Jot Down Cultural Magazine – Cinco grandes preguntas (y cuatro grandes respuestas) sobre el contacto extraterrestre

Cinco grandes preguntas (y cuatro grandes respuestas) sobre el contacto extraterrestre

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Imagen: Aladin Lite.

Bonita, ¿verdad? La estrella, digo. Y además tiene un nombre con mucho punch: Asterion. Luce en la constelación de los lebreles y está a ocho pársecs del sistema solar, algo más de veintisiete años luz. Suena muy lejos, pero de hecho es bastante cerca.

Además Asterion —o Beta Canum Venaticorum, si prefiere su nombre técnico— es uno de los pocos ejemplares conocidos de eso que los astrónomos llaman «gemelo solar», un título que habla por sí mismo. Y el más cercano de todos, una de las razones por la que los radiotelescopios de medio mundo apuntan en su dirección. La otra es que esta humilde estrellita, ahí donde la ven, es una de las que acumula más papeletas en la rifa de la biología compleja, incluyendo la clase de biología que sería capaz de ganar una partida de backgammon.

Cada vez que oiga aquello de que el universo es tan grande que la inteligencia debe de haber florecido en algún otro lugar además de la Tierra, estamos hablando de lugares como Asterion. Y también lo hacemos cuando elucubramos sobre la posibilidad real de contactar con ella, ya que pocos sitios nos cogen tan a mano como este sol. Por eso, además de ser una de las niñas bonitas del Instituto SETI —Search for ExtraTerrestrial Inteligence—, Asterion está en el punto de mira de las dos grandes iniciativas de búsqueda extrasolar proyectadas a corto plazo, el telescopio TPF —Terrestrial Planet Finder— de la NASA y el Proyecto Darwin de la Agencia Espacial Europea. Eso implica muchos millones invertidos en descubrir qué se cuece por allí.

¿Le sorprende el grado de concreción? Pues no debería. La ciencia consiste en eso, en concretar. Y la búsqueda de inteligencia extraterrestre ha tenido décadas para hacerlo, aunque los profanos solamos olvidarlo y nos movamos entre convenciones de la década de los sesenta y setenta. En parte, la culpa la tienen un aforismo, aquel que habla de la muerte por éxito, y aquella ecuación tan exitosa que diseñó en 1961 quien fuera presidente del Instituto SETI, el astrónomo Frank Drake:

N = R*· fp · ne · fl · fi · fc · L

Con frecuencia se oye que este galimatías prevé el número de civilizaciones que pueblan la galaxia (1), pero eso no es estrictamente cierto. Aunque incluye ese factor —es el parámetro fi—, la N que intenta resolver esta ecuación tiene más que ver con los propósitos específicos del Instituto SETI: equivale al número de pueblos extraterrestres con los que la humanidad podría establecer contacto en un año. Recurriendo a los valores más optimistas, los que le asigna el propio Drake, arroja un resultado cercano al diez, aunque otros rebajan la cifra hasta 0.0000000676963, una cantidad tan dolorosamente parecida al cero como rigurosamente ajustada a la realidad. Lo cierto es que el propio SETI califica hoy la ecuación de Drake como «una herramienta eficiente para estimular la curiosidad intelectual sobre el universo», un eufemismo que también se aproxima dolorosamente al cero.

Pero es lo que pasa con la búsqueda de inteligencia extraterrestre, ¿no? Que la ecuación verdadera es Li = Le , donde Li equivale al lirili y Le al lerele. Que mucho ruido y pocas nueces, para entendernos. Mucha certeza de que están ahí, pero ninguna prueba que lo demuestre. En realidad, no sabemos nada sobre las circunstancias en las que se ha de producir un contacto, ¿verdad?

Pues no, mire. Tanto como nada, no.

Desempolve su antena de mano, su camiseta de I want to believe y luzca su mejor cucurucho envuelto en papel de plata, que vamos preguntarnos por cinco cuestiones fundamentales —dónde, cómo, cuándo, qué y quién— acerca del contacto con criaturas extraterrestres. Y desde ya le advertimos que, con los datos en la mano, quizá tengamos que piruetear por probabilidades científicas remotas, pero solo responderemos «imposible» en una ocasión. Disponemos de más razones científicas para esperar un contacto que para descartarlo porque el SETI, ya verá, no es morirse de frío. Y, además, las probabilidades no han hecho más que aumentar en los últimos cincuenta años. Literalmente.

