Paco Goyanes: «Tenemos que ayudarnos unos a otros. El mundo del libro ha superado muchas crisis: también superará esta»

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La librería ha devorado al nombre, o al menos, al apellido. Todos le llaman Paco Cálamo, y él responde, como si no se llamase en realidad Paco Goyanes, que sí, se llama. No es nuevo en esto de que las cosas salgan distinto a como se planean: montó una librería para vender buenos libros a sus amigos y la realidad le demostró que ni todos sus amigos leían, ni todos los libros eran buenos. Pero ahí sigue (en la zaragozana plaza de San Francisco ) con tesón aragonés, empeñado en que algún día le visiten. 

Pone todo de su parte, no crean. Ofrece no solo estanterías repletas, sino algo mucho más selecto: criterio. Charla. Recomendaciones. También vinos («Libros y vinos», reza su rótulo) y alguna que otra juerga. Nunca quiso montar un supermercado de libros, ni ser un tendero sapiencial que pronunciara el insoportable cliché de que su establecimiento es «un punto de encuentro». Solo ha fracasado en esto último. El resto lo ha logrado: ha recibido todas las condecoraciones posibles, ha recorrido el mundo para aprender de los compañeros de oficio más humildes, y ha impartido formación a los que querían prosperar. Ha sido kamikaze y/o visionario, y lleva treinta años llegando a fin de mes, militando en la resistencia. 

Convocamos a Goyanes, tan insigne como inquieto, a las jornadas de Futuro Imperfecto en el Espai Rambleta de Valencia, con la excusa de hablar del libro de Jorge Carrión, Contra Amazon. Nada salió como esperábamos: tocaba despotricar contra el titán americano, pero él puso las pilas a su gremio; tocaba apocalipsis por el negro futuro del papel, y a él se le escapó el optimismo.  Quítale un apellido, pero dale un micrófono: no quedará ni una expectativa en pie.

*Debido a los efectos de la epidemia COVID-19 posteriores a la realización de esta entrevista presencial, hemos añadido estas primeras preguntas vía correo eléctronico:

¿Cómo afrontáis la cuarentena? ¿Estáis vendiendo por internet? ¿Cómo podemos ayudar los lectores a las librerías?

Para responderos prefiero reproducir algunas líneas del comunicado que enviamos a nuestros clientes y amigos el sábado 14 de marzo: 

«Hemos cerrado nuestras librerías, con un dolor y una tristeza infinitas. Y también hemos suspendido la venta online y la entrega a domicilio. No creemos que sea en absoluto conveniente  ir a correos con paquetes, entregarlos a casas de mensajería o llevarlos nosotros mismos. Conocemos a los repartidores, los vemos y saludamos todos los días: sufrimos por ellos. Además de  cobrar una miseria por las entregas que realizan —merced a la presión de los grandes operadores del comercio electrónico—, ahora también están obligados a seguir trabajando sin medidas de seguridad merecedoras de tal nombre.

Las indicaciones de las autoridades sanitarias son claras y tajantes: hay que quedarse en casa, hay que disminuir el tráfico de personas y mercancías.

Se impone la calma, disminuir la ansiosa velocidad que parece dominar nuestras vidas. ¿Tanto te urge leer la última novedad del sempiterno candidato al Nobel? ¿Tienes que adquirir precisamente ahora el libro que hace meses decías que querías o necesitabas leer? ¿De verdad que no tienes lectura suficiente en casa?

Las librerías independientes necesitamos que cuidéis y os cuidéis, que apoyéis a la sanidad pública de nuestro país y a sus profesionales. Necesitamos lo que necesitamos todos: tranquilidad, calma y responsabilidad. 

Y también —por qué no-—que guardéis los impulsos compradores para cuando pase —que pasará— esta crisis. Os estaremos esperando con las puertas abiertas de par en par y con la mejor de nuestras sonrisas».

Esta semana Maite Aragón, de Caótica, escribía «Otro apocalipsis librero», sobre la responsabilidad de los libreros con respecto a los envíos ¿Compartes su opinión? ¿Crees que depende de tener o no tener una plataforma funcional de venta por internet?

Coincido con la mayoría de las opiniones de María Aragón, como habréis podido comprobar al leer mi respuesta anterior. Sus reflexiones sobre la gratuidad de la cultura y la utilización descarada de la crisis sanitaria para favorecer a los emporios digitales son más que pertinentes.

Se están pasando todas las ferias del libro al cuarto trimestre. ¿Crees que se podrá remontar el año?

Es una incógnita total. Todo depende del tiempo que se prolongue el estado de alarma. Creo que en este caso  —solo en este caso— hay que seguir el mantra del Cholo Simeone: Vamos partido a partido. 

En todo caso creo que es importante que los agentes del comercio del libro —y aquí me refiero en concreto a editores, distribuidores y libreros— seamos solidarios y responsables. No valen para nada soluciones individuales ni prácticas basadas en el sálvese quien pueda. En general nuestras estructuras son débiles y poco capitalizadas. Vivimos casi al día. Con lo que ingresamos vamos pagando lo que debemos, si la máquina se para —y se ha parado indefinidamente— el flujo económico se para. Para salir adelante casi todos vamos a tener que recurrir a financiación bancaria, nos guste o no. 

Las libreras y libreros tenemos la obligación y la responsabilidad de hablar individualmente con nuestros proveedores y clientes, negociar nuevas condiciones y plazos comerciales, y a la vez empezar a buscar soluciones de conjunto. Muchas librerías se van a esforzar por cumplir en la medida que puedan con sus compromisos contractuales. Como también muchos editores y distribuidores están buscando estrategias que eviten tanto su colapso económico como el de las librerías. Tenemos que ayudarnos unos a otros. El mundo del libro ha superado muchas crisis: también superará esta. Para nada ayudan colegas que anuncian a bombo y platillo que no piensan pagar a sus proveedores, o editores y distribuidores que se niegan a hablar de retrasar o aplazar giros o que se hacen los locos como si nada estuviera pasando.

