Leila Guerriero es mi pastor, nada me falta.
Y menos aún cuando la reeditan. Cuando reeditan libros ya lejanos, libros que nos quedaban descabalgados en lo biográfico. Como este Los suicidas del fin del mundo. Crónica de un pueblo patagónico, que la editorial Anagrama tiene a bien (re)traernos ahora, a dos décadas de su aparición original. Y es perentorio. Y es una (dolorosa) delicia.

Hace unos años hubiese sido difícil escribir esto. O, al menos, escribirlo con estas palabras. No lo de Leila, sino la reseña que ustedes leen. Porque hace unos años denigrábamos bastante (bastante tirando a mogollón) ese género bastardo y maravilloso, ese jardín creado por niño chico, que es la crónica. Se le consideraba pequeño, menor. Fíjate, la realidad, eso sobre lo que escriben quienes no llegan a novelistas (o quienes aspiran a novelistas). Y luego te encontrabas referentes de espesor (el New Journalism, el mismo Chaves), y leías ficciones que fagocitaban lo cierto, y no terminabas de entender tal renuencia. Quizá más asentado en América Latina, el género del periodismo narrativo (de la crónica) jugaba a contar verdades con cualquier herramienta que intitule literatura. Y, quizá por eso, por ese carácter mestizo, muchos no querían entender el asunto. Hoy ya, parece, están olvidados tales prejuicios. Al menos de forma oficial, al menos de manera pública. Tenemos editoriales de periodismo narrativo, tenemos publicaciones con periodismo narrativo, tenemos gente que hace periodismo narrativo y no busca metáforas para huir de ese etiquetado. Es, sí, un reconocimiento al que contribuyen también Leila, o su maestro Caparrós, o tantos otros. Y se aplaude.
(Aunque siempre persista esa frase de «la novela, ¿para cuándo?»).
Así que Los suicidas del fin del mundo es una crónica, es periodismo narrativo, es, también, literatura de género mayor. Es retrato de personas, sí, pero especialmente el retrato de cierto lugar, ese Las Heras que habita y destruye, que trasciende hasta mucho más de su propia presencia geográfica. Un pueblo que es tantos otros, que se reconoce fácil para quienes habitan o conocen mímesis en diferentes latitudes. El sitio hundido en el sur o en el norte, el excéntrico, el alejado de metrópolis, Administración Central y Gobiernos que salen por la tele. El que tiene un clima duro, el que focaliza (casi) toda su economía en una única fábrica, en un único bien. Por Las Heras resulta el petróleo, pero podrían ustedes poner carbón, siderurgia, astilleros. No importa, es lo mismo. Bolsas y bolsas de trabajadores que van y vienen, que ganan sueldos, que se lo funden en las noches. Estuve, una vez, en Mo i Rana, una localidad noruega, justo en la linde del Círculo Polar Ártico. Tenían, allí, tres meses de noche, treinta mil habitantes, una fundición ciclópea que gasta más electricidad de la necesaria para iluminar Oslo. Sitio gélido y áspero, pueblo que creció feamente. Sin fantasías del paraíso septentrional. Allí, me dijeron, llegaban cada año cientos de jóvenes buscando curro. Buen sueldo, buenas perspectivas. Pero no se quedan, continuaban, trabajan todo lo que pueden dos, tres años, metiendo turnos dobles, haciendo horas extras, sin salir apenas. Ahorrando para retornar, después, a espacios donde el futuro sea más lindo. Eso era Mo i Rana.
De Las Heras, nos cuenta Leila, incluso es complicado salir.
Entre otras cosas, por el viento. Ese viento que medra según avanza el libro, que empieza como susurro al fondo, que va tomando importancia. Que acaba, claro, invasivo, omnipresente. Es un cambio, un sutil crecer. Explica, ese aire, tantas cosas. Explica la filiación de Las Heras con los páramos de Wuthering Heights, explica por qué estamos ante una narración gótica. Explica, también, el mismo estado de la cronista, a la que se le cuela la Pampa en los huesos, y empiezan a susurrar quienes en vendavales hablan. Ese, ese símbolo sutil, que casi ni percibes en primera lectura, en lectura superficial de hechos y datos, es lo que explica la misma semilla del libro, el propio magisterio de Leila.
Porque busca presentar las situaciones, las realidades, sobre la base de lo sensorial, de lo que no hace falta decir para que sientas. Huye del morbo pese a estar rodeada de morbo. Digamos que Los suicidas del fin del mundo trata —sobre todo, o quizá sea solo excusa— de una serie de suicidios, centrados especialmente en gente muy joven, que asolaron aquella parte del mundo, aquel pueblo específico, en un corto espacio de tiempo. Algunos dicen que una docena, otros elevan el número, porque uno nunca sabe, por lo general, de qué se murió quien se murió. Así que hay sobredosis disfrazadas de errores, y mezclas que se van de las manos, y borracheras que terminan bajo un tren. Verbigracia, claro. Y eso, para Las Heras se fue la autora. A preguntar, a convivir, a contárnoslo más tarde, que es a lo que lleva la crónica. A Las Heras se fue, dije, y allí le hablan sobre sectas, sobre una lista macabra, sobre huérfanos, y viudas, y madres sin hijos. Habla con todos, entrevista a prostitutas, a miembros de la comunidad gay de aquel apartado rincón, a quienes dicen saber y a quienes niegan todo conocimiento. Son personajes que aparecen y desaparecen, pero están siempre vivos. En dos rasgos, vivos. Evolucionando a lo largo del reportaje, vivos. Quizá por contrastar con los muertos.
Que son muchos. Es el eje del reportaje, es el eje de la historia. Ese rumor sordo que concurre, en tantas ocasiones, por terrenos rústicos, por pueblos que ni a ciudad llegan. Donde los jóvenes, y algunos mayores, terminan voluntariamente vidas y porvenires. Nadie habla de ello, nadie, porque es el gran tabú de nuestra sociedad, esto del suicidio. Nadie. Pero todos conocemos casos. En un olivo, en la poza de cierto río, entre los robles, en la viga del pajar, con esa escopeta que hay en cada casa, la escopeta de subir al monte los sábados. Un problema grande, pueden creerme. Que en Argentina callaron, más allá de lo fantasioso, del morbo puro, más allá de amarillismos y renuencias. Destaca aquí, de nuevo, el pulso de la cronista, que trata respetuosamente lo que pareciera carne de sensacionalismo. Y no.
Lo hace, además, con un lenguaje duro, áspero, pero huyendo de la agresividad. Lo hace con pocos adjetivos, aunque bien puestos, con metáforas precisas que destacan por no abundar, metáforas huidizas al brillo, al destello, al exhibicionismo. No hay tantas, no son «pintureras». Se sirve más Guerriero, sí, del simbolismo, del tono subterráneo.
El mismo que nos arrastra —de forma casi lógica, de forma casi inexorable— hasta el final. Que no desvelamos, pero concuerda con todo lo anterior. Está llevado exquisitamente, está plasmado de forma espléndida. «De novela», dirán algunos, ignorantes. «Cierto», contestarán otros, que saben de qué va el rollo. Porque eso es lo que importa —o lo que a mí me parece más digno para destacar— en este Los suicidas del fin del mundo. La certeza absoluta, prístina, incontrovertible, de que la no ficción supone, muchas veces, el mejor recurso literario de nuestros días.
Gracias por tanto, Leila.








