Atlas de «El atlas de las nubes»

Publicado por
El atlas de las nubes
El atlas de las nubes, 2012. Fotografía: Warner Bros.

Este artículo consta de seis epígrafes: «1968», «2004», «2011», «2043» y «2114». Cada uno, a su vez, está dividido en una primera parte y una segunda parte. El lector puede leer seguido, si lo desea, la primera y la segunda parte de cada epígrafe, pero nuestra recomendación es seguir el orden que tienen en el texto: primero todas las primeras mitades en sentido pasado-futuro y luego todas las segundas mitades en sentido futuro-pasado. 

1968 (primera parte)

2001: Una odisea del espacio se estrenó en Nueva York el 3 de abril de 1968. Según su protagonista, Keir Dullea, cerca de doscientas cincuenta personas se levantaron de sus butacas durante la premier de la película y abandonaron la sala antes de que acabara la proyección. La acogida no fue mejor en los demás preestrenos que se celebraron en las principales capitales de Estados Unidos. En la de Los Ángeles, atiborrada de estrellas de Hollywood, se recuerda particularmente la reacción de Rock Hudson, que entonces contaba cuarenta y tres años y estaba en lo mejor de su carrera. «¿Pero qué mierda es esta?», se preguntó, y acto seguido se marchó de la sala haciendo aspavientos. 

La Metro-Goldwyn-Mayer hizo que Stanley Kubrick recortara apresuradamente diecinueve minutos de la película antes de su lanzamiento comercial generalizado, que tuvo lugar pocos días después de aquello. No ayudó en nada. 2001: Una odisea del espacio tuvo algunas críticas buenas (no de los grandes medios, no de las primeras firmas, pero alguna hubo por ahí) y un par de elogios rendidos, pero la mayoría de los críticos la calificaron como fracaso. Parecía saltar del lenguaje figurativo al naturalista, tenía tramos puramente líricos y luego estaba, por supuesto, el asunto de los monolitos. ¿Qué eran esos monolitos? ¿Metáforas luditas, acaso? ¿El superhombre de Nietzsche? ¿Representaban a Dios? La película cerraba sin aportar ninguna explicación. Peor todavía: cerraba con la imagen de un feto humano flotando en el espacio con Así habló Zaratustra, de Richard Strauss, como música de fondo. 

Los más indulgentes la llamaron abstracta, hermética o experimentalista, celebraron su ambición y su factura técnica, pero al final la acabaron rechazando por lunática e inaccesible. Los menos indulgentes dijeron que era tonta y hueca de contenido, sin más. Pauline Kael dijo de ella en The New Yorker que era una película «con una monumental falta de imaginación»; Renata Adler la calificó en The New York Times como «inmensamente aburrida»; y Arthur Meier Schlesinger Jr. dijo que era «moralmente pretenciosa, intelectualmente oscura y desmesuradamente larga». El consenso estaba claro: el emperador estaba desnudo. Aplaudir 2001 era algo propio de pedantes, sicofantes y obtusos.

2004 (primera parte)

El atlas de las nubes es la tercera novela de David Mitchell y la que le catapultó al estrellato literario. Tenía treinta y cinco años cuando la publicó en 2004. Es una historia formada por seis historias. La primera tiene lugar en las Islas Chatham y el Pacífico en 1849; la segunda, en Bélgica en 1936; la tercera, en Buenas Yerbas (un trasunto de San Francisco) en 1973; la cuarta, en Londres en 2012; la quinta, en Seúl en el año 2144; y la sexta, en Hawái en el año 2321. 