Tal vez la lección más importante que podamos extraer de estos días aciagos sea la necesidad de que el sector profesional del mercado del libro empiece a trabajar en global, superando las tradicionales redes gremiales, tan útiles en para muchas cosas, pero tan limitadas para otras.

Y con respecto al sector, ¿crees que el Gobierno lanzará alguna medida específica para ayudar a las librerías? ¿Qué le pedirías?

La tarea que le aguarda tanto al Gobierno como al conjunto de las administraciones públicas es titánica. También a la Unión Europea. El tejido económico va a quedar muy dañado, y en especial el comercio de proximidad, tan importante en el discurrir diario de las ciudades europeas y del que somos parte muy importante. 

El sector del libro debe de articular de manera conjunta una serie de medidas específicas con el Ministerio de Cultura para ayudar a recuperar a la más importante de las industrias culturales españolas, tanto en número de trabajadores como en cifra de facturación. 

La Dirección General del Libro y Fomento de la Lectura debe de constituir cuanto antes —estoy seguro que ya lo tiene en su agenda— una mesa de trabajo permanente en la que estén representados de manera amplia editores, libreros y distribuidores con la idea de  trazar un plan de emergencia. Los asistentes al último congreso de librerías celebrado recientemente en Málaga, nos llevamos una muy buena impresión de su nueva directora, María José Gálvez: conoce el sector desde dentro y ya nos tendió la mano para el diálogo. Hay que empezar a trabajar. 

Desafortunadamente ayudar va a significar sobre todo aportar dinero, justo de lo que menos habrá cuando termine la crisis: compras para bibliotecas en el canal librero, adecuación e interpretación favorable de la actual y caótica Ley de Contratos del Estado —tan lesiva para la mayoría de las librerías independientes—, exenciones fiscales, apoyo financiero a la actividad cultural de las librerías, ayudas para el mantenimiento de los puestos de trabajo, apoyo y difusión para las ferias del libro, cumplimiento estricto de la actual Ley del Libro,  etc. 

El sector editorial debe de comprometerse en el apoyo a las librerías, no solo en su supervivencia, sino también en su renovación y en asegurar la continuidad de muchas librerías en peligro de desaparición al acercarse la edad de jubilación de sus fundadores.  

Deben articularse sistemas de mediación entre libreros, distribuidores y editores; dar contenido al Sello de Calidad para Librerías, que con tanta ilusión se creó y que tan pronto calló en el olvido por parte de las mismas instituciones que lo animaron.

Tenemos mucho que hacer, no nos va a dar tiempo de aburrirnos.

¿Por qué una librería? Empieza por contarnos cómo surgió Cálamo, por qué inviertes todos tus ahorros en ella. 

Mi aventura empresarial, porque eso es lo que es, y no especialmente notoria, empezó en 1983. Yo era un joven de esa época, la era de la movida madrileña y el desencanto político, que había estado involucrado en la lucha antifranquista. Así que la librería fue como una especie de salida. Estudié Filosofía y Letras, pero no quería para nada ser profesor de instituto… De hecho me parece increíble toda la generación de mis compañeros que acabaron siéndolo, y que acabó siendo el gran pecado de muchas generaciones: que son muy malos enseñantes porque tienen muy poco que enseñar. Así que pensé que podría ser librero, porque tenía algunos amigos que trabajaban en ese mundo y me inspiré en ellos. Tuve una pequeña ayuda familiar, un crédito al diecisiete por ciento, y me metí en la aventura. Fue complicada los primeros años, y después, pues bueno, me ha dado de vivir de una manera correcta. No me quejo. 

Las librerías siempre han estado hermanadas con el té, el café y las bebidas alcohólicas. Dices que «Maridar es el verbo más feo de la lengua española», así que no diré eso de que maridáis libros y vinos, pero sí pregunto: ¿hasta qué punto fue importante para el éxito de Cálamo la incorporación de la venta de vino a la de libros?

Efectivamente: lo detesto. Desde el principio, la librería se sustentó en dos ideas: vender buenos libros (que es una cosa muy genérica) y la otra, participar de manera muy activa en la vida social, cultural, incluso política de la ciudad. Todo con el deseo de desacralizar el mundo del libro. Daos cuenta que durante aquellos años todavía había muchas librerías «de mostrador», de las que tú entrabas y le decías a un señor «quiero Los Milagros de nuestra señora». El librero, que era un señor con batín, se iba por detrás, te traía el libro, se los pagabas y te ibas. Eran espacios donde la gente entraba con mucho silencio, con mucho respeto… pero eran espacios fríos y desangelados. 

Nosotros lo que intentamos fue crear un punto de encuentro, añadiendo cosas que no tuvieran aparentemente nada que ver con el mundo del libro. Una de ellas fue los vinos. No voy a negar que me gusta mucho beber vino, no hasta el punto de quedarme como un piojo, pero ya me entendéis. Lo que hice fue copiar cosas que ya existían, porque las librerías con sección de vinos ya eran una tradición en Francia, en Alemania o en otros países como Argentina. Eso sirvió para llegar a otro tipo de público. Desde el principio también organizamos presentaciones de libros, fiestas, e incluso damos la entrada del verano con una fiesta en la que montamos una barra y damos daiquiris… aunque este año no lo hemos hecho un poco por la vagancia, [risas]. A veces invitamos a la gente a que traiga sus propias especialidades culinarias y las comemos entre todos… En fin, cosas con las que podamos pasarlo bien y con las que, además de venir a la librería a comprar libros, puedan hacerlo en un ambiente diferente o relajado. 

