El cantautor atlante: el grado cero de la oralidad

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lenguaje atlante
Lenguaje atlante creado para la película Atlantis: el imperio perdido. Imagen: Disney.

Según Jakobson, el estilo es expectativa frustrada; una forma muy sintética de decir que el interés de un texto tiene que ver con su capacidad de sorprendernos, de llevarnos más allá de lo que esperábamos de él. Una manera menos técnica y más emocional de expresar la misma idea es que uno de los mejores regalos que puede hacernos un libro es el de ofrecernos algo totalmente inesperado. No cualquier cosa, por supuesto (no todas las sorpresas son gratas), sino algo a la vez insólito, valioso y pertinente.

Al abrir Wabi-sabi, de Francesc Miralles, daba por supuesto, visto el título y conociendo al autor, que me disponía a leer una novela de aprendizaje inspirada en el tradicional concepto japonés de belleza imperfecta e impermanente, que informa manifestaciones tan diversas como el haiku, el ikebana o el bushido («la vida del samurái es bella y efímera como la flor del manzano», dice el código del guerrero). Y, efectivamente, eso es Wabi-sabi; pero no solo eso.

En un momento dado, el protagonista de la novela, profesor de filología, recibe en su despacho universitario la inesperada visita de una desconocida que le pide que escuche un CD e identifique el idioma de las canciones, que ella cree que es «atlante». Intrigado, el profesor le manda un mensaje al autor del disco, cuyo nombre figura en la carátula, preguntándole por el misterioso lenguaje de sus canciones y su posible relación con la mítica Atlántida, y en respuesta recibe una larga carta (que constituye todo un capítulo de la novela) de la que reproduzco varios fragmentos:

Respecto a la cuestión del idioma, no hay ningún idioma. Solo la voz como un instrumento más. Pura improvisación. La melodía se mantiene, pero los sonidos de la voz cambian. Nunca se repiten. Esto me permite crear en un estricto presente y expresar las emociones que siento en ese preciso momento. Es extraño, pero creo que esa inmediatez el espectador la siente de alguna manera.

Desde mi experiencia personal, cuando canto de esta manera consigo expresar unas emociones que no soy capaz de plasmar con palabras. De mis gurús musicales siempre he admirado la luminosidad y la fuerza (de espíritu). Una música luminosa que te arregla por dentro, que te abre un lugar de bienestar, que te da fuerza y coraje, que te da esperanza…

Por otra parte, hay una especie de disolución del yo. Creo que nuestro lenguaje es parte fundamental en la construcción de la propia identidad. Sirve para pensarnos a nosotros mismos.

Cuando canto, realmente no siento que sea yo el que canta. Experimento como un vacío. No hay nadie. O quizá sea al revés: soy más yo que nunca. Creando mi propio lenguaje, mutable a cada instante, como la realidad misma…

De pequeño ya cantaba así… Como he oído decir varias veces, la inocencia del niño viene de serie. La inocencia del adulto es fruto de todo un curro…

Y esta sorpresa, la libresca, es solo la mitad de la historia. Aunque tal vez sea mejor decirlo al revés: esta historia, la libresca, es solo la mitad de la sorpresa.

Recientemente asistí en casa de Francesc Miralles y Anna Sólyom a una de las veladas musicales que suelen organizar con y para sus amigos, y descubrí que uno de los artistas invitados era Daniel Lumbreras, el «cantautor atlante» de la novela, con quien tuve ocasión de conversar después de escuchar, en vivo y en directo, varias de sus fascinantes canciones. Hablamos de idiomas inventados (como el quenya de Tolkien o el klingon de Star Trek), de la incorporación de frases élficas en la canción de Enya «May It Be», de la banda islandesa Sigur Rós, de la saga Adiemus…

La utilización de la voz como mera materia musical no es algo nuevo (en última instancia, es lo que hacemos al tararear), y tampoco los idiomas ficticios; pero la manera en que Daniel Lumbreras modula la voz para improvisar en cada interpretación un seudolenguaje ad hoc es única y sobrecogedora en su poder de evocación. Si el lenguaje propiamente dicho se basa en la doble articulación, el de Lumbreras es un protolenguaje «simplemente articulado»: los fonemas se articulan, sí, pero para construir morfemas que ni tienen ni pretenden tener significado alguno.