A su vez, cada una de esas historias tiene un tono singular y pertenece a un género literario distinto. La primera (la de 1849) es un diario, un descenso a los infiernos en primera persona al estilo de las grandes tragedias decimonónicas; la segunda (la de 1936) es un intercambio epistolar cercano a la literatura romántica; la tercera (la de 1973) es una novela breve detectivesca y de suspense al estilo de la literatura pulp; la cuarta (la de 2012) es un cuento breve cómico con aires de tratamiento cinematográfico; la quinta (la de 2144) es la transcripción de una entrevista y una pieza de ciencia ficción distópica; y la sexta (la de 2321) es la transcripción de una narración oral contada en un hipotético dialecto posapocalíptico del inglés. 

2011 (primera parte)

El equipo de rodaje de El atlas de las nubes llegó a Mallorca durante el otoño de 2011. Los actores se hospedaron en el hotel Barceló Formentor y algunas de las secuencias de la película se rodaron en sus inmediaciones. Otras de las localizaciones fueron Cala Tuent, Sa Calobra, Puerto de Sóller y diversos puntos de la sierra de Tramontana. El reparto contaba con estrellas de Hollywood tan lustrosas como Tom Hanks, Halle Berry, Susan Sarandon y Hugh Grant, por citar solo unos cuantos. Las fotografías de los paparazzi no tardaron en llegar a internet. 

La película no existía todavía, pero ya contaba con un ejército de detractores. Venía sumando adeptos desde que se había anunciado, cerca de un año antes, que Tom Tykwer y las hermanas Lili y Lana Wachowski se proponían llevar a la pantalla El atlas de las nubes. Se reunían en Twitter, besaban la estampita de san David Mitchell y coreaban juntos la palabra mágica: «inadaptable». Y aportaban como prueba la que se considera irrebatible en estos casos: que la historia es consustancialmente literaria. Seis historias, cada una en una época y un lugar, que además pertenecen a seis géneros literarios distintos: ¡es imposible! Por no hablar de la logística cinematográfica. La narración comprende un periodo de varios siglos, todas las historias menos una son históricas y futuristas y la suma de personajes es demencial: solo los protagonistas no bajan de las tres decenas. 

Y entonces ocurrió: Halle Berry fue fotografiada en Mallorca vestida con el atuendo propio de Meronym, uno de los personajes principales de la historia posapocalíptica, la que tiene lugar en Hawái en el año 2321. Y, sin embargo, se habían publicado ya unas fotos suyas, tomadas solo unas semanas antes en Alemania, en las que aparecía ataviada como Luisa Rey, la protagonista de la historia de 1973. Acabáramos: mismo actor, distintos personajes. Eso harían con todos: el mismo elenco de intérpretes encarnaría a todos los personajes de cada época, al menos seis cada uno. Como si fuesen descendientes unos de otros o algo así. En la iglesia mitchelliana la noticia corrió como el anuncio de una blasfemia. ¿No tienen suficiente Tykwer y las Wachowski con querer adaptar lo inadaptable?, bramaron entonces sus profetas. ¿No se contentan con tocar lo intocable, con mancillar la palabra revelada? ¿Pretenden, además, cambiarla? ¡Herejía! 

2043 (primera parte)

Relojes de hueso, publicada en 2014, es la sexta novela de David Mitchell y su segunda «gran novela». Para algunos su magna obra sigue siendo el Atlas; para otros, la insuperable es Relojes. Relojes de hueso sigue la historia de una protagonista, Holly Sykes, en seis momentos de su vida, desde que es una muchacha en 1984 en Gravesend (Reino Unido), hasta que es una anciana en el condado de Cork, en Irlanda, en el año 2043.

Si ha leído usted la novela no hará falta que se lo diga: Relojes de hueso deja muchísimo frío en el tuétano. El último tramo de la novela no tiene lugar en el futuro remoto, solamente es el año 2043, pero el mundo que usted y yo conocemos se está desmoronando con rapidez. No entraremos en detalles, baste con decir que la historia no es plausible pese a estar ambientada tan pronto, sino que la historia es plausible precisamente porque está ambientada en esas fechas tan cercanas. Al final de Relojes de hueso, en realidad, uno se pregunta cómo es posible que el mundo no se haya acabado ya. 