La frase célebre dice que «la libertad es una librería». ¿Ahora «la librería tiene que ser comunidad» para sobrevivir?

Es que es la clave ahora, pero yo creo que ha sido la clave siempre. ¡Las librerías tampoco estamos inventando nada! Las librerías independientes a veces tenemos cierto sentimiento de que somos críticos o innovadores culturales, pero yo creo que no lo somos. Los libreros somos ante todo comerciantes, mejores o peores, pero estamos dentro de una tradición. En Zaragoza ya ha habido librerías más antiguas que han hecho cosas similares a la mía, en la República también… Somos parte de una tradición cultural en la que innovar es bastante complicado.  

Comerciante pero con una cierta responsabilidad, ¿no?

Evidentemente las librerías tienen esa responsabilidad social, o por lo menos yo sí creo mucho en ella, en ese papel del librero como prescriptor, de la librería como punto de encuentro, como sitio donde generar comunidades e intercambio de experiencias… Es decir, creo en las librerías como un sitio democrático, donde la gente va, opina, recomienda, es recomendado, etcétera. Pero luego también me sucede otra cosa. Hace unos años, una escritora de libro infantil que se llama Begoña Oro, escribió en su blog un artículo precioso que se llamaba «En defensa de las librerías normales», que me pareció hermosísimo y estuve muy de acuerdo. 

¿Cuáles son las librerías normales? 

Las de barrio, las que venden lapiceros, folios, revistas, libros infantiles y cuatro novedades, los premios Planeta… O las librerías generalistas que venden también libros de idiomas y de informática. Son las que ese artículo contrastaba con las librerías literarias, como sería la mía. Ese artículo me hizo meditar mucho, porque sí creo que los libreros independientes, sobre todo en los últimos años, nos hemos otorgado una especie de barniz de críticos, o de responsables culturales, que nos va muy largo. Que no nos pega, sinceramente. A veces ha habido intervenciones de los libreros independientes, por hacer una crítica, en las que hemos ejercido un papel que no nos corresponde. Hay una cierta altanería en todo ello. Es una polémica que mantengo con bastantes libreros y sobre la que me parece que hay que reflexionar. 

Cuando salen las clasificaciones de «las mejores librerías del mundo», en las que nosotros hemos aparecido alguna vez, pero absurdamente, porque somos una librería muy pequeña; siempre aparecen el mismo tipo de librerías. Todas están vinculadas a grandes ciudades, a un concepto literario muy elitista, y para mí eso plantea una pregunta: ¿realmente un librería parisina especializada en arte contemporáneo y ubicada en el barrio latino, es más importante y mejor que la librería Guaymuras de Honduras? Por ejemplo. ¿Es más importante la librería Strand de San Francisco que la librería Anónima de Huesca, en una población de cuarenta mil habitantes y con una labor excelente? ¿Es mejor librería la famosa librería del Ateneo de Argentina (que a mí me parece bastante fea, pero todo es cuestión de gustos) que librerías que he conocido en Senegal o Malí, con el suelo de tierra? Yo creo que son mucho mejores estas últimas, porque cumplen mejor su papel social, en sitios complicados. Creo que ser librero en una ciudad importante, con mucha gente, si tienes un cierto poder económico y un buen local, es relativamente fácil mantener tu negocio. Lo que es difícil es buscar estos libreros que venden libros en poblaciones pequeñas que para sobrevivir tienen que hacer de todo. 

Si vosotros sois los libreros independientes ellos son…

Ellos son los más independientes. Por eso hay que revisar mucho el concepto de «librería independiente», es lo mismo que el concepto de «editores independientes». Yo sigo siendo un fan de los editores independientes y los he apoyado siempre en la librería, pero también hay que mirar el fenómeno con ojos muy críticos. Por ejemplo, la edición independiente española se sustenta sobre todo en la traducción y hay muy poca apuesta por el autor nacional. En las editoriales independientes españolas hay una deserción casi absoluta en el apoyo a la literatura española contemporánea (siempre hay excepciones: bravo por ellas). Este papel lo están cumpliendo, curiosamente, editoras literarias de los grandes grupos. Si te vas a Argentina el caso no es así, allí publican ante todo y sobre todo autores argentinos o latinoamericanos contemporáneos. Apuestan por lo que yo creo que es la función fundamental de un editor: encontrar un autor, confiar en él, editarlo, intentar colocarlo y hacer que ese libro llegue al lector. 

Llevas muchos años diciendo que tú montaste la librería para vetas exclusivamente los libros que te gustaban, así que la pregunta se hace sola… ¿Vetas (o te niegas a vender) muchos libros? 

[Risas] A ver, nosotros tenemos un espacio limitado. Todos aquí sabemos que el mercado literario español es una brutalidad, somos el cuarto o el quinto mercado mundial… y en fin. Las cifras dicen que se publican noventa mil libros nuevos al año, que no son tantos pero bueno, pongamos que son sesenta mil. Nosotros tenemos dos librerías, una de ciento sesenta metros y otra infantil que tiene ochenta, imagínate si metiéramos todas estas novedades. Simplemente moriríamos por derrumbe. Por eso seleccionamos mucho los libros que queremos vender, y claro que tenemos nuestro criterio, porque el criterio tiene que existir siempre en una librería. Ahora: yo tampoco desprecio las ventas. Pongamos un caso concreto, como los premios Planeta. En infantil es cierto que llevamos muy a rajatabla no vender libros de Disney ni de estos grandes montajes. No nos gustan los libros de chicas superdelgaditas, los que trabajan un montón de editoriales. Pero no renunciamos a vender libros que tienen una venta masiva, porque gracias a esa venta podemos vender otros. Ha habido librerías muy notorias en este país que se han ido a pique, entre otras cosas, por ser demasiado elitistas. A un cliente que te pide el Premio Planeta no puedes mirarlo con cara de «será desgraciado». Un librero tiene que saber equilibrar cuáles son sus cuentas y cuál es su realidad. 