Cuándo

Tanto así que, cuando Carl Sagan se propuso crear «una representación ficticia de cómo sería un contacto en realidad» —en palabras de su mujer, Ann Druyan—, dio prioridad a la cuestión del tiempo sobre la del espacio, que precisamente por eso le quedó, digámoslo con tacto, bastante menos realista.

Imagen: Warner Bros / South Side Amusement.

En Contact, el mensaje alienígena que captaba la intrépida directora del Proyecto Argus, Ellie Arroway, procedía de Vega, un sistema estelar a veinticinco años luz de distancia de la Tierra. En una galaxia de más de cien mil años luz de diámetro ocurre lo mismo que con Asterion: no dejaría de ser un caso de potra bastante, bastante severo (2).

Pero tenía que ser Vega, y la razón eran los plazos. La primera retransmisión televisiva efectuada por nuestra especie con potencia suficiente para salir al espacio —un discurso de Hitler, hurra por nosotros— abandonó la Tierra en 1936 y llegó  a las inmediaciones de Vega veinticinco años después, en torno a 1961. En su novela, Sagan jugaba a que nos era devuelta desde allí con la forma de un pulso de radio que alcanzaba el sistema solar veinticinco años más tarde, en 1986. Era la fecha aproximada en la que estaba ambientada la historia.

Y el principio no es ninguna fantasía. De hecho, Sagan inspiró su Ellie Arroway y el ficticio Proyecto Argus en la radioastrónoma Jill Tarter y su trabajos en la dirección del Proyecto Fénix del SETI. Entre 1995 y 2004, y con numerosos radiotelescopios de ambos hemisferios a su disposición, Tarter se dedicó a la búsqueda de señales artificiales analizando la emergencia de patrones en ondas de radio, pero no en cualquier lugar. De hecho, su equipo escaneó ochocientas estrellas situadas en doscientos años luz a la redonda solo para confirmar, en palabras de Tarter, que «vivimos en un vecindario muy tranquilo». Según el último director del proyecto, Peter Backus, la estrategia obedeció a una simple prioridad técnica: «Cuanto más cerca está la estrella, el transmisor requeriría menos potencia para producir una señal detectable» desde la Tierra.

Pero había otra razón para centrarse en los astros situados específicamente a menos de doscientos años luz. Los seres humanos comenzamos a interferir con el espectro electromagnético hace cerca de doscientos años. Si el contacto ha de ser una respuesta a nuestras radiaciones —y es un clavo ardiendo al que SETI se agarra completamente en serio, aunque haya quien no—, aritmética elemental: solo cabe esperar que sepan de nosotros en sistemas a doscientos años luz de distancia, y la respuesta no podría provenir más que de aquellos en cien años luz y menos.

Una representación del alcance de las radiaciones humanas en la Vía Láctea. Imagen: Adam Grossman / Nick Risinger. Clic para ampliar.

Contra esta conjetura obra la estadística, por supuesto. Un radio tan pequeño puede servir para soñar, pero no para ser realistas. De todos los sitios donde podrían estar —y en la escala galáctica son efectivamente todos los sitios—, sería demasiada casualidad que fuesen a estar precisamente en nuestro pequeño, pequeño circulito.

Dónde

Por eso el SETI prefiere ir a tiro hecho, que siempre es más rápido, y dispone de una lista con los sistemas específicos de los que cabría esperar una llamada interestelar espontánea —no necesariamente en respuesta a nuestras emisiones—. Entre ellos figuran algunos tan célebres como Alfa Centauri, 51 Pegasi o la propia Asterion. En total, son 17.129 estrellas. Ni una más, ni una menos.

Este es el número de soles que integra el Catalog of Nearby Habitable Systems, todos los que las astrónomas Jill Tarter y Margaret Turnbull consideran «potencialmente habitables por formas de vida compleja, incluyendo la vida inteligente», en nuestra sección de la galaxia. El HabCat, como se abrevia con frecuencia, es una ampliación de la primera lista de astros que Tarter y sus colegas rastrearon en el curso del Proyecto Fénix y servirá como guía en los trabajos del ATA —Allen Telescope Array, el radiotelescopio más potente del mundo y el más grande dedicado a la búsqueda de inteligencia extraterrestre, aún en construcción—, el futuro telescopio espacial TPF de la NASA y algunos de los principales programas de SETI, entre ellos SETI@home y SERENDIP —Search for Extraterrestrial Radio Emissions from Nearby Developed Intelligent Populations.

