objeciones, la que me parece central y sobre la que creo que podemos disentir con sentido: si ChatGPT puede o no considerarse una herramienta transhumanista. Cuando afirmo que con ChatGPT nos volvemos transhumanos, no estoy diciendo que seamos mejores, más éticos o más sabios por usarlo. Estoy diciendo que el mero hecho de incorporar una prótesis cognitiva como esta —un modelo estadístico del lenguaje que puede generar textos, resolver problemas y explorar ideas— transforma nuestra forma de pensar, de escribir y de decidir. Así como una calculadora extiende nuestras capacidades aritméticas, o el telescopio extendió nuestra visión del universo, este tipo de IA extiende nuestro pensamiento simbólico y nuestra imaginación verbal. Ese es el sentido en el que uso el término «transhumanismo»: no como profecía mesiánica, sino como constatación funcional.

      No hace falta que el sistema sea infalible para que nos transforme. También Google ofrece resultados erróneos; también Wikipedia contiene errores; también el lápiz puede escribir estupideces. La clave no está en si la herramienta es perfecta, sino en qué hace posible. Y ChatGPT —con todos sus límites, que conozco y admito— hace posible hoy algo que hace menos de tres años años no estaba al alcance de la mayoría de la población: escribir mejor, explorar nuevas ideas, reescribir con otro tono, entender textos complejos, programar, estructurar un artículo o simplemente arrancar un proceso creativo sin bloqueo. ¿Lo hace por ti? No. Lo haces tú con su ayuda. Como una pierna ortopédica, no corre sola, pero con ella puedes correr si sabes cómo usarla. El estudio que mencionas de Glasgow es provocador, y estoy de acuerdo con su diagnóstico: ChatGPT, si se le usa acríticamente, produce basura. Pero ahí está la cuestión: en que no se trata de reemplazar al humano, sino de que el humano sepa pilotar bien la herramienta. Un ser humano mediocre con IA seguirá siendo mediocre. Un ser humano brillante con IA puede amplificar su alcance, igual que con la imprenta o el ordenador.

      Lo que me interesa no es la propaganda de Silicon Valley. Estoy, como tú, harto de los discursos huecos sobre lo «inevitable». Lo que me interesa es qué uso podemos hacer de estas herramientas desde fuera del relato hegemónico. Y ahí, sí veo una oportunidad: en la educación, en la creación, en la traducción, en la accesibilidad, en la ampliación de los límites del lenguaje. El que prefiera escribir sin ayuda, perfecto. El que prefiera pensar con otras prótesis, que lo haga también. Pero negar que esto cambia las reglas del juego me parece, honestamente, más ideológico que crítico.

      Un abrazo y gracias de nuevo por el diálogo.

      • MacNaughton

        Hola de nuevo Ángel

        Si me dices que el Chat es un herramienta de trabajo con ciertos fines limitados, me parece muy bien, no veo ningún problema aunque jamás se me pasaría por la cabeza escribir con ello.

        Pero no es lo que dicen sus creadores, y sus apóstoles en los medios. Dicen que la IA es un antes y después en la evolución humana, que va a reemplazar millones de trabajos y además, que eso es algo bueno, pero insisto, hay un interés detrás de aquella campaña, hay que cogerla con pinzas.

        No sabemos todavía el alcance de la AI, se sigue disputando aun, y en ese sentido hay un video en youtube de the Financial Times de hace un par de semanas con una cara a cara entre Paul Krugman y Martin Wolf, ambos economistas estrellas en el mundo anglosajón, que se llama: AI Hype versus Reality. No se ha producido un salto en la productividad todavía debido al Chat por ejemplo, ni siquiera eso… ¡¡¡menuda revolución!!!

        En cuanto a que la IA sea algo ideológico, por supuesto que lo es, porque no está al alcance de más que los grandes países como EEUU y China. Ha sido desarrollado sobre todo por un grupo de empresarios americanos en Silicon Valley que tienen billones de dólares, que han apoyado a un nacionalista blanco racista como Trump, y que se están convirtiendo cada vez más en proveedores de la tecnología más mortífera de la Tierra en Gaza. La combinación derecha extrema americana, dinero ilimitado, tecnología AI (por muy fallida que sea) y el mesianismo / evangelismo a mi me parece terrorífico.

        Si hubiese un comité de sabios nombrado por Naciones Unidas que llevasen el tema con la promesa de utilizar sus beneficios para el bien de la humanidad entera, sería otra cosa, pero no es el caso, el caso es el contrario, es una tecnología ahora mismo muy fallida, que hace mucho daño al medio ambiente y que requiere de trabajadores en países como Kenia cobrando un dólar al día, que es la otra cara de la moneda…

        En fin, no comparto tu optimismo sobre el futuro con el Chat, pero reconozco que no sabemos el futuro. Si me preguntas hace 30 años que todos íbamos por ahí con un teléfono encima como unos gilipollas, te habría dicho que no sin dudarlo, y mira tu como estamos…

        Saludos y gracias por tu enorme trabajo en Jot, Ángel.

  11. Xaquín López

    La gran diferencia es que el apéndice intestinal solo puede joderte con una inflamación, pero la IA puede ocupar tu lugar en el espacio tiempo terrestre… si no aprendes a interactuar con ella como director del proceso.. entonces estarás mucho màs jodido que con una simple apendicitis.

    Nada muy diferente a ser un esclavo mental del poder burgués… verdad IH???

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