Muchos libros y películas retratan el fin del mundo, pero pocos lo hacen con la precisión de Relojes de hueso. Mejor dicho: pocos retratan con esa precisión el final de la civilización. Y quizá sea porque Mitchell tiene muy presente la diferencia entre una cosa y la otra. El final del mundo es un tema literario, es un tópico narrativo, es prácticamente un subgénero de la ciencia ficción (uno que él mismo practica en El atlas de las nubes); el final de la civilización, por el contrario, es algo que ocurre en la realidad y que lo hace con frecuencia e inexorabilidad. Ha ocurrido muchas veces y volverá a ocurrir otras tantas más. Y decirse que uno tendrá la suerte de no asistir al final de la propia es, bueno, eso mismo: encomendarse a la suerte. También hubo quien lo hizo en los últimos días de Roma, durante el sitio de Constantinopla y cuando fue destronado el último emperador del Tahuantinsuyo. Desde el Creciente Fértil, todos queremos lo mismo: que nuestra nación y nuestro sistema de pensamiento nos sobrevivan, que no seamos nosotros quienes asistamos a su penoso desmoronamiento. La mayoría lo conseguimos, pero todos no. 

2114 (primera parte)

David Mitchell completó From Me Flows What You Call Time a la una de la madrugada del 24 de mayo de 2016. Luego lo imprimió, se fue a dormir y por la mañana cogió un avión con destino a Oslo. Le entregó el manuscrito en mano a la artista escocesa Katie Paterson, creadora de la Future Library, en una ceremonia sencillita que tuvo lugar en el bosque Nordmarka, a las afueras de la capital noruega. Las páginas, sin grapar ni encuadernar, iban dentro de una caja de madera de nogal que Mitchell había encargado fabricar para la ocasión. El escritor dirigió después unas palabras a los presentes y reveló que la novela tenía noventa páginas. Después tomó un avión y regresó a su casa en el condado de Cork, en Irlanda.

Eso es todo cuanto sabemos sobre From Me Flows What You Call Time. Ni usted ni sus hijos y seguramente tampoco sus nietos llegarán a leerla jamás. Nadie podrá hacerlo hasta 2114, dentro de noventa y cinco años exactamente. El manuscrito estará hasta entonces en una pequeña estancia que tiene aspecto como de cueva, aunque está forrada de madera, ubicada en la última planta de la biblioteca Deichman, la biblioteca pública de Oslo. La llaman la «silent room». Desde 2014, todos los años se deposita en ella un nuevo manuscrito1. La primera en hacerlo fue Margaret Atwood; el suyo se titula, por lo visto, Scribbler Moon. El segundo fue Mitchell con From Me Flows What You Call Time, y desde entonces lo han hecho también el islandés Sjón, la británico-turca Elif Shafak y la coreana Han Kang, por este orden. En total serán cien autores los que nutran este regalo para nuestros tataranietos y buena parte de ellos no ha nacido todavía. El comité que propone las firmas de Future Library, eso sí, se marca como objetivo que sean voces laureadas en su generación y que en la selección final no haya sesgos raciales y de género. Se da por sentado que en el futuro algo así será inaceptable. Eso es precisamente lo que celebra David Mitchell acerca de un proyecto tan extravagante como este. Es, dice, «un voto de confianza en la civilización».

El atlas de las nubes
El atlas de las nubes, 2012. Fotografía: Warner Bros.

2114 (segunda parte)

From Me Flows What You Call Time no es solamente el título de una novela de David Mitchell; también es el título de una pieza sinfónica del compositor japonés Tōru Takemitsu. Es una de las más aplaudidas de su repertorio y tiene de singular que confiere el protagonismo a los percusionistas. El propio Mitchell confesó aquel día, cuando entregó su manuscrito a los custodios de Future Library, que lo había titulado así para homenajear a Takemitsu, pero eso no es verdad. O no lo es del todo.