Para confeccionarlo, Tarter y Turnbull partieron de los ciento veinte mil sistemas estelares más próximos a la Tierra —consignados en el Catálogo Hipparcos de la Agencia Espacial Europea— y eliminaron del recuento las estrellas «cataclísmicas, eruptivas, pulsantes, rotativas o de rayos X», además de las jóvenes, las que no han permanecido estables durante los últimos tres mil millones de años —el tiempo necesario para formar planetas viables— y otras que presentan entornos hostiles para la biología por su composición química, tamaño y un sinfín de variables. Ellas mismas las pormenorizan aquí y la lista definitiva de candidatas es esta.

Jill Tarter en el radiotelescopio de Arecibo. Fotografía: Corbis.

En 2006, además, Turnbull entresacó de esta misma lista un top ten con las diez estrellas más prometedoras, cinco de las cuales centrarán los estudios del ATA de SETI y cinco los del TPF de la NASA. Entre ellas figuran celebridades astronómicas como Alfa Centauri B, una enana naranja en el sistema triple de Alfa Centauri —el más cercano al sistema solar, a poco más de cuatro años luz—; Épsilon Eridani, la tercera estrella más próxima entre las que se ven a simple vista; 51 Pegasi, en torno a la que orbita 51 Pegasi b, el primer planeta extrasolar que se descubrió en 1995; y Tau Ceti, un sol de tipo G cuya relativa longevidad lo hace más propenso a la vida. Según Turnbull, las dos estrellas más prometedoras de todo el catálogo son Épsilon Indi A, una pequeña a menos de doce años luz, y Asterion.

Cómo

Se han publicado teorías muy convincentes sobre cómo sería el mensaje extraterrestre más probable, aunque el verdadero consenso obra sobre todo aquello que podemos ir descartando. Además de lo obvio, que es el contacto físico vía nave o sonda espacial, también el contacto mediante alguna forma de comunicación superlumínica, como el famoso ansible que concibió la novelista Ursula K. Le Guin. Aunque desde los años sesenta se hayan propuesto varias formas teóricas de explotar la capacidad de los taquiones de superar la velocidad de la luz para crear dispositivos de intercambio instantáneo de información, existe una razón de peso para descartarlos: hasta nuevo aviso, son solo figuras hipotéticas. Si puede imaginar una razón mejor, me gustaría conocerla.

Por eso esperamos un contacto en una forma que nos resulta más familiar, las ondas, y concretamente mediante una clase de intercambio que rinde particularmente bien cuando se trata de las monstruosas distancias espaciales: la radiocomunicación por microondas. Este rango de frecuencia del espectro electromagnético, aproximadamente entre los 300 MHz y los 300 GHz, es el más despejado de interferencias naturales y aquel del que resulta más sencillo entresacar señales débiles. En SETI proponen que cualquier criatura razonable recurriría a él para enviar ondas artificiales específicamente destinadas a la comunicación interestelar.

Y para ejemplo, un botón: nosotros mismos. Desde el mensaje de Arecibo de 1974 al AMFE —A Message From Earth—, retransmitido desde Ucrania en 2013, todos nuestros mensajes viajan hacia las estrellas por esta frecuencia. Incluso en los que incorporan físicamente algunas de las sondas que han abandonado el sistema solar —más un ejercicio romántico que un intento de comunicación realista— se habla de esta frecuencia, por si acaso. En las placas que transportan las dos sondas Pioneer, por ejemplo, se propone una unidad de tiempo equivalente a 1420 MHz.

Y no por nada, ya que 1420 MHz es la frecuencia estrella de la comunicación interestelar. Tanto así que, siguiendo los consejos de Giuseppe Cocconi y Philip Morrison, la Unión Internacional de Telecomunicaciones de las Naciones Unidas prohíbe hoy la emisión de radio en la línea del hidrógeno o de veintiún centímetros, como también se la conoce, que queda así reservada para radioastronomía. La razón es simple: al no compartir con los hipotéticos alienígenas ningún código o sistema de medida para pautar las frecuencias del espectro electromagnético, hemos llegado a la conclusión —y esperemos que ellos también— de que las únicas referencias posibles entre ambos son las frecuencias de emisión de los elementos naturales, que son las mismas aquí, en la China popular y en Aldebarán. Y una, en concreto, es la idónea: 1420 MHz, la frecuencia natural de emisión del hidrógeno neutro. Entre otras propiedades, cae en el rango de las microondas, corresponde al elemento más común en el universo visible y además presenta una serie de curiosos fenómenos físicos, como las líneas de Balmer, que llaman la atención sobre ella.

