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El futuro ya no es lo que era: Burzon*Comenge y el arte de meterse en la historia

Burzon*Comenge y el arte de meterse en la historia
Un momento de la experiencia inmersiva para Giravolt. Fotografía: Burzon*Comenge.

Durante años, hablar del futuro era citar a Asimov o ponerse nostálgico con Blade Runner. El futuro era brillante, apático y lejano. Un decorado lleno de neones, androides y lluvia ácida. Hoy, el futuro ya no parece tan espectacular. Es discreto, híbrido, se cuela por las rendijas sin hacer ruido. No llega con coches voladores, sino con código. No hay despegues, hay actualizaciones. Y uno de los lugares donde ese futuro se está construyendo sin aspavientos, con precisión de artesano y una extraña mezcla de humildad y ambición, es un estudio de diseño barcelonés con nombre de novela de espías: Burzon*Comenge.

Burzon*Comenge no es una agencia de branding, aunque hacen marcas. No es un laboratorio tecnológico, aunque desarrollan con tecnologías punteras. No es un estudio de arte, aunque muchos de sus proyectos podrían exhibirse en museos. Lo que hacen, y a lo que se han dedicado en cuerpo y alma en los últimos años, es a crear experiencias inmersivas. Y no como moda pasajera o concepto cool en una presentación de PowerPoint, sino como una nueva forma de relación con la cultura, el espacio, la memoria. Burzon*Comenge, en definitiva, trabaja en el futuro, pero con los ojos puestos en el pasado.

Albert Burzon y Ester Comenge, los fundadores, no son dos oportunistas digitales. No aparecen de la nada con una app milagrosa ni venden fórmulas mágicas para conectar con la generación Z. Vienen del diseño gráfico, del pensamiento estratégico, del trabajo paciente con instituciones, museos, archivos, festivales. Burzon es diseñador visual, profesor universitario y uno de esos tipos que conoce todos los secretos de la luz, el sonido y el espacio. Comenge es experta en identidad, comunicación cultural y desarrollo de proyectos complejos. Juntos, fundaron el estudio que lleva sus apellidos y que hoy se ha convertido en un referente en el ámbito de las experiencias inmersivas en España y fuera de ella.

Uno de los proyectos que mejor resume su forma de entender este oficio —si es que puede llamarse así— es Rere els murs del Monestir, una instalación inmersiva permanente en el Monasterio de Pedralbes, en Barcelona. El título es literal: «Detrás de los muros del monasterio». No se trata de una proyección bonita o de una visita guiada digitalizada, sino de una inmersión en el espacio y en el tiempo. Las paredes cobran vida con una delicadeza que rehúye el efectismo. Las voces de las monjas que habitaron ese lugar durante siglos se filtran por los muros. Hay sonido, sí, pero también silencio. Hay luz, pero tenue. Todo invita a una contemplación atenta, a un tipo de experiencia que no exige deslumbramiento, sino presencia.

Esa palabra, presencia, es clave. Porque lo que hacen Burzon*Comenge no es reproducir el pasado, sino darle cuerpo, textura, atmósfera. Por eso no es extraño que uno de sus trabajos más ambiciosos haya sido la restitución digital de Ullastret, la mayor ciudad íbera de Cataluña. Un yacimiento arqueológico del que apenas quedan restos visibles, pero cuya estructura y escala han podido ser reconstruidas con tecnología 3D, escáner láser, modelado de alta precisión y una gran dosis de intuición narrativa. El resultado no es una maqueta virtual, sino una especie de viaje en el tiempo que no se limita a mostrar, sino que sugiere. Como si esas casas, esos muros, esas calles polvorientas aún siguieran hablando, solo que en otro idioma.

Burzon*Comenge y el arte de meterse en la historia
Dalí Cibernético, desarrollado para el Ideal Centro de Artes Digitales de Barcelona. Fotografía: Burzon*Comenge.

A la lista de obras relevantes habría que sumar Dalí Cibernético, un viaje visual y sensorial por la obra del genio ampurdanés, desarrollado para el Ideal Centro de Artes Digitales de Barcelona. Aquí Burzon*Comenge desplegó toda su capacidad para unir arte, ciencia y provocación en una experiencia que no trata de explicar a Dalí, sino de meterse dentro de su cabeza. Es la muestra de cómo lo inmersivo puede ser también un lenguaje poético y experimental, capaz de dialogar con universos mentales tan complejos como el del pintor surrealista. Las imágenes, los sonidos, las capas de texto y geometría digital no funcionan como ilustración, sino como interpretación libre: un homenaje al exceso, al ingenio y al vértigo.

Del lado más institucional, otro proyecto clave ha sido su colaboración con la Generalitat de Catalunya dentro del programa Giravolt, destinado a digitalizar y difundir el patrimonio cultural catalán. Aquí su trabajo ha consistido en crear modelos 3D de esculturas, templos, objetos arqueológicos y elementos patrimoniales de alto valor, no solo como archivo, sino también como elementos que puedan usarse en educación, exposiciones virtuales y aplicaciones móviles. Es la versión más silenciosa —pero no menos importante— de su trabajo: la que construye las bases de una nueva forma de acceder al pasado.

Y, por último, cabe destacar Montserrat, 1000 anys, una exposición celebrada en el Palau Robert para conmemorar el milenario del monasterio. Allí, Burzon*Comenge diseñó un recorrido expositivo donde la historia de Montserrat —espiritual, política, artística— se mostraba al visitante con claridad y sensibilidad. La muestra no solo celebraba la longevidad de la institución, sino que invitaba a reflexionar sobre su vigencia, sobre su vínculo con la identidad catalana y sobre la forma en que el pasado puede narrarse sin solemnidad ni nostalgia. El diseño no se imponía, sino que acompañaba.

Este modo de trabajar —riguroso, transversal, narrativo— se aplica en todos sus encargos. En todos hay una vocación clara por convertir el patrimonio en experiencia, no en exposición. Y aquí es donde Burzon*Comenge se desmarca de tantos intentos institucionales de modernización cultural que acaban en pantallas táctiles con contenido plano o en experiencias digitales que parecen diseñadas por una consultora de telecomunicaciones. Ellos no hacen tecnología para presumir, sino para escuchar. Su uso de lo inmersivo no es una coartada estética, sino una forma de generar vínculo.

El objetivo no es entretener ni adoctrinar. Es despertar algo que lleva tiempo dormido: la curiosidad, la conexión, el asombro. En ese sentido, su trabajo recuerda más al del buen cineasta o al del novelista meticuloso que al del programador. Todo está diseñado, sí, pero al servicio de una emoción. Por eso sus instalaciones no deslumbran: conmueven.

Quizá el futuro no consista en viajar a Marte ni en meterse chips en la nuca, como quieren los entusiastas. Quizá consista en esto: en entrar en una sala, dejarse rodear por una historia bien contada, y salir de allí sabiendo algo que antes no sabías. O recordando algo que habías olvidado. Eso, al fin y al cabo, es lo que siempre se ha llamado cultura. Aunque ahora le pongamos otro nombre.

Burzon*Comenge y el arte de meterse en la historia
Montserrat, 1000 anys, una exposición celebrada en el Palau Robert. Fotografía: Burzon*Comenge.

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