Era un tiempo de esperanzas. En la Humanidad (con mayúsculas), en la Ciencia (con mayúsculas). En los progresos técnicos, en los políticos, en los filosóficos. Era tiempo de ideas racionalistas, de avances sin fin. Duró lo justo, vaya, pero ahí queda, como fulgores que han de irse.
Era la segunda mitad del siglo XIX.

Quizá hoy, desde un escepticismo de posmodernidad, ideas débiles y realidad líquida, nos sale lo de enarcar las cejas con todas esas esperanzas. Porque sabemos qué vino después, porque conocemos las alianzas, y la Gran Guerra, y el barro, y los gases, y Freud brindando porque aquello acaba antes de Reyes. Y entonces piensas que mira qué tontos, mira qué inocentones, cómo no lo vieron venir, suena ridículo a estas alturas. Pero es trampa que nos hacemos. Para quedar tranquilos, para sonreír enseñados. Porque entonces todo eran avances, y cada vez se vivía mejor, y las máquinas ayudaban al ser humano, y había una época de (moderada) paz. Y todos, o casi, se solazaban con ello.
De eso escribe, de eso nos habla, Manuel Lozano Leyva en este La senda de Verea que acaba de sacar West Indies. Y es que, bajo la biografía del tal Ramón Verea, el autor toca temas universales, temas imbricados en su momento y en su lugar. Con pluma firme, con pocos pelos en la lengua, con mucho de cariño al que probó, al que fue. A ese Ramón, desconocido para mí hasta hoy, que es epítome de muchos otros Ramones.
Presentemos un poco al personaje. Gallego, nacido al linde de la Primera Guerra Carlista, hidalguía rural cuando empiezan a perderse esos privilegios de la hidalguía rural (pero aun se conservan, en tantos lugares, esos privilegios de la hidalguía rural). Familia con perras, pero sin pasarse. Un tiempo en el seminario, que para cura iba. Solo que no, solo que le puede la parte racional, que torna anticlericalísimo, que se le meten por las meninges ideas tan progresistas como se pudieran en el XIX. Y, a partir de ahí, lo fantástico, las mil narraciones.
Porque pronto marcha como indiano. Destino casi natalicio para muchos, salida de las pobrezas peninsulares (que ya conocemos) hacia las pobrezas americanas (que son más promesas que pobrezas, aunque pocas lleguen a concretarse). Conocerá allí, de primera mano, esa institución indigna que fue la esclavitud, la misma que late en el origen de ciertas fortunas bien rimbombadas, algunas incluso retintantes hoy. El marqués de Comillas y Manzanedo, por verbigracia. También Cánovas, si quieren, que suprimió aquel asunto con boca chica y dolor de úlcera, pues se le marchaban, con la liberación, sus buenos billetes en ingenios y similares. De todo esto habla Verea, y todo esto denuncia, pues resultaba ofensivo para su espíritu racionalista (ojo, que otros racionalistas bien que le daban a lo de enriquecerse con el triángulo Atlántico, eh).
Todo esto denuncia Verea, dije, porque dedica su vida al sano y frugal oficio periodístico, entre otros asuntos de los que ocuparemos más tarde. Funda Ramón periódicos donde dirige, escribe, maqueta y hasta linotipiza divinamente, porque hace siglo y medio las cosas se hacían así. Mola mucho leer esos periódicos del XIX, periódicos a veces locales, con tiradas que ni a tiradas habrían de llegar, con una misma mano (y una misma mente) detrás de todos los artículos, de todas las conexiones, de editoriales y pasatiempos. Mola mucho, dije, porque ves allí un je ne sais quoi de inocencia, con Indalecio, el del valle, exhortando di-rec-ta-men-te a emperadores, reyes, presidentes y el mismísimo sursum corda para adoptar las medidas que él, Indalecio, el del valle, considera imperiosas para el mejorar de la nación, la Humanidad y lo que a usted se le ocurra. Son ejemplos, sí, de inocencia «elitista», de ilustración entendida avant la lettre, que permiten reconocer corrientes e ideas que flotan por ciertos aires. Corrientes e ideas, además, que no son las que más llegaron hasta nosotros, pues ya tiene la oficialidad espacios de sobra para su expresión, y quienes toman piedra con barro tiran a lo outsider. O, si quieren, que encuentras allí desde el carlistón más ultramontano hasta lo happyflower versión centuria decimonona.
Verea resultaba más serio que todo lo anterior, aunque, de tender, tendía a lo segundo. Y, así, se tiraba las horas pergeñando reflexiones y articulines sobre la Biblia (todo mal), sobre Thomas Paine (todo bien) y sobre la vida en los Estados Unidos (mitad y mitad). Resulta muy interesante esto de los EE. UU., por cuanto trata, primera persona de vecino nuevo y sin pelos en la lengua, condiciones de vida, de salubridad y de desarrollo en ciertos barrios de Nueva York. Emigrantes y emigrados, los cimientos mismos de la nación. A veces, incluso, de forma cruda, pero son pecados de su época.
Ningún tema escapaba a la curiosidad de Ramón, uno de esos que siguen la máxima de Terencio. La condición social y jurídica de la mujer, ese dislate que significa la tauromaquia, navegación aérea y marítima, los intentos exploradores hasta confines del globo… Cualquier asunto que estuviese de moda (o no) en su tiempo era objeto de las atenciones de Verea. Como también lo fue, y en esto quiero detenerme, la técnica.
Ramón era hijo de su tiempo, era mozo del vapor y no de la electricidad, era más steampunk que ciberpunk, más Michael Moorcock que Philip K. Dick. Era, también, personaje inclinado a la práctica, un conseguidor, un solucionador de problemas. ¿Espíritu de inventar? Pues puede, aunque nunca hubo de explorarse demasiado. Lamenta Lozano Leyva ese punto de Verea, pero es que no le daba la vida, al buen hombre, no le daba la vida. Y, con todo, alguna cosa nos dejó. No sobre planitos o esbozando cuartillas, no… Funcionando, que es lo importante. Quién sabe lo que perdimos de haber tenido más rato para ensuciarse los dedos.
(Oye, yo encantao de que escribiese, que no vean cómo de interesantes eran sus cosas).
De todo esto da cuenta, dije, Manuel Lozano Leyva. Contextualizando sin rubor, que es importante contextualizar sin el menor rubor. Incluyendo reflexiones personalísimas, cual si quisiera hacer recuerdo al mismo Verea. Coqueteando con lo de yuxtaponer estampas, con el comparar tiempos. O tratando el asunto al son delicado que exigen ciertos pasajes, como cuando habla (descubrimiento propio, encima) sobre el final triste que tuvo la esposa de Verea. Emociona leer aquello de una señora a la que no conocimos, que vivía en Nueva York, hace siglo y más. Y eso es decir bastante.
Es, pues, la vida de un hombre bueno esta que nos narra Leyva, la de un Ramón Verea que cruzó atlánticos para buscar fortuna, que emborronó papeles por mejorar futuros. La del creyente en la humanidad, en el progreso. La de uno que fue tantos. Qué pensaría, hoy, Ramón Verea, qué pensaría.
Seguro que montaría un periódico.







