Arte y Letras Filosofía

Sueños, relatos y trances: pertenecer a la comunidad o ser tú mismo

La vida es el resultado de la paradoja entre dos polaridades.

Por un lado, está la necesidad y el deseo de pertenecer a algún grupo de referencia: tribus familiares, grupos de amigos o colectivos de colegas profesionales.

Por otro, necesitamos la libertad para ser nosotros mismos, para expresar de manera individual y creativa lo que pensamos y sentimos acerca de la vida.

La búsqueda de equilibrio entre ambos polos es permanente, ya que un predominio excesivo de cualquiera de ellos generaría vacíos importantes en la existencia y en su sentido.

A continuación presento dos relatos hipnóticos relacionados con cada una de estas dimensiones vitales. Ojalá influyan en vuestros sueños.

Pertenecer. Patrón de trance: camino para lograr tu lugar en la tribu

Nota tu respiración sin cambiarla, nota cómo el aire entra y sale de tu cuerpo.

Cada vez con menos esfuerzo.

Como si fuera el aire el que hace todo el trabajo.

Entra y sale de tu cuerpo, llena los pulmones y los vacía, baja el diafragma, llega a todos los tejidos, oxigena las capas musculares más rígidas, más secas.

La vida puede resumirse en una respiración.

Cuando tomas aire, aceptas lo que te ofrece el mundo tal y como es.
Cuando sueltas el aire, te entregas al mundo tal y como tú eres.

Una parte de ti escucha mis palabras, mientras otra parte se centra en tu cuerpo: en tus puntos más relajados, en tus puntos de tensión, en la imaginación que se abre a tus recuerdos.

Una parte de ti centra la atención en el mundo, otra atiende a tu cuerpo.

El mundo está ahí y no está a la vez. Está aquí al lado y, a la vez, tan distante.
¿A qué distancia está de ti?
¿Varía la distancia?
¿Cómo de lejos es bastante lejos?

Respirar es algo que haces tantas veces.
Tu modo de respirar es tu ritmo, tu manera de estar en el mundo.
Mientras respiras profunda y satisfactoriamente transcurre tu vida.

Notas cómo respiras ahora, puedes recordar cómo respirabas hace unos días, hace años.

En trance puedes tener varias edades al mismo tiempo:

tu edad actual,

la de hace unos días, unos meses, unos años,

la de algún episodio de tu pubertad,

tu respiración en la niñez,

en tu vejez,

la primera respiración al nacer,

la respiración del día de tu muerte.

Tu cuerpo puede recordar un momento en el que tu madre te sostenía en brazos y te mecía suspendido en el aire, con la seguridad de sus brazos.

Puedes notar su respiración y, con ella, tantas cosas que te transmitía:
su modo de sentir la alegría,
su aire entrecortado para afrontar la vida,
su respiración de ternura, de rabia,
su miedo, su plenitud, su fuerza.

Mediante su respiración te presentaba el mundo, íntimamente.

Respiraron la vida para ti.
Y también ese modo de respirar y de mirarte te indicaba lo que querían de bueno para ti y lo que no querían para ti…

Quizá quieren alegría, plenitud, satisfacción para ti.
Quizá no quieren tristeza e insatisfacción para ti.
O al contrario.
O no.

Sin embargo, a veces tú puedes sentir todo eso.
En diferentes momentos, de modo aislado o mezclado.
Quizá sientes melancolía, tristeza, miedo e incluso alegría, y eso no lo quieren para ti.

Y tú lo ocultas, como se oculta todo lo que no gusta de nosotros a nuestros mayores, para mantener la armonía, para ayudar a la familia, por amor.

La infancia es así, un acto de amor al clan… prolongado… para que no te olviden en su marcha nómada por la selva.

Y lo que ocultas, lo que pones a tu espalda, te despeja la visión del horizonte; de momento, te libera el campo y eso te relaja.

Y también divide tu atención en dos partes:
la visión de tu vida hacia delante,
la percepción de lo oculto.

La impronta de algo que sigue creciendo,
que sigue viviendo sin tu contacto, sin tu vigilancia,
abandonado por ti y que va haciendo su camino,
transformándose y de vez en cuando insistiendo, llamando tu atención.

Te da señales que desconoces por falta de costumbre,
porque ya has perdido el hábito de relacionarte con eso,
y por si acaso ser tú mismo te excluye del clan.

Y hacia la mitad de la vida, esa parte de ti oculta es imparable,
y notas que empiezas a cargar lo que no gustaba de ti a tus padres,
y también lo que no gustaba de ellos a sus padres,
y esto se repite de generación en generación.

