
—Es usted muy entusiasta para ser nihilista.
—Touché…
[…]
—Pensándolo mejor, nunca he dicho que fuera nihilista, solo que soy imbécil.
(Ray Loriga, Cualquier verano es un final)Soy deshonesto, y siempre puedes confiar en que un hombre deshonesto lo será. Honestamente, es de los honestos de quienes debes cuidarte.
(Jack Sparrow, Piratas del Caribe)
Es temido, detestado. Produce las náuseas de Sartre y también grima, mucha grima. Figúrate una babosa que se desplaza húmedamente por tu piel desnuda. No puedes quitártela de encima con un manotazo espasmódico, pues estás paralizado. Se aproxima lenta pero inexorablemente a tu cara.
Esa es la sensación que comporta el nihilismo. Nadie lo quiere ver delante. Muy pocos en la historia del término —que se remonta al siglo XIX— lo han abrazado. Junto con sus primos hermanos, el relativismo, el ateísmo o el materialismo (sigo aquí la sugerencia del profesor Zamora Bonilla), es uno de esos «ismos» mendigos. De los que pululan por las calles del tiempo sin que nadie los acoja en su casa. Pero que aun así se niegan a morir.
Por si hubiera algún navegante despistado, caracterizaré brevemente el término por cortesía. En su sentido moderno, aparece por primera vez en un diccionario de Louis-Sèbastien Mercier (Neología, vocabulario de palabras nuevas). Aquí, «nihilista» es «alguien que no cree en nada». A la vista está que la definición merece ser pulida. ¿El nihilista no cree acaso que Lisboa es la capital de Portugal? Sí, lo puede creer sin inconveniente alguno. La creencia a la que hace referencia Mercier es más honda, más ligada a los escarceos existenciales. Vayan por caso: ¿tiene mi vida algún sentido? ¿Desapareceré tras la muerte en las tinieblas infinitas que me precedieron al nacer? ¿Hay dios? ¿Cómo justificar lo correcto o el bien si al final todos desaparecemos? ¿Lo correcto no depende del momento histórico o de la cultura?
El nihilismo, por lo general, brinda a todas las preguntas de esta guisa las respuestas más temidas y, a la par, las más sensatas. En resumidas cuentas: no hay ningún motivo corroborable para creer que la existencia tenga ningún sentido preestablecido, universal. Somos un conglomerado de partículas y energía fraguado por la mano del azar. Nada nos diferencia cualitativamente de cualquiera de las hormigas que ya han desaparecido de la Tierra. Como ellas, nos dispersaremos en el viento. Se oye a Bad Bunny: «La vida es una fiesta que un día termina/ Y fuiste tú mi baile inolvidable». Con los años, ni el propio planeta quedará de testigo de nuestras correrías. No somos más importantes, en términos cósmicos, que la hoja seca que acabo de deshacer con la mano. Fisgoneando por los Diarios de Kafka se encuentra un fragmento que viene como un guante: «“18 de septiembre. Desgarrarlo todo”. “22 de septiembre. Nada”. “6 de diciembre […] Dos niños, solos en casa, se metieron en un gran baúl; la tapa se cerró, no pudieron abrir y se ahogaron”».
¿Desagrada esta cosmovisión de la existencia? Por supuesto. A mí, al menos, mucho. ¿Es una cosmovisión que se deriva sin grandes malabares retóricos de nuestras experiencias personales, de los datos ofrecidos por la investigación científica o del sentido común? También.
Pero aquí lo importante es que no gusta, y la voluntad precede al a teoría, al relato filosófico. Nunca nos ha agradado vernos en el espejo tan insignificantes, por lo que, prestos, hemos puesto las manos en la masa para forjar distintas narrativas en aras del confort (un poco a lo Mr. Wonderful, para qué negarlo). En ellas se habla de dioses, de nuevos mundos tras la muerte, de reencarnaciones, del Bien y del Mal, de la Justicia, del dinero, del trabajo, de la familia y un etcétera más largo que un día sin pan. Todo con tal de desviar la mirada, de no contemplar ese abismo que acecha. Cualquier nuevo sentido que dote de significado a los días es bienvenido. Hasta el placer y la acumulación de experiencias (atestiguadas por la cámara) sirven. Como decían los romanos: «Baño, vino y Venus desgastan el cuerpo, pero son la verdadera vida».
Sea por nuestra configuración evolutiva, dirigida hacia la supervivencia, o por cualquier otra cosa, el caso es que el nihilismo disgusta. Muchos lo asocian con la psicopatía, con el quietismo moral o con la depresión. Diagnósticos todos ellos desatinados. Como apunta Zamora Bonilla, el nihilista tiene emociones como el que más; tampoco se cruza de brazos ante los eventos que le indignan ni tiene por qué vivir amargado. De hecho, uno puede ser muy feliz abrazando la vacuidad de todas las cosas. Se supone que es lo que hacen los monjes budistas, y nótese que cara de dicha tienen todos. Asimismo, aceptar que la moral no es más que una ristra de convenciones perfiladas para controlar la conducta ajena y asegurar la convivencia tampoco nos convertirá en Hannibal Lecter.
