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El mapa del mundo de Thomas Pynchon

Thomas Pynchon en 1953, una de las pocas imágenes que existen del autor.
Thomas Pynchon en 1953, una de las pocas imágenes que existen del autor.

A Thomas Pynchon el mundo real empezó a parecerle aburrido muy pronto. Ya a los quince años publicó una especie de relato en forma de cartas donde deformaba a su antojo la realidad cotidiana. «The Voice of the Hamster», publicado en la revista de su instituto, era toda una oda a la diversión y al gamberrismo, y contrastaba radicalmente con el espíritu conservador del lugar donde estudiaba. La trama no podía ser más pynchoniana: un grupo de alumnos, The Boys, se confabulan para volver loco al profesor de trigonometría riéndose en mitad de un examen o cantando canciones que le sacan de quicio —sí, ya había conspiraciones en el artista adolescente; también extraños experimentos psicológicos y personajes de nombres peculiares—. El tono de las cartas chocaba con el de un editorial publicado en la misma revista. Como contó Michael Hartnett en un artículo, mientras Pynchon describía juergas que se iban de madre, el editorial instaba a los alumnos a mantener la fe y luchar contra la doctrina atea propia del comunismo. Era como si viviera en otro mundo.

Mucho más tarde, en el prólogo de Un lento aprendizaje, el autor hablaría de la claustrofobia de esos primeros años. Por aquel entonces, Long Island le parecía un lugar completamente insulso, «un banco de arena sin historia», nada que ver con el escenario retratado por Fitzgerald en El gran Gatsby. El prólogo, por cierto, es toda una rareza. No es muy habitual que un escritor hable a las claras de sus defectos. El escritor reconoce, por ejemplo, que las actitudes racistas, machistas y protofascistas de uno de sus personajes recurrentes, Pig Bodine, se parecían bastante a las suyas de aquellos años. El prólogo muestra también que el mapa literario de Thomas Pynchon dejó pronto de coincidir con el del territorio en que vivía. Aunque relatos como «Tierras bajas» (1960) o «La integración secreta» (1964) parten de experiencias vividas en su ciudad natal, decidió desplazar la trama a un lugar lejano o complicar la topografía del lugar para difuminar el componente autobiográfico. Así, en «La integración secreta» amplió el perímetro de su pequeño pueblo, Glen Cove, hasta que los Berkshires, situados a más de 150 kilómetros, entraron en sus confines. Luego, como nunca había puesto un pie allí, saqueó una guía de viajes sin mayor miramiento.

Se diría que Pynchon lleva toda la vida haciendo como uno de sus personajes más entrañables: Jeremiah Dixon. Tras la muerte de su padre, el coprotagonista de Mason y Dixon se pasaba el tiempo creando con todo lujo de detalles el mapa de un mundo completamente imaginario donde poder refugiarse. Mason y Dixon ficciona, de forma muy libre, la misión que la Royal Society of Astronomy encomendó a los dos científicos para solucionar un problema de lindes entre Pensilvania y Maryland, entonces colonias británicas. El resultado de aquellos trabajos sería la conocida línea Mason-Dixon, que a día de hoy sigue separando los estados del sur de los del norte en el imaginario popular estadounidense.

Con sus precisos instrumentos de medición en la mano y los flamantes ideales de la Ilustración en la cabeza, los dos protagonistas de la novela se adentran en un mundo donde todavía hay lugar para la magia. Estamos en el Siglo de las Luces y ambos personifican la lógica científica de una civilización supuestamente más avanzada. Sin embargo, en su camino serán testigos de hechos para los que no tienen explicación: un perro que habla como un sabio, una esposa muerta que se aparece… De forma muy hábil, Pynchon utiliza la historia del trazado de la conocida línea para difuminar las fronteras entre lo científico y lo esotérico, lo primitivo y lo civilizado.

Por otra parte, aunque las intenciones de Mason y Dixon fueran buenas, la ciencia que representaban estaba al servicio de los intereses del Imperio británico, que en realidad buscaba subyugar a los nativos en nombre de un presunto progreso. En un momento de la novela, los dos protagonistas empiezan a sospechar que están siendo utilizados, que la labor que les han encargado tiene más de política que de científica. Esta idea de que desde el siglo XVIII los ricos europeos se repartieron el mundo a su antojo ya estaba presente en su primera novela, V., en la que criticaba, entre otras cosas, las atrocidades cometidas por la Alemania imperial contra los pueblos herero y nama en la actual Namibia. Sobre el imperialismo colonial volvería a escribir después en El arco iris de gravedad, donde leemos: «La Europa cristiana siempre fue muerte, Karl, muerte y represión. En las colonias puede gozarse de la vida, de la vida y la sensualidad en todas sus formas, sin hacer daño a la Metrópoli, nada que manche sus catedrales, sus blancas estatuas de mármol, sus nobles pensamientos». (El Karl aludido es, por cierto, Karl Marx, descrito un poco antes como un taimado viejo racista).