Escuche esto: From Me Flows What You Call Time existía ya antes de Takemitsu, aunque no como título sino como estrofa de un poema. Son unos versos del japonés Makoto Ōoka en una pieza titulada «Clear Blue Water» (no existe una traducción al castellano de esta pieza, solamente al inglés). El poema dice así:

Summer trip to Switzerland:

in our bellies, sausages

eaten on the Zermatt terrace,

foot of the Matterhorn,

slowly turns into

heat: 1000 calories each.

As we climb up and up

the Furka Pass, my eyes

suddenly are perforated

by a billion particles

of heavenly blue:

across the valley a giant

mountain rampart:

The Glacier.

Swinging up its snow-

crowned sky-blue fist,

that ancient water spirit

shouts:

From me

flows

what you

call Time.

Down from that colossal

mass of shining ice

flows the majestic

River Rhone.

Una de las escenas más importantes de Relojes de hueso tiene lugar exactamente en ese enclave que describe el poema de Ōoka: en el cantón suizo del Valais, después de cruzar el puerto de Furka en sentido norte, junto a un glaciar ubicado en las inmediaciones de Oberwald, en el valle del Ródano, en las mismas faldas del Sildelhorn. Allí es donde Hugo Lamb es reclutado por parte de los anacoretas. A los pies de aquel glaciar está la entrada a lo que llaman «la capilla del Crepúsculo», que casi puede calificarse como el epicentro de la mitología de los libros de David Mitchell. Ocurre al final de «Yo traigo mirra, su perfume amargo», el segundo episodio de Relojes de hueso. Página 240 en la edición en castellano de Random House. 

Curiosamente (o no tanto), Mitchell recurre a otros puntos de referencia, otras montañas y otros municipios distintos de aquellos a los que alude Ōoka en su poema, para ubicar la acción indudablemente en el mismo lugar. Parece que no quería que nadie rastrease la conexión, o que lo hiciesen solo sus exégetas más dedicados. En todo caso, que no se hiciese fácilmente. 

2043 (segunda parte)

Pese a su éxito comercial, lo cierto es que Relojes de hueso deja muchas preguntas en el aire. ¿Por qué razón cae la civilización occidental? ¿Cómo logra Islandia sobrevivir al cataclismo? ¿Cuál es el origen primordial de los horologistas, la facción enfrentada a los anacoretas?

Nuestra apuesta: ni usted ni yo llegaremos a leer jamás la historia germinal de todas las historias de David Mitchell. No sabremos nunca con precisión cómo y dónde comenzó la guerra entre anacoretas y horologistas y en qué punto exacto, ni por qué, la realidad crujió y se quebró como un glaciar y permitió que sucediera lo inconcebible. No es que Mitchell no vaya a escribir ese libro; es que lo ha escrito ya. Esta Tierra Media ya tiene su Silmarillion, pero se titula From Me Flows What You Call Time y nadie lo leerá hasta dentro de cien años. Para entonces Mitchell estará muerto y su producción literaria habrá acabado mucho tiempo antes. En este mundo ficcional, el Big Bang ocurrirá no al principio de la creación, sino al final.

«Un voto de confianza en la civilización», dijo Mitchell cuando entregó el manuscrito a los responsables de Future Library. Vaya si lo es. En su mundo de ficción la civilización occidental cae en 2043, tal y como la retrata el último tramo de Relojes de hueso; pero From Me Flows What You Call Time podrá leerse solamente setenta años más tarde, en 2114. Para eso, por supuesto, hace falta que la ficción no se convierta en realidad, que su pesimismo sea infundado y que la biblioteca pública de Oslo siga en el mismo lugar dentro de una centuria. Solo si es así nuestros bisnietos tendrán acceso a la capilla de la Oscuridad y sabrán qué se esconde en las entrañas gélidas de aquel glaciar. Solo si el mundo real no se acaba sabrán por qué se acabó aquel mundo ficcional.

