
Una mujer de casi dos metros, un rubito incestuoso y mano dorada, un sosainas con cara de pasmo que no conoce a su padre. Todos ellos haciendo cosas que no siguen lógica, que no tienen justificación cartesiana. Todos moviéndose por el honor, generando conflictos por honor, desencadenando guerras por honor. Todos haciendo un pelín el lila, si me permiten. Aunque con honor.
Ay.
Hablemos del honor en Juego de tronos. Y en más sitios, vaya.
Solo los nobles tenemos honor
Antes de nada, intentemos definir lo indefinible. Porque… ¿qué es el honor? Concepto etéreo, innato, que se pierde en caso de no poderlo defender, que resulta activo o pasivo dependiendo de si eres varón o fémina. Una forma de entender el mundo, una forma —mejor— de que el mundo te entienda a ti. Somos superiores y nos comportamos sabiendo que somos superiores.
Una chorrada, oigan.
Digamos que el honor es algo reservado a la nobleza, a la hidalguía. Si lo entendemos como hecho connatural, imposible de adquirir más que por nacimiento, puedes comprender la idea, aunque resulte bastante idiota. Nosotros, los hidalgos, como élite de la sociedad, como la muestra más perfeccionada de lo que resulta el género de los hombres (y no de las mujeres, les cuento después), tenemos honor, mientras que las clases inferiores solo pueden aspirar a ser honorables. Vamos, podrán comportarse como si tuviesen honor, pero nunca llegarán a tenerlo. Graciosísimo. Es el honor lo que nos permite permanecer dignos aun con las manos llenas de sangre y mierda, lo que faculta para salones educados y soirées de alto copete, lo que da carta blanca para el cortejo y el casamiento con aquellas hembras de tu misma alcurnia. Es saberte especial y actuar en consonancia. El mundo te debe pleitesía y tú, a cambio, actúas encantador y a veces vas a la guerra.
Un cayetano de hoy, salvo por la guerra.
El honor, elemento clave en la sociedad estamental, dibuja también relaciones sociales perfectamente estratificadas. Solo nobles e hidalgos, por ejemplo, pueden desempeñar oficios de alcurnia (y tienen veto para otros más groseros). Y eso nos lleva a tragedias como que la Armada Invencible fuese dirigida por el Medina Sidonia, que no conocía de barcos más que lo leído en Master and Commander. Y se mareaba, por si fuera poco. No soy yo de echar culpas, pero algo tendría que ver con el resultado último. Pero es que en aquel entonces, muerto Álvaro de Bazán (era el bueno en estos temas), no muchos tenían la alcurnia, el pedigrí y el honor necesarios como para encabezar tan alta aventura. Y eso era condición necesaria. Aunque la cagásemos.
Así estaban las cosas.
Ese concepto del honor guarda relación íntima con el entorno social. Con la familia, el linaje, la sangre. Con cosas muy etéreas, y bastante tontas, que tuvieron importancia trascendente a lo largo de siglos. Con las élites, en suma. Es cualidad innata (lo que está bien, porque no debes adquirirla), pero también frágil (lo que está mal, porque puedes extraviarla a casi cualquier rato). ¿Omites defender tu honor? Pues hala, lo perdiste, y quizá lo perdiste para siempre, salvo que hagas alguna cosa tipo vencer caminantes blancos, ya sabes.
La paradoja es quién ejerce, de forma casi protagónica, ese honor. Es paradoja, dijimos, y a estas alturas todos sabemos lo tontorrón que se pone Martin con las paradojas. Hacen avanzar el relato, nos enarcan cejas, captan nuestros sentidos. Ahora, pensemos… el honor en Juego de tronos… Y surgen dos personajes en primer término: Jon Snow y Brienne de Tarth. Sumen, si lo desean, a Tyrion Lannister, aunque el arco argumental y psicológico de Tyrion es lo suficientemente retorcido como para no explicarlo en reducciones (y también a Jaime Lannister, aunque de incestos hablaremos en otro capítulo). Pero Jon y Brienne… oh, ellos sí.