El hecho de que Pynchon simpatizara con el movimiento de los luditas o que en algunas de sus novelas vincule la ciencia a oscuros intereses ha llevado a algunos a afirmar, erróneamente, que está en contra de los avances científicos. En realidad, si alguien ha sabido conjugar ciencia y literatura, ese ha sido él. Tal vez la novela en la que esto es más evidente es Contraluz, donde se sirve de todo un arsenal de conceptos matemáticos, físicos y efectos ópticos para cuestionar la realidad de lo que consideramos real y ampliar los estrechos márgenes de nuestra percepción del mundo.

Contaba en otro artículo publicado en esta misma revista que Pynchon incorpora el conocido experimento de Michelson y Morley a la trama de Contraluz. Uno de los personajes, Merle Rideout, se entera de que los dos físicos van a repetir en Cleveland un experimento que ya habían llevado a cabo en Berlín. La idea era dividir un haz de luz en dos haces idénticos y hacerlos viajar en direcciones distintas para que, después de reflejarse en sendos espejos, volvieran a converger en un punto. El experimento pasó a la historia porque acabó con la creencia de que la luz viajaba a través del éter y sirvió a Pynchon de excusa para «dividir» personajes y hacerles seguir trayectorias diferentes o jugar con la idea de que un mismo personaje pudiera estar en dos sitios a la vez llevando vidas paralelas.

Un efecto visual utilizado en Contraluz es la doble refracción. Cuando la luz atraviesa determinados materiales, como el espato de Islandia, se produce una duplicación de cualquier imagen que esté colocada tras él, dando lugar a una imagen situada exactamente en la misma posición y a otra ligeramente desplazada. Pynchon aprovecha esta propiedad para duplicar mundos o hacer visibles imágenes que permanecen en estado latente. Un ejemplo de ello es el transatlántico Stupendica, cuyo verdadero destino era convertirse en el buque de guerra S. M. S. Emperor Maximilian. Pynchon desliza sutilmente la idea de que hay dos barcos en uno, uno en acto y otro en potencia. Nos cuenta que una chica se encapricha de Kit Traverse, pero es como si no existiera para él, como si estuvieran en embarcaciones separadas, en «distintas versiones del Stupendica», cada una con un rumbo diferente y un destino distinto. Lo que empieza pareciendo una metáfora se va materializando ante nuestros ojos. Rumbo a Europa, probablemente al entrar en el mar Mediterráneo tras atravesar el estrecho de Gibraltar, «punto de confluencia metafísico entre los mundos», algo empieza a transformarse en el transatlántico. Durante un tiempo ambos barcos comparten sala de máquinas, pero pronto el acorazado va imponiendo su presencia y algunos personajes que empezaron su travesía en un crucero de lujo terminan a bordo de un barco de guerra.

En determinados momentos la propia novela actúa como el espato de Islandia, ofreciendo la imagen del mundo tal y como lo conocemos y la de otro que se sitúa en paralelo. «Tal vez debido a la naturaleza antinaturalmente inestable de la “realidad” del momento actual, los receptores en la sala de Marconi del barco estaban captando un tráfico que no procedía de ningún sitio que estuviera exactamente “en” el mundo, sino más bien de un continuum colateral a este». Pero hay más. Si nos olvidamos por un momento del espectacular despliegue técnico y nos centramos en el fondo —es decir, si dejamos a un lado la estética y nos centramos en la ética—, veremos que Pynchon aprovecha estos efectos ópticos para iluminar zonas de nuestro mundo que permanecen en sombra. Una de las realidades ocultas que el escritor saca a la luz en esta novela es la de la trastienda de la Exposición Mundial de Chicago de 1893. En aquella Expo se celebraba el cuarto centenario de la llegada de Colón a América y los asistentes podían ver una reproducción de las tres carabelas, así que Pynchon no iba a dejar pasar la oportunidad de denunciar el colonialismo. Las exposiciones cercanas a la avenida principal, escribe, eran «más europeas, civilizadas y…, bueno, francamente más blancas». No obstante, los organizadores, tal vez para no perturbar demasiado a «aquellos inocentes visitantes americanos con sus Kodaks», habían dejado una zona en penumbra, una zona en la que se podía ver, entre otras cosas, a «una compañía zulú de teatro que reconstruía la masacre de las tropas británicas en Isandhlwana».