2011 (segunda parte)

El atlas de las nubes, la película, pasó por los cines sin pena ni gloria. Se celebró mucho, eso sí, aquello que tenía de distinto respecto a la novela: la trasposición de los personajes a través del tiempo. Halle Berry llegó a interpretar a una mujer africana, una mujer judía europea, una mujer hispanoamericana y un hombre asiático anciano; Hugo Weaving interpretó a dos hombres blancos, uno asiático, una mujer blanca y un fantasma; etcétera. La crítica, en general, vino a decir esto: el tour de force interpretativo, muy logrado; lo demás, pichí pichá. Muchos la rechazaron de pleno y la acusaron de hacer malabares con la formalidad para ocultar la ausencia de un mensaje de fondo, una lección final o acaso un chimpún suficientemente contundente. La proposición del principio, vinieron a decir muchas críticas coincidentes, era indistinguible de su conclusión: las almas están vinculadas entre sí a través del tiempo o algo así. ¿Y? Y nada más. Era un viaje a ningún lugar.

Para los lectores de David Mitchell, sin embargo, la experiencia fue distinta. Mitchell lo admitió primero con la boca pequeña en entrevistas sueltas por aquí y por allá, pero al final se rindió a la insistencia de los periodistas y ante la mismísima evidencia: sí, El atlas de las nubes, Relojes de hueso y todos sus libros tienen lugar en un único universo ficcional. Muchos personajes de unas novelas reaparecen en otras, incluyendo un enigmático gato gris que asoma en casi todas. La verdadera estructura que cohesiona el universo de Mitchell, sin embargo, no son los personajes; es la constelación de publicaciones de ficción que menciona en sus novelas. Algunos de esos libros son reales, otros solo son ficticios y otros empiezan siendo ficticios y acaban siendo reales. 

No nos mataremos con los adjetivos, tendrá que perdonarnos. Es imposible, verdaderamente imposible, describir con palabras la pirotecnia de intertextualidad que desarrolla Mitchell en su gran übernovela. Es algo inútil por principio, como describir verbalmente un juego de espejos. Como remedio, hemos preparado la infografía que acompaña a estas mismas letras. 

Eso lo dijo Borges, otro aficionado a crear mundos con espejos: el universo es una biblioteca. Y en la biblioteca-universo de Mitchell los volúmenes adquieren formas distintas en las distintas épocas: en unas son novelas y en las otras, quizá, adaptaciones cinematográficas de esas novelas. Hay también música e incluso una ópera. Y desde 2011, también una película de El atlas de las nubes. ¿Quiere usted conocer lo prodigioso, la verdadera pirueta, lo que tendrá que convencerle del sumo enrarecimiento del universo mitchelliano? Que un personaje de la novela, publicada en 2004, mencionaba ya aquella misma película que solo llegó a existir en 2011. Lo hacía un clon, Somni-451, protagonista de la historia ambientada en el año 2144, solo treinta años después de que se publique From Me Flows What You Call Time. Aquella película, según cuenta en la novela, era «una obra realizada antes de la fundación de Nea So Copros, en una provincia ya extinta de la malograda Europa democrática». Era también, dijo, «una de las mejores películas de la historia de la humanidad».

El atlas de las nubes
(Clic para ampliar).

2004 (segunda parte)

Pero la verdadera singularidad de El atlas de las nubes no radica en la extensión cronológica que abarcaba su historia ni en su diversidad de tonos y géneros. Su verdadera singularidad tiene que ver con su estructura narrativa. 

Las seis historias aparecen cronológicamente, pero progresan solamente hasta la mitad. Primero leeremos la primera mitad de la primera historia, luego la primera mitad de la segunda historia, luego la primera mitad de la tercera historia, etcétera. Y solo al llegar a la sexta y última leeremos la historia completa. Luego leeremos la segunda mitad de la quinta historia, luego la segunda mitad de la cuarta, etcétera. La historia, de este modo, empieza en 1849, progresa hasta 2321 y luego retrocede atrás en el tiempo, deshaciendo el camino andado, hasta regresar a 1849. La primera historia es también la última; todas las demás son sus consecuencias reverberando a través del tiempo. 

