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Miguel Aguilar: «Más allá de la tecnología, el corazón de la edición es humano y tiene un ecosistema frágil»

Miguel Aguilar para Jot Down

Esta conversación con el director literario al frente de Taurus, Debate y Random House, Miguel Aguilar (Madrid, 1976), se celebra durante el Coloquio de editores europeos en el marco de las Conversaciones Literarias de Formentor en Aranjuez, que reúne a los principales editores europeos —y no pocos creadores— bajo la acuciante mutación provocada por la IA. Mientras unos prefieren atarse al mástil para «no escuchar sus cantos de sirena», otros hablan de «esa ilusión de inmunidad pueril». Hay cierto aroma del fin de un mundo que desaparece mientras algunos miran por otra ventana. Unos se quejan de que cada vez hay menos voces reconocibles; otros confían en que permanezca la belleza imperfecta de la autoría humana. Alguno fabula con bucles infinitos en los que la creatividad de la máquina llegue a ser indistinguible. «Esto es un coloquio, no un cuento de Borges», interpela el entrevistado. El tiempo suspendido cuatro días para dos generaciones y media de editores. En este momento crucial emergen las paradojas del oficio: la tensión entre calidad y mercado, el peso de la tecnología, el lugar de la traducción, la búsqueda de los lectores jóvenes y la persistencia de la esperanza. Entre recuerdos de crisis pasadas y la intuición del futuro, el diálogo se convierte en un mapa íntimo del oficio de editar, con sus equilibrios frágiles y sus convicciones tenaces.

Como editor, ¿eres optimista o pesimista?

En este oficio el pesimismo es inviable. Contratas convencido de que el libro funcionará y sabes que, estadísticamente, alrededor del ochenta por ciento no lo hará como esperas. La única manera de habitar esa contradicción es ser optimista y cuidar el núcleo: que el libro sea bueno. Si además funciona, fantástico; si no, que quede una contribución valiosa al debate o al conocimiento.

¿Importa la «coherencia» de un sello cuando abarca cosas tan distintas como los temas de Debate?

Como editor, buscas una coherencia de catálogo: un sello debe expresar un criterio. La coherencia no es homogeneidad temática: si publicas a Cayetana Álvarez de Toledo y a Óscar Puente, la coherencia es que encontrarás libros de actualidad que no dejan indiferente. Siempre digo que, en Debate, por diverso que sea el catálogo —desde Maradona hasta Svetlana Alexiévich—, había al menos una persona a la que le interesaban todos los libros: yo.

¿Cómo definirías la relación entre Taurus y Debate? ¿En qué se parecen y en qué se diferencian?

No los veo como sellos militantes en el sentido de defender una posición cerrada. Ambos han publicado autores y enfoques muy diversos. Debate cumplirá cincuenta años en 2027: nació como independiente y en 1994 Ángel Lucía lo vendió a Bertelsmann. Tras la creación de Random House Mondadori, hacia 2002, se reordenan campos y desde 2004, con Cristóbal Pera, Debate se orienta a la no ficción de alta divulgación; yo asumí el sello en 2006. Más tarde, al incorporarse los sellos de librería de Santillana, Taurus y Debate pasan a convivir; mi objetivo fue potenciar los puntos fuertes de cada uno sin mover autores de sello.

Taurus tiene —y conserva— una tradición fuerte en economía e historiadores españoles de primer nivel. Debate cuenta con una colección potentísima de ciencia y una vertiente periodística que Taurus no tenía; además, entra en ámbitos como cocina, que Taurus no cubre. En volumen, Taurus mueve del orden de veinte o veinticinco títulos al año y Debate supera los cincuenta, lo que explica que aparezcan títulos más «ligeros» en Debate por pura estadística, no por un cambio de criterio.

Miguel Aguilar para Jot Down

¿Qué pesa más al decidir un libro: el tema o el autor?

Ambos vectores operan. A veces persigues a un autor que te interesa; otras, detectas un tema relevante y buscas quién pueda investigar y escribir ese libro. Nuestra labor es a la vez proactiva —generamos proyectos— y reactiva —evaluamos manuscritos que llegan—. Y está la imprevisibilidad: ¿quién hubiera predicho, por ejemplo, que un ensayo sobre la historia de la escritura como El infinito en un junco se convertiría en el fenómeno que fue?

¿Qué ocurre con los libros que no despegan? ¿Hay segundas vidas?

