Ciencias

Cerebros congelados, cuerpos electrificados y arte pintado con locura: viaje ilustrado a los abismos de la mente

Cinco de las monomanías de Géricault. cerebros
Cinco de las monomanías de Géricault.

No hay órgano más pretencioso que el cerebro. Se sabe irreemplazable, inabarcable, inaccesible. Se permite incluso el lujo de producir pensamientos como «yo soy el cerebro», lo cual no deja de ser una forma elegante de egolatría circular. Su altivez es tal que ha logrado que lo consideremos un misterio, cuando en realidad lleva siglos permitiendo que lo manipulemos, lo taladremos, lo bombardemos con químicos o lo congelemos a menos ciento noventa y seis grados como si fuera un pollo crudo en una bolsa de zip. El cerebro, al parecer, se deja hacer. Siempre que no se entere.

No hay más que observar lo que sucedió aquel 28 de octubre de 1940, cuando Julius Hallervorden seleccionó a más de sesenta niños y adolescentes en el Hospital de Brandenburgo, no por compasión, sino por conveniencia. Eran pacientes con discapacidades severas, con cuerpos frágiles y cerebros aún frescos, condenados de antemano por pertenecer a esa categoría difusa y abominablemente útil: vidas indignas de ser vividas. Hallervorden no buscaba curarlos, ni siquiera aliviar sus síntomas. Lo que le interesaba era lo que había dentro de sus cráneos: tejido cerebral intacto, funcional en su deterioro, perfecto para investigar. Fueron asesinados con consentimiento administrativo y rigor de laboratorio. Después, sus cerebros fueron cuidadosamente extraídos, clasificados, etiquetados, conservados en formol y almacenados en cajas de cartón. Hallervorden los estudió con atención minuciosa, como si la enfermedad mental fuera una cuestión de carpintería, de tornillos mal colocados, de vetas defectuosas. Así se descubrió el síndrome que lleva su nombre, con precisión prusiana y eficiencia industrial. En un día.

Claro que el cerebro también ha tenido sus momentos de gloria escénica. Uno de los más célebres ocurrió en Londres, a principios del siglo XIX, cuando Giovanni Aldini —sobrino de Luigi Galvani y apóstol entusiasta de la electricidad como fuerza vital— decidió convertir la ciencia en espectáculo. Frente a un público expectante, conectó el cuerpo recién ejecutado de George Forster —condenado por asesinar a su esposa y su hija— a una maraña de placas de cobre y zinc. Pasó corriente. El ojo izquierdo se abrió con reticencia, como quien se despierta en mitad de una pesadilla ajena. La boca se contrajo en un gesto ambiguo —mitad mueca, mitad amenaza— y los músculos faciales temblaron como si buscaran pronunciar algo que el cuerpo ya no recordaba. Luego, el número final: al aplicar la descarga entre la oreja y el recto —geografía caprichosa para una función cerebral—, el cadáver golpeó la mesa con los brazos, se arqueó en un espasmo coreografiado por el espanto y, con una última bocanada de aire postizo, sopló las velas que lo velaban. El siglo XIX aplaudía. El morbo también. Fue lo más parecido a una resurrección que había visto el público victoriano.

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