Aun así, el nihilismo no agrada, no convence. Es la babosa que ya se desplaza por nuestra boca, sellada a cal y canto. No pocos autores se dedican en nuestros días a publicar artículos y libros en los que se reivindica el espíritu ilustrado frente al relativismo y al nihilismo que nos atenazan hoy. En la era del posmodernismo, aducen, debemos revigorizar los antiguos valores y salvar a las gentes del vacío existencial que se extiende como el veneno. Pondré ejemplos.
En su memorable lectura de los totalitarismos del siglo XX, Hannah Arendt localizó en el nihilismo (en especial, en su aledaño relativismo moral), en el cómodo desdén, banal, hacia los grandes relatos de la ética, las causas naturales del totalitarismo. ¿Puede ser esto cierto? Pido disculpas por el ad hominem, pero basta con dirigir la mirada hacia su profesor, Martin Heidegger, gran azote del nihilismo y nazi convencido, para comprobar que las cosas no son tan sencillas.
Otro ejemplo. En su El nihilismo de nuestro tiempo, el autor italiano Constantino Esposito asegura que buena parte de los males de nuestra era proceden de la falta de esperanza, de creencia en fundamentos firmes. ¿La cura? La fe cristiana. ¡Cómo no se nos habrá ocurrido antes!
Otro. En La superación de la indiferencia el psicólogo Alexander Batthyány parte de una premisa habitual: el humano nunca estuvo tan falto de un refugio existencial. La prosperidad, afirma, es un experimento social que muestra que la vida plena no reside en la opulencia material. El consumismo como eje existencial no está generando más que una sociedad enfermiza. Contra esto, Batthyány blande dos razones para no abandonarse al nihilismo. Primero, somos seres esencialmente necesitados. Sobrevivimos gracias al amor y cuidado de otros, por lo que lo propio es hacer lo mismo. Segundo, la vida es transitoria, sí. Es probable que no sobrevivamos a ella. En consecuencia, haz algo que merezca la pena: en la conducta ética, desinteresada, reside tu anhelado sentido.
Hay recetas para todos los paladares. Algunas pasan por dioses, otras por la aplicación de ciertos valores morales (personalmente encuentro mucho más atractivas las últimas). Pero creo, pese a todo, que todas yerran en sus propósitos: demonizar al nihilismo no es solución de nada.
El nihilismo es un paisaje que todos oteamos, aunque sea a lo lejos. Invirtiendo a Pascal, la razón tiene razones que el corazón desconoce. Más allá de los sospechosos milagros, nunca ha habido pruebas públicas, empíricas, de ningún ser sobrenatural. Tampoco de ninguna misión que tengamos que consumar en nuestra biografía. No hay ningún manual de instrucciones de la felicidad. Por cierto, ¿quién ha dicho que tengamos que ser felices? ¿Qué carajos es eso de la felicidad? En fin, también sabemos perfectamente que el incumplimiento de los actos que acordamos como correctos o incorrectos no acarrea nada: un sinfín de malnacidos han vivido y muerto deliciosamente.
¿Por qué, entonces, tanta tirria hacia el nihilismo? ¿Quién lo teme? Todos lo tememos, pero especialmente quienes, por falta de continencia, son incapaces de reprimir su propia voluntad. Quienes han tomado su relato por bandera, su propio sentido de las cosas, y quieren que los demás hagan igual.
Al contrario, la aceptación casi terapéutica de esa verdad insondable que todos llevamos dentro es muestra de honestidad. De honestidad para reconocer que las verdades últimas, filosóficas, son convenciones. Reconocer que la mejor forma de organizar la cosa pública (al menos para mí) requiere del diálogo entre distintos pareceres. Que cada uno es libre para adoptar el proyecto de vida que le venga en gana antes de desaparecer. Que no hay ninguna gran Verdad inscrita en las entrañas de la realidad. Que mi verdad no es una Verdad.
Dijo Sigmund Freud que «en cuanto alguien comienza a formularse preguntas sobre el significado y el valor de la vida, está enfermo, pues objetivamente ni uno ni otro existen». Brindo por ello. Aun así, en caso de que esas preguntas asomen, conviene recordar que al borde del abismo las vistas son hermosas. Quién sabe, igual hasta aprendemos a disfrutar de la babosa. Hace cosquillas y se rumorea que sus babas hidratan la piel.








