
Claudia Casanova (Barcelona, 1974) estudió Económicas y Traducción, pero muy pronto entendió que su destino estaba entre libros. Su paso por Paidós, donde aprendió de Enrique Folch, la llevó a dirigir el sello tras su compra por Planeta, en el área que dirigió Gonzalo Pontón, y a conocer desde dentro los engranajes de la gran edición. En 2010, junto a Juan Eloy Roca, fundó Ático de los Libros, un proyecto nacido de la independencia, la experiencia y la convicción de que la literatura —ya sea histórica, de aventuras o de ideas— puede ser también una empresa sólida y apasionada.
Quince años después, en 2025, Ático celebra su decimoquinto aniversario convertida en un pequeño grupo editorial independiente con siete sellos —Ático, Principal, Oz, Lira, Chic, Wonderbooks y Kitsune— que abarca desde la narrativa literaria y la fantasía, pasando por el ensayo y la historia, hasta la romántica y la juvenil. Casanova reivindica el oficio frente a la mitología del editor romántico: el equilibrio entre pasión y estructura, entre libertad y gestión. Como traductora, lectora y fundadora, sigue al frente de un catálogo donde conviven Stevenson y Philip Hoare, David Simon y Santi Balmes, con la misma curiosidad que la llevó, de niña, a leer a Stefan Zweig y Josep Pla y soñar con vivir, literalmente, de los libros.
¿Qué descubriste primero, Homicidio: un año en las calles de la muerte o The Wire?
Nosotros llegamos a Homicidio a partir de The Wire, claro. Vimos la serie y dijimos: ¿esto de dónde sale? Entonces descubrimos que el autor era periodista, originalmente, y que había publicado varios libros. Nos lanzamos a por sus libros, pero claro, eran múltiples y muy diferentes, así que seleccionamos: un libro centrado en The Wire por un lado, y la bilogía de Homicidio y La esquina también. Fue un esfuerzo editorial de primer orden, casi ochocientas páginas cada libro.
¿Fue Leviatán y la ballena de Philip Hoare el libro que inauguró vuestro proyecto?
No, lo lanzamos junto a Homicidio. En realidad, teníamos en mente lanzar dos sellos de partida. Dijimos: uno en primavera y el otro en septiembre. Porque no veíamos manera de encajar lo que era Homicidio, todo ese mundo urbano y violento, con Leviatán o la ballena, un no ficción narrativo mucho más pegada a una cierta idea de literatura. Que para mí Homicidio también es literatura, obviamente. Así que en cierto modo, fue David Simons quién nos obligó directamente a sacar dos los sellos simultáneamente.
¿Lo tenías uno antes en la cabeza que el otro?
Fue en paralelo. Teníamos esos dos libros increíbles en la mesa y estábamos trabajando para otros sellos editoriales. Y los propusimos y nos los tumbaron, con toda lógica, porque realmente no encajaban en los sellos donde trabajábamos.
¿Tu marido que también es tu socio, trabajaba también en Planeta?
Nosotros nos conocimos mucho antes y ya éramos pareja cuando Planeta compró el sello en el que yo estaba, Paidós. Y acabamos trabajando en el mismo grupo. Él era responsable de Planeta No Ficción, con Ricardo Artola.
¿Te encantan las series?
A mí me gustan mucho las series, sí, sí, sí. A veces digo: somos lectores y también espectadores omnívoros. Nos gusta un poco de todo, vamos variando. Yo no leo un solo género, leo un montón. Y por eso la editorial es como es, porque nos gusta un poco de todo.
Vamos al principio: ¿eras socia de Círculo de Lectores cuando eras pequeña?
Pues no. Mi padre conseguía libros de Círculo de Lectores, pero no recuerdo cómo, porque no tengo la conciencia de que viniera el agente a casa. Pero sí que teníamos libros de Círculo; de alguna forma debían llegar. Teníamos una pequeña gran biblioteca: lo típico de clase media. Las obras completas en catalán de Josep Pla, esas colecciones de Plaza & Janes en piel verde con Stefan Zweig, toda Agatha Christie, ¡Perry Mason! Y mi padre era muy aficionado a la fantasía y la ciencia ficción. Tenía todo lo que publicaba Martínez Roca, los premios Hugo de Plaza y Janés…
¿Estudiaste Traducción primero y Económicas después?
Económicas primero.
¿Y cómo pasas de Económicas a Traducción?
