Diarios de un papa

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Fragmento de la bóveda de la Capilla Sixtina. Fotografía: Christophe (CC).

Miércoles

Todo el día con los pies fríos. Me pongo doble calcetín. Largos paseos meditabundos. Me fumaría un buen cigarro. Uno de aquellos Lucky Strike sin filtro. Lo acariciaría lentamente, como si para fumarlo hubiese antes que domesticar su coraza. Tal vez dejaría que fuesen las dos de la madrugada, y saldría al balcón de San Pedro. A veces en la vida solo necesitas silencio, oscuridad, frío y un buen cigarro. Thomas Marshall, el vicepresidente con Woodrow Wilson, después de escuchar en el Senado un discurso larguísimo, soporífero, sobre lo que necesitaba el país, dijo que «lo que necesita América es un buen cigarro de cinco centavos».

¿Y si lo vendo todo y me voy?

Escucho Transformer de Lou Reed en el viejo tocadiscos de Juan Pablo II. Hurgando en la discoteca de Wojtyla encuentras errores tan lamentables como Rafaella Carrá. No es lo peor, con todo. Hay discos de Demis Russo. Abba. Nana Mouskouri. Toto Cotugno. Rafaella Carrá al menos tiene buenas piernas.

Por la noche, película de kung-fu.

Viernes

Leo a Juan Carlos Onetti, para recordar qué clase de hombres criminales somos por dentro. No albergo esperanzas durante algunas horas. Cuando se me pasa el efecto de Onetti, vuelvo a creer en Dios.

Mala digestión. Esos espaguetis a la amatriciana me persiguen toda la tarde. Me siento al borde de la muerte, como si leyese a Cioran.

Nicola, el electricista, me cuenta que hay dos vecinos nuevos en su comunidad. Un matrimonio de mediana edad. Ocupan un piso pegado al suyo, que lleva dos años vacío. Esa clase de vacío, añade, del que a veces llegan extraños ruidos, como si bullesen fantasmas. Cada vez que coincide con la pareja en el ascensor el hombre se muestra dicharachero y ella reservada. En realidad, nunca habla. Saluda asintiendo con la cabeza. Hace una semana, para su desconcierto y el de su mujer, Anetta, les propusieron cenar juntos. No especificaron un día en concreto, sino «un día de estos». El electricista no mostró ningún entusiasmo. No quiere tener que sacarle las palabras a su vecina con unas tenazas. «Además, yo no puedo comer con una persona que no me da los buenos días», dice. Nicola me recuerda a Karl Kraus, cuando confesaba que él no se trataba con gente que decía «efectivamente». El caso es que hace tres días volvieron a encontrarse en el ascensor. Se habló de esa cena dichosa de nuevo. Pero esta vez como algo inminente. Tanto, que cenaron al día siguiente. «¿Sabe qué?», pregunta. Me encojo de hombros. Se me está haciendo tarde. «En el salón había un retrato familiar, en el que aparecía un matrimonio y una joven, y que me resultó particularmente familiar. Pero no sé por qué. Es como si hubiese coincidido con alguna de aquellas personas en un momento del pasado. Pero soy incapaz de recordar. No hago otra cosa en todo el día que buscar ese momento. A todas horas. Es un pensamiento molesto, que casi hace ruido».

Sábado

No puedes abrir un armario sin que se te venga encima un cadáver. Algunas mañanas tienes que esforzarte por no ver todo lo que te rodea, pese a estar claramente expuesto. Me acuerdo a menudo de Jacques Vaché, cuando irrumpió en el estreno de Las tetas de Tiresias, de Apollinaire, y con un revólver amenazó al público, mientras gritaba: «Esta mierda rebosa arte». No sé si yo tendría la determinación para hacer algo así con la curia, pero creo que sería necesario.

Me escribe Kate Moss. Es la tercera vez. Insiste en vernos. «Lléveme a dar una vuelta en el Renault 4L. Huyamos donde no puedan encontrarnos». Me hace sonreír. Qué mujeraza, sinceramente.

Domingo

Abro una cuenta fake en Twitter. Después de darle mil vueltas, por desesperación me decido por @b_domecq.

No pego ojo. Es ese relato de Carver. El somier, con su risssh, risssh, también. Pero sobre todo, es el relato de Carver. Hijo de puta. El terror casero que despide «Parece una tontería» te sobrecoge. Toda la mañana estoy con mal cuerpo. Me parece oír el nombre de Scooty continuamente. También cuando me echo en la cama, por la tarde, y el somier dice scooty, scooty, en lugar de rechinar como de costumbre.

Al final del día, cuando me siento en la capilla Sixtina, solo, me acuerdo de Samuel Beckett. En 1969, de viaje por Túnez, recibe la llamada de la Academia Sueca, que le comunica que le conceden el Nobel de Literatura. Beckett cuelga el teléfono, busca la mirada de su mujer, y le dice abatido: «¡Qué catástrofe!».

Martes

Llueve. Hace sol. Vuelve a llover. Tengo mucho que escribir, pero soy incapaz. La mañana transcurre a pasos cortos y patosos. Cuando finalizan las audiencias, me hago una paja, para sacudirme este hastío. No tarda en imponerse la noche, como un golpe en la mesa.