La línea del hidrógeno monitorizada en Hat Creek Radio Observatory. Fotografía: Colby Gutierrez-Kraybill (CC).

Aunque haya quien empiece a poner en duda su idoneidad, la mayor parte de los radioastrónomos y astrobiólogos mantiene su fe en la línea del hidrógeno, aunque les haya acarreado algún disgusto. El primer falso positivo en la historia de la búsqueda de inteligencia extraterrestre, el del ocho de abril de 1960 durante el curso del Proyecto OZMA, tuvo lugar precisamente mientras se rastreaba esta frecuencia, aunque después se confirmó que se trataba de ondas emitidas por un avión. Y la señal presuntamente interestelar más famosa de todos los tiempos, la Señal Wow! de 1977, se registró en algún punto entre los 1420.356 MHz y los 1420.455 MHz, tan improbablemente cerca de la frecuencia mágica —1420.405 MHz— como para que muchos, magufos y no tan magufos, descarten la casualidad hasta el mismísimo día de hoy.

Qué

¿Y sabe qué otra cosa es muy improbable que encontremos pero que, no obstante, esperamos encontrar? π. O sea, pi. No abunda en la naturaleza y, sin embargo, es un número tan elemental que nosotros mismos lo descubrimos hace cerca de cuatro mil años, cuando media humanidad no había salido siquiera del neolítico.

Gracias a él le podemos poner puertas al campo del relativismo biológico, ya que respiren azufre, tengan cables o sean criaturas de silicio, los miembros de cualquier raza inteligente que intente comunicarse deben de conocer pi. Y caer en la cuenta, como nosotros, de que cualquier otra especie también lo habría descubierto. Resulta necesario en las matemáticas de cualquiera, y lo bueno que tienen las matemáticas es que siempre son de cualquiera.

Por esa razón buscamos mensajes a través de pi. ¿Cómo? Aquí es cuando volvemos a abrir las puertas de otro campo igual de grande, porque podemos imaginar muchas maneras de citarlo. «La frecuencia del hidrógeno por pi es algo en lo que piensa mucha gente», comentaba en 2010 Seth Shostak, del SETI. Es decir, que la hipotética señal alienígena fuera enviada a 4.462 MHz de frecuencia, al doble de esta o a cualquier que implicase las magnitudes, necesariamente ambas, de la línea del hidrógeno y de pi. Es el supuesto con el que trabaja actualmente el Allen Telescope Array, rastreando una selección se bandas emparentadas matemáticamente con la del hidrógeno, entre ellas algunas a través de pi. Huelga decir que sin éxito, claro, o nos habríamos enterado todos por los periódicos. Hasta la fecha, el matrimonio entre pi y el hidrógeno solo ha servido para vender camisetas.

Otra singularidad matemática que podría indicar que tras determinada señal está la mano alienígena —dígase mano, dígase tentáculo— son los números primos. De nuevo mediante un amplio abanico de posibilidades, la más elemental de las cuales sería seguramente la que imaginó Carl Sagan, una señal de radio pulsante en intervalos de dos pulsos, tres, cinco, siete, once, trece, etcétera. La realidad podría ser algo más compleja y de nuevo el ejemplo somos nosotros. El Mensaje de Arecibo, remitido desde Puerto Rico en 1974 en dirección al Cúmulo de Hércules, contaba exactamente con 1679 bits de información, un número producto de multiplicar dos primos, 23 y el número favorito de Sheldon Cooper, 73.

Si alguien lo recibe dentro de 25.100 años, que son los que la señal tardará en llegar a su destino, confiemos en que sepa coger la indirecta.