Por supervivencia. En esa época tú estudias lo que los padres dicen para ganarte la vida, y yo entro en Económicas y desde el minuto cero digo: esto no es mi mundo. Me saco la carrera, pero a la fuerza, puro pulmón, como si estuviera en galeras. Y entonces me meto en lo que se llamaba un segundo ciclo de Traducción, que estaba más cerca de lo que yo lo que hubiera querido estudiar, que era Historia o Literatura. Con Traducción veo un poquito la luz: digo, bueno, puedo ser traductora, porque yo lo que quería era vivir de libros, con libros. No sabes cómo entrar en el sector, porque en ese momento no había profesionalización en ese ámbito. Empiezo a traducir, a hacer informes de lectura, y así es como llego a encontrar trabajo en editoriales. Para mí, claro, es un pequeño gran milagro.
¿Cómo fue tu primer informe de lectura?
En ese momento ya estaba con Juan Eloy; él hacía informes de lectura para Tusquets, y necesitaban muchos lectores. Empiezo leyendo Reinaldo Arenas, Lino Novás Calvo… y él hace informes de un japonés entonces desconocido, Murakami. En el primer informe de lectura que hizo, recomienda Norwegian Wood. Ese libro en concreto era una maravilla, había que publicarlo.
Empiezas traduciendo un poco de todo, también medievalistas franceses, ¿no?
Sí. Empiezo con autoayuda, con novela… lo que surge, hay que trabajar. Pero a mí la Historia me gustaba, me encantaba y me sigue gustando.
¿De dónde te viene la afición a la Historia?
Supongo que de lecturas en casa. Tuve la suerte de que mis padres, con esfuerzo, me pagaron estudios en el Liceo Francés. Ahí te machacan mucho con la Escuela de los Annales: Georges Duby, Jacques Le Goff… Sales con la idea de que la Historia es importante. En Paidós viví una segunda universidad: no era una editorial especializada en Historia, pero tenía una línea de historia que quería ser más divulgativa, más accesible. Es un poco el germen de lo que nosotros hacemos en Ático: historia narrativa que llega a todo el mundo. Leyendo allí todo lo que tenían publicado, disfruté muchísimo y me metí en lo medieval, que es, ya sabes, mi debilidad.
Publicas La dama y el león en 2006. ¿Tu conocimiento de esta literatura influyó en la temática?
No. A mí me gustan mucho también las novelas de aventuras. He leído a Stevenson, Verne, Salgari… Son mis referentes juveniles. Por eso reeditamos La princesa prometida, porque es una lectura de juventud que nos hacía una ilusión bárbara. Y Flashman lo estamos recuperando porque nos encanta. Ya sé que nos tiran piedras por las cubiertas vintage —la primera, con la muchacha india a los pies—, y nos han dicho de todo. Pero creo que hay que leerlo con la inteligencia irónica del propio personaje y del momento. Este tipo de literatura de aventuras es mi formación y es lo que me apetecía escribir: evasión, novela histórica medieval… Ese mundo me gusta mucho. Las cortes del amor, la idea de los caballeros medievales, las mujeres como elemento de poder —que luego se distorsiona con la estructura eclesiástica—. El siglo XI y el XII, cuando el rito de matrimonio aún no es el de la Iglesia tal y como lo conocemos… Es otro mundo.
Fundas Ático de los Libros en 2010, en plena crisis. ¿Qué te lleva a tomar esa decisión?
Es una salida lógica. Yo empecé en Paidós en 2000. Ya habían pasado casi diez años, que son ciclos laborales. En 2005-2006 Planeta compra Paidós y me ofrece la dirección editorial: para mí fue un cambio, y con Gonzalo Pontón padre, fue un aprendizaje interesantísimo. De lujo. Pero cuando él sale de Planeta la cosa cambia. A Juan Eloy también le pillaba otro ciclo, ganas de hacer cosas diferentes. Con el dinero que nos da Planeta —siempre estaremos agradecidos, se portaron muy bien— pudimos financiar la salida de una editorial. Con 35 años, con conocimiento, con trabajo hecho en contratación extranjera —las agencias ya nos conocían— dijimos: ¿por qué no? Además, las tiradas precrisis eran 1500-2000 en sellos grandes: tú calculas y dices, «Hombre, eso puedo asumirlo». Nos lanzamos. El primer año de independiente es una maravilla porque no hay devoluciones; el segundo nos llegó la crisis. Fue otra historia. Aprendimos muchísimo, y lo repito siempre: tenemos la suerte de seguir manteniendo el espíritu de editorial de guerrilla. Nada nos tumba, o casi.
