
Esa facilidad de Cooke para convertir la biología en una ágil narración alcanzó su cénit en La inesperada verdad sobre los animales, libro donde se dedica a repasar leyendas y equívocos que circulan sobre distintas especies animales. Por descontado, la autora despliega lo mejor de su característica acidez cuando repasa algunos de los mitos zoológicos más chocantes, como ¿se arrancan los testículos los castores para huir de sus depredadores? ¿Digieren los avestruces objetos de metal? ¿Son hermafroditas las hienas? ¿Nacen las ranas por generación espontánea en los montones de basura? ¿Saben hablar los chimpancés, pero se callan para que no los hagan trabajar? Estas y otras muchísimas leyendas, que a veces se remontan siglos, son una excusa perfecta para que Cooke repase con un delicioso tono burlón toda una retahíla de habladurías absurdas, empezando por lo que pensaban los antiguos griegos de animales para ellos éxoticos e incomprensibles, y pasando por siglos de investigaciones estrafalarias. Hasta llegar, eso sí, a verdades zoológicas sorprendentes sobre animales que pensábamos conocer y de los que, por lo menos a quienes no somos zoólogos, se nos escapan muchas cosas. Cada capítulo está dedicado a un animal distinto y la autora no solo despeja malentendidos sobre cada uno de ellos, sino que realiza un divertidísimo repaso de la ingenuidad y estupidez humanas; además de las curiosidades biológicas, el lector puede recrearse con toda una retahíla de personajes históricos cuyas manías describe con ácida simpatía. Uno de los dones de la escritora es el saber ilustrar cada curiosidad zoológica con una anécdota inesperada y su repertorio de extravagantes anécdotas históricas es amplísimo y variado, desde sus comentarios sobre los delirantes bestiarios que se componían en la Edad Media hasta la descripción de las luchas de egos entre científicos de la Ilustración, todo le produce a uno la sensación de que Lucy Cooke quizá debería decidirse a escribir también un ensayo puramente histórico porque, si bien su tratamiento de la zoología es muy divertido, la manera en que describe al ser humano lo hace parecer el animal más divertido de todos.

Esta conexión entre estímulos culturales y señales biológicas todavía no ha sido descifrada por completo, pero Bartra sugiere que podría ser empleada para ayudar a dotar a las inteligencias artificiales de una consciencia de sí mismas. No bastaría con construir un cerebro electrónico lo bastante potente como para producir un pensamiento propio y tan complejo como el del ser humano. También habría que dotar a ese cerebro artificial de una sensibilidad propia; esto podría conseguirse al permitirle adquirir un «exocerebro» similar al que poseemos los humanos. ¿Cómo hacerlo? Para Bartra, el concepto clave es la homeostasis. Los humanos somos animales y poseemos una sensibilidad homeostática que nos hace perseguir el equilibrio biológico de nuestro propio cuerpo. Cuando ese equilibro se rompe —una herida, la carencia de comida o de agua, etc.— nos sentimos mal. El desequilibrio biológico produce sensaciones negativas que nos impulsan a intentar retornar al estado de equilibrio anterior. La homeostasis nos confiere una voluntad mediante el dolor, el hambre, la sed y otras sensaciones negativas que nos impelen a actuar en busca de una solución para retornar al equilibrio homeostático, esto es, al bienestar. Si consiguiéramos que un cerebro artificial poseyera ese arsenal de sensaciones que lo impulsaran a desear la homeostasis y un arsenal de «prótesis» que le permitieran buscar soluciones al desequilibrio, no solamente le estaríamos dando una motivación y la sensibilidad necesarias, sino también las herramientas con las que gestionarlas y hacerse consciente de sí misma. Al final, la autoconsciencia de un robot o una computadora no sería el mero resultado de la complejidad de sus redes neuronales o de su capacidad intelectual, sino también de la interacción con un organismo artificial cuyas necesidades condujesen a que esa mente compleja entendiese que no está aislada, sino obligada a interactuar con un sistema no cerebral que necesita su atención constante.

