La inesperada verdad sobre los animales y otros ensayos

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Lucy Cooke es una zoóloga británica que ha recorrido medio mundo recopilando curiosidades sobre diversas especies animales. Desde hace tiempo era conocida por elocuencia en las conferencias y porque había trabajado con frecuencia en la televisión. Sin embargo, aunque la pequeña pantalla le permitió conseguir cierta popularidad, su auténtico punto fuerte resultó ser la escritura. Fueron sus libros los que de manera definitiva encandilaron a la crítica y el público. Su estilo, una combinación de divulgación zoológica y humor, es tan atractivo que fue capaz de convertir un libro sobre los perezosos —el animal favorito de Cooke, pues le ha dedicado nada menos que tres títulos diferentes— en un éxito de ventas a ambos lados del Atlántico. Un éxito que tomó a todo el mundo por sorpresa, pero cuya clave está en su absorbente prosa, donde una exhaustiva labor de documentación es presentada bajo la pátina de un inusual y muy personal sarcasmo. En los escritos de Cooke, casi cada párrafo es, al mismo tiempo, hilarante e informativo.

Esa facilidad de Cooke para convertir la biología en una ágil narración alcanzó su cénit en La inesperada verdad sobre los animales, libro donde se dedica a repasar leyendas y equívocos que circulan sobre distintas especies animales. Por descontado, la autora despliega lo mejor de su característica acidez cuando repasa algunos de los mitos zoológicos más chocantes, como ¿se arrancan los testículos los castores para huir de sus depredadores? ¿Digieren los avestruces objetos de metal? ¿Son hermafroditas las hienas? ¿Nacen las ranas por generación espontánea en los montones de basura? ¿Saben hablar los chimpancés, pero se callan para que no los hagan trabajar? Estas y otras muchísimas leyendas, que a veces se remontan siglos, son una excusa perfecta para que Cooke repase con un delicioso tono burlón toda una retahíla de habladurías absurdas, empezando por lo que pensaban los antiguos griegos de animales para ellos éxoticos e incomprensibles, y pasando por siglos de investigaciones estrafalarias. Hasta llegar, eso sí, a verdades zoológicas sorprendentes sobre animales que pensábamos conocer y de los que, por lo menos a quienes no somos zoólogos, se nos escapan muchas cosas. Cada capítulo está dedicado a un animal distinto y la autora no solo despeja malentendidos sobre cada uno de ellos, sino que realiza un divertidísimo repaso de la ingenuidad y estupidez humanas; además de las curiosidades biológicas, el lector puede recrearse con toda una retahíla de personajes históricos cuyas manías describe con ácida simpatía. Uno de los dones de la escritora es el saber ilustrar cada curiosidad zoológica con una anécdota inesperada y su repertorio de extravagantes anécdotas históricas es amplísimo y variado, desde sus comentarios sobre los delirantes bestiarios que se componían en la Edad Media hasta la descripción de las luchas de egos entre científicos de la Ilustración, todo le produce a uno la sensación de que Lucy Cooke quizá debería decidirse a escribir también un ensayo puramente histórico porque, si bien su tratamiento de la zoología es muy divertido, la manera en que describe al ser humano lo hace parecer el animal más divertido de todos.


Para quienes sientan curiosidad sobre el futuro de la inteligencia artificial, en Chamanes y robots el antropólogo mexicano Roger Bartra establece una curiosa relación entre el chamanismo y el posible desarrollo de los cerebros electrónicos. Esta relación puede sonar extraña en un primer momento, pero no tiene nada de gratuita y no es, como podría pensarse, un delirio new age. El autor justifica esa asociación y describe con sorprendente concisión los mecanismos en que se apoya. El chamanismo recurre a extender artificialmente los límites de la consciencia individual mediante lo que Bartra denomina «prótesis culturales». El ejemplo principal es el efecto placebo: una de esas prótesis culturales que permite que los pacientes sometidos a determinados rituales consigan sentirse mejor pese a que los rituales, en sí mismos, no tienen ningún valor médico más allá del placebo. Lo que mejora a los pacientes es su creencia de que el ritual chamánico es efectivo; el efecto placebo ha sido confirmado en numerosos estudios de laboratorio y hoy se sabe incluso que los pacientes pueden llegar a mejorar su condición incluso sabiendo que se les ha suministrado un placebo y no una verdadera medicina. Prótesis culturales como el placebo ayudan a que personas de culturas chamánicas experimenten la realidad de otra manera, normalmente con el fin de disminuir el dolor o de provocar estados de bienestar. Esas prótesis, como constructos culturales que son, no forman parte de la naturaleza; tampoco son estructura de pensamiento «innatas». Son lo que Bartra llama «exocerebro», esa especie de cerebro externo que desarrollamos después de nacer y que se compone de ideas que adquirimos mediante una constante influencia cultural. El exocerebro es tan importante para nuestra percepción de nosotros mismos como el propio cerebro y el resto del organismo.