Ese libro sigue existiendo —si lo piden, lo servimos—, pero hay un punto en que debes dejarlo ir porque la novedad manda. Intento que el autor entienda que lo importante es haber hecho un buen libro; el mercado es volátil. Me duelen los que no funcionan… que son bastantes cada año.

¿Algún clásico o autor «huérfano» que te gustaría recuperar?

Intuyo que hay ensayistas españoles de la segunda mitad del siglo XX algo olvidados —Julián Marías y otros de su generación— que valdría la pena poner en valor. Y, en lo personal, me fascina Otoño en Madrid hacia 1950, de Juan Benet, uno de los libros de memorias más hermosos en español. No siempre tengo un candidato único y claro; si lo tuviera, ya lo habría intentado.

¿Han cambiado los criterios comerciales durante los últimos diez años?

La tensión entre calidad y sostenibilidad económica siempre ha existido: las editoriales son empresas que deben sostenerse en el tiempo. Tras la crisis de hace quince años había menos recursos: anticipos más ajustados y campañas de márquetin más modestas. Hoy contamos con más herramientas y, sobre todo, con tecnología que abarata y afina: tiradas cortas digitales —ciento cincuenta ejemplares si hace falta— y un márquetin segmentado gracias a la analítica de audiencias. Eso no sustituye al criterio editorial, pero sí lo hace más eficaz para encontrar a sus lectores.

«Tecnología que abarata»… análisis de datos, recomendadores… ¿e inteligencia artificial generativa? ¿Dónde está la línea para la edición?

Una cosa es usar datos para encontrar lectores (recomendación, segmentación) y otra que un modelo emule el estilo de un autor sin pagar derechos. Ahí se abren cuestiones de autoría y remuneración. Además del autor, el ecosistema humano —traductores, correctores, ilustradores— es delicado. Más allá de la tecnología, el corazón de la edición es humano y tiene un ecosistema frágil. Nosotros no usamos IA para traducir; sospecho que algunos actores pueden emplear borradores, pero el corazón del oficio sigue siendo humano.

Miguel Aguilar para Jot Down

A propósito de la traducción, recordando polémicas recientes sobre las reediciones de Proust: ¿fidelidad o claridad?

Depende del texto. Si el original exige forma, quieres que eso perviva; en no ficción suele primar la comprensibilidad. Lo importante es que sigan siendo traductores humanos. Que existan borradores asistidos no significa prescindir del oficio.

¿Hay un «momento de prevalencia» de la no ficción frente a la ficción o es un espejismo de coyuntura?

No hablaría de auge de un género sobre otro. Sí noto que cada vez cuesta más que la ficción literaria traducida —nuevas voces— encuentre lectores, mientras crece el interés por autores locales; piensa en casos como el de Andrea Abreu (Panza de burro). Y hay excepciones que rompen inercias y triunfan por extrañeza y calidad: Irene Solà o Pol Guasch, con grandes traducciones al castellano.

Cítame tres libros recientes de no ficción que te hayan gustado especialmente.

El loco de Dios en el fin del mundo; la última novela de Javier Cercas —que, siendo novela, funciona como no ficción—; de Robert Darnton, El temperamento revolucionario, sobre cómo se forjó la Revolución Francesa; y de Lluís Nacenta, Cálculo de metáforas, sobre la confluencia de lengua y matemática en el siglo XXI.

¿Qué líneas temáticas te interesa reforzar en no ficción?

Más que abrir nuevas, profundizar: salud mental, neurociencia, envejecimiento y menopausia —temas muy presentes en la conversación pública— tratados con autores capaces de aportar rigor y mirada propia, no como moda. Ahí hay hueco para hacer libros que duren.

Sobre el lector de ensayo: ¿ha cambiado su demografía y hábitos?

Diría que ha envejecido. En la universidad detecto menos lectores de ensayo duro: filosofía, historia exigente. Entre los dieciocho y los cuarenta cuesta que este tipo de ensayo llegue, quizá por hábitos de ocio, de lectura o por una educación que prioriza otros formatos. En cambio, la no ficción seria sí encuentra público. En historia de España noto auge: Eduardo Manzano, con España diversa, o títulos que relanzan el debate público como Imperiofobia y leyenda negra, de Elvira Roca Barea.

¿La crispación política condiciona el ensayo?

