Arte y Letras Filosofía

El tiempo que nos merecemos: calendarios, ficción y tiempo literario

Urashima Tarō, por Matsuki Heikichi. tiempo
Urashima Tarō, por Matsuki Heikichi.

El tiempo es tan relativo como cualquier otra construcción del ser humano y, por ello, tan discutible. Si no, piénsese en los distintos calendarios que existen en el mundo. En el sureste asiático, por ejemplo, la semana pasada se celebró el Año Nuevo por todo lo alto. En China, Vietnam o Corea del Sur, jóvenes y mayores disfrutaron de unos días de vacaciones similares a los que se viven en buena parte de Europa durante la Navidad, aunque sin un día extra comparable al de los Reyes Magos; claro que ese día tampoco forma parte del calendario de otros países europeos, excepto España. Las variantes en este sentido son numerosas, y no solo en términos geográficos, sino también culturales. El Año Nuevo lunar se celebra allí donde hay alguien que lo quiera celebrar, del mismo modo que los Reyes Magos dejan regalos en algunas casas de Rusia, Tailandia y Guinea Ecuatorial, o que Rosh Hashaná, el Año Nuevo judío, se festejará en septiembre en distintos lugares del planeta.

En fin, salvo imposiciones externas, cada uno es libre de elegir cuándo empieza y termina un período de tiempo: un año, una semana —que en algunos sitios comienza el domingo y en otros el lunes— o incluso un día, que para algunos empieza a las ocho de la mañana y para otros a las dos de la tarde.

Se podrá pensar que los calendarios y los horarios cambian según las zonas geográficas y las circunstancias personales de cada uno, pero que el tiempo en sí —la duración de una hora, un mes o un año— es objetivo e igual en todas partes. Sin embargo, no es exactamente así. Es cierto que se han establecido pautas ampliamente aceptadas para medir el tiempo, así como referencias temporales comunes, como el calendario gregoriano cristiano, según el cual ahora mismo estamos en 2026 y no en 1447, como indica el calendario musulmán. Pero la percepción del tiempo es distinta de un individuo a otro, e incluso una misma persona puede sentir que una hora pasa más rápida o más lentamente según el contexto.

Ahí tenemos los relojes y los calendarios para recordarnos siempre en qué momento estamos, si hemos pasado una hora o cuatro horas de besos y abrazos con nuestro ser amado, diez o veinte años en prisión o cuántos años tenemos. Ese es el marco temporal al que debemos ajustar nuestras vidas para vivir juntos en sociedad: para que las pensiones lleguen en su momento, los sexenios se distribuyan equitativamente, los niños no puedan conducir vehículos por la carretera y los partidos de fútbol, como los mandatos presidenciales, terminen de manera conveniente.

A pesar de esas referencias que marcan nuestras vidas, el tiempo sigue siendo subjetivo. La relatividad del tiempo encuentra su espacio más natural en el arte, ese ámbito en donde la subjetividad puede expresarse libremente, sin someterse a condicionantes externos ni a pautas rígidas. En concreto, la literatura nos ofrece excelentes ejemplos de lo que podemos llamar el tiempo literario o ficticio, en contraste con el tiempo histórico o el tiempo medido de forma objetiva, como hace, aunque no sin dificultades, la física. Por ejemplo, no podemos decir que una persona viva simultáneamente en dos siglos distintos, por más que existan calendarios distintos. En la ficción, sin embargo, sí, como ocurre en Regreso al futuro. Del mismo modo, la historia y el tiempo absoluto no permiten que figuras como Julio César o Camarón de la Isla vivan en el presente, algo que la literatura y el tiempo relativo hacen sin dificultad.

Sirvan estas reflexiones para adentrarnos en el universo de dos grandes figuras literarias: don Quijote de la Mancha y Urashima Tarō. En ambos casos se trata de protagonistas de historias de aventuras en las que el tiempo adquiere un valor relativo, sometido al significado literario y no a la cuantificación objetiva.

Comencemos por la leyenda japonesa. El viaje de Urashima a las profundidades del mar, guiado por una tortuga, lo aleja de toda lógica científica y nos sitúa plenamente en un marco ficticio. La tortuga conduce a Urashima a un palacio donde contempla las cuatro estaciones y la belleza del mundo encantado, todo presidido por la princesa Otohime, cuya hermosura cautiva al joven pescador. Tras disfrutar de esos placeres, Urashima decide regresar a su hogar. Para su sorpresa, encuentra su aldea transformada, su familia desaparecida y él mismo se convierte en un anciano. El tiempo exterior, para los demás, ha transcurrido de forma muy distinta a como él lo ha vivido: Urashima creía haber pasado solo unos días en el palacio submarino.

Algo similar ocurre en uno de los episodios más reveladores de la segunda parte del Quijote: el de la Cueva de Montesinos, de la que el caballero andante ha oído maravillas. Solo y en el oscuro abismo de la cueva, don Quijote se adentra en un palacio de cristal, visualiza a seres extraordinarios, incluida Dulcinea, y siente pasar el tiempo de una manera profundamente subjetiva. Sale de la cueva después de tres días, o al menos eso cree él, porque Sancho, que lo espera fuera, apenas ha contado una hora. Ahora bien, que se atreva el escudero a decirle a su amo que todo ha sido un sueño.