Quién

Sabemos dónde hay que ponerse a buscar, vale. Y sabemos que resulta más razonable hacerlo ahora que antes. Incluso sabemos por qué frecuencias empezar y qué buscar en esas frecuencias. Dónde, cómo , cuándo y qué, resuelto. Pero campanas al vuelo, las mínimas. Ahora toca descifrar la incógnita del quién. Y, malas noticias: si se trata de comunicarse con una civilización alienígena, lo más difícil no tiene nada que ver con distancias monstruosas o plazos de tiempo inabarcables, sino con nuestras cabecitas. Las nuestras y las de ellos, si es que tienen.

No tenemos ni idea sobre quién podría estar al otro lado del aparato, y por tanto sobre qué cabe esperar que contenga su hipotético mensaje (3). ¿Sintagmas de algún tipo, y confiamos así en que sepan manejar símbolos? ¿Alguna clase de imagen o sonido, y confiamos entonces en que compartan nuestros mismos sentidos? ¿O acaso algo que carecemos de palabras para designar o acaso de recursos mentales solo para concebir? Estamos hablando de comunicarse con otra especie, y lo vamos a repetir: comunicarse con otra especie. Citando a Neil DeGrasse Tyson, siempre tan citable, es muy probable que «la vida en otro planeta, si se formó independientemente de la vida en la Tierra, sea más diferente de cualquier especie de la Tierra de lo que cualquier dos especies terrestres son entre sí». Y eso, dese cuenta, no es moco de alien.

Estrictamente, la verdadera dificultad no estriba en completar algún tipo de lenguaje universal que permita el intercambio de información, que de hecho es la parte más sencilla (4). Lo jodido es trazar un repertorio básico de axiomas, es decir, certezas para ambos sujetos involucrados en la conversación. Y a partir de ahí, llegar a lo que Alexander Ollongren, astrónomo y matemático, denomina «un sistema conceptual que podamos dar por sentado que cualquier especie inteligente y simbólica en el universo puede compartir con otra». Una noción que, más que inventarse, ha de descubrirse. En el caso de que exista, claro. Y el propio Ollongren lo duda.

Aun así, la exolingüística ha parido ya varios esperantos espaciales, intentos de lenguaje que pretenden resultar descifrables y comprensibles para cualquier criatura inteligente. El más completo es seguramente Lincos o Lingua cosmica, creado en 1960 por el matemático Hans Freudenthal y ampliado recientemente por  el propio Ollongren en Astrolinguistics: Design of a Linguistic System for Interstellar Communication Based on Logic. En todo caso, mueven poco entusiasmo entre los científicos dedicados al SETI, particularmente los astrobiólogos. Incluso si fuera razonablemente universal, la sola noción de un lenguaje resulta demasiado antropocéntrica, o demasiado terrestre, para su paladar. Y estamos hablando de gente que cree perfectamente lógico enviar mensajes a las estrellas, recordemos, y esperar una respuesta.  Para una vez que se ponen derrotistas, tendremos que fiarnos de su paladar.

Imagen: Warner Bros / South Side Amusement.

(1) Según Drake, se puede estimar reduciendo el número de estrellas aptas para la vida que se crean en la galaxia cada año —R*— al número de esas estrellas que disponen de sistemas planetarios —fp—, este al número de planetas en la zona habitable de esas estrellas —ne—, este al número real de sistemas habitados —fl—, este al número de sistemas donde se desarrolle la inteligencia —fi—, este al número de sistemas donde haya una civilización intentando comunicarse —fc— y este, finalmente, al número de civilizaciones haciéndolo en un momento dado porque estén en el intervalo de tiempo natural entre el alzamiento y la caída de las civilizaciones inteligentes —L—. Además de que desconocemos el valor de la mayoría de estos términos, a la ecuación le faltan muchos otros.

(2) En Prevalence of Earth-size planets orbiting Sun-like stars, una de las últimas investigaciones sobre supertierras con datos del telescopio espacial Kepler, Erik A. Petigura, Andrew W. HowardGeoffrey W. Marcya concluyen que entre todas las estrellas similares al sol —una categoría en la que incluyen el 10% de soles de nuestra galaxia—, el 22% cuenta con planetas de un tamaño aproximado al de la Tierra orbitando en la zona habitable del sistema.

(3) Para entender por qué, pruebe a realizar este sencillo experimento: envíele una carta a un perro. Comprobará que la parte más complicada, aunque lo parezca, no es hacérsela llegar, sino que no se la coma. No digamos ya que la lea y la comprenda. A la hora de contactar, para nuestra desgracia, lo más probable es que a la humanidad le toque jugar el papel del perro.