O sea, que sí vendes libros que no te gustan. 

[Risas] Pues sí, a veces sí. Sobre todo vendo muchos libros que no he leído porque lógicamente nuestra capacidad de lectura es limitada. 

¿Qué tipo de lector es un librero? ¿Erudito, sistemático, curioso, inconstante, superficial, profundo, en diagonal? O se parece un poco a lo que se suele decir de los periodistas: «Un océano de conocimiento de un centímetro de profundidad»? 

Esa definición no le viene mal a la mayoría de los libreros, mira. Un librero lee muchísima contratapa, en mi caso leo muchísimas facturas, albaranes, balances mensuales, extractos bancarios… lecturas más bien dolorosas. Eso sí: me siento un privilegiado en mi librería. Porque todos los que trabajamos en ella, todos, somos lectores de mayor o menor nivel, y todos tenemos nuestra especialización. León Vela es una persona que lee muchísima novela policíaca, género que a mí no me gusta especialmente; soy más de ensayo político e histórico. Mi compañera Ana Cañellas es una lectora de novela furibunda que lee un libro al día prácticamente y sobre ella se sustenta buena parte de la labor de recomendación de la librería. Y en Cálamo Infantil, Ana Segura se empapa de álbumes y libros infantiles. Con todo esto hemos conseguido un buen nivel para tener un criterio, aunque metemos la pata, seguro. 

Ahora, es cierto que hay muchísimos libreros que no leen. Y muchos enseñantes que no leen. Recuerdo un autor de juvenil que se llama David Lozano que fue a dar un curso de animación a la lectura para profesores de primaria, y preguntó «¿Aquí quién lee?», y nadie levantó la mano. Eso pasa con muchos libreros también. A mí me enerva cuando alguien entra en la librería y dice «qué bien, qué bonito estar aquí, ¡pero cuántos libros tiene que leer usted, qué maravilla!». Te dan ganas de asesinar a la persona que te habla así, porque realmente el tiempo de un librero es escasísimo, tenemos unos horarios endiablados porque el horario comercial en España es una mierda. Yo me levanto a las ocho, llego a la librería a las nueve, y me voy a las nueve de la noche… A poco que enchufe Netflix y vea una serie, pues ¿de dónde saco el tiempo para leer? Pero vamos, que también hay farmaceúticos a los que les pasa, eh. 

La irrupción de las editoriales independientes cambió algunas cosas de la relación entre el editor y el librero, la afianzó más, porque los editores empezaron a visitar las librerías, a establecer relaciones. Tú llevas tiempo en esto, ¿ha cambiado el mucho el panorama?  

Todo esto ha cambiado mucho, hay que reconocerlo, también dependiendo de la línea de AVE. Nosotros estamos en mitad de Barcelona y Madrid, y Zaragoza se ha convertido en un sitio para pesados. Todo el mundo para ahí, y hay muchos editores que se presentan a las once de la mañana a contarte el catálogo cuando tú tienes que trabajar. Esto es muy común y tratamos de cortalo, o encauzarlo de alguna manera. En España, el cambio en el mundo de la edición ha sido brutal, yo llevo treinta y seis años en ello y lo he visto. Ha cambiado en volumen de edición, en tamaño de empresas, en calidad… Antes ocurría que el editor publicaba un libro, los ejemplares se lanzaban a las librerías… y ahí andaban. Si pillaban un librero con sensibilidad, o le caía en gracia y lo leía, lo recomendaba y ya está. Pero la mayor parte de los libros pasaban sin pena ni gloria. 

Hubo un período importante, hace unos veinte años, cuando empezó a eclosionar las librerías independientes, cuando empezó Minúscula, Páginas de Espuma, y luego siguieron todas las del grupo Contexto. Todas estas empezaron a hacer una cosa que antes nadie había hecho: ser comerciales de sus propios libros. Los libreros empezamos a recibir libros de muestra, que no lo había hecho nunca nadie. Empezaron a visitar librerías y fue un caso claro de éxito, al margen de su edición. Fue un éxito comercial porque ellos se implicaron mucho en la difusión de sus obras. Eso ha sido muy imitado, y ha habido más editoriales que se han animado a hacer esto, incluso grupos que han aprendido de estos pequeños, y lo hacen ahora también. Esto es un fenómeno que ocurre en España pero no tanto en Francia, porque allí una cosa es la distribución física y otra lo que llaman la difusión. Los difusores conciertan citas con los libreros y van darle la tabarra durante horas, y le cuentan todo el plan editorial de las siete u ocho editoriales que ellos representan. Lo que hicieron este tipo de editores en España fue imitar este modelo francés, pero haciéndolo ellos directamente, sin empresa interpuesta. Celebro que esto ocurra, porque ha generado también una relación estupenda entre editores y libreros. Hace veinte años esa relación era de ir a muerte, de no estar todos en un mismo barco. Tú insultabas a los editores porque considerabas que se pasaban, y ellos te insultaban a ti porque pensaban que tú no trabajabas bien sus libros. Ahora hay una buena red de conocimiento entre todos. 

Ya hemos mencionado que el número de libros publicados en España anualmente es altísimo. Los libreros, ¿no os ahogáis en novedades? ¿Es ese uno de los principales problemas del sistema editorial español, que los libros mueren muy rápido? 

