Baja a buscarnos a la recepción. Aparece elegante, con clase y con un lenguaje y una sonrisa que la rejuvenecen todavía más. Hemos quedado en la redacción de El País. Aquí está su hábitat y acaso su vida. Aquí llegó con veinte años. Entonces era una niña. Hoy, con cincuenta y ocho, Luz Sánchez-Mellado (Alicante, 1966) es casi como una institución que, por fin, encuentra el momento de reivindicarse a sí misma: «Yo soy buena, qué cojones».
Pero esa es la ventaja de preguntar. De preguntar y de escuchar a los demás. Entonces pueden ocurrir cosas memorables, como que ella misma te diga lo que cobra o mantenga la tensión en una conversación tan larga en la que no teme que, por ahora, la inteligencia artificial pueda quitarle el puesto: «La IA no sabe ser imperfecta y yo sí», asegura.
Llevas más de treinta años entrevistando a personas. ¿Qué falta por aprender?
Casi todo. Depende del bicho que tengas enfrente. Cada entrevista depende del personaje. Yo los llamo bichos. Es una jerga del oficio. El bicho te dicta la faena. Por eso yo no hago cuestionarios previos, porque te los comes. Si llevas un cuestionario, no escuchas al personaje, no sientes su energía. No captas lo que te está pidiendo. Y eso se tarda en lograr. A lo sumo, llevo una especie de muleta por si me quedo en blanco. Pero depende mucho de lo que esa persona me dé. Por eso insisto en que cada entrevista es un nuevo reto.
Entiendo que la mejor ayuda es no molestar.
¿Al entrevistado? Bueno, depende del tipo de entrevista. Si es una entrevista de personalidad, en la que tú pretendes conocer a la persona que tienes enfrente, mejor dejar las preguntas incómodas para el final…
Te haré caso entonces.
Eso depende de lo que tú quieras. Te advierto que yo ya tengo cincuenta y ocho años. Tengo muy poco que perder y, a lo mejor, algo que ganar. Nunca es tarde ni pronto para según qué cosas.
Estás por encima del bien y del mal.
No. En absoluto. Suena presuntuoso o a postureo, pero cada vez que publico algo en El País me sigo diciendo a mí misma: «Ha colado». Te diría más. Cada semana me sorprendo de que siga publicando en este periódico. Todavía me sigue sorprendiendo estar donde estoy, vivir de esta profesión con dignidad.
Y con desahogo.
Desahogo, el justo. Tampoco vamos a decir lo que no es. He llegado pronto a muchas cosas y tarde a otras muchas, y una de ellas ha sido a la época dorada del periodismo desde el punto de vista económico. Me he comido todas las crisis, y las que me queden, de esta bendita profesión.
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Oye, Luz, El País, tu casa, hace mucho que dejó de ser ni siquiera un diario; es un panfleto que se dedica a seguir la doctrina gubernamental y dar la turra adoctrinándonos sobre todo en la vida, como un cura que hace mucho que su tiempo pasó. Sigue con la turra woke y no se da cuenta que la gente no sólo ya no se la cree por falsa, sino que la detesta por liberticida y ciega.
Tener a Henar Álvarez como alguien mínimamente admirable dice mucho de lo perdida que está usted. Por otro lado, le diría que, por lo menos, le reconozco que su miedo le salva de hacer el ridículo poniéndose bótox. No se confunda, el bótox y demás tratamientos plastificadores y uniformadores están al alcance de cualquiera y nada da más clase que saber envejecer con elegancia y sin trampas. Y aquí engordaré su ego diciéndole que lo está haciendo muy bien, sin duda ha sido hermosa y lo sigue siendo.
No soy ningún energúmeno.
«Joder, tú me quieres jubilar todo el rato…» ¡Ja, ja, ja! Me lo he pasado bien leyendo la entrevista a esta señora que en mi percepción es una armoniosa mezcla física entre Mercedes Sampietro y Fanny Ardant. Es curioso que viendo sus estupendas fotos y mientras leía el texto, no podía sacarme de la cabeza el precioso tema «Dices que soy» de las insignes Vainica Doble. Por algún motivo, encontraba que esa canción le sentaba como un guante a esta dama. Si lee esto y quiere buscarla en You Tube en el caso de que la desconozca…
Dices que soy y Habanera del primer amor, ambas de Vainica Doble, son dos de las mejores canciones que jamás se han compuesto en España, ¡qué cojones!
El mar es curativo que cojones. Gracias.
«Soy una señora, soy una burguesa, pero el taxi me lo pago yo. Y no voy en metro porque sufro mucho por ver la desigualdad, la somatizo.»
Una buena frase para definir a toda una generación de políticos, periodistas y predicadores de la virtud de diversa procedencia. Por suerte para todos, cada vez son menos ya.