(4) Resumiendo mucho los términos, sostiene que «los mensajes destinados a la comunicación interestelar con sociedades extraterrestres inteligentes deberían consistir esencialmente en una (gran) parte de texto en alguna lengua natural y un suplemento de anotaciones en algún sistema formal en otro nivel». Ollongren descarta así las matemáticas elementales como fundamento de un lenguaje verdaderamente universal y propone un concepto híbrido entre el texto ordinario y un sistema parejo para construir axiomas que recurra a la lógica simbólica, la demostración y la computación. Este sistema, explica, «cumple la función de constituirse en un metanivel en el que están disponibles descripciones acerca del contenido del nivel básico», el de las formas textuales.

27 comentarios

  1. ¡Qué artículo tan maravilloso y tan bien documentado! Muchas gracias, lo he disfrutado muchísimo.

  2. Buen artículo, enhorabuena. Conocía superficialmente el tema, pero hacía algún año que otro que no me actualizaba con nueva info.

    El problema con todo esto es que, como dijo Sagan en Cosmos (no recuerdo en qué capítulo; probablemente en el que habla de la ecuación de Drake, precisamente), “es mucho más fácil el hecho de que se origine la vida y que evolucione a formas más complejas, que el hecho de que esas formas complejas desemboquen en una civilización técnica, y, por tanto, podamos ser capaces de comunicarnos con ella.

    Digamos que habría como tres líneas de corte: una sería el surgimiento de la vida, que en mi opinión es relativamente sencillo, al menos en su estadío más elemental; el segundo, la evolución a formas complejas (multicelulares, o lo que sea equivalente en otro planeta); y la tercera sería la evolución de las formas complejas a una especie que aspire a formar una civilización tecnológica.

    Este último paso es, en mi opinión, más complicado incluso que los dos previos. Es decir: puede haber perfectamente por ahí cientos de especies con una inteligencia comparable a la nuestra (miles lo dudo), pero ello no asegura que todas ellas vayan a llegar a un desarrollo tecnológico equiparable al nuestro. Probablemente muchas de esas civilizaciones permanecieron, permanecen o permanecerán estancadas en un paleolítico, neolítico o medievo inmutable, sin oportunidad alguna para nosotros de comunicarnos con ellos.

    Y ojo, eso sin contar con que coincidamos con ellos en el espacio y en el tiempo, cosa que lo complica aún más. Seguramente muchas civilizaciones se extinguieron antes de que nosotros surgiéramos; a día de hoy estarán surgiendo muy lentamente otras tantas en lugares que no sospechamos; y, cuando nos vayamos al carajo (si es que esto ocurre), las civilizaciones que se estaban forjando en nuestro presente ya estarán asentadas (o extintas, vete a saber), y otras tantas habrán surgido en planetas que, hoy en día, no existen.

    En fin, menudo rompecabezas, pero es sin duda uno de mis temas favoritos. xD

    • Pues a mí la parte de la ecuación que siempre me ha chirriado más es la probabilidad de aparición de la vida (fl). Descartados dioses y demiurgos, la teoría es que la vida apareció espontáneamente a partir de la materia inerte por medio de reacciones electroquímicas espontáneas en la llamada “sopa primordial” de la Tierra primitiva.
      Hasta que alguien consiga crear vida, por primitiva que sea, a partir de materia inorgánica, decir que la probabilidad de aparición de la vida en un planeta similar a la Tierra es del 20% me parece una sobrada de consideración. Y por “similar a la Tierra” simplemente quieren decir “rocoso y a determinada distancia de su sol”. Venus cumple sobradamente ambas condiciones y ya podemos ver lo poco similar que ha salido.

    • Somos tres! Justo acabo de terminar de leer ‘Solaris’ y este artículo aviva más mis ganas de saber.

      Una cosa que me da mucho que pensar es la manera que tiene el ser humano de buscar paralelismos con nuestra especie: qué se pretende encontrar en el espacio? “Algo como nosotros pero…” Tenemos una versión tan antropomórfica de todo!

      Y por qué deducimos que lo que sea que está ahí afuera quiere comunicarse con nosotros o entendernos? Con respecto a esto, me ha encantado el símil del perro y la carta.

      Muy buen artículo! Lo he disfrutado enormemente.

