El viejo banquete de ideas sigue vivo: las Conversaciones Literarias Formentor se preguntan si la inteligencia artificial podrá escribir libros… o si aún hay algo que solo entiende el ser humano.
La imagen de un grupo de señores reunidos en un salón para beber, comer, escuchar música y discurrir sobre todo lo divino y lo humano ha marcado el imaginario (¿cultural?, ¿intelectual?, ¿cuál será la palabra?) de Occidente. En ese tiempo fuera del tiempo de los banquetes, los griegos se pensaban a sí mismos mientras pensaban su época.
Hace falta un espacio y un tiempo diferentes para reflexionar; es necesario detener el flujo inexorable de las horas en medio del ruido cotidiano que no nos permite escuchar. Y entonces sí, con calma y tiempo y atención y foco, llega el entendimiento. Se parece mucho a ese estado de gracia que acontece cuando nos sumergimos entre las páginas de un libro.
El encuentro anual de las Conversaciones Literarias Formentor permite recrear el espíritu de aquellas reuniones. Con una ventaja: ya no se trata solo de un grupo excluyente, sino de un encuentro en el que hombres y mujeres comparten la mesa del banquete, la metafórica y la literal. Este año la cita fue en Aranjuez, y a las conversaciones habituales se sumó el Coloquio de Editores Europeos. Más de treinta profesionales de editoriales de Portugal, Italia, Francia, Inglaterra, Alemania, Suiza, Suecia, Finlandia y, por supuesto, España se reunieron para intercambiar experiencias e impresiones en torno al tópico propuesto: «El libro de papel y el futuro de la cultura».
Así que se habló de libros y se habló del futuro aunque, se dijo, no sabemos cómo será el mundo que tenemos por delante. Es pura incertidumbre.
Cuando Basilio Baltasar abrió el coloquio con una reivindicación de la lectura como una actividad exigente, irremplazable y cada vez menos frecuente, pareció depositarse sobre el ambiente cierta desazón ante la constatación de que «todo lo sólido se desvanece en el aire». En la modernidad todo es frágil, transitorio y fugaz, se lamentaba Baudelaire. ¿Será que todo es más frágil, más transitorio y más fugaz aún en la posmodernidad?
«En una era donde las personas miramos y navegamos con poca atención, el libro supone un tipo de actividad mental que exige otras cosas: tiempo, prestar atención, focalizar, y todo eso nos lleva a la comprensión».
Como sugiere Baltasar, comprender las cosas lleva tiempo. Por eso hace falta pausar y tomar unas cuantas horas de ese devenir incesante que es el tiempo para que la comprensión tenga lugar. Lo plantea la ensayista argentina Beatriz Sarlo en su libro póstumo, que se llama justamente No entender (Siglo XXI Editores, 2025): «en ese no entender residía toda la promesa futura: cuando por fin entendiera, algo pasaría».

Abierto el coloquio, lo que hubo por delante fueron más preguntas que certezas. Pero lo sabemos desde Sócrates: la conversación es un método fabuloso para llegar al conocimiento.
En 1985 Italo Calvino tenía que dictar seis conferencias en Harvard e imaginó seis aspectos que la tradición literaria debería conservar para el futuro. Murió con el último producto de su intelecto y su imaginación aún inconcluso, pero nos dejó sus Seis propuestas para el próximo milenio (Garzanti, 1988).
La literatura debería tener levedad, velocidad, exactitud, visibilidad, multiplicidad y consistencia, dijo Calvino. Lo que no pudo imaginar entonces es que, pocas décadas después, con el nuevo milenio ya entre nosotros, estaríamos preguntándonos si hay —o dejará de haber— humanidad en la literatura. La industria de la información y la inteligencia artificial han puesto patas arriba el mundo que conocíamos y ya no sabemos si harán falta los autores para escribir libros.
De esto se habló largamente en el coloquio que reunió al sector editorial europeo, porque una verdad tan obvia como que la literatura es producto de la creatividad humana hoy parece desvanecerse en el aire.
¿Acaso las máquinas serán capaces de hacer libros?
¿La tradición literaria de Occidente está en peligro?
Esas preguntas se complementan con otras que también flotaron en las conversaciones.
Si escribir, leer y editar son actividades que nos provocan placer, ¿por qué dejaríamos que las máquinas hagan las cosas por nosotros?
¿Lo que hacen los algoritmos son creaciones?
¿Existe el riesgo de que los autores se plagien a sí mismos usando inteligencia artificial?
¿Está en peligro la creación literaria que trabaja con la belleza?

