Arte y Letras Filosofía

El ídolo cegador

Fotografía Getty. el ídolo cegador
Fotografía: Getty.

No descendió la aurora, sino el rayo sin entrañas. Nos dijeron que vendría la claridad y pondría fin al caos, pero lo que llegó fue un mediodía eterno, sin sombra en que cobijarse. Una luz como desierto que, en vez de guiar, enceguecía. En su nombre se alzó el culto al resplandor y, mientras unos empuñaban su espada de fuego, otros se prosternaban ante ella como un ídolo.

Tal es el mito fundante de la modernidad: la luz cegadora. Los ilustrados creyeron que bastaba con abrir las ventanas de la razón para que la claridad deslumbrara e infundiera orden al caos. Y lo que entró fue un chorro inclemente que resecaba y descoloría, afiebrando los caletres y dejándolos percudidos y demudados, casi blancos, como las revistas viejas de los quioscos de prensa, cuyas portadas son apenas reconocibles.

Prometeo robó el fuego y Lucifer iluminó el mundo. Pues la Ilustración, obstinada en llamar razón a lo que apenas era un rayo en línea recta, bien puede entenderse como culto luciferino. Lucifer the Light-Bearer se llamaba una célebre revista liberal de principios del siglo pasado. Y, sin embargo, ¿no bastaba con un candil para ver en la penumbra? Cuando quisimos darnos cuenta, nos habían arrebatado la noche a golpe de fluorescente. ¿Para qué encender neones donde bastaba la llama?

Valga por alegoría y también por hecho. Prender un candil alzaba un círculo de luz y al mismo tiempo abría un corredor seguro. La noche preindustrial no era un paisaje romántico, precisamente, sino un feudo ajeno y avieso, sembrado de peligros y asechanzas. Un proyecto de la Universidad de Oxford lo ratifica con varios millares de informes forenses: un borrachín tragado por la ciénaga, un jornalero hundido en la poza, un cerdo que irrumpe sin ser visto… La luz artificial logró amansar ese territorio ignoto, clavando lindes y alzando vigías. Y entonces prendió la euforia luciferina: los que levantaron el pilar de fuego comenzaron, casi sin advertirlo, a bailar en torno a él.

La luz moderna, pasada por la fragua revolucionaria, se templó a martillazos hasta volverse guillotina. Endurecidos al rojo en el crisol de la Voluntad General, los jueces se tornaron verdugos con bicornio. La Vendée ardió como un horno abierto y unos cuantos se enfriaron como lingotes: millares decapitados, millares encarcelados… Meras cifras en nombre de una luz que prometía alborada. De fondo, la lección terrible: quien se postra ante el ídolo de la Razón no alumbra vida.

Después se la vistió con bata blanca y la guillotina se volvió escalpelo. No es casualidad que Lucifer the Light-Bearer pasara a ser, andando el tiempo, The American Journal of Eugenics. Cambiando los martillos por craneómetros y los yunques por genealogías, se impusieron medidas de higiene racial en nombre de la razón planificada. Cuando los alemanes recurrían al horno y los suecos al acero frío de la esterilización, ¿qué hacían sino oblaciones al ídolo cegador?

Pasaron los años y no hubo desafuero que no justificase la razón —o esa vieja coartada cortesana llamada razón de Estado—. Lysenko logró imponer el vernalismo al tiempo que Vavílov languidecía en una oscura celda; Mao ordenó sembrar por consigna y obtuvo suelos exhaustos, espigas quebradas y muertos a manos llenas. La luz se había ido endureciendo hasta encarnar las hechuras de un falso profeta. Por eso su fuego acabó avivándose en altares y pebeteros. En el Brasil de la República Velha y en el México del Porfiriato se hizo del «orden y progreso» lex prima y mandamiento mayor. El paroxismo de la razón ilustrada llegó el día en que los patriarcas de la Igreja Positivista de San Paulo entronizaron a Auguste Comte en hornacina, con su casulla y su dalmática, y hasta le pintaron una aureola de santito, como un Luis Gonzaga del cientificismo.

La historia, desde entonces, lo proclama a voz en grito, aunque algunos se tapen los oídos: el culto a la luz desnuda convierte al pueblo en experimento. Y quien se arrodilla ante la lámpara incandescente del progreso corre el riesgo de terminar convertido en despojo de laboratorio. Por supuesto, eleve jaculatorias a la diosa Razón quien desee reposar entre placas de Petri, tubos de ensayo, cultivos desechados y guantes de látex. Pero recuerde que allí donde se invoca la claridad total germina el desierto.