  3. Quan heu posat en Sheldon Cooper he deixat de llegir. Els humans som tant limitats que busquem una agulla en un paller, en comptes de fabricar-nos una altre agulla.

    • Euskaraz erantzutea nahi al dezu? Prueba a dejar de mirarte al ombligo un ratito, pitxin

    • Amigo cuando Mas y Urkullu se reúnen para hablar de independentismo… desgraciadamente para ellos hablan en castellano.

  4. y alguno de estas maravillosas mentes que pretenden descubrir civilizaciones mas avanzadas que la nuestra (y por ende, igual de agresivas que la nuestra) se han preguntan¿porque? o ¿para que?

    • Llevamos toda nuestra existencia buscando respuestas, de una forma o de otra. Y buscando, primero en los alrededores, luego en penínsulas y , tras acotar el planeta… Ya está?? De eso nada, siempre querremos saber qué hay más allá. Por pura naturaleza humana.
      El para qué…. Para muchos porque simplemente les debe encantar su trabajo. En general yo creo que aspiramos a encontrar algo que sea la base de toda una fuente de admiración y beneficio para nosotros mismos. Si supiésemos que la mayor inteligencia es una especie de garrapata cósmica, dejaríamos de buscar.

    • En realidad no es cierto que cuanto más avanzada sea una civilización más agresiva es… De hecho la historia dice lo contrario.

      Sobre el artículo, el ejemplo del perro está mal escogido, porque no es una especie inteligente.

  5. ¿El “Ansible” no és de de Orson Scod Card? Me suena de la saga de El juego de ENder.
    Buen articulo!

    • Orson Scott Card también leía a Ursula K Leguin. :) Los escritores suelen tomarse préstamos entre ellos – mira la cantidad de libros de fantasía con elfos “a la Tolkien”.

  6. Pingback: Cinco grandes preguntas (y cuatro grandes respuestas) sobre el contacto extraterrestre | anamartinezsoria

  7. Hombre, si hay vida por esos mundos de dios, y si realmente es inteligente…
    No me extranha en absoluto que no quieran contactar con nosotros…

  8. Dices: “si puede imaginar una razón mejor [para descartar dispositivos de intercambio instantáneo de información], me gustaría conocerla”.

    Pues hombre, el mayor problema es que esa frase, así dicha, es imposible, porque la “simultaneidad” esa realmente no existe: según la Relatividad dos observadores que estén moviéndose a velocidades (o en direcciones) no considerarán simultáneas las mismas cosas y que, de hecho, para señales más rápidas que la de la luz siempre habrá observadores que las perciban yendo hacia atrás en el tiempo, lo que generaría toda clase de paradojas.

    Sobre la vida extraterrestre yo, a falta de evidencia en contra, suelo tomar en cuenta otro hecho: que la ventana temporal para que exista vida inteligente es mucho más corta de lo que se piensa. Cierto es que siempre se habla de tramos de millones de años o de miles de millones de años, pero a mí me da la sospecha de que esas cifras tienden a confundirnos. Si lo miramos en generaciones de estrellas, nuestro sol es una estrella de tercera generación, y estas son las primeras capaces de albergar un entorno donde haya átomos lo suficientemente complejos como para producir vida. Es decir, que estamos, en términos estelares, en el punto de partida a partir del cual se puede generar vida. ¿Y si somos los primeros?

    A mucha gente le aterra esa idea, pero por ahora, con las evidencias que tenemos en la mano, es la que hay que considerar.

  9. Si a esta situación de “encontrar una aguja en un pajar” le sumamos que el planeta de marras tenga una Luna (por lo visto la vida aquí está unida a la existencia de nuestro satélite), creo que estamos ante una circunstancia que es más bien esta: “Hallar un electrón vasco parlante y fan de El Fari en el Océano Pacífico”.

  10. El artículo me ha encantado, en verdad muchas gracias… solo hay algo que me ha quedado en la cabeza dando vueltas… y es el tema de la frecuencia del hidrógeno multiplicada por pi. Desde luego usar la frecuencia del hidrógeno es perfectamente válido pues es universal. Pi también lo es… pero si la unidad de tiempo no es la misma, y se usa una base de numeración diferente, la civilización extraterrestre estaría emitiendo en una frecuencia que nosotros no estaríamos explorando, ¿no es así?

