Entrevistas Periodismo

Umberto Eco: «La red concede derecho de palabra a legiones de idiotas que antes desvariaban en el bar tras dos o tres copas y no causaban mayor daño»

Umberto Eco, escritor italiano, hacia 1990 en París.

El 10 de junio de 2015, la Universidad de Turín concedió a Umberto Eco el título honorífico en «Comunicación y Culturas de los Medios», subrayando una trayectoria decisiva para entender cómo se construye el sentido en la cultura contemporánea y, en particular, cómo los medios modelan nuestra relación con la verdad.

En su conferencia magistral, Eco abordó el «síndrome de la conspiración» distinguiendo entre conspiraciones reales, que suelen revelarse pronto, y la conspiración fabulosa, a menudo cósmica, que circula por internet alimentándose de un secreto «vacío» y por eso mismo irresistible. Para fijar el marco teórico recurrió a Karl Popper y a su idea de la teoría conspirativa como la tentación de explicar cualquier fenómeno social identificando a individuos o grupos que lo habrían planificado en la sombra, una suerte de superstición secularizada donde, desaparecidos los dioses, su lugar lo ocupan poderes ocultos a los que se atribuyen todos los males.

A partir de ahí, describió las técnicas con las que ese relato se hace verosímil, el hechizo de la coincidencia, la interpretación sin freno, las analogías y cifras que parecen encajar porque uno quiere que encajen, y la cadena de pruebas que se autorrefuerza sin necesidad de hechos. Como demostración, reconstruyó el caso de Rennes-le-Château y la genealogía de una gran conspiración moderna fabricada a base de falsificaciones y reescrituras sucesivas, hasta desembocar en la industria narrativa que populariza Dan Brown, capaz de convertir una ficción en peregrinación y una hipótesis delirante en «historia» consumible.

Con la ceremonia ya terminada, Eco pasó al encuentro con los periodistas y el diálogo giró hacia el mismo problema, pero en clave cotidiana: internet como entorno especialmente fértil para el bulo, la dificultad de enseñar a filtrar información cuando ni siquiera los adultos dominan el instrumento, y la posibilidad de que el periodismo encuentre su lugar no compitiendo por velocidad, sino por criterio, contraste y jerarquía de fuentes. No en vano, como ha señalado Jordi Sánchez-Navarro, Eco actuó durante décadas como un «intelectual público», una suerte de «sismógrafo cultural» atento a las vibraciones del presente. Debido a la actualidad y coincidiendo con el décimo aniversario de su fallecimiento, recuperar hoy aquellas palabras permite comprobar hasta qué punto su diagnóstico sobre la credulidad, la red y la responsabilidad de los medios no solo sigue en pie, sino que resulta todavía más necesario.

¿De su conferencia podemos pensar que internet constituye un entorno especialmente propicio para la difusión de bulos?

Sí, está detrás. El gran problema de la escuela de hoy es cómo enseñar a filtrar la información de internet, cosa que normalmente los profesores no saben hacer porque también ellos son neófitos respecto al instrumento. Es uno de los grandes problemas y dramas de nuestro tiempo.

¿Qué propone para afrontarlo?

He empezado a proponer que los periódicos, en lugar de contar tantos cotilleos, dediquen dos páginas cada día al análisis crítico de los sitios web. Si el enemigo es la red, en vez de continuar haciendo el periódico perdiendo ejemplares o imitando la red, que la batallaran en ese punto. Esto implica que los periodistas se preparen muy bien y sean capaces de hacer análisis críticos de los sitios: «esto es un bulo», «esto sí», «esto no». Y que un buen profesor diga a los estudiantes: «Este es el tema, copiad libremente de internet.» Porque entonces copian, y saber copiar bien es una virtud.

¿Cómo enseñar a hacerlo?

Copiad, pero usad al menos diez sitios para que se vean obligados a compararlos entre sí, advertir que hay contradicciones y que así nace un problema crítico. No solo Wikipedia como hace la mayoría de los estudiantes. Un profesor de historia puede entender si un sitio histórico es fiable o no, pero no si un sitio que habla de teoría de cuerdas cuenta tonterías o no; eso lo puede decir un físico. Así que no hay nada que hacer: deben ser, por un lado, los periódicos, con especialistas diferentes, los que analicen los sitios, y luego animar a los estudiantes a comparar los sitios. Es el único modo, como hacía san Agustín, que no sabía casi nada de hebreo ni de griego, que decía: «Comparad entre sí las traducciones, quizás se os ocurra cuál es la mejor».

¿Cómo valora Twitter y las demás redes sociales, ese flujo permanente y fragmentario en el que intervienen periodistas y ciudadanos por igual? ¿Se ha convertido todo el mundo en opinador?

Yo no —o al menos no con mi nombre; si aparezco, es con seudónimo. Pero, al margen de eso, el fenómeno tiene una lógica. Plataformas como Twitter permiten a muchas personas mantener un contacto que, en una sociedad cada vez más urbanizada y paradójicamente aislada, no siempre se da cara a cara. Desde ese punto de vista, hay un aspecto positivo. Basta pensar en lo que ha ocurrido en China o en Turquía con Erdogan, donde las redes han servido también como vehículo de circulación de opiniones y de movilización pública.

¿Piensa que la existencia de internet habría podido alterar acontecimientos históricos tan terribles como los del siglo XX?