Fíjense, con Jon Snow tenemos menos problemas para trasladarlo a nuestra «Historia de aprender en el cole». Vale, es un bastardo, pero es que los bastardos estaban tan normalizados en la Edad Media como, no sé, la peste bubónica, y tenían casi (casi, y ese casi es importante) idéntica consideración, obligaciones y deberes que sus hermanos «oficiales». Miren si estaban en nuestro día a día que les pusieron «hijos naturales», porque lo de bastardo resultaba pelín ofensa… Así que no extraña la formación palatina de Jon ni su certeza psicológica de ostentar honor de cuna y linaje, aun cuando el linaje fuera «Expósito» (y aun cuando ese «Expósito» de apellido sirva a nuestro gordinflas predilecto para meter tensiones y giros argumentales por doquier). Y eso siendo un pansinsal, el bueno de Jon, como bien conocen todos los aficionados a serie y libros.
Entonces… Brienne. Porque con Brienne sí que salta por los aires la convención, con Brienne sí que Martin se nos pone en plan contrasentidos, en plan «mira, mira, yo te cuento, pero no fue así». Brienne de Tarth (grandota y no demasiado fina, siempre dispuesta a hacer lo correcto) no podría, en esencia, albergar honor. O, mejor dicho, no podría ejercerlo, porque el honor de las mujeres era distinto al de los hombres. Privado y pasivo en ellas; público y activo para los mozos. El honor de las mujeres —y vean qué disímil es a lo que nos cuentan sobre Brienne— tenía un aire a santa Teresa y buscaba cualidades como el recato, la honestidad y el buen hacer doméstico, porque los sanos muchachuelos tienen que cruzar sables, pero las chicas mejor están preparando alubias. Más aún, ese honor de las féminas requiere evitar conflictos, siendo labor de ellos intervenir cuando se producen. Ellos (todos ellos) son, háganse cargo, padres, hermanitos, el novio, el esposo o similares. Y esto es porque las mujeres (recuerden, honor pasivo) solo pierden tal honor mediante actividades de corte sexual, ya sean consentidas o por fuerza. Que las primeras no debieran acarrear menoscabo físico, pero es que las segundas no pueden denunciarse ante tribunal alguno, pues exhibir intimidad, aunque fuese objeto de delito, con jueces y procuradores supone deshonra. Deshonra para ellos —otra vez el ellos—, para el marido o el hermano, pues afrenta al honor de la mujer es afrenta al varón que responde por ella. «La infidelidad de la mujer es casi siempre resultado de la incapacidad del varón», se escribe en uno de los tratados sobre qué es y qué no es el honor. Y como violaciones, ultrajes y estupros no son sino, ante todo, infidelidad —es en lo que afectan al hombre, sum sum corda de todo este mundillo—, pues ídem.
¿Les dije que era una locura?
Pobre Brienne, honrada y digna.
Y sentimental, a mí no me engañan.
Duelos, torneos y los de Dorne chuleando
Entonces, sobre esto del honor construimos una arquitectura completa que incluye representaciones más o menos teatralizadas, usos sociales de pomposidad gorda e incluso jugarnos el pellejo por un quítame allá ese saludar con la mano correctamente. O sea, los duelos.
El tema de los duelos es curioso. Bien amigo de la literatura, pero no de la literatura fantástica —esa que incluye dothrakis y huargos—, sino de la realista. Sobre el duelo escribieron autores y autoras (aunque ellas estuvieran vedadas para asuntos de honor, como vimos). Benito Pérez Galdós, Zola, Pardo Bazán, Thomas Mann, Tolstói, Chéjov… incluso hubo plumillas de popularidad bien ganada en estos quites, como Blasco Ibáñez, Maupassant, Francisco de Quevedo o Pushkin (que tampoco era tan hábil, porque muere a resultas de estas fruslerías). Era, por así decirlo, un signo de distinción, de clases altas, porque al duelo se llega por defender nuestro honor, y honor solo tienen los hidalgos, como dijimos antes. Sé que parecen disparates gruesos y difíciles de comprender, pero yo solo soy el escribiente…
Una de pijos, por concretar, de pijos que creían vivir tiempos heroicos, que se ponían tontorrones pensando en Aquiles y Héctor (curiosamente nadie habla nunca de cómo terminó aquel asunto, que fue malísimo para ambas partes, si quieren opinión). Y eso, que como se creían tan guays incluso hacen tratados de duelos, para no salirse nada del ceremonial adecuado. El más conocido de estas cosas fue un francés —esos finolis de Altojardín— llamado Chatauvillard. La finalidad de esos libros era hacer regulación sobre cómo debían proceder dos caballeros, dos herederos de la hidalguía antigua, cuando uno se consideraba agraviado por el otro. O, si gustan, cuáles eran los pasos de la negociación pacífica y cuáles los detalles en el lance de honor (fíjense en esto del «honor»).