Sería interesante intentar «descifrar» el texto —si puede llamarse así— de las canciones de Lumbreras, como si las oyéramos pensando que pertenecen a algún idioma desconocido. Puede que nos lleváramos alguna sorpresa, porque el cantautor no es un enfant sauvage prelingüístico, y en sus improvisaciones subyace necesariamente lo verbal, ese río de palabras que nos recorre y nos configura sin cesar. Puede que ese intento de desciframiento «desesperado» (en el sentido literal de que no se espera hallar un significado oculto, puesto que de antemano se sabe que no lo hay) sugiriera algún nuevo enfoque, en la línea de la gramática generativa chomskiana… Pero esta es una invitación para estudiosos del lenguaje, no para amantes del arte. O para un segundo encuentro con la música de Lumbreras, no para el primero. Pues de lo que se trata, ante todo, es de escuchar esas luminosas canciones que eluden a priori toda hermenéutica con la misma inocencia con que han sido compuestas: la laboriosa inocencia de un adulto en estado de gracia.

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4 Comentarios

  1. Muy interesante. Había oído hablar varias veces de las dificultades de componer letras de canciones. A veces la palabra con el significado óptimo no tiene los fonemas que mejor se adaptan a la música. ¿Crees que la musicalidad de los fonemas y lo que nos hace sentir su sonido ha influido en alguna medida en la manera en que se han construido y se siguen construyendo las lenguas?

    • Difícil cuestión, ya que aún no tenemos una teoría sólida y consensuada del origen del lenguaje. Es indudable que la onomatopeya juega algún papel (más en el inglés que en el castellano, por ejemplo), pero no parece muy relevante: la inmensa mayoría de las palabras son “convencionales”, es decir, no guardan ninguna relación formal (o sea, fonética) con los objetos que designan. Cuando un niño llama “guauguau” a un perro, parece sugerir que en sus orígenes el lenguaje fue más onomatopéyico; pero es un camino de escaso recorrido, ya que la mayoría de las cosas a nombrar no van acompañadas de un sonido característico.

  2. Con respecto al fascinante origen y estructuras de los lenguajes, creo que la teoría más acertada sea aquella que hipotiza una construcción de acúmulos durante el tiempo y, metáfora exagerada permitiendo, a guisa de estratos de “materiales geológicos con fines de subsistencia, o sea comerciales y en la cima, urbanisticos refinados”. A menudo se descubre debajo de una tienda de lujosos, frívolos y caros objetos, un austero pavimento de un templo cristiano, luego estupefacientes baldosones de la época romana, más abajo los restos de un templo pagano, y así hasta llegar a los primeros vestigios de inteligencia humana: un pedernal, puntas de flechas, huesitos, utensilios para descarnar etc. etc. Una parábola un poco inquietante, ya que no podemos saber en cuál punto de ella estamos. Y divagando (por culpa tuya) me digo que sería fantástico poder escuchar los primeros sonidos inteligibles de aquellos antepasados que estaban a la base de esa vertical terrena terminada en una lujosa tienda. Siempre un gusto leerte. Y de paso, mi agradecimiento por el decenio de cultura de JD con los sentidos y excelentes homenajes de sus trabajadores.
    PD: Me parece una caída de estilo omitir el nombre del autor de ese desopilante artículo a página 150 del número 35, cuyo título reza El ataqe de los deboradores de celebros. Merece el Nobel para la infancia escribidora. He pasado toda una noche cotejando artículos para tener una idea de quién pudo haber sido, y tengos vario candidatos. Gracias otra vez.

    • Gracias a ti por tus asiduos y enjundiosos comentarios, caro ER.
      La teoría acumulativa es tentadora, pero parece insuficiente para explicar esa maravilla doblemente articulada que es el lenguaje; hay algo que se nos escapa, y se ha llegado a formular incluso una teoría sinestésica del origen del lenguaje. Un tema apasionante.

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