Viajar en taxi y no en metro para no tener que somatizar lo del ecuatoriano vendiendo chupa-chups. La excusa me ha sonado más a una «Pitita» o un «Pocholo» del barrio de Salamanca que a un faro de las izquierdas. Que además, el metro de Madrid precisamente no está tan mal. Uno ha toreado en plazas mucho peores. ¿Coge autobuses o ahí también somatiza?
Henar Álvarez como inspiración, también nivelazo.
Pero dice mucho tacos; es muy moderna y cool. Cojones.
El problema no es que viaje en taxi (con su dinero tiene derecho a hacer lo que quiera) si no que gente como ella se cree con la autoridad moral para decirle al que sí va en metro cómo tiene que vivir y qué tiene que pensar. Y al que no acepte sus postulados se le llama lo que todos sabemos. Hipocresía y cinismo para dar y tomar.
De verdad…
Como si Madrid fuera Calcuta o Lagos y la miseria estuviera literalmente a la vista.
Lo que fastidia del metro no es ver la pobreza (que en Madrid es muy poco visible) sino verte formar parte de la clase media más media del mundo. Porque todos somos guays y superiores y no queremos formar parte de esa mediocridad que nos rodea en el metro (y cuyos integrantes dirán lo mismo de nosotros, por muy estupendos que nos creamos).
Es que el metro a diario le baja a uno mucho los humos. Es un baño de realidad (que no de pobreza y miseria…).
Eso sí, que no falte acreditar la pureza de sangre, con los orígenes más humildes del universo, por supuesto, porque ella lo vale.
Por su culpa, he dejado de culpabilizarme de empezar a leer los periódicos por detrás.
Y, sin conocerla, imaginé que tendría una edad parecida a las gentes que entrevista -y a las que desde el artículo, da un empujon a su carrera, con toda seguridad-.
Cada vez que dice ¡cojones! suena más impostada todavía que el tal Sánchez.
¡Qué espanto de tía!
Me gustaban sus intervenciones en la radio, preguntas interesantes de periodista que se documenta antes de abrir la boca.
Luz, si fuera un joven periodista y aterrizara en una redacción de un gran medio sería un regalo encontrar a una compañera como tu. Esta entrevista son unos fogonazos de una mujer con una sensibilidad 360°, esté donde esté, vaya donde vaya; y que vierte ante la pantalla en blanco el caudal latente con el formato adecuado para reconstituir las impresiones frescas como lirios recién cortados.
Coger taxis en vez metros y no ver a personas tiznadas por la penuria económica no es cobardía, es ser sensible y sentirse concernido por el sufrimiento de las desigualdades sociales hasta el punto de sufrir la propia responsabilidad. Llevo un tiempo abriendo el buzón con miedo a encontrar la demanda de desahucio y otras penurias del estilo; el terror económico.
Mi edad es cercana a la tuya, pero volviendo a la idea de trabajar cerca de tí, sería una delicia y un estimulo.
¡Chapeau!
No sé qué, liberticida. No sé qué, güoque. No sé qué, Sánchez. Ojalá se pudieran filtrar los comentarios de trolecitos fachapobres.
Son los adoctrinados que te llaman adoctrinado. Qué pereza.
Solo la sigo en X, pero estas respuestas tienen más de linterna (buena) que de simple led… curiosamente parece estar poco mellada, después de sufrir la compañía profesional de tanto colmillo periodístico!!!
Buenísima entrevista, no quería que se terminara, y eso que no conocía de nada a ésta señora. Chapó por el entrevistador y por ella.
Sólo una cosa, lo de estar constantemente diciendo tacos no lo entiendo. ¿Se trata con ello de transmitir algo? o ¿es algo natural?
Luz, verte, escucharte y enamorarse de ti, son sucesos simultáneos. Tú haces honor a tu nombre porque eres la antítesis de la oscuridad. Eres también una gran columnista por tu sensibilidad y por acumulación sintáctica, ya que además de tus excelentes artículos en El País, creo que golpeas con frecuencia tu coche con las columnas de cualquier garaje. Por eso te amamos sin límites, los lectores y los chapistas. En definitiva llevas la coherencia hasta sus últimas consecuencias. De ello deduzco que amarás el Partenón y sus maravillosas ocho columnas frontales de estilo dórico. Tú detienes el tiempo y haces eterna la belleza de las palabras, que se van acumulando en el archivo de mis neuronas. Besos Luz. Me has deslumbrado para siempre. El único motivo por el que el sol sale cada mañana es para que veamos la belleza de tus ojos.
Decir «Soy buena, qué cojones» es una fatuidad muy poco inteligente. Además, no sé si es consciente de que el resto de la desafortunada afirmación («He tardado 58 años y 33 de carrera en el periodismo en atreverme a decirlo») implica que siempre se sintió «buena», pero por una forma de victimismo no se decía a sí mismo eso que tanto cree que merecía.