Desde la dedicatoria y las citas iniciales de Fundido a negro queda claro que esta es una novela de «bestias inmundas». Una de esas citas habla de «un lagarto amarillo (…), y en el ojo de ese lagarto se ve una muchacha que te dice «ven, ven, ven»… pero tú no vayas». Advertencias que, por supuesto, los protagonistas de una historia de terror siempre están condenados a desoír por uno u otro motivo. Benjamín Correa es un director de documentales caído en desgracia, que encuentra en un encargo televisivo la posibilidad de resurgir cual ave Fénix mitológica… sin sospechar que va a perderse en un complejo laberinto en cuyo centro espera algo mucho más terrible que el también mítico Minotauro. Una historia de sectas, iluminados, crímenes monstruosos y un pasado que regresa, inquietante, a desestabilizar el mundo en el que vive o cree vivir el cineasta.

Quitémonos, de entrada, la cuestión más evidente —y no por ello menos meritoria— del conjunto: la construcción de la trama. Para un escritor que hace unos años declaraba no planificar de antemano cada detalle («si supiera todo lo que va a pasar en la novela sería muy aburrido», decía), en su última novela todas las piezas encajan como si de un maldito puzle cósmico se tratase. No hay una sola tuerca, por pequeña que sea, que se le quede en la mano al acabar de construir el artilugio. En ese sentido, Fundido a negro es quizá su obra más férreamente estructurada, y sin embargo esta precisión solo se hace evidente al final, al atar cabos, sin asfixiar —como cabría temer— la sensación de estar ante una historia viva que se va desplegando de forma orgánica ante los ojos del lector. Y la clave para esta organicidad, como en los libros anteriores de Jesús Cañadas, es el tono.
En ese sentido, hay dos claves fundamentales en la novela: el terror rural y el (mal llamado) found footage. El primero es un género que tiene sus raíces en la literatura, aunque en cine tampoco faltan ejemplos; eso sí, tan diversos como poco útiles para explicar esta novela. Al fin y al cabo, poco tienen en común La Gorgona, de Terence Fisher (1964) con la más reciente —e igual de fascinante— Cuando acecha la maldad (Demian Rugna, 2024), más allá del hecho de desarrollarse lejos de las grandes ciudades. En Fundido a negro las influencias o filiaciones son igual de dispares, pero el rasgo definitorio es la profunda sordidez de su ambientación; una sordidez que Cañadas ha explorado a fondo también en ambientes urbanitas, como el Berlín de Dientes rojos (2021), o incluso en pleno atasco interminable, como en Pronto será de noche (2015). Piénsese en la atmósfera malsana de los pueblos moribundos de Lovecraft, o en los hospitales —no tan— abandonados de Los sin nombre, de Jaume Balagueró, y por ahí podrían ir los tiros. Fundido a negro contiene algunas de las escenas más terroríficas de la literatura reciente, y es en buena parte por esa capacidad para construir un ambiente perturbador que impregna cada página, eso sí, con respiros puntuales sabiamente dosificados.
Pero si las obras previas del gaditano llevan consigo alguna lección (alguna advertencia), es que se resisten al encasillamiento genérico fácil. Por eso, Fundido a negro tiene aún más que ver con la película de la que toma su cita inicial, y que no es —o no exactamente— una cinta de terror. Destello bravío, de Ainhoa Rodríguez, fue una de las propuestas más insólitas e inclasificables de 2021: una mirada a las mujeres de los pueblos de Extremadura, a caballo entre el documento y la construcción dramática, entre lo real y lo alucinatorio. Un documental costumbrista sobre el que pendía la sombra del horror cósmico en forma de luna lorquiana, vaya usted a saber cómo se consigue eso. Pues la cinta de Rodríguez lo lograba, vaya que sí; y Cañadas, que si sujétame el cubata, sube la apuesta y le añade una construcción de found footage literario. Mal llamado, decíamos.
En puridad, el found footage (o metraje encontrado) es un cine de apropiación, construido con materiales preexistentes, cuya práctica se remonta al menos a los años 50 del pasado siglo. Un cine caníbal, vampírico, que reelabora películas anteriores para crear un objeto distinto, nuevo, singular. Es, también, un cine marcadamente experimental, habitualmente poco narrativo, dado al ensayo y a la introspección. Pero en las últimas décadas ha proliferado en el género de terror un formato que, bajo el mismo nombre, hace algo marcadamente distinto, puesto que solo finge apropiarse de algo que, en realidad, nunca existió. Se trata pues de un falso found footage, del mismo modo que Fraude de Orson Welles era un falso documental. Campañas de marketing aparte, las imágenes de El proyecto de la bruja de Blair y sus sucesores y sucedáneos están creadas ex profeso para sus respectivas películas, y habitualmente el espectador lo sabe, y sella un pacto con los cineastas para creer por un momento que todo es real. Como sucede, por otra parte, en cualquier película de ficción. O en una novela.