Exacto: los libros mueren muy rápido, porque un libro que lleva tres meses en la librería al cuarto mes ya es viejo. Es una cosa absurda. Este país tiene un sistema editorial muy potente del que podemos estar todos muy orgullosos, pero tiene un mercado todavía muy pequeño. Tenemos el espejismo de América Latina, con el castellano que lo hablan tantos millones de personas, pero trasladar los libros de aquí a allí no es tan fácil tampoco. El mercado editorial vive una inflación desde hace muchísimos años, diría que desde que abrí Cálamo en el 83. Pasan por la librería cantidad de libros que seguro que son maravillosos y nos estamos perdiendo, porque no sabemos nada de ellos. El mercado es muy endiablado. 

Pensad también eso: que es un mercado. Especialmente las grandes corporaciones están interesadas en sacar muchos títulos. Cuando compran un derecho de un gran autor, británico o francés, a veces al adquirir esos derechos, están obligados a adquirir libros de otros autores de ese mismo catálogo. O de ese mismo agente literario. Tienen una teoría que es bastante endiablada, la teoría de la mancha: cuanto más libros de tu sello, o tus sellos (porque hay corporaciones que tienen hasta setenta sellos) ocupen espacio en una librería, menos ocupan los de la competencia. Por eso la labor del librero es tan importante. No voy a nombrar los grupos porque tengo cuenta abierta con ellos e igual se enfadan, pero cuando viene un catálogo de novedades así de gordo, dices «madre mía, dónde vais con eso». Planeta o Random House todos los meses te lanza setenta u ochenta novedades de narrativa. Y ahora al mundo de la edición independiente le está empezando a pasar también, porque hay tal avalancha… es muy difícil discriminar lo que es bueno o malo. 

También hay un problema que es el descrédito de la crítica cultural, de la crítica de libros en este país. Antes los medios de comunicación tenían un peso muy importante. Cuando recomendaban un libro en Babelia hace veinticinco años y no lo tenías… ¡La madre que me parió! Te pegabas una semana peleando para conseguirlo, porque además el transporte no era tan ágil como lo es ahora, y era un desastre. Ahora ya puede salir cualquier suplemento diciendo que es la obra maestra del siglo XX, XXI y XXII, que igual no se acerca nadie a preguntarte por él. No sé tanto si es descrédito o pérdida de influencia de la prensa, y no hemos encontrado o no hemos sabido encontrar, ese papel de prescripción como sustitución. Lo cumplimos un poco los libreros, porque yo no me creo que las páginas webs y los blogs, Twitter o Facebook, prescriban ningún libro. Y si lo hacen, ya me perdonaréis, prescriben chorradas. 

Nosotros tenemos una mesa en la entrada de la librería donde colocamos los libros que hemos leído, los que vamos a leer y los que estamos leyendo, y ese es el punto caliente de la librería, donde acude más gente de manera constante. Nosotros vendemos muchos libros porque nos empeñamos, no puedo darte cifras, pero cuando nos empeñamos en vender uno porque nos ha gustado, nos volvemos militantes y vendemos muchísimos ejemplares. Luego está el boca a boca, uno de los pequeños milagros del mundo de la edición, como los casos recientes de Patria de Fernando Aramburu y Ordesa de Manuel Vilas. Ambos eran escritores minoritarios, y cuando digo minoritarios insisto en ello: minoritarios. Vendían mil, mil quinientos ejemplares. Y de repente pasan a vender millones en un plazo cortísimo. Y eso lo ha provocado el boca a boca. No es un fenómeno nuevo, pero te sorprende. La prescripción en los libros privados es como si tiraras una piedra a un río e hiciera una onda. 

¿Te equivocas mucho con tus proyecciones de éxito? 

Muchísimo. 

¿Alguno reciente? 

Pues justo con ese, Ordesa. Soy un lector desde hace muchos años de Manuel Vilas, porque me encanta también su poesía… Pero jamás pensé que Ordesa fuera un pelotazo. Jamás. Tengo muy buena relación con él, que es de Barbastro y yo de Zaragoza y hemos compartido muchas cervezas. A mí me sorprendió mucho su éxito porque no es un libro fácil de leer, y os voy a decir la verdad: a mí hay otros libros suyos que me gustan más. Pero hubo una serie de circunstancias que han facilitado que sea este el que funcione, un artículo de Millás en El País, otro autor que lo nombró… Y se convirtió un fenómeno no solo en España; en Francia, Portugal e Italia también está vendiendo muchísimo. Me consta, porque tengo un amigo que tiene una librería fantástica en Ciudad de Guatemala, Sophos, que también allí ha vendido sin conocimiento. ¿Cómo puedes vender Ordesa en Guatemala? Pues se vende. 

El título de estas jornadas es «futuro imperfecto», pero para hablar sobre el futuro no está mal hablar un poco sobre dónde estamos. El barómetro de hábitos de lectura en España no es especialmente alentador, mientras cierran librerías en toda España y aumenta el número de libros publicados. ¿Alguna vez te rindes al desencanto y piensas que no hay suficientes lectores para sustentar todo esto?  

Yo es que creo que en España hay un gran negocio de venta de libros. Mira, el premio Planeta de Javier Cercas ha salido con una tirada inicial de doscientos mil ejemplares. 

Pero las cifras reales de los libros que se venden no son muy transparentes. Los autores, por ejemplo, tienen que confiar en las editoriales sobre cuántos ejemplares se venden. 