Chorradas, para entendernos, pero chorradas que se seguían hasta sus últimas consecuencias, porque lo contrario era de chusma, de villanos y de peña sin honor. Los duelos eran, según Cándido Nocedal, «solo para quienes visten levita». Más aún, solo para las élites urbanas, porque en el campo todo es más troglodítico, más brutote, más de riña tumultuaria, navajazo en vientre y adiós muy buenas. Y el duelo no… el duelo exige, por ejemplo, que pasen sus buenos días, a veces semanas, entre que te ofenden y te bates. Porque lo otro, lo de la respuesta de calentón, es propio de maleducados y paletitos.
Así que hemos sufrido, verbigracia, una afrenta al honor. Puede ser desde que nos haya puesto los cuernos nuestra señora y alguien lo airee en plan bocazas, hasta recibir una hostia a mano cruzá en evento público, o que nos digan «cobarde» a mitad de una conversación. También atropellos tan gordísimos como dar la espalda a otro en una fiesta o devolver su apretón de manos poniendo la palma hacia abajo, lo que te obligaba a ti a ponerla hacia arriba, y eso era considerado como muestra de sumisión. Vamos, que el susodicho nos estaba haciendo de menos, y teníamos que sacar el guante para retarlo, como Homer en aquel episodio de Los Simpson. Primero tenía posibilidad de rectificación, después ya nos marchábamos, llegaban padrinos y ninguna relación hasta la fecha del duelo, quizá semanas después. Ay. Los padrinos, por cierto, discutían sobre armas, situaciones, desventajas físicas o resultados (primera sangre, pinchillo o sepelio). Gente educadísima, con prestigio social y fama de rectitud. Sumen que todas estas mierdas se publicaban, ya por los siglos XVIII y XIX, en prensa, y tendremos un relato esquizofrénico, un reflejar del paroxismo casi tipo groupie que arrastraban estos duelos. Sumen que las revoluciones liberales traen al poder a los burgueses que, por no parecer catetos (lean El Gatopardo, por favor), adoptan costumbres propias de nobles, como lo de tener «honor». Sumen, en el caso de la monarquía hispánica, códigos penales de consecuencias laxas con estos episodios. Y sumen, también, que una ofensa de honor no satisfecha podía expulsarte del ejército si eras mílite, al considerar que tal deshonor recaía sobre todo el cuerpo. ¿Resultado? Que seguimos teniendo duelos por cienes hasta hace cuatro tardes. Si Blasco fue duelista de primera, qué les voy a contar yo.
Pero volvamos al medievo. Porque no todo eran nobles matándose por un quítame allá ese gargajo. A veces eran nobles matándose por un trofeo deportivo. Vamos, como hoy. Los torneos, los torneos. ¿Recuerdan a Oberyn Martell chuleando todo y poniendo morritos a cualquier hombre, mujer o cuadrúpedo en Desembarco del Rey? Faltaba aún para que le ajustase dioptrías Gregor Clegane. Pues eso es un torneo. Y era, también, cosa de nobles. Y de honor. Otra vez.
Porque ellos iban a eso de los torneos. Que eran algo peliagudo. Peligroso. De temer. Bueno, depende de los sitios y depende del momento, porque no es lo mismo un torneo en «Castilla, siglo XV» que uno en «Francia, siglo XII, vamos pa las Cruzadas dentro de un rato». Podían prolongarse durante semanas y se centraban, sobre todo, en justas o duelos, que son cosas muy teatrales, con dos hidalgos marcando paquete, luchando por el honor de féminas (relean lo de más arriba) y componiendo rimas tipo «post de Instagram». O, lo que es lo mismo, amor cortés y masculinidad tóxica dándose la mano. Había allí de todo, más allá de eso de las lanzas y los caballos que tanto sale en las pelis.