Descubristeis a Philip Hoare en librerías inglesas. ¿Qué os atrajo de Leviatán y la ballena?
Viajábamos mucho a Londres por trabajo y siempre hacíamos ronda de librerías. Vimos esa no ficción narrativa que en España no se estaba haciendo. Le echas un vistazo y dices: «Este tipo está loco». Y nos encantó. Es literatura, pero de ballenas. Y todos sus libros son así: cambia de tema —Durero, por ejemplo— pero mantiene ese hilo; el próximo es William Blake y el mar de los demonios. Vimos que no estaba contratado. La lógica de los números está, y juega en contra de la decisión de publicarlo, pero contra la lógica de los números está la locura del editor. Salió bien.
En los grupos se dice que un sello paga a otro. ¿Por qué se agrupan sellos como unidad de negocio?
Para reducir costes. Un equipo de cinco o seis —prensa, editor técnico, administración— da servicio a tres o cuatro sellos. En lugar de un técnico por sello, compartes servicios comunes. Un director editorial puede gestionar varios sellos si las listas son cortas. Pierdes personalidad, quizá, pero es una constatación, no una crítica: es lógica empresarial. Nosotros publicamos entre 140 y 160 títulos al año, repartidos en siete sellos. Cada lista queda en 20-35. Tenemos equipo en Madrid y en Barcelona.
Abristeis oficina en Madrid siendo una editorial nacida en Barcelona. ¿Por qué?
Porque yo publico en castellano. En catalán, también, cuando el libro lo pide. Abrimos en Madrid para tener allí la prensa y la producción: es práctico. Nos dimos cuenta de que si a un medio le llega el paquete desde aquí, es diferente.
Compartes “estatus” con otras editoriales independientes como Libros del Asteroide o Arpa. Se romantiza mucho la edición, pero todos sois sellos exitosos ¿Qué importancia tiene empezar un proyecto editorial habiendo trabajado antes en el sector?
Lo importante es justo eso: haber pasado por la industria. Hay proyectos preciosos con cuatro o seis títulos que se quedan sin oxígeno. Medir muy bien es clave. Desde el principio sabíamos que queríamos sellos de gran público. Tenemos uno de bienestar y autoayuda, otro de narrativa juvenil comercial… Yo no quiero salir a bailar con un brazo atado y una pata coja a la pista de baile: o me doy todas las herramientas o me quedo, no en la irrelevancia —hay sellos literarios pequeños maravillosos—, pero sí sufro en librerías, donde la competencia es brutal. El volumen te da músculo: te permite competir, pagar derechos, construir colección. Conseguir autores que teníamos en mente como Tom Holland —queríamos todo Holland y lo hemos conseguido—, John Julius Norwich, Helen Castor, Bettany Hughes, Dan Jones, etc… Pero para eso tienes que hacer una cantidad notable de títulos al mes.
¿Cómo conociste a Santi Balmes? ¿Eres fan de Love of Lesbian?
¡No lo conocía! Teníamos una persona en prácticas, Elena, que nos dijo: «¿Podríamos proponerle un libro a un cantante que sigo?». Y yo: «Vale, tira». Mi misión es abrir caminos. Le escribió por DM y Santi contestó amablemente: justo estaba con un álbum: Yo mataré monstruos por ti. Lo hablamos con él, todo natural y orgánico, como es él. Empezamos con los álbumes, publicamos también Canción de bruma, el de la tirolina en catalán… Tenemos una relación estupenda. Nos da mucha alegría publicarlo y, sí, nos hace ganar dinero.
En estos quince años, ¿qué libro te arrepientes de no haber tenido en tu catálogo que pasara por tus manos?
Lo tengo clarísimo: La liebre con ojos de ámbar de Edmund de Waal que acabó publicando Acantilado. Era también no ficción narrativa, más familiar. Me daba miedo que nos encasillaran; la agencia me lo decía: «Compra este, te encajará». No lo hice y me equivoqué.
¿Cuánto de vuestro catálogo son traducciones? ¿Sigues traduciendo?
