
Según Jakobson, el estilo es expectativa frustrada; una forma muy sintética de decir que el interés de un texto tiene que ver con su capacidad de sorprendernos, de llevarnos más allá de lo que esperábamos de él. Una manera menos técnica y más emocional de expresar la misma idea es que uno de los mejores regalos que puede hacernos un libro es el de ofrecernos algo totalmente inesperado. No cualquier cosa, por supuesto (no todas las sorpresas son gratas), sino algo a la vez insólito, valioso y pertinente.
Al abrir Wabi-sabi, de Francesc Miralles, daba por supuesto, visto el título y conociendo al autor, que me disponía a leer una novela de aprendizaje inspirada en el tradicional concepto japonés de belleza imperfecta e impermanente, que informa manifestaciones tan diversas como el haiku, el ikebana o el bushido («la vida del samurái es bella y efímera como la flor del manzano», dice el código del guerrero). Y, efectivamente, eso es Wabi-sabi; pero no solo eso.
En un momento dado, el protagonista de la novela, profesor de filología, recibe en su despacho universitario la inesperada visita de una desconocida que le pide que escuche un CD e identifique el idioma de las canciones, que ella cree que es «atlante». Intrigado, el profesor le manda un mensaje al autor del disco, cuyo nombre figura en la carátula, preguntándole por el misterioso lenguaje de sus canciones y su posible relación con la mítica Atlántida, y en respuesta recibe una larga carta (que constituye todo un capítulo de la novela) de la que reproduzco varios fragmentos:
Respecto a la cuestión del idioma, no hay ningún idioma. Solo la voz como un instrumento más. Pura improvisación. La melodía se mantiene, pero los sonidos de la voz cambian. Nunca se repiten. Esto me permite crear en un estricto presente y expresar las emociones que siento en ese preciso momento. Es extraño, pero creo que esa inmediatez el espectador la siente de alguna manera.
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Muy interesante. Había oído hablar varias veces de las dificultades de componer letras de canciones. A veces la palabra con el significado óptimo no tiene los fonemas que mejor se adaptan a la música. ¿Crees que la musicalidad de los fonemas y lo que nos hace sentir su sonido ha influido en alguna medida en la manera en que se han construido y se siguen construyendo las lenguas?
Difícil cuestión, ya que aún no tenemos una teoría sólida y consensuada del origen del lenguaje. Es indudable que la onomatopeya juega algún papel (más en el inglés que en el castellano, por ejemplo), pero no parece muy relevante: la inmensa mayoría de las palabras son «convencionales», es decir, no guardan ninguna relación formal (o sea, fonética) con los objetos que designan. Cuando un niño llama «guauguau» a un perro, parece sugerir que en sus orígenes el lenguaje fue más onomatopéyico; pero es un camino de escaso recorrido, ya que la mayoría de las cosas a nombrar no van acompañadas de un sonido característico.
Con respecto al fascinante origen y estructuras de los lenguajes, creo que la teoría más acertada sea aquella que hipotiza una construcción de acúmulos durante el tiempo y, metáfora exagerada permitiendo, a guisa de estratos de “materiales geológicos con fines de subsistencia, o sea comerciales y en la cima, urbanisticos refinados”. A menudo se descubre debajo de una tienda de lujosos, frívolos y caros objetos, un austero pavimento de un templo cristiano, luego estupefacientes baldosones de la época romana, más abajo los restos de un templo pagano, y así hasta llegar a los primeros vestigios de inteligencia humana: un pedernal, puntas de flechas, huesitos, utensilios para descarnar etc. etc. Una parábola un poco inquietante, ya que no podemos saber en cuál punto de ella estamos. Y divagando (por culpa tuya) me digo que sería fantástico poder escuchar los primeros sonidos inteligibles de aquellos antepasados que estaban a la base de esa vertical terrena terminada en una lujosa tienda. Siempre un gusto leerte. Y de paso, mi agradecimiento por el decenio de cultura de JD con los sentidos y excelentes homenajes de sus trabajadores.
PD: Me parece una caída de estilo omitir el nombre del autor de ese desopilante artículo a página 150 del número 35, cuyo título reza El ataqe de los deboradores de celebros. Merece el Nobel para la infancia escribidora. He pasado toda una noche cotejando artículos para tener una idea de quién pudo haber sido, y tengos vario candidatos. Gracias otra vez.
Gracias a ti por tus asiduos y enjundiosos comentarios, caro ER.
La teoría acumulativa es tentadora, pero parece insuficiente para explicar esa maravilla doblemente articulada que es el lenguaje; hay algo que se nos escapa, y se ha llegado a formular incluso una teoría sinestésica del origen del lenguaje. Un tema apasionante.