1968 (segunda parte)

Sin embargo, la vida de 2001: Una odisea del espacio no había terminado. De hecho, acababa de comenzar.

La novela 2001: Una odisea del espacio, de Arthur C. Clarke, se publicó solo unos meses después del estreno de la película, cuando aquella todavía se pasaba en muchas salas de cine de Estados Unidos. Para sorpresa de muchos, el libro era un relato desprovisto de metáforas y figuración: contaba la misma historia que la película, esta vez con literalidad. Y no era su novelización, del mismo modo que la película no era tampoco una adaptación cinematográfica del texto. En realidad, Kubrick y Clarke habían ideado la historia juntos, partiendo de varios cuentos breves de Clarke afinados con algunas ideas de Kubrick, y finalmente la plasmaron uno como película y otro como novela. También los tonos se repartieron salomónicamente: Kubrick hizo casi exclusivamente lirismo, Clarke hizo casi exclusivamente naturalismo.

Símbolos, ninguno; metáforas, ni el rastro. El monolito de 2001 es un artefacto con el que una inteligencia superior de origen extraterrestre monitoriza el desarrollo de la inteligencia humana. En la primera parte de la historia (ambientada en el pasado, tres millones de años atrás) esta entidad selecciona a los seres humanos de entre todas las criaturas de la Tierra para conferirles inteligencia y convertirlos en la especie dominante en el planeta, operación que acomete con uno de esos monolitos. Luego deja otro de esos artefactos enterrado en la Luna y abandona el Sistema Solar. En la segunda parte de la historia (ambientada en el futuro, en el año 2001) la humanidad ha experimentado progreso técnico suficiente como para llegar a la Luna y descubrir el segundo monolito, momento en el cual aquel se activa y envía una señal de alerta: la humanidad ya conoce los viajes espaciales y está lista para establecer contacto e ingresar en la sociedad de criaturas inteligentes del universo. En la tercera parte de la historia un tercer monolito aparece en el espacio y un ser humano lo emplea para acometer físicamente un viaje interestelar; y en el epílogo final este ser humano es devuelto a las inmediaciones de la Tierra, ahora con la forma de un ser superior que trasciende las limitaciones de la biología.  

Solo después de publicarse la novela, donde todo se explica con claridad y exactitud, la película empezó a ser vista con otros ojos. No era, ni mucho menos, la traca de manierismo hueco que muchos habían dicho; era una experiencia narrativa singular, una que comportaba varios medios. Para comprender la película era preciso leer el libro y sin leerlo resultaba no complicado, sino imposible. Y la misma realidad completaría la experiencia, pues 2001 solo sería trascendente cuando la humanidad lograse caminar sobre la Luna. Aquello ocurrió muy poco después, en 1969, solo unos meses después del lanzamiento del libro y apenas un año más tarde que el estreno de la película. Solo entonces 2001: Una odisea del espacio comenzó a ser aclamada universalmente como lo que es hasta el día de hoy: la mejor película de ciencia ficción de todos los tiempos.

El atlas de las nubes
El atlas de las nubes, 2012. Fotografía: Warner Bros.

Nota

(1) El edificio será inaugurado en 2020. Desde 2014 y hasta entonces, los manuscritos se depositan simbólicamente en el bosque de Nordmarka y son custodiados después por la fundación Future Library en una ubicación desconocida. En 2020, los seis manuscritos ya acumulados serán trasladados a la silent room de la biblioteca, donde cada año se efectuará una nueva incorporación hasta completar las cien en 2114. 