No era la primera vez que el novelista mostraba cómo los blancos actuaban como si los demás no existieran. En un artículo publicado en The New York Times a propósito de los disturbios de Watts, Pynchon vino a decir que la cultura blanca y la negra eran como dos universos paralelos. Mientras la primera estaba preocupada únicamente por diversas formas de «estupidez sistematizada», la segunda estaba atrapada en la realidad diaria, caracterizada por la enfermedad, la violencia y la muerte. Los blancos habían elegido ignorar aquel barrio del sur de Los Ángeles. Sencillamente, Watts no formaba parte del mundo hasta que estallaron los disturbios.

Aunque se ha prestado más atención a otros aspectos, lo cierto es que todas las novelas de Pynchon tienen un marcado componente de crítica social. En Contraluz hay huelgas de mineros, himnos anticapitalistas, anarquistas. Uno de los personajes, el magnate Scarsdale Vibe, dice que su verdadera guerra civil no fue la guerra de Secesión, sino la que habría de librar contra anarquistas y sindicalistas. En otra parte de la novela se habla de una idea de Nikola Tesla que, de llevarse a cabo, supondría una amenaza a escala mundial. Si Tesla era capaz de producir ingentes cantidades de energía gratis para todos, el capitalismo —es decir, el mundo tal y como lo conocemos— se caería a cachos. Siempre, detrás de todo, asoma la idea de que las cosas están montadas para que se enriquezcan unos pocos. Ya en El arco iris de gravedad escribió sobre un grupo de fabricantes que se aliaron para reducir la vida útil de las bombillas y así ganar más dinero —el cártel Phoebus, ni que decir tiene, existió en la realidad—. En la mítica novela, una bombilla llamada Byron escapa de esta muerte anunciada y trae de cabeza al Comité de Anomalías Incandescentes, que no podrá evitar que acabe alumbrando los lugares más insospechados.

Otra singularidad lumínica es el propio Pynchon, cuya luz parece tan inagotable como la de su inmortal bombilla. Hace poco se ha sabido que, a sus ochenta y ocho años, va a publicar una nueva novela. No se sabe mucho de ella, solo que lleva la sombra en el título (Shadow Ticket) y que la sinopsis promete: un detective privado de Milwaukee tiene la misión de encontrar a una rica heredera; antes de que se dé cuenta, lo embarcan a la fuerza en un transatlántico y acaba en Hungría, donde no hay mar… Estamos en los años treinta del siglo pasado y hay nazis y espías por todas partes. Por suerte, es la era dorada del swing y al protagonista no se le da mal bailar. Que eso sea suficiente para que pueda volver a Milwaukee y al mundo normal (si es que todavía existe) es otra cuestión.

The New York Times ha podido confirmar que esta sinopsis ha sido escrita por el propio Pynchon, así que, salvo que se esté quedando con nosotros, podemos considerarlo un anticipo de lo que nos aguarda. No sé si Shadow Ticket estará a la altura de sus mejores novelas, pero el hecho de que contenga algunos de los elementos habituales —búsquedas alocadas, mundos de estatus ontológico incierto e historia por todas partes— hace pensar que los doce años de espera han merecido la pena.

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5 comentarios

  1. Agustín Serrano

    Desde luego que Jot Down sube mucho de nivel con artículos tan excelentes como este.

    Mi conocimiento sobre Pynchon es diametralmente opuesto a mis escasísimas lecturas de su obra… algo así como el número de sus lectores y la cantidad de imágenes suyas existentes en el mundo o como saber el número de calzado de Rosalía y no escuchar ninguna de sus canciones. Es por ello por lo que voy a tomarme la libertad de pedirle a la autora de «El color y la herida» que me recomiende algo de Pynchon para iniciarme en su obra.

    • Rebeca García Nieto

      Muchas gracias, Agustín.
      Contestando a tu pregunta, yo empecé por «V.», pero tal vez «Vicio propio» y «Vineland» sean más accesibles. Un abrazo y buenas lecturas!

  2. Excelente nota. Es muy poco frecuente leer artículos que, como este, profundicen tanto en la complejidad de Pynchon. Felicitaciones. Saludos desde Argentina. Carlos Roberto Morán

  3. Carlos Roberto Morán

    Excelente nota. Pocas veces aparecen artículos como este, que calan en profundidad en la siempre compleja obra de Pynchon. Felicitaciones. Saludos desde Argentina.

  4. Hablando del fenómeno de refracción, más que revelarnos un monólogo (con la tarea pedagógica de desborricarnos en la medida de lo posible), lo que desarrolla en este artículo es el diálogo que entabla usted consigo misma, entre la persona de orden con voluntad de ratón de biblioteca que cree ser y la anarquista que no deja de soñar dentro de usted. Me gusta su estilo, lo que en términos objetivos no es nada bueno, porque todo lo que llama mi atención no goza del éxito social. No aspire a ganar el planeta. Adolece usted de la estupidez congénita necesaria.
    Un saludo.

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