La otra cara de la moneda se presentó cuando el auge —o la hipertrofia— del idealismo terminó conduciendo a posteriores «pesadillas colectivistas» que alcanzarían su cénit en los movimientos totalitarios del siglo XX. Es aquí donde el libro nos depara una inquietante comparación. Blom sugiere que un nuevo cambio climático podría acentuar una tendencia ya iniciada: la creciente simpatía popular hacia los regímenes autoritarios. Cita varios motivos, como el crecimiento económico de China, que no ha estado asociado, como se esperaba, a una liberalización política. El éxito económico de un régimen autoritario, así como la descomposición de la socialdemocracia occidental y el abandono de clases sociales enteras por parte del neoliberalismo, son factores que podrían generar un nuevo cambio de paradigma en el pensamiento, o más bien un retroceso a paradigmas que sitúan la seguridad y la estabilidad por encima de la libertad individual (y, en definitiva, los derechos humanos). Según Blom, un nuevo cambio climático actuará de manera mucho más veloz sobre las sociedades actuales porque, a diferencia de la Pequeña Edad del Hielo, la semilla del cambio social ya ha empezado a germinar. El motín de la naturaleza empieza pues como un fascinante relato histórico y termina estableciendo esclarecedores, aunque preocupantes, paralelismos entre los siglos XVII y XVIII y nuestro siglo XXI.

En Cómo perder un país, la deriva autoritaria de Turquía es un episodio dentro de una creciente corriente global de simplificaciones ideológicas y coqueteos con el autoritarismo. Temelkuran realiza un inquietante retrato de un momento histórico, el nuestro, donde los avances sociales y políticos conseguidos después de la Segunda Guerra Mundial comienzan a desmoronarse ante la inacción de todos los testigos. Porque también la ciudadanía recibe su dosis de crítica: en una escena, mientras pasea por Londres, una pesimista Temelkurian se pregunta cuántos de los británicos que la rodean en ese momento estarían dispuestos a defender sus propios derechos «cuando las cosas se pongan feas». También realiza la ilustrativa observación de que los ciudadanos escépticos y cabreados son capaces de disfrutar con el auge de un movimiento que sea contrario a sus propias ideas, solo por el placer de ver cómo su denostado sistema es inundado por «las aguas revueltas». La responsabilidad social sobre esta deriva es tan generalizada y difusa que, llegado el momento del caos, todos pueden usar el recurso fácil de culpar al bando contrario.
Temelkurian consigue hilar entre unos conceptos y otros empleando un inteligente recurso: la narración en primera persona. No solo seguimos la secuencia de acontecimientos sociales y políticos, sino también el hilo de pensamiento de la propia escritora, su lucha interna entre la esperanza y el decaimiento, y en especial la manera en que relaciona los sucesos sociales y políticos con elementos que no tienen una significación política hasta que ella misma los relaciona. Este recurrir a pequeñas historias tangenciales es una técnica similar a la que emplea Lucy Cooke cuando habla de animales, aunque en este caso el humor es sustituido por la disección política y sociológica; recuerdo en particular el momento en que la escritora describe su sensación al contemplar un documental sobre tres hermanos guepardo que fueron víctimas de la inanición porque su madre, que les había enseñado a cazar, había muerto antes de tener tiempo para enseñarles cómo matar y comerse a sus presas. La principal habilidad literaria de Temelkurian es la capacidad para hacernos reconstruir escenas de manera muy visual —lo que, algunos, hablando de Joseph Conrad, llamaron «literatura impresionista»—, para después dejar que nosotros mismos encajemos esas diapositivas en el contexto general del relato sociopolítico. De esta manera, el lector nunca permanece pasivo y primero recibe una imagen sin relación aparente con el tema, para que justo después se produzca el momento de la iluminación sobre esa relación que no parecía tan evidente.