Con el tiempo se fue calmando el tema. Que nos hacemos pupa, que no arriesgar pellejo, con la de tierras que hay en el mayorazgo. Ah, y el ciclo artúrico, que hizo daños irreparables (sigue haciéndolo, con horteras por doquier creyéndose medievalistas). Pasa que el ciclo artúrico tiene tanto poder en sus narraciones (el mismo Martin es deudor más que a ratos), el ciclo artúrico es tan potente en su representación visual, que todos quieren hacer pequeña teatralización del mismo. Así que donde antes tuvimos hostias gordas y tripas desparramadas ahora los caballeros se ponen a declamar guiones cual monólogos en el Senado, y la reproducción de batallas está milimétricamente preparada para resultar vistosísima y con muy pocas lágrimas. Sumen a eso las innovaciones, que todas son para mejorar seguridades, como en los coches. La barreta en justas, los arneses con más protección, las armas à plaisance (expresión pijísima para decirnos que hay lanzas desmochadas y espadas con menos filo que una entrevista al rey). Vamos, que se nos hizo pelín aburrido el asunto. Salvo en Francia (Altojardín, si quieren), donde seguían con las cosas del honor y la machirulidad enhiestísimas, y allí justan sin tela (vamos, haciéndose pupa) y siguen programando combates a ultranza (con filos que aprobaría Doug Marcaida). Con decirles que, en no pocas ocasiones, las mujeres tenían vetado asistir para prevenir desmayos… Cómo son los Tyrell, tú.
Pero ojo, que seguían siendo peliagudos. Por mucho de lanzas tontorronas y espadas sin corte. Peliagudos. Fernando el Católico, por ejemplo, organizó una justa para celebrar el nacimiento de su hijo Juan, pero estaba el tema amañado hasta decir basta, y fue cosa de bastante bochorno, dicen. Vas a pillarle en un renuncio al paisano más astuto y maquiavélico del Renacimiento (bueno, el más maquiavélico tras Maquiavelo, seis o siete Borgia y un par de Médici). Pero Enrique II de Francia, que no era tan espabilao, murió a resultas de un torneo. Año 1559, que ya es tarde, celebrando que casaba a su hija Isabel de Valois con Felipe II, el bisnieto de Fernando. Y Enrique (viejo, gordo y fuerísima de forma) se enfrenta al conde Montgomery, con tan mala suerte que una astilla se coló entre las rejillas del casquete, le entró por el ojuco y se le envainó, directa, en todo el cerebro. Al caerse del caballo era ya poco menos que pelele baboso. Diez días anduvo con la parca rondante, y en esos diez días el médico real, Ambroise Paré, tuvo autorización para reproducir la herida en algunos reos, por si podía curar al Capeto. Que no curó, y tampoco los reos, aunque vete a saber si no mejoraron suerte respecto a lo prevista.
Ah, una última curiosidad. Cuatro años antes un poetastro de poca monta, Michel de Nôtre-Dame, dejó escrita cuarteta curiosa de narices:
El león joven al viejo sobrepasará,
en campo bélico por singular duelo,
en jaula de oro los ojos le atravesará,
dos choques uno después morir muerte cruel.
Pueden interpretar lo que les venga en gana, porque es la gracia de estos asuntos. Nôtre-Dame, a quien todos conocemos hoy como Nostradamus, tiró así su fama de vidente, pues pareciera que había predicho lo del muy tonto Enrique II. Que igual sí, o no, o vaya usted a saber. En fin, ahí empieza el asunto con sus cuartetas. Luego ya llega internet, los magufos y distinta fauna.
Pero esa es otra historia. Y no suele llevar honor.








Bueno, cierto que alguna manifestación del honor herido puede ser una muestra de supremacismo irracional frente a gestos que lo reten o menoscaben, pero no hace falta desviarse hasta una distopía medievalista para ejemplarizar su ridiculez, como tampoco tomarla con la panda cayetana. Está mucho más extendido y normalizado actualmente entre los múltiples juegos tribales de identidades bajo cualquier criterio: géneros, grupos sociales, idiosincrasias, generaciones, sectas culturales … El menú de honorables supremacismos es una auténtica burbuja en esta sociedad cada vez más narcisista, en modo pandilla o atómico, y el ancla primordial que parece asegurarnos algún tipo de trascendencia.