Magnífico tema, aunque me temo que seguiremos buscando dioses debajo de las piedras.
Los «nihilistas» eran los rusos jovenes y rebeldes de la segunda mitad del siglo XIX… es por la literatura rusa que el nihilismo entra en la conciencia Occidental creo yo…
Si lees «Padres y Hijos» de Turgenev, alli encontraras al co-prota, cuyo nombre no me acuetdo, un nihilista tan fastidiodoso y irritante, que acaba en un duelo con el tio de su mejor amigo a cuya casa de campo ha venido a pasar las vacaciones…
Ese libro lo lei hace poco en la gran ciudad de Nantes, donde pasaba varios dias leyendo por la mañana y emborrachandome por la tarde… en la gloria, vamos…
Dos cosas mas sobre el nihilismo: Stevenson luchaba contra ello. Segun Chesterton, el gran acierto de RLS era eso de ir en contra del nihilismo de su tiempo al apostar por la novela de aventuras…
En cuanto a Dickens, en algun lugar apunta que los niños tienen una muy vivo y desarrollado sentido de la justicia / injusticia…
Ese.sentido de la justicia se va diluyendo en la mayoria de los casos con los años, pero uno diria que nacimos con un sentido moral innegable, y si lo escuchamos, no cayeremos en el nihilismo…
Jot, cuando hago un comentario, me sale en el espacio equivocado casi siempre…
Que esta pasando aqui? Mi comentario no iba dirigido a Manuel Rivera…
Gracias.
«En su sentido moderno, aparece por primera vez en un diccionario de Louis-Sèbastien Mercier (Neología, vocabulario de palabras nuevas).»
Louis-Sébastien Mercier (con acento en la e agudo y no grave) publicó su «Néologie» en 1801. Pero el término «nihilismo» había sido ya utilizado varias veces en el siglo XVIII, como lo explica la Wikipedia francesa. Y Mercier no habla de «nihilismo» sino de «nihilista» y de «nihilité» (citando a Montaigne, que usa ya la palabra). Mercier define al nihilista como alguien «que no cree en nada, que no se interesa por nada».
El autor del texto, dogmático como tantos ateos, afirma: «En resumidas cuentas: no hay ningún motivo corroborable para creer que la existencia tenga ningún sentido preestablecido, universal. Somos un conglomerado de partículas y energía fraguado por la mano del azar.»
Pero se abstiene de explicarnos cómo lo sabe él. ¿La ciencia infusa? ¿Puro dogmatismo ateológico producido por la impresión que sus cinco sentidos le dan del mundo? ¿Caprichos de su cerebro, que con menos de dos quilos de materia comprende perfectamente el Universo entero y lo que hubo antes de él y lo que habrá luego? ¿Estamos ante un genio dotado de superpoderes científicos y metafísicos? ¿O simplemente ante un ingenuo que confunde sus impresiones (o las de sus hormonas) con la Verdad Absoluta y Definitiva?
Nuestro aprendiz de filósofo tampoco nos explica qué es el «azar», un concepto que todos los ateos utilizan como sinónimo de Dios sin darse cuenta, demostrando tener la misma fe que la de los creyentes.
En cuanto al argumento, estúpido si los hay, de que el ser humano necesita creer que este mundo tiene un sentido y un creador, luego no existen, se los ha inventado él para no caer en la angustia y la desesperación, digamos que todos necesitamos el agua para no morir de sed, luego, siguiendo su razonamiento idiota, el agua es una invención de los hombres y en realidad no existe.
En resumen, un texto inútil por pretencioso y sobre todo ingenuo (a veces parece escrito por un adolescente). Un bodrio de ideas confusas y dogmáticas escrito por alguien que ha leído muy poco sobre esos temas y ha reflexionado sobre ellos menos aún.
Qué mala leche destila.
https://www.planetadelibros.com/libro-la-nada-nadea/367502
¿Qué hay de malo en no ser nada? Nadie nos dice lo que hacer, solo nuestra conciencia (y las leyes). Confucio y Federico lo sabían.
Por qué es tan importante perdurar después de la muerte?
Nunca cuestionamos el hecho demostrable de que antes de nacer no existíamos.
Entonces, por qué tememos convertirnos una vez más en aquello que éramos al comienzo?
No tengo prisa por partir. Pero considero a la nada como justamente eso, nada.
Cómo puede temerse a la nada?»
«Nunca cuestionamos el hecho demostrable de que antes de nacer no existíamos.»
Tres falsedades en una sola frase. Todos los creyentes en la reencarnación (budistas, hinduistas, etc) lo cuestionan. Y es imposible demostrar que antes de nacer no existíamos, puesto que existe la posibilidad de que hayamos olvidado nuestras existencias anteriores.