MENSUAL

3mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

ANUAL

30año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

ANUAL + FILMIN

85año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

16 Comentarios

    • De algún modo Tarkovski intentó una especie de diálogo con Kubrick. Por circunstancias de la época, resultó imposible. Pero es dudoso que se hubiera acometido “Solaris” de no existir “2001”.

  1. Maravilloso artículo y, por cierto, maravillosa película El Atlas de las Nubes, incluso sin haber leído el libro. Empiezo a llegar a la conclusión de que los críticos en particular no se toman en serio a las Wachowski, porque sí que se ve un hilo conductor en todas las historias y un mensaje por la igualdad más que claro.

    • Espero, si la apuesta optimista es acertada, que la película vaya ocupando poco a poco el lugar que le corresponde. Por desgracia, mi mejor apuesta es la pesimista. No creo que nadie, fuera de una pequeña minoría, llegue a leer esos libros. Y probablemente antes de lo previsto.

  2. Mittchell fue un gran descubrimiento para mi, leí seguidos El Atlas y El Bosque del Cisne Negro. Pendiente Relojes. Él, con El Atlas, Ishiguro con Nunca me abandones y Atwood con Oryx y Crake y El año del Diluvio me impactaron mucho como lector veterano de ciencia ficción y ficción especulativa ( sin entrar en discusiones definitorias de lo que es una cosa y lo que es otra creo que estas novelas perteneces a lo segundo, pero no tengo problemas con ello ya que soy un lector gustoso de la ciencia ficción clásica ) con tramas de género y tratamiento de alta literatura. Al nivel de 1984. Un mundo feliz y Nosotros,

  3. Me hubiese gustado ver alguna mención en el artículo a la novela de Mitchell “Mil Otoños”
    Creo que el gato está en esta novela o en este caso el mono :)

  4. Inmensamente aburrida y desmesuradamente larga jajaja. No viví para verlo pero coincido plenamente. Quien necesite planos de media hora dónde no pasa absolutamente nada (pero nada) para contar algo, es que no lo está contando bien. Y si además no se entiende, y se necesita de un libro entero que aclare todo cual si fuera un manual, pues menos. Una obra debe ser algo concluyente en sí misma, que continúe o no, con final abierto o cerrado, abstracta y metafórica o no, pero que de alguna manera se sienta completa en si misma. Si no pueden hacer eso, es porque no lo hicieron bien o al menos se podía mejorar.

    • Creo que yo lo veo de otra forma. A mi si me han gustado cosas que incluían planos de media hora en los que no pasa nada, a mi si me cuentan algo esos planos. Creo que hay otros ritmos para contar otras cosas, y sí comparto contigo q no tienen pq gustarle a nadie.
      En cuanto a lo del manual, pues lo mismo, la cultura, la ciencia es como un inmenso manual, y requieren de manuales que aclaren lo que probablemente no quería decir el autor. Con una diferencia de escala ¿no es lo que estamos haciendo ahora mismo?

    • Si estuviéramos en el XIX seguro que alguien te retaba a un duelo a florete. No siempre la evolución histórica sigue el rumbo del progreso.

  5. A la frase final: “la mejor película de ciencia ficción de todos los tiempos”, le sobra “de ciencia ficción”.

  6. Desde que vi por primera vez El Atlas de las Nubes pasó a ser mi película favorita. Me dejó obsesionada y muy sorprendida de la poca promoción que tuvo. Es inevitable pensar en algún boicot hacia las Wachowski porque parece impensable que una película de semejante presupuesto, ese pedazo de elenco y, por supuesto, lo maravillosa y profunda que es en su narrativa no tuviese mejores consideraciones. Me leí la novela de Mitchell después de ver la peli y en mi opinión el film de Lana y Lili mejora el libro. Es una de esas raras excepciones. La peli profundiza más en la metafísica y la espiritualidad abriendo las puertas a la idea de la reencarnación y las almas consecutivas. La novela es un barullo peor explicado, o esa fue mi impresión.
    Gracias por este artículo!!

Comentar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.