Ahora mismo estamos en un 75-80%. Antes era un 90%. Tanto Juan Eloy como yo somos traductores. Yo traduzco lo medieval, generalmente; también alguna novela más ligera —Janice Hallett, por ejemplo—. Él traduce la historia contemporánea. Traducir para nosotros es relajado: ya no hay decisiones, ya has comprado el libro y disfrutas. Traducimos un poquito menos, pero publicamos más.
¿Cómo llevas delegar traducciones?
Al principio costó, pero el volumen es tanto que no hay más remedio. Vamos alternando: a veces coges una novela más sencilla para descansar. Por ejemplo, Juan Eloy acaba ahora de traducir un libro sobre la unificación de Japón, Sengoku Jidai, de Danny Chaplin: 600 páginas, una animalada. ¡Pero lo ha disfrutado muchísimo! Yo he terminado las novelas de ciencia ficción de Oz, El imperio del silencio de Christopher Ruocchio que ha sido una gozada. Luego alternamos con algo más ligero.
¿Cómo ves el panorama de la traducción con la irrupción de la IA?
Creo que va a ser un momento de mucha disrupción y tendremos que gestionarla entre todos. Hay que respetar al buen traductor. Las herramientas pueden ayudar, pero para bien y para mal: más productividad no siempre es mejor literatura.
A la hora de comprar derechos, ¿te pesan más las propuestas de agentes o buscáis vosotros?
Buscamos mucho. Es nuestra función: construir el catálogo con nuestro estilo. Pero, claro, nos llegan propuestas de agencias grandes y pequeñas, y nos vemos con todas regularmente.
Contaste que saltaste de alegría al recuperar los derechos de La princesa prometida. ¿Qué significó para ti?
Una lectura juvenil de formación que te demuestra lo ilimitado del género. Y significó descubrir que podíamos plantar cara a sellos ya establecidos. Solo estaba en bolsillo y vimos que podíamos plantear una oferta seria: hubo puja y nos lo llevamos. Fue como hacernos mayores: cumplimos la mayoría de edad con esa negociación.
¿Cuáles son vuestros otros sellos, además de Ático y Principal de los libros?
Tenemos cinco más. Lira es ficción femenina para el gran público, y también está ahí nuestra ficción coreana, que está vendiendo muchísimo, especialmente a los lectores jóvenes. Chic, en cambio, es romántica pura y dura. Luego está Wonderbooks, que es la línea de narrativa juvenil, y Oz, el sello de ciencia ficción y fantasía que estamos relanzando, y del primer título caerá reimpresión antes de Navidad. Oz empezó como sello de fantasía y ciencia ficción, pero enseguida llegó la romantasy y casi lo devora. Así que decidimos abrir Wonderbooks, que es la narrativa juvenil comercial, y ahí vamos a incluir Radiance, una fantasía más dirigida a lectoras, con lo que yo digo —para entendernos— dragones sexys. En cambio, en Oz queremos mantener al lector tipo Abercrombie o Sanderson, el lector de Gigamesh, de librería especializada en estado puro, porque se nos había mezclado todo demasiado. Además, no tenía sentido que convivieran los dos enfoques.
Todos tus sellos venden directamente desde la web. ¿Cómo tomas esa decisión y cómo afecta a la relación con librerías?
No afecta: es mínima. Nuestro canal son las librerías. La página web es más escaparate que otra cosa y una herramienta de trabajo: lectura en móvil, portadas, fichas… Estamos arreglándolas, además, para celebrar el 15 aniversario. Nos piden mucho las cajas de obsequio —para prensa e influencers—, está por ver si hay algo ahí. Al tiempo.
¿Por qué no integrarte en un grupo de sellos?
En la pasada feria de Frankfurt un editor italiano me preguntaba lo mismo, que si no me apetecía vender. La respuesta es, ¿para qué? Porque nosotros ya hemos estado muy integrados, muchos años en otros, sitios. Cuando tienes independencia para tomar decisiones, no lo cambias por nada. Lo que quiero es un buen servicio de distribución y comercial: y lo tenemos.
¿Cómo pasasteis de Les Punxes-Machado a UDL?
Nosotros estábamos con Les Punxes y queríamos lanzar una línea de sellos comerciales; tenemos excelente relación con ellos, pero nos dijeron que ese tipo de libros no sabían colocarlos en librería. Los llevamos a UDL. Durante un tiempo fuimos una rara avis: unos sellos con ellos y otros con UDL. Cuando sucedió lo de Entredós, la decisión y el paso fue rápido y obvio.