Hay quien sostiene que, de haber existido internet en tiempos de Hitler, los campos de exterminio no habrían sido posibles porque la información se habría difundido de manera inmediata y viral. Es una hipótesis sugerente. Pero al mismo tiempo la red concede derecho de palabra a legiones de idiotas que antes desvariaban en el bar tras dos o tres copas y no causaban mayor daño. Basta leer ciertos hilos para encontrar opiniones que se contradicen entre sí y que, en otro contexto, habrían sido acalladas por puro sentido común. Hoy esas voces tienen el mismo espacio que la de un premio Nobel. Y ahí aparece el verdadero problema, el del filtrado: no siempre sabemos si estamos leyendo a un experto o a alguien que simplemente habla por hablar.

¿Cómo es posible extraer información valiosa y veraz en ese entorno sin que todo acabe convertido en una trituradora de trivialidades?

Volvemos al problema del filtrado. Cada cual puede discriminar con cierta seguridad en los ámbitos que conoce, pero fuera de ellos queda expuesto. Por eso los periódicos deberían contar con equipos capaces de analizar y contrastar lo que circula. En cuanto a la llamada invasión de imbéciles, sospecho que con el tiempo generará un efecto contrario: una forma de escepticismo general. Al principio reina el entusiasmo; después alguien preguntará «¿quién lo dice?», y si la respuesta es «Twitter», la reacción será desconfiar. Es lo que ocurriría si una guía ferroviaria publicara un par de horarios falsos: perdería credibilidad y nadie volvería a comprarla. La confianza se construye lentamente y se destruye con rapidez.

¿Eso es malo también para quienes no dicen tonterías?

Sí, es una estafa también para los comunicadores que en teoría no deberían decir tonterías. Al final, ya no se creerá tampoco en ellos. Además, ¿cómo puedo estar seguro de que un mensaje es realmente de papa Francisco cuando uno puede fingir ser él y en realidad es un cabo retirado de los carabinieri?

Quería preguntarle por la diferencia entre la información privada y la colectiva. Cuando un contenido personal logra amplificarse hasta una esfera pública, ¿hay una distancia entre la simple necedad y la astucia estratégica?

Sí, claro que hay diferencia. No es lo mismo la torpeza que la habilidad cuando algo nacido en el ámbito privado consigue proyectarse sobre un espacio mucho más amplio. Pensemos en la lógica de los «likes», de los «me gusta». Ese tránsito de lo personal a lo político plantea una cuestión interesante: ¿hay conciencia de estar interviniendo en una esfera pública o se trata simplemente de un juego? En el fondo, creo que ya había respondido a eso.

¿Cómo valora este formato de intercambio entre público y ponente?

Me parece muy positivo que surja un diálogo de preguntas y respuestas; es lo que da vida a un seminario universitario. Ahora bien, cuando al final de una conferencia me preguntan si hay turno de preguntas, lo primero que quiero saber es cuántos somos. Tengo la impresión de que, a partir de cincuenta personas, suelen intervenir los más exaltados. Hay dinámicas que funcionan en grupos reducidos y que, en cambio, se desbordan cuando se convierten en multitud. Los prudentes tienden a contenerse; los temerarios no. En un grupo numeroso siempre existe el riesgo de que tome la palabra quien busca el efecto, no la reflexión. El problema no tiene solución simple. Son procesos que contienen algo valioso, pero también una deriva posible que conviene no ignorar.

¿Qué ocurrirá si el público deja de creer en todo esto?

Si llega ese día, peor para ellos. Pero sería una nueva inflexión en la historia de la comunicación. Ya la televisión promovió al «tonto del pueblo», primero mostrando a alguien igual que el espectador, luego, con ciertos programas, exhibiéndolo como figura frente a la cual el espectador podía sentirse superior. Ese mecanismo generaba satisfacción y reforzaba el sistema.

¿Qué añade internet a ese fenómeno?

El drama de una red omnipresente es que convierte al «tonto del pueblo» en presunto portador de verdad. Y eso contamina también la comunicación política. Recuerdo que una vez enviaron al Corriere un falso artículo atribuido a Pasolini y el periódico lo publicó, lo que provocó un escándalo y sembró el pánico en las redacciones. Se temía que ya no pudiera confiarse en nada recibido por correo. Sin embargo, la sociedad terminó generando defensas. Se extremaron las comprobaciones, pero no se produjo el colapso de la credibilidad. La comunidad encontró mecanismos de protección para no quebrar el pacto social.

¿Puede suceder algo semejante con internet?

No depende de la tecnología, sino de la capacidad crítica de quienes la usan. Cuando leo un periódico impreso sé qué línea editorial tiene y preparo mis defensas intelectuales en consecuencia. Si conozco la editorial de un libro, también calibro su fiabilidad, incluso sabiendo que puede contener errores. El problema es reconocer la fuente y evaluar su autoridad.

Más allá del filtrado, ¿qué futuro augura al periódico en papel?

Siempre me ha gustado la idea de Hegel según la cual leer el periódico es la «oración cotidiana del hombre moderno». No descarto un retorno parcial al papel. Algunas grandes empresas nacidas en internet han invertido en prensa impresa, y no parecen precisamente ingenuas. Ese movimiento sugiere que aún existe un espacio para el soporte físico. Al menos durante los años que me queden por vivir, confío en que el papel no desaparezca.

Vídeo realizado por el Servicio de Comunicación y Relaciones Externas de la Universidad de Estudios de Turín.

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