Los posicionamientos se fueron desplegando en la amplia gama que hay entre apocalípticos e integrados. La célebre caracterización de las reacciones humanas frente a las novedades tecnológicas que hizo Umberto Eco goza de tan buena salud como en los años sesenta, porque eso hacen los escritores: se empeñan en mostrar lo que no sabíamos, en imaginar lo inimaginable, en perdurar más allá de las modas y los algoritmos. También fue mentada su valoración del libro como una tecnología perfecta: «El libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez que se han inventado, no se puede hacer nada mejor».
Entonces se habló de libros.
Se habló de ellos con pasión y vehemencia, porque se trata de unos objetos bien particulares que, a lo largo de dos días, fueron pensados, hablados, reivindicados y definidos como objetos de prestigio, objetos singulares, objetos auráticos.
Y, sin embargo, como en el relato mínimo de Augusto Monterroso, en ese estado como de ensueño feliz de amor por los libros, cuando despertaron, la inteligencia artificial seguía allí.
Estamos frente a un nuevo paradigma tecnológico. ¿Cómo afecta esto a la industria del libro? ¿Cuál es la realidad del sector en cada uno de los países?
Los aspectos sobre los que discutir son muchos: rentabilidad, derechos, legislación, plagio, ahorro de tiempos de producción, automatización de trabajos, atajos creativos, el lugar del autor y la creación literaria.
¿Será cierto que el arte de hacer libros se ha puesto patas arriba y no hay pistas que nos indiquen hacia dónde seguir?
¿Están en peligro ramas y eslabones imprescindibles de la industria editorial, como correctores, traductores o ilustradores?
¿Pueden las grandes corporaciones tecnológicas convertir los derechos de autor en un bien libre como el aire que respiramos?
¿Las máquinas pueden escribir libros? Y, en caso de que así fuera, ¿qué tipo de libros serían esos
¿Serán capaces los editores de diferenciar los manuscritos artificiales de los humanos?
¿Será necesario introducir etiquetas en los libros con la leyenda «hecho enteramente por humanos»
Frente a la constatación de que la inteligencia artificial ya es parte de la vida cotidiana, las preguntas se multiplicaron y, lo que es más importante, los debates quedaron abiertos para próximos encuentros, así como la exhortación a sumar voluntades y hacer oír las voces de quienes forman parte del ecosistema editorial.
Finalmente, quedan los libros, que han demostrado ser objetos culturales capaces de resistir a todo tipo de catástrofes y anuncios de muerte. Mientras se iban debatiendo asuntos urgentes para su supervivencia, ese grupo de personas que dedican su vida a hacer libros fue hablando de ellos, definiéndolos, calificándolos.
Fue imposible para mí, testigo de aquello, resistirme al vértigo que tienen las listas.

Como si se tratara de un ejercicio a lo Georges Perec, he aquí un intento de agotamiento de todas las formas de calificar a los libros, por fuera del catálogo, escuchadas en un coloquio de editores europeos:
Libros pertinentes
Libros que traspasan fronteras
Libros oportunos
Libros que contagian
Libros potentes
Libros bonitos
Libros imprevisibles
Libros imprescindibles
Libros compartidos
Libros compartibles
Libros tsunamis
Libros polémicos
Libros que desafían a los algoritmos
Una conversación literaria merece un cierre a la altura. Creo que este se dio cuando uno de los participantes tuvo que recordar que estaban en un coloquio, «no dentro de un cuento de Borges», con autores eludidos, plagios, falsas atribuciones y eternas reversiones de lo mismo. Quizás no sea este un mal cierre para una conversación literaria que aún no ha terminado.









Perritos que huelen sus respectivos culitos… y la Industria Cultural, aquella que Gutenberg inventó hace siglos y goza de una juventud envidiable, toca la música de baile