¿Qué complicaciones tiene vender en América y cuán importante es tener un socio de confianza?
El mercado hispanoamericano es la gran asignatura pendiente del sector español: algunos lo tienen resuelto, otros menos. Nosotros acabamos de firmar para abrir oficina en Ciudad de México, y estamos estructurando nuestro propio equipo de distribución, con comerciales y comunicación propia. Es decir, tendremos presencia directa en el terreno. Y para el resto de países de América Latina, contamos con un reponsable de Comercio Exterior que dialoga con los principales clientes (cadenas de librerías y distribuidores) para que nuestros libros lleguen directamente al punto de venta. Es un proyecto que nos ha llevado mucho trabajo, muchas horas y tiempo (y recursos) pero que nos ilusiona muchísimo. De hecho, estaremos en la FIL este año aprovechando que Barcelona es cultura invitada, y tengo muchas ganas.
¿A qué ferias internacionales acudís y con qué objetivo?
Siempre a Londres y Frankfurt, a comprar y a vender ya algunos derechos. Llevamos tiempo trabajando para publicar autores españoles de ensayo e historia accesible, de gran público, y nos está yendo muy bien. Nuestra ambición ahora es pasarlos a otros idiomas. Si no encontramos el encaje, no descartamos publicar directamente en inglés en dos o tres años. Al editor extranjero le cuesta traducir desde el español salvo grandes éxitos; pero nosotros queremos mover esos libros igualmente.
¿Cuáles son vuestras expectativas de crecimiento?
Estamos introduciendo un nivel de gestión más sistematizado. Ahora seguimos gestionando nosotros dos, con un equipo muy autosuficiente, eso sí. Queremos que la máquina vaya no sola, pero sí más en piloto. Somos ambiciosos, sí.
¿Para vender luego a un gran grupo?
No. ¿Para qué? Disfruto editando, traduciendo, publicando, con un nivel de libertad cuya única restricción es la monetaria. Hoy puedo contratar casi el 90% de lo que quiero. Cambiar eso… No veo por qué.
Este año has sido jurado del Premio Formentor. ¿Qué tal la experiencia?
Maravillosa. Las conversaciones Formentor son una isla especial. Nos ponen a todos en un campamento escolar que nos devuelve cierta inocencia necesaria, para hablar y departir sin prejuicios. Vuelvo a ser lectora y a disfrutar cuando estoy en las Conversaciones Formentor. Al final nos une el amor por los libros. Las conversaciones del jurado —con Basilio Baltasar, Marta Rebón, Víctor Gómez Pin y Marta Segarra— fueron de lujo.
¿Qué destacarías de Hélène Cixous?
Su transversalidad, esa capacidad de tocar todos los géneros y narrar desde el lenguaje, usarlo de una forma impensable que a muchos autores hoy les costaría. Fue parte de un mundo que quizá ya no existe, y por eso es importante defenderlo y redescubrirlo. El Premio Formentor hace justo eso: te la hace redescubrir.
Para terminar: ¿qué libro de tu catálogo recomendarías a los lectores de Jot Down?
La ciudad es nuestra, de Justin Fenton, que es como la sexta temporada de The Wire. Está basado en una trama corrupta de policías en Baltimore. Fenton es muy amigo de David Simon; lo publicamos en la misma colección. Hay serie —We Own This City— coproducida por Simon. Aunque no es Simon, es lo más parecido y habla de corrupción policial descarada. En este mundo, todo lo que nos eduque sobre la corrupción es importante.










Le ha faltado comentar la importancia de la explotación laboral en su modelo de negocio.
Estupenda editorial, sin duda.
Esta gente vende libros, pero igual vendería jamones. Confunden los best-sellers con la literatura, como las series TV con el gran cine. Y probablemente los versos macarrónicos que producen las IA con la poesía.
Si mañana recibieran el manuscrito de un nuevo «Cien años de soledad» lo rechazarían como Carlos Barral, por demasiado largo, confuso y poco comercial.
«Des épiciers», como diría Céline…
Es un sello con títulos estupendos impresos en un papel espantoso. Es una pena. No puedo tocar ese papel. Ya lo hicieron en Alianza Editorial un tiempo, y han rectificado.Me gustaría saber qué diferencia de precio se ahorra esa editorial. Yo por ejemplo lo asumiría y con el papel de estraza que se gastan, no puedo considerarlo una buena edición y me quedo sin comprarlo.