Las historias de Urashima y don Quijote nos hablan de la relatividad del tiempo y, más concretamente, del tiempo literario frente al tiempo histórico. Ambos personajes se sumergen en una percepción del tiempo mediada por imágenes oníricas, motivadas por el deseo personal y libres de imposiciones externas. El contraste aparece cuando abandonan ese espacio de libertad y se enfrentan con el tiempo compartido por los demás. Sancho y un vecino de la aldea de Urashima, portador de la memoria colectiva, son quienes les revelan cuánto tiempo ha pasado «realmente». Pero ese tiempo no deja de ser una imposición externa. Don Quijote no cree a Sancho y, mientras persiste en su identidad caballeresca, otorga a lo vivido en la Cueva de Montesinos tanto crédito como a los libros de caballería; Urashima, por su parte, muere visiblemente anciano, aunque su experiencia del tiempo ha sido la de un joven.

No es vana la lección que podemos extraer de estos clásicos de la literatura universal. El tiempo es cuantificable y organiza nuestras vidas por motivos que podemos comprender razonablemente. Nadie quiere cobrar dos por ocho horas de trabajo ni pagar ocho por dos. Pero cada uno de nosotros es libre de sentir el tiempo como desee, y esa es una libertad que nadie puede arrebatarnos y que conviene cultivar en determinados momentos, al menos para sentirnos bien y ser conscientes de la realidad construida en la que vivimos. En los próximos días, todos podemos celebrar el Año Nuevo lunar, que extiende sus festejos hasta principios de marzo en distintas partes del mundo, o podemos volver a celebrar el Día de los Enamorados o incluso nuestro cumpleaños. Si es el caso, ¡felicidades!

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2 comentarios

  1. Hay muchas leyendas e historias sobre la discontinuidad del tiempo. Para mí la que más me gusta por su cercanía es la de Ero de Armenteira.
    «Y dice la leyenda que Ero pensaba mucho en el Paraíso y le rogaba a la Virgen María que le permitiese verlo, para conocer la alegría de los salvados por ser justos y piadosos. Acostumbraba el buen Abad, para solazarse, a caminar por el bosque que había próximo al monasterio y así nos lo cuenta el rey Alfonso X “El Sabio” en una de sus famosas Cantigas de Santa María, la número ciento tres:
    Dom Ero entró un día en una huerta a la cual iba muchas veces y en ella encontró una fuente de agua clara y murmurante que parecía ofrecerle un apacible reposo a la sombra de un frondoso árbol. Cerró los ojos el anciano Abad y, como de costumbre, rogó a Nuestra Señora.
    Entonces en el árbol, bajo cuyas ramas frondosas descansaba Dom Ero, comenzó a cantar un pajarillo y su canto era de sonido tan agradable y armonioso que el anciano monje se olvidó del tiempo que pasaba y se quedó allí sentado sobre la blanda hierba, al pie de la fuente que susurraba, escuchando embelesado aquel canto y aquella armonía. Así pasó sin darse cuenta trescientos años, pareciéndole que no había estado sino muy poco tiempo.
    De regreso hacia el monasterio el Abad tenía la impresión de que aquel no era el camino por el que había venido y al llegar al cenobio vio un monasterio más moderno y grande que el que había dejado, con un gran pórtico, y a unos monjes que le eran desconocidos. Aturdido y desconcertado se dirigió a uno de ellos y le expresó su confusión, ante sus explicaciones cayó en la cuenta de que aquel extraño era el viejo abad Ero que había desaparecido en el bosque trescientos años atrás. El Abad y los monjes exclamaron alabanzas a la Virgen, y Ero satisfecho por dicho milagro alabó esta gracia de la Virgen por haberle mostrado el Paraíso y cayó muerto a los pies de los monjes que habían acudido al conocer la noticia.»

  2. El Tiempo es como una metáfora con lo cual podemos medir el cambio de la materia de acuerdo a mi entender. Es relativo según el sistema de coordenadas desde las cuales observamos un mismo evento a velocidades distintas. Convencido de lo primero, el problema es saber qué es lo cambia cuando doy por cierto de que el Tiempo en la cima del Everest no es el mismo a sus piés. Una respuesta posible sería mi percepción, una ilusión según Alberto Casas, lo que me lleva a una extrañeza: la percepcion o ilusión tendría que ser materia que en mí cambia, asunto no imposible pues las percepciones, emociones y estados psicológicos son el producto de la dinámica electromagnética de mi cerebro, diminutísima y activa materia en movimiento, que cambia o se adapta según el ámbito externo, de manera tan imperceptible que es imposible encontrar en cualquiera las diferencias del antes y el después de la ignorancia. Sería un espera interminable para ver el cambio, pero sospecho que es idéntica a la espera que nos permitió ver el cambio entre el primer primate y quien habla. Y estoy seguro de que aquellos lejanos parientes tenían otro tipo de percepción, y sobre todo otra ilusión. Linda y amena lectura estimado, con personajes y festividades que desconocía. Se agradece.

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