Pero, como no sabes qué es, como no tienes texto, solo queda la memoria corporal: de falta, de vacío, de hueco… de sombra…

¿Qué es?
¿Recuerdas la primera vez que mentiste?
¿La primera vez que te avergonzaste?
¿La primera vez que te sentiste inadecuado?
¿Recuerdas cuándo sentiste tu segundo rostro, más aceptable para la sociedad?
¿Qué te mantiene fuera del jardín ahora?

La dura realidad de la conciencia adulta es anormal, y el estado infantil de vitalidad es el estado natural de la conciencia.

¿Qué ocurre ahora?

(Jeffrey Zeig)

Ser. Trance literario. Lo importante lo hice en soledad

La soledad tiene un lado de abandono, de aislamiento y de silencio. Una imagen de frío desamparo en torno a ti mismo.

Sin embargo, falta por mirar otro lado: el de la atención sin interrupciones, el de la concentración sin distracciones. Una imagen de satisfacción por lo que uno hace.

Y esto me recuerda que todas las cosas importantes de mi vida las he hecho solo.

En soledad exploré los primeros espacios ajenos al cuerpo de mi madre y después de mi padre. Visité los rincones de la casa, viajé al cuarto de los trastos viejos, me adentré en la penumbra del despacho de mi padre y revolví los objetos de cajones enigmáticos y atractivos, me enfrasqué en los tesoros de sus armarios.

En mis primeros días de escuela me acompañaron hasta la puerta y, desde ese linde, me presenté solo. De aquello recuerdo la luz amarilla del atardecer y las voces de los niños.

En soledad deambulé por las calles de mi barrio y conquisté a mis compañeros de juego.

En soledad experimenté la proximidad de la amistad y, desde mi soledad, compartí sensaciones, experiencias y después ideas, muchas veces secretas.

En soledad disfruté de la lectura, de la pintura, del cine y de los mundos que me proponían. Encontré satisfacción en espacios abiertos y poblados de naturaleza y en lugares cerrados y protegidos como cuevas.

Me he enfrascado y enmimismado en cosas que han sostenido mi atención de tal modo que el paso de las horas me ha parecido un instante, y únicamente pude hacerlo cuando estaba solo.

He mirado las estrellas, he conocido, analizado y clasificado rocas, he sentido múltiples texturas de madera, tela y piedra.

Intuí la totalidad del mundo en algún instante de mi vida, y lo hice fuertemente protegido por mi soledad.

En mi más profunda soledad comprendí lo importante, lo que ilumina la conciencia durante años. Medí la distancia entre el amor y el odio, entendí lo secundario como algo esencial, escuché cómo las palabras vaciaban su propio contenido en lugares inaccesibles en los que no se reencuentran jamás.

Aprendí a apreciar la bondad y a desconfiar de ella. Vi cómo el favor pasa factura, cómo el amor es a veces un pacto de lealtad que compromete la libertad. Desconfié en solitario de algunos alegres y optimistas y me fijé con agrado en otros más antipáticos, serios y duros.

He estado tantas veces solo, disfrutando del silencio y, últimamente, de mi respiración, cuyo sonido es capaz de hacerme olvidar todo lo que sé.

En soledad emprendí viajes, llegué a lugares que me emocionaron profundamente.

Algunas personas amaron mi soledad, se enamoraron de mi modo de expresarla. Esas personas se encontraron bien acogidas por ella, bien envueltas y defendidas. Protegidas por el calor de sus paredes, mi soledad dio seguridad a las suyas y yo las amé desde la distancia mínima, con más fuerza de la que me creía capaz.

Me presenté solo ante mi hija, en una primera vez que marcó las siguientes. Hazaña a la que ella contestó con una sonrisa que me atrapó en lo importante.

Asistí al nacimiento de nuevas ideas en mi mente desde mi soledad. Exploré el territorio de la tristeza, de la decepción y del dolor solo, también me alegré y disfruté de muchos placeres.

Ocupé mi lugar en el mundo, un lugar único, y lo comprendí poco a poco después de haber ejercitado mucho tiempo mi soledad. Y escribí esto disfrutando desde mi solitaria terraza.

(Bernardo Ortín, septiembre de 2001)

pertenecer a la comunidad o ser tú mismo
Ilustración: Trinidad Ballester.

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2 comentarios

  1. El infierno aquí es unirte a un clan de otra persona, por un matrimonio. Es lo que narra el mr. Biswas.

  2. pues sí, por lo menos uno de los niveles infernales.

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