En la era de los test de personalidad que adivinan si eres más de Friends o de The Office, la psicometría ha decidido ponerse seria. Se acabaron los horóscopos emocionales y las encuestas de revista adolescente: ahora la personalidad se mide con decimales, se analiza con ecuaciones y se exporta a Excel. Porque si algo define al ser humano contemporáneo no es su alma, sino su perfil de comportamiento en entornos laborales de alta presión. La psicometría, que nació entre laboratorios de psicología y gráficos estadísticos, ha terminado siendo el horóscopo preferido del departamento de recursos humanos. Ya no basta con saber si un candidato tiene experiencia: hay que averiguar si es dominante, influyente, consciente o constante. Y para eso no hay entrevista que valga. Hay métricas. Hay algoritmos. Hay un plugin en LinkedIn que lo sabe todo sobre ti, incluso si finges que te apasiona el trabajo en equipo.
Pero esto no empezó con oficinas de diseño nórdico ni con dinámicas de grupo en Zoom. Empezó mucho antes. Empezó con tinta, con guerras, con emperadores y con la sospecha —tan humana, tan estadísticamente calculable— de que alguien nos estaba evaluando en silencio. Como si el alma tuviera una rúbrica.
Nadie dijo que medir el alma fuera fácil. Pero alguien —con bata, gafas de montura redonda y probablemente muy poca vida social— pensó que se podía intentar. Así nació la psicometría: ese matrimonio improbable entre la psicología y la estadística que logró lo que parecía imposible hasta entonces, ponerle número a la incertidumbre emocional. No se trataba de leer mentes, sino de cuantificarlas. Asignar valores, calcular medias, reducir la personalidad a escalas de Likert que caben en una hoja DIN A4. Todo en nombre del progreso científico, por supuesto. Porque, al parecer, saber si uno es introvertido o extrovertido deja de ser trivial cuando aparece en formato de regresión lineal.
Aunque hoy se nos venda como innovación de Silicon Valley, lo cierto es que la idea de evaluar las capacidades mentales del personal viene de bastante antes. Concretamente, del Imperio chino. Allí, hace siglos, ya se sometía a los aspirantes a la administración imperial a pruebas diseñadas para calibrar su competencia intelectual. Nada de dinámicas de grupo ni test de personalidad: caligrafía impecable, memoria prodigiosa y un dominio del confucianismo que haría palidecer al community manager de cualquier think tank contemporáneo. Eso sí, lo que en la antigua China era cuestión de Estado, hoy se disfraza de dinámica empresarial con valores de marca y emoticonos. El envoltorio ha cambiado, pero la idea persiste: examinar, clasificar, jerarquizar. Solo que ahora no hace falta tener buena letra, basta con tener el perfil adecuado.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.








Este artículo me hace sospechar que, además de un Departamento de Recursos Humanos tiene que haber otro menos altisonante, una especie de Sub Departamento de Rechazos Humanos. ¿Quién se asumirá tamaña resposabilidad? Tal vez no lo haya pues con tanto cálculo, proyecciones, estadísticas y algoritmos todo se diluye. Gracias por la lectura.
La psicometría, un paso previo a la psicohistoria
Artículo bastante sesgado y tramposo. La psicometría a través de tests puede ayudar a identificar a quien puede estar en riesgo de suicidio, por ejemplo, para actuar en consecuencia. Igual con otras problemáticas en salud mental. De todas formas, ya quisiera la psicometría ser tan precisa como aquí se expone. Los investigadores en este área son muy conscientes de sus limitaciones.