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Ciencia y arquitectura de Sir Christopher Wren

St Paul 04 fotografía de Miguel Martínez Ferreira

Londres, Londres

Pasan los siglos y seguimos mostrando una querencia irresistible por visitar Londres. Algunos llegan más lejos y se quedan allí para siempre; los motivos que esgrimen son bastante oscuros, pero suelen tener relación con el amor en cualquiera de sus variantes. Amor por una persona, casi siempre de ascendencia colonial; por las empanadas de anguila y riñones a la reducción de Marmite, pues desgraciadamente ni siquiera allí se tiene siempre a mano un frasco de Vegemite; por una serie de ceros en cursiva rematando un contrato laboral, o simplemente por un contrato para el cual el término laboral no es sino un eufemismo, y entonces el amor se torna necesidad; por los trajes de raya diplomática, los bombines y la esperanza de que pronto vuelvan a dominar las aceras de St. James y Regent Street… No hace tanto tiempo, apenas 229 años, y ahora que está tan de moda medirlo todo según la teoría darwiniana —el llanto de un bebé, la edad de las tortugas, el PIB de Rutenia— podemos asegurar que dos centurias apenas significan nada para la Historia de la Humanidad, que la corriente turística de todo el Imperio Británico, y por tanto diríamos del mundo entero, se dirigía a ver los ahorcamientos y otras variantes de muerte violenta y no siempre justa que se llevaban a cabo en Tyburn, justo donde hoy en día se levanta el Marble Arch. Allí se hacían los honores tanto a señores como Lord Ferrers, último par inglés ejecutado por felonía, que vistió sus mejores galas para la ocasión y demostró la suficiente entereza como para dar qué pensar a las nuevas generaciones a quienes les tiemblan las rodillas ante la perspectiva de un par de tomatazos bien merecidos a las puertas de un juzgado, como a bandoleros de variada procedencia social y popularidad, entre los que cualquier ciudadano mínimamente instruido podría citar a Dick Turpin. Acto seguido se les facilitaba una cita con el Hacedor para que, violando una vez más uno de los principios básicos del derecho, les juzgara por segunda vez por cometer unos crímenes a los que nadie más daba mayor importancia.

Hoy las atracciones que se buscan en Londres son otras, no siempre más civilizadas. Galerías de arte donde, por más de lo que uno podría gastar en varias vidas dedicadas al derroche de fortunas adquiridas mediante matrimonios cuidadosamente planificados, se puede comprar una vaca Hereford conservada en formol o un retrato xerografiado de un bote de habas; museos en los que caben prácticamente todo el antiguo Egipto, la Grecia clásica y el matrimonio Arnolfini, que es tan grande como las civilizaciones que lo preceden y gran parte de las que lo siguen; pubs donde confraternizar con lo más granado de las corresponsalías europeas y subcontinentales y en los cuales lo más importante sigue siendo llegar hasta el fondo del sentido del término “bebida espirituosa”, y por tanto cualquier impulso de entablar una conversación erudita acerca de la calidad del agua tónica generará miradas de recelo y amenazas explícitas; centros culturales en los que en menos tiempo del que se tarda en hojear un tríptico ya queda patente la profunda sima de ignorancia en la que se encuentra cualquier otra ciudad del mundo y, para aquellos que aún conservan un sentido práctico a la hora de ejercer el noble arte de hacer turismo, los eternos Buckingham Palace, admirado desde la distancia que toda monarquía que se precie debería mantener con el populacho, y la Torre de Londres, donde con no poco esfuerzo puede uno rememorar las atracciones del pasado antes mencionadas. Muchas relaciones sentimentales de todas partes del globo se han arruinado, o al menos se han planteado serias dudas sobre su futuro, al atravesar la Portcullis Gate mientras se formula con intención jocosa una traducción libre de su denominación. En cualquier caso, a pesar de la riada de gente que visita Londres cada año, son pocos los que conocen la obra de Christopher Wren.

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20 comentarios

  1. Pingback: Ciencia y arquitectura de Sir Christopher Wren

  2. La introducción es sublime. Enhorabuena por el artículo.

  3. He estado hace unos días en Londres. He disfrutado mucho con este maravilloso artículo.

  4. Soy un arquitecto cansado de nuestra propia petulancia.
    El artículo me ha resultado refrescante, me lo he pasado bomba.

  5. José Martínez

    Necesito volver a Londres con este artículo impreso. Buenísimo.

  6. Un artículo extenso, notablemente escrito y gratis, algo no me cuadra.
    Creo que nos estamos culturizando por encima de nuestras posibilidades.

  7. José Martínez

    Ah, y un aplauso también al autor de las imágenes que completan el texto.

  8. Cuanta razón en este artículo. He recorrido varias veces la ciudad de Londres, escapando siempre de las rutas convencionales y son esos lugares desconocidos los que hacen de la capital británica la ciudad que es.

    Y San Pablo uno de los puntos claves de la ciudad.

  9. Gran artículo!
    Yo tengo la teoría no confirmada de que el de Wren fue uno de los primeros casos de «amiguismo» inmobiliario de la historia: Incendio = 50 contratos para restaurar inglesias, incluyendo una catedral. No sé, a mi me da que pensar…

  10. Si yo digo «El Ciclo Barroco», ¿qué dice el autor?

  11. Buen artículo. ¡A disfrutar!

  12. José Marrtínez

    Los que no se quedaran dormidos a medias viendo «Los miserables» pudieron disfrutar de los maravillosos edificios del Old Royal Naval College al final de la película haciendo más que dignamente el papel de edificios parisinos.

  13. Hubiese estado bien alguna referencia en el artículo al tratamiendo de Wren que hace Alan Moore en «From Hell».

  14. Y Sir Christopher Wren también diseño las jeringas que usamos.

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