      • Creo que vengo un poco tarde, pero bueno.
        No es así, definimos los Hertzios como numero de oscilaciones por segundo, definimos el segundo como la 1/80k y pico parte del día, luego como tiempo que transcurre para que el isotopo nesecuantos de Cesio, vibre nuevemil…ecientos…muchisimas… veces a 0 grados k.
        Entiendo que dudes y que entiendas que decirle a ET, “segundos” no tiene sentido, probablemente para ellos, esta unidad de tiempo se llame, terceros o quintos ( ;) ) y sea el tiempo que tarda un saca llena de piedras en caer medio metrawer (su unidad de medida), desde el nivel del pechádeagua (su equivalente al nivel del mar).
        Luego, afinan, y dicen que el tercero_quinto es el tiempo que tarda la “que_brilla_un_huvevo” (la luz) en recorrer 1M de kilometrawers. etc.

        Pero, entiende que 1420Mhz sería igual, entonces a, 3600 vibros (vibracion por tercero_quinto).

        Ya fuera de coñas. Nosotros medimos la velocidad de la luz en el vacio en km/s o m/s. Ellos lo mediran en unidad_de_medida_chunga/unidad_de_tiempo_chunga, pero la velocidad será la misma, en ese caso, llamemoslo como queramos, la velocidad de la luz en el vacio es la misma aquí que allí.

        Un ejemplo mas sencillo incluso. Los sistemas de medida, pulgada y metro. No te cabe duda de que la distancia del punto A al punto B, es la misma se mida en millas, metros, pulgadas, aunque la magnitud y el valor en que se expresa sea diferente no?. Y que en ese caso, si entre A y B hay 100km, y al mismo tiempo son 62’nosecuantas millas. Aunque la distancia no cambia y es la misma.

        Imaginemos que nuestro equivalente a su unidad de tiempo (ut), en segundos es 3. Para nosotros el hidrogeno vibra a 1.420M de veces por segundo, para ellos, vibra a 1.420M * 3: Una cosa que vibra 1.420M * 3 veces cada 3 segundos, es una cosa que vibra 1.420M de veces por segundo.

    • Elucubrando un poco más la respuesta del simpático de Jorge: no, porque la frecuencia del hidrógeno es la misma en todas partes y el valor de pi también (y es adimensional).
      Nosotros hemos definido una unidad de tiempo, el segundo, y a partir de ahí el número de oscilaciones de una onda por segundo, el herzio. Una civilización extraterrestre tendrá su propia unidad de tiempo, llamémosla el kip, que con toda seguridad no coincidirá con nuestro segundo (ya sería casualidad), y a partir de ella definirá el gram como medida de la frecuencia.
      Así que si esta civilización extraterrestre emite una señal a 268,6 megagrams, nosotros la captaremos como una señal de 4461 megaherzios… porque independientemente de que sus unidades y las nuestras no se parezcan en nada, la frecuencia del hidrógeno multiplicada por pi da el mismo valor en todas partes. O sea, da igual que midas la temperatura en grados celsius o farenheit, no va a hacer más calor en una que en otra, aunque los números sean distintos.

  11. Gracias, valhue.

    Por lo amable de tu explicación detallada, a mi me da que el extraterrestre eres tú…

  12. Yo no termino de ver claro que mandar mensajes a extraterrestres en busca de respuesta sea una jugada lógica. Porque para ellos saber que estamos puede significar solamente que hay un lugar con potenciales recursos para almacenar algún tipo de vida, y más importante, un posible competidor. Yo que sé, quizá sea una civilización que mida el tiempo en millones de años por alguna razón, y en un plazo de millones de años un gran cacho de la galaxia es alcanzable, y quizá piensen que, al igual que nosotros nos cargamos buena cantidad de especies cuando llegamos a un lugar, lo mejor es eliminarlos y seguir con sus planes tranquilamente.

    En fin, que espero que no le de a todos los paises por desmantelar todas sus armas nucleares por si hay que librar una gran guerra.

    En general, ¿pensais que si hay una civilización extraterreste, dado el suficiente tiempo, no habrá que competir y eliminar o ser eliminado? En ese caso yo querría dar el primer golpe. Seguro. Y si ellos son listos, también querrán.

  13. Existen dos posibilidades: que estemos solos en el universo, o que no lo estemos. Ambas son igual de aterradoras.

  14. Pingback: Cosicas curiosas V

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