Un gran poder trae consigo una gran confusión.

Miércoles

Hablo con Michelle Obama. Despachamos asuntos de agenda, especialmente trascendentales y aburridos. Cuando acabamos, bromeamos con chistes palurdos, que nos hacen reír. Me pregunta si algún día la Iglesia estará en manos de una mujer. «En realidad, ya lo estuvo», respondo. «Detecto, por tu pregunta, que no has leído The woman who was Pape, de tu compatriota Clement Wood». Le explico que Wood cuenta que entre los años 853 y 855, es decir, entre los papados de Leon IV y Benedicto III, el Vaticano había sido gobernado por un vicario que en realidad era una mujer. En el fondo, es la historia del papa Juan VIII, del que se cuenta que un día, mientras viajaba desde San Pedro al Laterano, tuvo que parar al costado de la ruta y ante la sorpresa de todos los presentes dio a luz a un bebé.

Tres capítulos seguidos de Los Soprano. Me pregunto qué haría Tony ante los dilemas que me acorralan a estas horas, rodeado de traidores.

¿Por qué en esta casa llevaremos tantos años sin tirar la basura? ¿Es que entre la basura se vive mejor? ¿Es que no hay cubos, Señor?

Jueves

Me levanto de buen humor. Hago mis ejercicios. Entra la hermana Angella. Deja la prensa en la mesa. Me acerco al equipo de música. Busco AC/DC. Lo conecto. Subo el volumen al máximo. Angella cree enloqucer cuando me ve tocar una guitarra invisible y cantar: «Living easy, living free / Season ticket on a one-way ride / Asking nothing, leave me be / Taking everything in my stride / Don’t need reason, don’t need rhyme / Ain’t nothing I would rather do / Going down, party time / My friends are gonna be there too / I’m on the highway to hell / I’m on the highway to hell / I’m on the highway to hell / I’m on the highway to hell… Vamos hermana Angella», la invito.

Vladimir Putin huele tan mal que hay que hacer esfuerzos ímprobos para no abofetearlo y pedirle que se aleje un par de metros.

Por la noche, película de kung-fu.

Viernes

Me encierro en el baño. Tomo el Borges de Bioy Casares y retomo la lectura, como todas las mañanas. «Según Borges, Dickens refiere que John Forster era muy pomposo. Una vez la mucama trajo un plato de carne y legumbres y Forster pidió: “Mary… carrots”. La mucama contestó que no había zanahorias. Forster pronunció: “Mary, let there be carrots”. Yo menciono la historia del cardenal Wiseman, que participaba en un banquete; uno de los comensales, muy angustiado, recordó que era vigilia; el cardenal, entonces, impartiendo la bendición a los manjares, dijo: “Declaro todo esto pescado”». Leo hasta que se me duerme una pierna. Ese es el límite. Un hombre siempre ha de salir por su propio pie del cuarto de baño. Cierro el volumen y me levanto.

Comida con el cardenal Bertone. Su tono de voz es hondo, como si hablase otra persona por él, a la que previamente ha tragado. Reparo en su cara y advierto que hay en ese mapa de la intriga católica algo extraño. No sé el qué. Le doy vueltas. Finalmente, lo descubro. El cardenal se corta los pelos de la nariz. No sé si me parece gracioso o patético, o nada en absoluto. Hace una semana, cuando nos reunimos, le sobresalían. Eran como un grito en la oscuridad. Yo me detengo siempre en ese tipo de detalles. No puedo evitarlo. Ahora, en cambio, no hay ni rastro de los pelos.

Me parece que empiezo a tener una necesidad urgente de calzoncillos nuevos.

Dios está en todas partes, salvo en mis diarios.

Domingo

Relectura de Crítica de la razón pura. Kant te da aplomo. No importa si has perdido el día en audiencias con jefes de Estado palurdos, o con palurdos a secas. Abres el volumen, aunque sea por la introducción. Lees la parte de los juicios analíticos y los sintéticos, e inesperadamente, sin explicarte cómo, tu día se reviste de una severidad y énfasis que te cura de toda la futilidad. No quiero decir, con esto, que renuncie a mi dosis de futilidad. No. Nadie debería hacerlo. A menos que seas Ratzinger. Ya sabemos que, desde antes incluso del idealismo, los alemanes no bromean. Ni siquiera Kant, que, como mucho, jugaba al billar. No se permitía alegrías ni en sus costumbres domésticas. En las comidas con amigos era ferviente seguidor de la regla de Lord Chesterfield, personaje que al efecto de dar gravedad a su regla el propio Kant se inventó. No existía ningún Lord Chesterfield. Atañía a su compañía durante el almuerzo. Incluyéndolo a él, como anfitrión, no debía quedar por debajo del número de Gracias ni superior al de las Musas. El transcurso usual, que no debía alterarse bajo ninguna circunstancia, era el siguiente: tan pronto la comida estaba preparada, Lampe, el criado del profesor, entraba en el estudio con el anuncio de que la mesa estaba dispuesta. Por el camino que conducía al comedor, Kant hablaba del tiempo, tema del que se seguía charlando durante la primera fase de la comida. Eso era siempre así. Cuando el filósofo se sentaba y desdoblaba la servilleta, inauguraba la ronda con una fórmula sencilla: «¡Bueno, señores!». Cada comensal se servía a sí mismo, y los temas que se comentaban en la mesa provenían principalmente de la filosofía de la naturaleza, de la química, la meteorología, la historia natural y, sobre todo, la política. A través de Los últimos días de Emmanuel Kant, de Thomas de Quincey, te enteras de ridiculeces como que Kant nunca sudaba, o que por miedo a impedir el flujo sanguíneo jamás llevaba ligas para sujetar los calcetines. O que cuando alguien fallecía prematuramente, solía decir: «Es muy posible que haya bebido cerveza».