Así que Jesús Cañadas toma ese modelo de presunto metraje encontrado y lo incorpora no tanto a la trama —que también— sino al propio dispositivo narrativo. La narración del presente —paradójicamente, conjugada en pasado— se intercala con constantes descripciones de imágenes de vídeo y televisión —relatadas a su vez en inquietante presente—, acompañadas en la maquetación por un cambio de color, letra blanca sobre fondo negro. El resultado es vívido y absolutamente malrollero. Y nada acomodaticio: como en los mejores found footages —los de verdad—, la materia prima de la imagen es dúctil, maleable, y por eso el escritor aborda cada escena de forma distinta, incluso con distintos planteamientos de cámara, a falta de un modo mejor de describirlo. Así de visual es el estilo de este libro, que necesita del cine para explicarse.
Porque luego, ay, está el estilo. El uso quirúrgico que hace Jesús Cañadas del lenguaje —«nunca preguntan sobre el lenguaje», le dijo Amy Tan a Stephen King—. Para Cañadas, el estilo no es un simple condimento de la acción, una hoja de perejil con la que dar un ligero toque de sabor al conjunto. La elección de palabras, la longitud y cadencia de las frases, la modulación del tono, más formal o coloquial según el momento… todo está escogido cuidadosamente para causar uno u otro efecto en el lector. De nuevo, es marca de la casa, y si hay algo que en los libros de este autor se eleva incluso por encima de una trama construida con la precisión de un reloj suizo, es el estilo literario. Ojo: sin devorar nunca el contenido. Donde tantos escritores con ínfulas conciben la historia como una mera excusa para el lucimiento de la forma, aquí historia y forma se funden, y si la primera nunca se supedita a la segunda, la segunda jamás se diluye en la primera.
Por supuesto, el mimo con el que escoge las palabras se traduce, en última instancia, en la capacidad para dar cuerpo y voz a sus personajes. A los personajes queribles e indeseables de Pronto será de noche, Dientes rojos y Fundido a negro. Sus novelas están pobladas de antihéroes castizos y rudos al más puro estilo de los noirs secos y cabrones de Enrique Urbizu. Son imperfectos, pecadores, a veces buenas personas que han hecho cosas malas; a veces malas personas que han hecho cosas buenas. Son chulos, o arrogantes, o crueles, o mentecatos. Y aun así, son siempre individuos que suscitan la empatía y la compasión —al menos, durante el tiempo necesario— que son vitales para que funcione el conjunto. El documentalista Benja Correa no es, exactamente, un mentecato, aunque sí alguien que ocasionalmente haría bien en meterse una chancla en la boca antes de decir lo que se le pasa por la cabeza. Pero, sobre todo, como el protagonista de Dientes rojos, es alguien que arrastra la pesada mochila de sus actos pasados. Y esto los convierte en perfectos personajes imperfectos, en vehículos para un discurso subyacente que une ambas novelas, y que tiene que ver con la crítica despiadada a una masculinidad chula, arrogante, cruel y mentecata. En la novela anterior, ese discurso de género estaba en primera línea, y aunque aquí se conforma con ocupar el asiento trasero, sigue siendo una cuestión esencial. Y no hay salida fácil para los personajes de una y otra, aunque la noción del perdón —o de su posibilidad— juega en las dos un papel central. Pero, desde luego, si el autor no está preocupado por ofrecer un masaje tranquilizador a los nervios del lector, menos aún pretende dárselo a la conciencia de sus protagonistas.
Ahora bien, en toda esta exploración geográfica, psicológica y sociológica de distintas capas del terror, queda también un resquicio para lo lúdico. Porque tiene también Fundido a negro algo de pasatiempo: de crucigrama donde uno de los placeres reside en identificar a algunas de las figuras mediáticas de otra era que desfilan, más o menos disfrazadas, por las páginas del libro. Y es que, si no venimos —el autor, pero también los lectores— a jugar, esto del miedo, de la literatura, del arte, no tendrá ningún sentido. Por eso, ante una novela como esta, solo cabe aceptar las reglas del juego que propone Jesús Cañadas, seguirlas a pies juntillas y disfrutar del monumental viaje. Dan puntos extra por cumplirlas en orden.