Menos de lo que parece. La crispación vive más en el Parlamento o en la calle que en las librerías. En doscientas páginas no sostienes el tono bronco. Las editoriales y librerías son espacios de convivencia: en el mismo sello puedes tener —caricaturizando— a Cayetana Álvarez de Toledo y a Gabriel Rufián. En Debate hemos publicado tanto a Rouco Varela como a Paul Preston. Lo que sí existe es la tentación mediática de pedir a gente famosa que opine de todo; pero escribir un libro sólido sobre un tema que no dominas es dificilísimo; otra cosa es opinar treinta segundos en televisión.

Piratería: ¿cómo se ha contenido?

Ayudan varias fuerzas. Una es la oferta legal cómoda: Amazon, con su disponibilidad y servicio, desincentiva parte de la piratería. También ha cambiado la percepción social respecto a «todo gratis». Y también ha ayudado la mejora económica respecto a los peores años: se reduce el incentivo a descargar ilícitamente. Sigue existiendo piratería, pero ya no es el problema mayúsculo de hace una década.

Concentración y plataformas: Google, Amazon… ahora ChatGPT puede ya comprar por ti y sin ellos… ¿preocupa?

Me preocupan más los movimientos de concentración y que se vigilen de cerca. Si el buscador o el asistente cierran el embudo, plataformas como Amazon pierden su papel de intermediación, lo que reconfigura por completo el mercado. Europa está más proclive a regular estas asimetrías que Estados Unidos. Ya hemos visto operaciones de concentración editorial frenadas porque merman la competencia. El reto es evitar que todo el acceso quede en dos o tres manos sin más opciones.

¿Hay realmente tracción en español para el formato «audiolibro»?

El gran fenómeno es Escandinavia —Finlandia a la cabeza—; allí el audio ha crecido de forma salvaje y hasta han comprado editoriales fuera. En Alemania y Estados Unidos es importante. En español crece, pero no veo una adopción masiva inminente: responde a patrones culturales difíciles de mover. Para algunos sustituye a la radio; otros —me incluyo— desconectamos del formato con facilidad.

Miguel Aguilar para Jot Down

Lecturas y perspectiva de género: se habla de una generación de mujeres que prioriza leer a mujeres. ¿Lo habéis notado?

Existe. Hay lectoras jóvenes que arman sus clubes de lectura con esa prioridad y editoriales magníficas —como Tránsito— que han hecho un catálogo excelente publicando solo mujeres. Personalmente, nunca he leído «por» el género; sigo intereses y autores concretos. Dicho esto, dar visibilidad a autoras ha corregido inercias históricas. La clave es que no se pierdan grandes libros por sesgos, vayan firmados por quien vayan.

Barcelona, Madrid y los circuitos del ecosistema editorial. ¿Se ha movido el eje?

Barcelona sigue siendo un polo editorial y literario muy potente, con dos circuitos que conviven: el catalán y el castellano. Es cierto que en catalán hay apoyos institucionales a la traducción que facilitan la proyección exterior; en castellano, el circuito también es robusto. Madrid tiene músculo y Málaga es un nodo cultural emergente, pero la red barcelonesa —autores, editoriales, librerías— continúa muy viva.

¿Qué cambiarías con urgencia en el sector español?

Un apoyo institucional decidido a las librerías: rebajas fiscales, programas de fomento, reconocimiento de su papel como dinamizadoras culturales de barrio. Sus márgenes son mínimos y compiten en desigualdad con otros formatos. No son solo comercios: generan externalidades positivas —clubes de lectura, presentaciones, mediación cultural— que el mercado no remunera bien.

Los encuentros en torno al Premio Formentor: ¿qué aportan al ecosistema editorial?

Formentor rescata la alianza entre Camilo José Cela, Carlos Barral y la familia Buadas (propietarios del Hotel Formentor) que, en 1960, impulsa unos coloquios con los mejores editores del momento. Recuperar ese legado hoy crea un espacio menos acelerado que una feria para hablar con calma, descubrir autores y compartir qué ocurre en otros países. De esas conversaciones salen ideas, lecturas, conexiones. Es un legado que merece seguir vivo.

Hablando de ferias, cierro con una polémica reciente: la «deriva» y masificación de algunas hacia el parque temático. ¿Te preocupa?

No tengo una auditoría hecha —ríe—. Siempre hubo actividades periféricas. Mi mirada allí es distinta: voy a ver a los autores, que tengan agua, que se sientan acompañados. Para muchos es un esfuerzo —calor, polvo, colas—, pero el contacto con los lectores compensa. Y, por fortuna, las librerías han multiplicado encuentros en entornos más cómodos el resto del año.

Miguel Aguilar para Jot Down

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