Tengo que reconocer que el licor café que me envió el presidente de la Diputación de Ourense no admite comparación. Bocatto di cardinale.

Martes

Lumbago. Me levanto tarde, casi a rastras. El dolor no hace distingos. Ni al papa de Roma respeta. Eso me hace recordar a Tolstoi, que inaugura sus Diarios, el 17 de marzo de 1847, con una anotación que explica mejor que mi lumbago hasta qué punto nadie es inmortal, ni siquiera Tolstoi: «Hace seis días que ingresé en la clínica, y durante estos seis días casi me he sentido satisfecho de mí mismo. Les petites causes produisent de grands effets. Pesqué una gonorrea por el motivo, ya se entiende, por el que se pesca».

Echo de menos llevar dinero en el bolsillo, como cuando era pobre y feliz, y lo poco que tienes lo gastas en un vaso de vino. A veces también echo de menos los bares.

Jueves

Cuando me ve con Seis propuestas para el nuevo milenio, de Italo Calvino, Nicola me dice que el camarada de Calvino en la editorial Einaudi, Cesare Pavese, era su abuelo. «Eso es imposible», le digo, compadeciéndome de su ignorancia. «Pavese no tuvo hijos. Lo sabe todo el mundo. Ni siquiera creo que pudiese tenerlos». Él insiste. «Sí. Tuvo uno. Pero no lo sabe nadie», confiesa casi en silencio, como si temiese que lo escuchen los objetos que nos rodean. Estamos solos. «Cómo es eso», pregunto, desasosegado. Consigue intrigarme. Y a mí con la intriga me basta. «Mi abuela se llamaba Romilda Bollati. Ese era su nombre real, pero usted tal vez la conozca por su nombre falso: Pierina». Me quedo de piedra. «¿Tu abuela era Pierina? ¿Puede ser cierto?». Asiente. «En su último encuentro con el poeta, antes de su suicidio, se quedó embarazada de una niña que se llamaría Anneta». Miro a Nicola fijamente. De pronto, advierto su innegable parecido con Pavese. Me parece mentira que no lo haya descubierto antes. Son idénticos. Es Pavese en persona. Me alejo meditabundo, trastornado.

La encíclica se me resiste. No sé si no puedo, o no quiero, o ambas cosas. Es un género muerto, dirigido a lectores seguramente muertos, cuya prosa te sale fluida solo si tienes ideas muertas. En cambio, me bulle en la cabeza una novela. Me pregunto si un papa debe escribir una novela. Pongamos que una de esas novelas en las que un fulano ha de vérselas con la adversidad, en líneas generales. No se necesita más trama: un tipo con claroscuros y a punto de perderlo todo. ¿Qué hace? Escribir una novela es, probablemente, responder a esa pregunta.

Me salta salsa de tomate a la camisa.

Por la noche, película de kung-fu.

Viernes

Me cruzo con Nicola, que me saluda en silencio, con un gesto como su vecina. Me parece raro. «¿Todo bien?», pregunto. «Ni fu ni fa», responde. Espero a que se decida y hable. «¿Se acuerda de mis vecinos?». Asiento. «¿Y se acuerda que le hablé de un retrato familiar?». Claro. «Pues ya sé de qué me sonaba. El tipo del retrato es el mariscal Graziani. Y yo cenando con esos fascistas». Me vuelvo a quedar de piedra, pero todavía más dura.

Insomnio. No dejo de dar vueltas, hasta que me aburro. Me levanto de madrugada. Camino a oscuras hasta el cuarto de baño. Bebo del grifo, a morro, sin encender la luz. Tanteo sobre la silla. Tomo la bata. Me calzo. Salgo a dar un paseo. Pido a la guardia que me acompañe a la sala de Rafael, para contemplar La escuela de Atenas. Me gusta detenerme en cada personaje. A las seis de la mañana, regreso. Me quedo dormido. A última hora, sueño con una rubia guapísima que me muestra las tetas. En ese momento me despierto, entre sudores, empalmado. Hago mis oraciones.

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3 comentarios

  1. Me ha gustado mucho.

  2. Sibaritadeoriente

    Se nota que acabas de ver the young pope… Pillin pensaste que nadie lo hiba a notar no…

  3. Agustín Bertoni

    Saludos desde Argentina, la verdad que me encantaron los diarios. Imaginar al Papa en tales actos es hilarante.

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