Leyendo este artículo sobre la nada, me pregunto si no habrá otra manera de manifestar o representar una de las formas de la existencia que no sea aquella del arte, de la literatura en este caso grande o pequeña que sea. Da la impresión de que el autor se quiera justificar a sí mismo mediante ese instinto de dejar rastros a toda costa. Por mi parte (no sé cuál de ellas) no me queda otra que seguir apostando por aquella. Desconozco si hay o no abismos existenciales, o si la continencia sea distribuída en manera justa, solo sé que la condena de la luz ilumina lo visible haciendo todo más transparente, tanto que contagia la existencia. Días atrás leía sobre unos homínidos que, junto a sus muertos dejaron rayas paralelas atravesadas por oblícuas en las paredes de un socavón difícil de la tierra, una forma primordial de literatura de hace 230000 mil años, y me propuse ser solidario por la pena, la de ellos que hasta le pusieron en su mano el utensilio de piedra necesario para ese viaje inesperado, y por las mías sabiendo que si los que vienen descubrieran nuestros huesos llegarían a conclusiones ofensivas: por los datos recogidos parece que no la pasaron tan mal, entonces ¿de dónde viene este eco quejumbroso?
PD: leyendo este comentario me doy cuenta de que lo hice bajo el nefasto influjo del decimotercer signo caótico del zodíaco, la yeta para colmo, del presidencialismo americano.
PD: es que si solo se contempla al ser humano como individuo, no creo que se llegue a captar nuestra esencia, y es que somos animales sociales…
Mi vida me puede parecer absurda y carente de cualquier significado en cierto momento dado (pero nunca en la ciudad de Nantes, con una copaza de vino y un libro delante) pero la vida de los demas no deja de importarme nunca, incluso en dichos momentos de introdpeccion, sea un ser querido o amigo, sea un vecino o projimo, la vida de los demas nos toca de cerca…
No hay escapatorio, estamos todos interelacionados y interconectados…
Luego, nuestro sentido de la justicia pierde intensidad con la madurez y nos acostumbramos a la injusticia y incluso a la barbarie del mundo capitalista, que hace de la injusticia su dogma de fe debajo del subterfugio del «mercado libre»… o «national security»…
Lei hace poco que EEUU lanzo mas toneladas de bombas sobre Vietnam durante su guerra colonial (1964-1972) alli que todas las bombas lanzadas sobre Europa y Asia durante la segunda guerra mundial…7 millones de toneladas de bombas cayeron sobre Vietnam…
Es preciso cultivar ese sentido de justicia / injusticia de los niños de 10 años, a eso hay que aspirar como antidoto al solopsismo de nuestros tiempos…
McNaughton estos arti culos los escribes sobrio en la mañana o bolinga por la tarde?
Magnífico texto. Del concepto en cuestión se habla mayormente en los tiempos actuales, debido, especialmente, al caos que presenciamos en todos los órdenes de la vida —es de suponer que ya, mucho antes, había escépticos irredentos de acuerdo a los tiempos que les tocó presenciar—.
Personalmente me pregunto: ¿Cómo es posible que el destino del mundo (8 mil millones de personas) permanezca en las manos de unos cuantos hombres cuyo egoísmo y ambición solo los lleva a invadir países, a desarrollar tecnologías, so pretexto de desarrollo, para amasar fortunas individuales, y a decidir quién tiene derecho a comer y quién no, quién tiene derecho a vivir y quien no, entre muchos otros fines perversos?
Así, en medio de la inmensidad del universo —infinito—, solo existe vida en una pequeña porción llamada Tierra, cuyos habitantes tienen como propósito más importante el dinero y el sexo. ¿Supervivencia?
Salvo el último renglón estaría casi completamente de acuerdo con Usted, Estimado; y digo “casi” pues pienso que el sexo es el dono porno de un supuesto dios a fines de existencia, dentro de un período bien marcado. Lo afirmo según mi experiencia que comparto con una legión infinita de resignados jubilados. El dinero es un invento nuestro bastante prono, no a fines de existencia, sino para hacerla má llevadera. Del primer mandato es imposible despegarnos pues no seríamos ocho mil millones; del otro con el cual podemos comprar sexo, poder, gloria, dinero y longevidad para mayor sexo, poder, gloria, dinero y longevidad, con un poco de sesantez podríamos liberarnos pues a la vista están los resultados. Pareciera que no hemos sido programados para la austeridad, frugalidad, simplicidad, amistad antropológica sin fronteras, y ni que hablar de la empatía, un vocablo que reemplaza vaya a saber por qué a la vieja compasión que me enseñaron. Gracias por el comentario.
¡Si Dios leyera esto, probablemente se reiría de la fe tan inquebrantable que tienen los nihilistas en la Nada!