No se tome esto por homilía pacifista, pues más alumbra la chispa del pólemos que el triste flexo de la razón pura. De sobra sabemos —y abundan los partes de defunción que lo acreditan— que donde se exalta la pureza suele correr la sangre. Pero esto no va solo de hemorragias. La paz es importante, pero más importante es la verdad. Y cuando se entroniza el resplandor único, el claroscuro no puede sino extinguirse. La luz sin sombra no desnuda la verdad; todo lo más, como dejó dicho Gómez Dávila, consigue desollarla. Solo es cierta la penumbra fértil, pues en ella se guarda el misterio.

Añádase, a modo de profecía, que vendrá la hora en que la luz, de tanto alzarse, caiga por su propio peso. Al fin y al cabo, el sino de todo ídolo es terminar desplomándose sobre sí mismo. Se abrirán grietas en su máscara y por ellas volverán a filtrarse, como savia antigua, los signos del amanecer. Cesará entonces el mediodía perpetuo y su fulgor geométrico. ¿Quién quiere verdades claras y distintas teniendo la verdad encarnada?

Si el Camino, la Verdad y la Vida, como leemos en el Evangelio de Juan, van de consuno es porque la verdad nunca es silogismo, sino alguien que enseña las llagas y parte el pan. Por eso la Iglesia proscribe la adoración de reflectores. ¿Qué hay más católico que la esperanza umbrátil del pesebre y la luz sobria del sepulcro amanecido? La verdad, cuando no es ley científica ni orden del BOE, solo se impone por la fuerza de sí misma. De ahí que en la encíclica Dignitatis humanae del Vaticano II se diga que la verdad «penetra suave y fuertemente en el espíritu». ¿Será que la Veritas cristiana es la contraluz frente a la lámpara cegadora, cialítica y luciferina de los Aufklärer? En vez de claridad, caridad; esta, al posar su luz cálida sobre la razón, la salva de ser cruel.

Nadie busque en el plafón del quirófano lo que ofrece una llamita tenue: la revelación no se entrega en megavatios. Frente a la razón sin alma que confunde lo verdadero con lo medible, la Veritas ancla el juicio práctico en lo digno. Lo sabían los maestros de Salamanca y nosotros, medio milenio después, acaso lo hayamos olvidado. ¿Quién en su sano juicio —y aquí la expresión no es baladí, pues sano es el juicio que es bueno y justo— renunciaría al fuego del hogar para plantar un foco estroboscópico en el salón de su casa? No esclarece la luz que promete un mediodía eterno, sino la que deja sombra para la vida.

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

4 Comentarios

  1. Ned Beaumont

    Sr. Freire, muy elocuente y bien expresado, pero no puedo estar más en desacuerdo. Lo que nos sobra en estos tiempos es oscuridad. En las sombras hay misterio, si, pero también todo tipo de monstruos. Los desastres que usted menciona no fueron fruto de la razón, sino de la insuficiencia de ella. Necesitamos más luces, aún asumiendo las limitaciones de la razón humana, no más irracionalidad.

  2. Señores de Jot Down: creo que están ustedes irremediablemente chalados o acaso acuciados por las deudas. Un artículo de esta naturaleza, entre gente un mínimo seria, no es válido ni siquiera como broma de mal gusto…. ustedes sabrán.

  3. E.Roberto

    Ahora resulta que una nueva cruzada está en ciernes, pero esta vez no contra los infieles sino contra la razón. Cuando se llama en causa a Lucifer se me ponen los pelos de punta, no por ese ángel caído, si no por quien lo invita a manifestarse. El anhelo de compasión, caridad y justicia, la razón de ser de la religión cristiana brilla por su ausencia a partir del momento en que logró imponerse; y si hubo ominosa higiene racial, la iglesia practicó, además de la higiene dogmática con tantos muertos, la higiene de género que perdura hasta hoy. Cada vez que leo declaraciones de un sacerdote o símil, le rezo a la Vírgen María para que con su silencio y sufrimiento histórico lo ilumine, pero nada. Son sordos y tienen el corazón como de piedra. Los muertos que habéis matado gozan de buena salud y razón, por lo menos en el recuerdo.

  4. La filosofía, cuando deja de ser pensamiento crítico, se diluye en esta suerte de espiritualismo tontorrón y poesía barata y reaccionaria. No hay ni un solo argumento que sostenga esta serie de ocurrencias gratuitas. Un nivel realmente lamentable.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*