Es cierto. Aunque yo creo que las cifras que publica el Ministerio de Cultura son bastante fiables en cuanto a la venta de libros, o quizá más en cuanto al volumen total de negocio. Porque al final, estamos hablando de la principal industria cultural que hay en España, esto no es ninguna tontería, es el uno y pico por ciento del producto interior bruto. Se venden muchos libros, y a lo mejor es verdad es que se venden muchos de pocos, que es un problema, y pocos de muchos. Esa es la otra parte de la ecuación. Pero realmente hay gente en el mundo del libro, de la edición y de las librerías, que ha hecho mucho dinero. El libro de texto, por ejemplo, ha sido un gran negocio en este país. Ha habido librerías que se han forrado con esto. Ahora con el tema de la gratuidad vendrán muchos problemas, porque había muchas que se sustentaban en esas ventas. Pero ojo: muchas librerías pequeñas en muchos pueblos vivían gracias al libro de texto, así que tampoco hay que demonizarlo. Realmente ha habido negocio. Yo llevo en esto treinta y seis años y vivo correctamente. A mí la literatura, vender libros, me ha dado de comer. 

¿Pero? 

Pues que tenemos que pensar que una cosa es el consumo de libros y otra el índice de lectura. Yo creo que en este país se lee más que nunca, porque cuando empecé a ser librero era un auténtico desastre. Abrí la librería en el 83 convencido de que iba a vivir gracias a la venta de los libros a mis amigos, y mis amigos no me compraban ni un libro. Todavía estoy esperando que entren algunos de ellos. Ahora ha aumentado muchísimo el público lector. Cuando se acusa a los jóvenes de no leer, diciendo que es un desastre la educación en España… A mí me da vergüenza oír estas opiniones de algunos enseñantes. Jamás han salido generaciones tan preparadas. No ha habido nunca una población tan preparada como tenemos hoy en España. En los niveles de enseñanza media se lee mucho, en los infantiles se lee mucho… ¿Que se podía vender más? Sí, también. 

En el año 83 no había prácticamente bibliotecas. En Zaragoza teníamos una biblioteca central en una plaza, que era enana, y otra que había en un barrio. Ahora tenemos una red de bibliotecas públicas que es modélica, aunque el Ayuntamiento no ponga demasiado dinero. El caso es que ha habido un gran avance en la lectura en nuestro país. ¿Que no tenemos las cifras de Francia e Inglaterra? No, claro que no. Pero tampoco tenemos las cifras en venta de coches o en nivel de vida, o en cervezas bebidas… aunque eso a lo mejor sí. Somos un país económicamente importante pero no somos del top, top. 

Porque no olvidemos que el libro tiene un costo económico también. Hay muchos chavales jóvenes que les gustaría comprar muchos más libros, pero no les llega el dinero. Si cobras mil euros al mes en B o en medio B, para muchos libros no te va a dar, ya solo con pagarte el piso y comer… 

Hay que aspirar a vender más libros y tener más lectores, pero creo que estamos en un buen momento. Otra cosa es que el libro tampoco ocupa la posición que ocupaba antes. En los ochenta y noventa, la parte central de la cultura era el libro, a eso se refería todo el mundo cuando hablaba de «la cultura en España». Después estaban el cine y la música. Pero ahora no. Ahora el ocio y el conocimiento se reparte en imagen, comunicación, libros, Filmin, Netflix… la oferta cultural es tan brutal que realmente no tenemos tiempo para repartir entre tantas cosas. 

Pero eres un optimista respecto a ese «futuro imperfecto». 

No soy pesimista, eso seguro. También depende un poco de lo que esperes, porque yo lo que aspiro es a vivir con dignidad. De momento he podido hacerlo. Además con un tipo de librería en la que no he tenido que vender nunca texto, por ejemplo. Es verdad que ahora, como te comentaba antes, he tenido que vender libros que bueno, en fin. Pero tengo una responsabilidad social con mis trabajadores, que somos cinco, y tengo que pagar salarios. 

Vamos al meollo de lo que nos trae aquí hoy. Le hemos robado el título al libro de Jorge Carrión, Contra Amazon. Como librero, ¿cuál es tu relación con Amazon?

Yo creo que Amazon es una empresa logística impresionante, de almacenaje y venta. Creo que Amazon no puede ser la excusa para que los libreros no nos pongamos las pilas, para que este sector no modifique parte de sus malas inercias. El mundo de la distribución en España ha mejorado una barbaridad, pero es increíble que en una ciudad como Zaragoza tú pidas un libro a una editorial en Madrid y tarde en llegar tres días, o cuatro, o una semana. No puede ser, estamos al lado. Hay empresas de transporte que te hacen mejor servicio, y de hecho los distribuidores siempre han funcionado así, que te sirven los libros en 24-48 horas. En esa medida puedes competir con Amazon, porque tienes un espacio abierto y estás ahí al lado. 

Lo que creo es que la venta por internet, y no solo Amazon, está cambiando nuestra forma de consumo, esto sí que es verdad. Mis hijas compran ropa por internet, y a mí es algo que me parece increíble. ¿Comprarte unos zapatos por internet y que si no te vale luego los devuelvas? Es así como lo hacen. Está cambiando la estructura del comercio, no solo el mundo de las librerías. A mí no me gusta hacia dónde va, porque va hacia un modelo americano, que tampoco es nuevo. Un amigo mío muy inteligente dice que Amazon no es nada más que la venta por catálogo a lo bestia. Muchas ciudades americanas están vacías de comercios precisamente porque la venta por catálogo es masiva.