Esta conexión entre estímulos culturales y señales biológicas todavía no ha sido descifrada por completo, pero Bartra sugiere que podría ser empleada para ayudar a dotar a las inteligencias artificiales de una consciencia de sí mismas. No bastaría con construir un cerebro electrónico lo bastante potente como para producir un pensamiento propio y tan complejo como el del ser humano. También habría que dotar a ese cerebro artificial de una sensibilidad propia; esto podría conseguirse al permitirle adquirir un «exocerebro» similar al que poseemos los humanos. ¿Cómo hacerlo? Para Bartra, el concepto clave es la homeostasis. Los humanos somos animales y poseemos una sensibilidad homeostática que nos hace perseguir el equilibrio biológico de nuestro propio cuerpo. Cuando ese equilibro se rompe —una herida, la carencia de comida o de agua, etc.— nos sentimos mal. El desequilibrio biológico produce sensaciones negativas que nos impulsan a intentar retornar al estado de equilibrio anterior. La homeostasis nos confiere una voluntad mediante el dolor, el hambre, la sed y otras sensaciones negativas que nos impelen a actuar en busca de una solución para retornar al equilibrio homeostático, esto es, al bienestar. Si consiguiéramos que un cerebro artificial poseyera ese arsenal de sensaciones que lo impulsaran a desear la homeostasis y un arsenal de «prótesis» que le permitieran buscar soluciones al desequilibrio, no solamente le estaríamos dando una motivación y la sensibilidad necesarias, sino también las herramientas con las que gestionarlas y hacerse consciente de sí misma. Al final, la autoconsciencia de un robot o una computadora no sería el mero resultado de la complejidad de sus redes neuronales o de su capacidad intelectual, sino también de la interacción con un organismo artificial cuyas necesidades condujesen a que esa mente compleja entendiese que no está aislada, sino obligada a interactuar con un sistema no cerebral que necesita su atención constante.


Otro libro que me ha gustado de manera particular es El motín de la naturaleza, donde el historiador alemán Philipp Blom habla sobre la llamada «Pequeña Edad de Hielo» que tuvo lugar entre 1570 y 1750. En todos los continentes, el descenso generalizado de las temperaturas produjo inviernos más crudos y veranos más lluviosos que lo normal, además de un incremento de fenómenos puntuales y destructivos como las tormentas y el granizo. Todo esto condujo a un empeoramiento de las cosechas y las consiguientes hambrunas en diversos lugares del mundo. A raíz de esto, Blom analiza cómo cambia una sociedad cuando cambia el clima. En Europa, por ejemplo, la economía feudal se había basado en la acumulación de la propiedad de la tierra y el cultivo centralizado de cereales con los que alimentar a la población; dado que el cereal era especialmente sensible a las condiciones ambientales, el cambio climático obligó a abandonar ese modelo para recurrir a la agricultura de subsistencia o para poner el énfasis en la ganadería. Esto desencadenó en un cambio social de grandes dimensiones, así como en un salto tecnológico impulsado por la necesidad de encontrar nuevos procedimientos agrícolas. Partiendo del inicio de aquella crisis climática, Philipp Blom realiza un cuidadoso recorrido histórico en el que va hilando las consecuencias no solo económicas, sino también culturales, políticas y filosóficas de un mundo sometido a condiciones más duras. Como una hilera de piezas de dominó, los cambios provocaban otros cambios que a su vez fueron el origen de todavía más cambios. Las sociedades feudales empezaron a descomponerse en favor una sociedad más abierta donde la burguesía iba a adquirir un papel preponderante. Y con la burguesía, movimientos como la ilustración, el individualismo y el liberalismo clásico. Blom también utiliza la evolución del arte, y en especial de la pintura, como apoyo visual de un mundo sumido en plena metamorfosis.

La otra cara de la moneda se presentó cuando el auge —o la hipertrofia— del idealismo terminó conduciendo a posteriores «pesadillas colectivistas» que alcanzarían su cénit en los movimientos totalitarios del siglo XX. Es aquí donde el libro nos depara una inquietante comparación. Blom sugiere que un nuevo cambio climático podría acentuar una tendencia ya iniciada: la creciente simpatía popular hacia los regímenes autoritarios. Cita varios motivos, como el crecimiento económico de China, que no ha estado asociado, como se esperaba, a una liberalización política. El éxito económico de un régimen autoritario, así como la descomposición de la socialdemocracia occidental y el abandono de clases sociales enteras por parte del neoliberalismo, son factores que podrían generar un nuevo cambio de paradigma en el pensamiento, o más bien un retroceso a paradigmas que sitúan la seguridad y la estabilidad por encima de la libertad individual (y, en definitiva, los derechos humanos). Según Blom, un nuevo cambio climático actuará de manera mucho más veloz sobre las sociedades actuales porque, a diferencia de la Pequeña Edad del Hielo, la semilla del cambio social ya ha empezado a germinar. El motín de la naturaleza empieza pues como un fascinante relato histórico y termina estableciendo esclarecedores, aunque preocupantes, paralelismos entre los siglos XVII y XVIII y nuestro siglo XXI.


