
Uno de los temas predilectos de las discusiones en las clases de Antropología de la universidad (sobre todo cuando son impartidas a no antropólogos, profundos ignorantes en la materia, como quien esto escribe) es la existencia o no de «universales culturales». Es decir: aspectos comunes a toda sociedad. Es una manera como otra cualquiera, torpe también, como todas las demás, de buscar la esencia de lo humano. Que es en lo que gastamos las horas los estudiantes de ciencias sociales, sí. Yo siempre pensé que si había algo que cumplía las características necesarias para ser un universal de estos era la desigualdad. Cualquier grupo social del que haya oído hablar en mi vida, pensaba yo como joven estudiante de sociología, presenta alguna forma de desigualdad. Es ineludible. Es permanente. Nos define.
Por supuesto, defender que existe en todos los grupos sociales posibles es algo muy distinto. Uno necesita una razón teórica para exponer por qué la desigualdad es y será constante. Para ello debe identificar las circunstancias, los condicionantes que la generan. Y, la verdad, jamás encontré un instrumento tan bueno para detectar posibilidades que no se me habían ocurrido pero que sin embargo eran plausibles como consumir libros y películas de ciencia ficción. La ciencia ficción es imaginación conscientemente restringida a los límites de lo que podría ser. Sus autores crean mundos enteros que están sometidos a una serie de restricciones idénticas a las del nuestro, mientras que otras son eliminadas, normalmente basadas en una hipótesis razonable, a una especulación que al menos tiene visos de realidad.
Para mí, la condición primigenia que está en el origen de la desigualdad es la imposibilidad de abarcar el infinito. En el instituto nos enseñaban que la economía era la ciencia que estudiaba cómo los seres humanos gestionan unos recursos limitados para cubrir unas necesidades ilimitadas. En ese desfase reside la desigualdad. La acumulación asimétrica de recursos necesita del valor asignado a los mismos, que obviamente depende de su escasez o abundancia. Si cualquiera de ellos existiese de manera ilimitada y todos nosotros pudiésemos manejar esa infinitud, la desigualdad no tendría razón de ser. Es cierto que se trata de una condición necesaria mas no suficiente, puesto que en teoría hasta los recursos limitados pueden ser distribuidos de manera totalmente igualitaria. Sin embargo, para que esto tenga lugar dos factores adicionales son necesarios: una igualdad total en la distribución del poder (para asegurar que nadie se apropie por la fuerza de todos o parte de los recursos que no le corresponden) y la seguridad absoluta de que el statu quo se va a mantener en el futuro. Y aquí es donde la imaginación informada de la ciencia ficción nos ayuda a comprender un poco mejor la desigualdad.
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Existe, tal vez, una forma de desigualdad «beneficiosa» para todas las partes (si es posible hablar de beneficio en una situación desigual inevitable), y es la que se plantea en la obra de H.G. Wells «The Time Machine», donde una sociedad de Elois vive sin preocupaciones disfrutando de una existencia hedonista a cambio de convertirse -eventualmente- en el alimento de los Morlock, más inteligentes, fuertes y tecnificados.
O no.
Pingback: La desigualdad inevitable: una mirada a través de la ciencia ficción
Eso díselo a las vacas y a los cerdos de las granjas a punto de ser sacrificados…
Recomiendo una película distópica reciente sobre el control de los recursos y de la población: «Snowpiercer» (2013), de Bong Joon Ho.
Sí, buenísima. Nos la han puesto aquí en el talego este viernes pasao y aquí la basca alunizó!!
La película es interesante en su concepcion pero el desarrollo de SNOWPIERCER es tedioso y pesado, y a la postre en absoluto novedoso.
Me resulta mas simpático y original SOYLENT GREEN o incluso MAD MAX si te pones.
Entonces, ¿en base a libros de ciencia ficción concluimos que la sociedad es estúpida?
Interesante, pero yo siempre pensé que esos libros eran advertencias, no sentencias (aunque el de los eternos no lo he leído).
Por cierto: «a recursos materiales para mostrarnos que, efectivamente, muestran que ser desiguales».
Dos más: Los desposeídos, de Ursula Le Guin, una sociedad anarquista en una luna pobre en recursos, con todos haciendo de todo por turnos. Y claro, Dune y su especia.
Saludos.
Una sin restricciones de energia, ni de «inteligencia». La saga de la Cultura de Ian Banks.
La sociedad utopica también tiene problemas, sobre todo en sus contactos con el resto dee sociedades
El artículo estaría bastante bien si no fuese por esos dos párrafos que lo abren y que me han producido vergüenza ajena. ¿Cómo nos va a definir la desigualdad como especie? Me esperaba algo como esos miedos, ambiciones, preocupaciones que han quedado registradas en los arquetipos del mito y el cuento popular, algo relacionado con el inconsciente colectivo, ¿pero esto? El universo ya es injusto y desigual por naturaleza, el que más masa tiene, manda, el que desarrolla antes garras y colmillos, se posiciona en los escalones superiores de la cadena trófica, el más pillo, sabe engañar a los demás y conseguir un beneficio para él y los suyos; no hay más.
Muerte inminente de IU, la izquierda socialdemócrata: http://marat-asaltarloscielos.blogspot.com.es/2015/06/muerte-inminente-de-iu-la-izquierda.html
Efectivamente, tanto el ser humano como las sociedades que construye tienden a organizarse en un esquema desigual. No obstante, las tendencias también se pueden modificar, del mismo modo que aceptamos códigos de conducta puramente artificiales que en otros muchos aspectos también nos acaban definiendo. La desigualdad tuvo, tiene y tendrá un enorme peso en el marco de las relaciones humanas, pero no es un fin inevitable y tampoco aceptable. Sin ir más lejos, me pregunto dónde estaríamos muchos de nosotros (autor, comentaristas, lectores, etc) si nuestros antecesores hubiesen considerado la desigualdad como un principio intalterable: los derechos conseguidos (que no son pocos si los analizamos con perspectiva histórica) brillarían por su ausencia.
Como es lógico, siempre existirán personas o grupos que se otorgan a sí mismos el derecho de pernada. La cuestión es qué respuesta se van a encontrar al otro lado: si un conformismo complaciente o una oposición digna. Como decía mi abuela, ante el vicio e pedir está la virtud de no dar.