El modelo social al que nos lleva Amazon no me gusta, porque nos lleva a la desaparición del comercio tradicional, porque está basado claramente en la explotación, en el ahorro de costes en el transporte. Cuando hablo con los repartidores que nos traen los libros (que son los mismos que llevan los paquetes de Amazon) las cifras que me cuentan, de lo que les pagan, son absurdas. Son gente subcontratada, la mayoría migrantes latinoamericanos y rumanos, autónomos que trabajan para Seur, para UPS…. Y a veces son ellos mismos los que subcontratan a otra gente. Te encuentras que esta gente trabaja en unas condiciones absurdas, que te traen el paquete con el hijo en la furgoneta, como locos, tirando los paquetes. Porque tienen que repartir muchos paquetes para que les salga la cuenta trabajar. El mundo de la venta por internet, el reparto, me parece aterrador. 

Y en cuanto a Amazon y al libro, yo creo que nos tenemos que acostumbrar a trabajar con ellos, porque ellos están ahí. Nadie va a cerrar Amazon. Antes caerá el gobierno que cerrará Amazon. Tenemos que buscarnos nuestros huecos y ser ambiciosos, mejorar nuestros procesos, siendo eficientes. Amazon no nos puede servir para no ser buenos profesionales. Esto me parece a mí la clave del asunto. 

Además del de Carrión, hay otro libro reciente que explora cómo Amazon está cambiando las reglas, Cállate Alexa, un ensayo de  Johannes Brökers. Uno de los datos que menciona es que en su mercado de origen, Amazon ha eliminado del mercado a unos ochenta y cinco mil comercios minoristas locales y treinta y cinco mil fabricantes.

En las librerías de Estados Unidos las que más han sufrido la irrupción de Amazon son las grandes cadenas: Barnes & Noble y demás. Quebraron por la irrupción, porque llegaron a vender el 60% de los libros, que es mucho. Pero por ejemplo, la asociación de libreros independientes americana cada vez tiene más afiliados. Se están abriendo un montón de librerías independientes en Estados Unidos. La librería independiente es la que mejor ha resistido el empuje de empresas tipo Amazon. ¿Por qué? Por lo que muchos podemos intuir: porque creamos comunidad, creamos ciudad, porque somos friendly, somos simpáticos… Porque hay una parte de la sociedad todavía valora el trato humano. 

Yo sé que el futuro es complicado, porque igual hoy estoy diciendo esto y pasado mañana tengo que cerrar. Todo puede ocurrir. Pero creo que los libreros independientes tienen todavía grandes oportunidades porque hay un mercado real y un hueco para que puedan funcionar. Ahora, tienen que darse varias condiciones también: primero, pensar que es un negocio. Uno de los grandes desastres en este país con las librerías es que no existe ningún tipo de entidad (al margen de un curso de posgrado para libreros en la Universidad de Barcelona) ni formación para libreros. Nunca. En Francia, Italia o Alemania sí. La mayoría de chavales o chavalas que monta una librería les pasa lo mismo que me pasó a mí en el 83, y entonces era normal, ahora no. Abren una librería sin tener ni idea de lo que es un negocio: no saben leer un balance, no saben analizar una cuenta de resultados, no saben hacer un estudio de mercado… 

¿Se dejan llevar por ese halo romántico de montar una librería?

Exacto. Por eso se pegan esos hostiones. Hay gente que ha perdido muchísimo con esto. Abren con cien o doscientos libros, una cafetera… y una presencia bestial en las redes sociales, eso sí. La realidad es que aguantan un año o dos, con una tragedia personal tremenda. ¿Creo que las librerías tienen futuro? Sí. Pero primero: tienen que ser un proyecto pensado y consolidado. Las librerías cooperativas cada vez me están convenciendo más. La idea esta del librero independiente que va por ahí solito, pues a lo mejor estamos un poco caducos. No solo hay que tener un buen emplazamiento, también formación empresarial, literaria, y sobre todo conocer las claves del oficio. Un librero o una librera tiene que generar empatía, ser simpático y eficaz. No se trata solo de responder o aconsejar, a veces se trata también de conseguir libros. No puedes comprometerte a conseguirlo y tardar dos meses en hacerlo, porque ahora puedes comprar cualquier libro en cualquier país del mundo, así de fácil lo ha hecho internet. 

En Cálamo, además, tenéis una experiencia importante con las librerías de América Latina. 

Sí. El mundo de las librerías en América Latina es tremendamente diverso. Como lo es también la edición independiente. Argentina tiene una prodigiosa, rica y estimulante red de librerías de todo tamaño y condición, la mayoría de ellas en Buenos Aires. En México dominan las grandes cadenas, algunas de ellas de capital público, como el caso de las del FCE., mientras la red de librerías independientes es muy y débil y solo presente en las grandes ciudades. En Bogotá encuentras buenas librerías, algunas gestionadas por fantásticos profesionales y otras autodenominadas boutique de las que mejor no hablar… En Ciudad de Guatemala puedes visitar la increíble Sophos, gestionada por Philippe Hunziker, un tipo excepcional. En Tegucigalpa la heroica Guaynamuras, en Lima El Virrey, en Guadalajara la tremenda Carlos Fuentes… admiro a mis colegas iberoamericanos. He aprendido muchísimo de ellos y he disfrutado y disfruto de la amistad de bastantes de ellos.

Junto con mi compañera Ana he tenido la posibilidad de impartir algunos cursos de formación para libreros en Centroamérica: he aprendido mucho más de lo que he enseñado. Por cierto que también di un curso en Guinea Ecuatorial, país en la que las librerías brillan por su ausencia. 

¿La experiencia da para un libro, no?

Sí. Igual me animo algún año de estos. He tenido la oportunidad de participar en bastantes foros de debate en Buenos Aires, Bogotá, Lima, México, etc. y siempre vuelvo a casa alegre, contento y repleto de ideas y energía. Los europeos vamos de listos cuando en realidad no lo somos.