Siguiendo con las derivas autoritarias, en el año 2011 la periodista y escritora turca Ece Temelkuran fue despedida de una televisión nacional después de criticar el sangriento ataque aéreo que su gobierno había ejecutado contra un grupo de kurdos que trasladaban contrabando —tabaco y otros bienes de consumo— a través de la frontera del país. Más adelante, cuando el presidente Recep Tayyip Erdogan aprovechó el confuso golpe de Estado de 2016 para forzar un régimen más autoritario sobre el país, Temelkuran se fue al exilio. Y en el exilio escribió Cómo perder un país, el estremecedor relato de una Turquía cuya democracia, no hace tanto considerada sólida, termina secuestrada por extremistas. Eso sí, aunque el relato se centra en Turquía, no se limita a lo que sucede en ese país. La autora, que ha visitado numerosos países durante su exilio, va hilando conexiones con lo que observa otras partes del mundo: el auge de los populismos, la crisis de los refugiados, el Brexit, Trump. Para Temelkuran, incluso en las democracias asentadas los representantes públicos han perdido el apuro a la hora de emplear cualquier recurso para alcanzar el poder y mantenerse en él; tampoco ayudan los medios de comunicación, que se benefician de una crisis ética y política generalizada. Es un proceso que la escritora denomina «la normalización de la desvergüenza».

En Cómo perder un país, la deriva autoritaria de Turquía es un episodio dentro de una creciente corriente global de simplificaciones ideológicas y coqueteos con el autoritarismo. Temelkuran realiza un inquietante retrato de un momento histórico, el nuestro, donde los avances sociales y políticos conseguidos después de la Segunda Guerra Mundial comienzan a desmoronarse ante la inacción de todos los testigos. Porque también la ciudadanía recibe su dosis de crítica: en una escena, mientras pasea por Londres, una pesimista Temelkurian se pregunta cuántos de los británicos que la rodean en ese momento estarían dispuestos a defender sus propios derechos «cuando las cosas se pongan feas». También realiza la ilustrativa observación de que los ciudadanos escépticos y cabreados son capaces de disfrutar con el auge de un movimiento que sea contrario a sus propias ideas, solo por el placer de ver cómo su denostado sistema es inundado por «las aguas revueltas». La responsabilidad social sobre esta deriva es tan generalizada y difusa que, llegado el momento del caos, todos pueden usar el recurso fácil de culpar al bando contrario.

Temelkurian consigue hilar entre unos conceptos y otros empleando un inteligente recurso: la narración en primera persona. No solo seguimos la secuencia de acontecimientos sociales y políticos, sino también el hilo de pensamiento de la propia escritora, su lucha interna entre la esperanza y el decaimiento, y en especial la manera en que relaciona los sucesos sociales y políticos con elementos que no tienen una significación política hasta que ella misma los relaciona. Este recurrir a pequeñas historias tangenciales es una técnica similar a la que emplea Lucy Cooke cuando habla de animales, aunque en este caso el humor es sustituido por la disección política y sociológica; recuerdo en particular el momento en que la escritora describe su sensación al contemplar un documental sobre tres hermanos guepardo que fueron víctimas de la inanición porque su madre, que les había enseñado a cazar, había muerto antes de tener tiempo para enseñarles cómo matar y comerse a sus presas. La principal habilidad literaria de Temelkurian es la capacidad para hacernos reconstruir escenas de manera muy visual —lo que, algunos, hablando de Joseph Conrad, llamaron «literatura impresionista»—, para después dejar que nosotros mismos encajemos esas diapositivas en el contexto general del relato sociopolítico. De esta manera, el lector nunca permanece pasivo y primero recibe una imagen sin relación aparente con el tema, para que justo después se produzca el momento de la iluminación sobre esa relación que no parecía tan evidente.


De vuelta a un tono más ligero, en Mythos Stephen Fry se embarca en una detallada narración de la mitología con la que los antiguos griegos explicaban cada faceta del universo, desde sus inicios —el Caos— hasta personajes tardíos como el rey Midas, pasando por toda una sucesión de dioses, semidioses y criaturas fantásticas que se aman, se odian, copulan, se traicionan y se asesinan. El panteón griego es complejo y muy intrincado, así que se necesita una forma particular de capacidad de condensación para hacerlo asequible al lector. Esa capacidad es la propia de los divulgadores y Stephen Fry, aunque cimentó su fama como cómico y actor, posee unas nada desdeñables habilidades divulgativas. Por un lado, el texto desprende el tono desenfadado que, supongo, su público espera de él. Pero la lectura, además de divertida, es sobre todo digerible e idónea para quien desee introducirse por primera vez en esta mitología. Esto no significa que sea superficial; no cabe confundir el estilo con el contenido. El texto se lee con facilidad, pero es fácil percibir que la preparación que hay detrás fue trabajosa. Fry ha reconstruido este relato de relatos de manera cuidadosa, respetuosa y muy concienzuda. Más allá de un tono distendido en el que se introducen elementos como diálogos que casi parecen salidos de una película, el británico se toma muy en serio esta mitología y cabe destacar, en particular, sus muy interesantes reflexiones sobre los conceptos filosóficos subyacentes en los distintos episodios de esta mitología que es no solo el mayor de los culebrones y una novela hecha de mil novelas, sino también una de las principales fuentes de arquetipos en toda la historia de la raza humana.

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