Librería Cálamo con el Hay Festival América organiza los encuentros Talento Editorial, de los que se han celebrado ya diez ediciones en México, Colombia y Perú. Son foros de debate abiertos al público en el que facilitamos que profesionales del mundo del libro de América Latina y España —también de otras áreas geográficas— se conozcan e intercambien opiniones y experiencias. También tenemos un proyecto denominado Otra Mirada. Encuentro de Librerías y Editoriales Independientes Iberoamericanas de los que sean celebrado cuatro ediciones, la última de ella en la Feria Internacional del Libro de Bogotá en abril de 2018.

Los españoles hemos visto a América Latina casi siempre como un mercado para nuestros productos. Y obviamente no es la mejor de las miradas para descubrir la enorme vitalidad y creatividad cultural de sus diferentes países. Pensemos en intercambio y no en dominio: nos irá mejor a todos.

Volviendo al tema de Amazon, otro dato: El 61% de los alemanes ya no se pueden imaginar la ida sin esta cómoda manera de comprar, la compra a través de internet. 

Claro, es que todos compramos y más que vamos a comprar por internet. ¿Quién no ha hecho reservas hoteleras, comprado billetes de avión…? Esa es la realidad que tenemos ahora, con la que tenemos que convivir nos guste o no nos guste. ¿Los libreros podemos competir contra Amazon vendiendo por internet también? Solos, imposible. 

CEGAL creó una página web que se llama todostuslibros.com, que es una maravilla y cada día va creciendo más, es posible que en el futuro surja una web unificada de libreros. Yo, por ejemplo, tengo una página web de la librería también, pero no vendo un rábano. Y me lleva a maltraer, con la cantidad de trabajo que tenemos. El gran problema de los libreros (y de todos nosotros) es el empleo del tiempo, cómo lo gestionamos. La cantidad de horas que inviertes en las labores cotidianas de la librería, si pienso que además tengo que invertir tiempo en actualizar la página web, a mí me da algo. También quiero vivir. 

Recientemente Amazon ha establecido un tour de force, desafiando el precio fijo de los libros. Los libreros la han tildado de «campaña ilícita».

Cierto. Pero en general, tenemos la gran ventaja de la ley de precio fijo del libro, una creación francesa. El origen de la FNAC fue una cooperativa que empezó muy fuerte y hundió los precios en París, con los descuentos masivos. Hubo librerías centenarias que quebraron. Fue cuando se inventó la ley Lang que ha sido muy copiada en Europa, aquí la hizo Semprún, y gracias a ella hay una obligatoriedad del precio fijo, con un mínimo y un máximo de descuentos. Donde no existe la ley del precio fijo —en Estadios Unidos e Inglaterra— es donde ha hecho estragos. No solo en las librerías, también en el de la edición, porque ellos ya empiezan a decidir qué se edita y qué no se edita. Cuando tienes un cliente que vende el 60%, pues ¿para qué más?

Estos años pasados, las grandes peleas entre los grandes grupos editoriales y Amazon han sido épicas. Porque Amazon empezaba a decirles lo que tenían o no que editar, y lo que les iba o no a pagar. Ya no decidían ellos. A nosotros en principio nos salva la ley del precio fijo, y en eso no puede hacer dumping, que es su práctica habitual. El consumidor parece que es muy feliz con ello, pero debería darse cuenta de que es una estrategia: que vendes por debajo del precio para después vender por encima del precio. Hay un caso muy concreto que ocurrió en España, que tiene que ver con el libro. La ley del precio fijo no se aplica a los libros de texto, así que está permitido hacer descuento. La realidad es que desde que se permitió, que lo permitió el gobierno de Aznar, el aumento del precio del libro de texto en España ha sido espectacular. Porque la gente lo que hacía era subir los precios para hacer descuento. Hay que pensar mucho las repercusiones de algunas decisiones comerciales y algunas decisiones de los gobiernos de turno. 

Brökers dice que Amazon ha cambiado tanto las cosas que parece que «antes el futuro era mejor». ¿Antes el futuro era mejor? 

A mí es que estar vivo ya me parece una maravilla. Lo que está ocurriendo en el mundo no me gusta, no me gusta lo que está ocurriendo en política, el populismo de derechas que está invadiendo Europa… Acabo de leer un par de libros que hablan del año 79, con la subida de la Thatcher al poder, la revolución feminista, un momento crítico en la historia del mundo. Ahí el populismo de derechas y el comercio neoliberal empezó de subida, y seguimos de subida desde entonces. Esto no me gusta de cara al futuro. Veo peligros en cosas que parecía que teníamos enterradas. Pero también soy optimista, porque veo mucha fuerza en los sectores culturales. Este es un país tremendamente creativo, con profundas creencias y raíces democráticas, creadas en poco tiempo, pero que existen. Con mucha capacitación, porque creo muchísimo en la gente joven. Hay que mirar con frialdad el futuro, aunque en el mundo del libro va a ser complicado, pero más complicado es en otras cosas. Lo que no podemos hacer, en lo que respecta a las librerías, es bajar la guardia por el miedo al futuro. Vender libros es un oficio extremadamente complejo, las librerías tienen que ser puntos de encuentro, espacios hermosos, tienen que ser espacios cuidados, poner amor y responsabilidad detrás de ellos. Hay muchas que afortunadamente lo entienden y hay otras que no. Espero que las que lo entienden sobrevivan.

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4 Comentarios

  1. Hay lugares a los que tenés que volver siempre porque simplemente te sentís en casa, eso es Cálamo para mí. De cierta manera soy afortunada. Ojalá que la gente nos vea a los Latinoamericanos con los mismos ojos que vos. Gran entrevista Bárbara.

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