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Personaje secundario: las maravillosas memorias del hombre orquesta

Retrato promocional del editor, escritor y traductor Enrique Murillo en 1984.
Retrato promocional del editor, escritor y traductor Enrique Murillo en 1984.

Primera confesión: yo pensé que Enrique mentía

La culpa no fue suya, desde luego, o lo fue solo indirectamente. Pero antes de explicarles el porqué, permítanme recordarles quién es Enrique Murillo, tarea para la cual me limitaré, con su permiso, a citarme a mí mismo, pues cuando lo entrevisté para Jot Down hace la friolera de doce años resumí su prolija, variopinta e inigualable trayectoria en el mundo de las letras con un puñado de líneas que ahora me veo forzado a fagocitar para esta crónica/reseña/confidencia:

«Doctor en Literatura por la Universidad de Londres, editor en Planeta, Alfaguara y Anagrama, director de Plaza & Janés, fundador de la editorial Los Libros del Lince, periodista, director de la revista El Europeo y de la versión española de Playboy, subdirector de Vogue, uno de los fundadores del suplemento Babelia, autor de tres novelas, un poemario y un libro de relatos, traductor de Nabokov, guionista de películas independientes y profesor en la Universidad Autónoma de Barcelona».

En aquella misma entrevista lo comparé con el señor Bubis, el entrañable editor de Archimboldi en las páginas de 2666, porque tanto el personaje de Bolaño como Murillo se me antojaron siempre «sabios desenfadados, espíritus preclaros y, por encima de todo, profesionales atrevidos y valientes». Ya verán cómo no exagero.

Hechas las presentaciones, permítanme retomar el hilo del relato explicándoles por qué pensaba que Enrique mentía, y por qué no fue culpa suya, o no del todo. Procedo:

Resulta que Murillo llevaba más de una década hablándome de la escritura de sus memorias y de las muchas verdades, entre jugosas y estrafalarias, que pensaba contar en dichas páginas. El supuesto libro siempre avanzaba, siempre lo consumía, siempre andaba a punto de ser terminado, pero pasaban los años —¡los lustros!— y sus confidentes nunca veíamos más que promesas de inminencia sin materializar. Pues bien, resulta que, por caminos azarosos que no vienen al caso, yo había descubierto —gracias a Enrique— una breve pero inolvidable novela sin ficción titulada El secreto de Joe Gould, escrita por Joseph Mitchell, legendario periodista de The New Yorker. En sus páginas, Mitchell contaba las peripecias del tal Joe Gould, un licenciado de Harvard que había acabado malviviendo en Greenwich Village, entre borracheras, mendicidades, vagabundeos y otras excentricidades varias, como su manía por imitar en público, para regocijo de los malévolos testigos de turno, el volar de las gaviotas. En el libro de Mitchell —elogiado por autores de la talla de Martin Amis, Doris Lessing y Salman Rushdie— el protagonista pasa sus días asegurándole a quien quiera escucharle que se halla ultimando una ambiciosísima Historia oral de Nueva York, pero pasa el tiempo y nadie sabe nada de aquel libro, igual que pasaban los años —de nuevo: ¡los lustros!— y nadie sabía nada de las presuntas memorias de Enrique Murillo, hombre orquesta de las letras españolas. Ambos parecían refugiarse en el mito de un texto infinito.

No era lo único que les unía. En la pequeña joya narrativa de Mitchell se nos cuenta que Gould «padece memoria absoluta, y de vez en cuando elige un lapso del pasado reciente —un día, una semana o un mes— y laboriosamente vuelca todo aquello de alguna importancia que haya sucedido en él». De memoria absoluta padecían también Sheldon Cooper y Funes el memorioso y, por supuesto, como veremos enseguida, el señor Bubis-Murillo, quien, pese a los recelos malpensantes de quien redacta (contrito) estas líneas, sí se había entregado a la tarea de escribir sus memorias, pero el proyecto era tan ambicioso y monumental que verdaderamente había requerido más de una década para completarlo.

Segunda confesión: Enrique no es como un padre para mí

De hecho, lo conocí de pura casualidad. Yo había publicado una primera novela y, de paso, contribuido a la ingrata labor de quebrar al temerario editor, de modo que mis credenciales eran no ya endebles, sino sencillamente ruinosas. Le pedí a mi agencia de aquel entonces que me ayudara a mover un segundo manuscrito, El niño que se desnudó delante de una webcam, novelita que pretendía aunar las oralidades desbocadas de Los detectives salvajes con los personajes disfuncionales de La broma infinita, y donde alternaba entre los abusos sufridos por el norteamericano Justin Berry y otros padecidos en carne propia, todo ello aderezado con mucha ficción e ingentes dosis de irreverencias desmelenadas, porque el humor siempre me pareció una herramienta salvífica. En cuanto acabé el manuscrito, lo puse en conocimiento de mi agente, a quien en otro artículo de esta misma revista me referí como la señorita Mist. Dolores Painful Mist, apodo este de origen hispano-anglo-alemán. Pues bien, resulta que la tal señorita Mist no quería representar aquella novela, alegando que «el tema de la pedofilia es grave, serio, tabú y MUY delicado» e incitándome a dedicarme a otra cosa:

«Jose, yo te veo escribiendo novela negra (al estilo de los clásicos contemporáneos): un bufete, un caso turbio que, lejos de poder resolverse, se complica más y más, en el que pueden haber subtramas y también las vidas privadas de los miembros del equipo que se ocupa del caso. Y un final a lo Dickier [sic]».

Ahora, quince años después, entiendo que la pobre señorita Mist solo trataba de ahorrarme disgustos. Pero claro, en aquella época yo aún era bisoño y crédulo y un tris arrogante, de modo que me dejé llevar por el ímpetu de la juventud: rescindí mi contrato de agencia, le mandé una carta de despecho por haber rechazado el manuscrito sin siquiera pedírmelo antes para ojearlo (sí, suena demasiado mediocre para ser cierto, pero les juro que fue precisamente lo que ocurrió) y me di a la vana tarea de representarme a mí mismo.

Redacté y envié medio centenar de correos electrónicos a editores y agentes. En ellos traté de darme aires de escritor serio, «a lo Dickier [sic]», [and sick], e hilvané largas peroratas sobre el rol de la ficción y sobre Vladimir Nabokov y Thomas Mann y Roberto Bolaño y David Foster Wallace. A veces, en un alarde de chulería, hasta mencionaba al pobre de José Saramago. Para entonces llevaba ya varios años viviendo fuera de España, la mayor parte del tiempo dando tumbos por países en guerra según los caprichos geopolíticos del momento y las necesidades de mano de obra de la organización humanitaria para la que trabajo, y no conocía a absolutamente nadie en el mundillo literario, al margen de aquel editor cuya empresa había contribuido a quebrar y aquella agente a quien acababa de mandar al pairo. (Bien parado no estaba, no). De mi medio centenar de correos, más o menos cuarenta y cinco quedaron sin respuesta, cuatro recibieron un lacónico mensaje automático del tipo «No-aceptamos-manuscritos-no-solicitados» y solo uno fue contestado por un homo sapiens al otro lado del teclado, a saber, el que hice llegar a un septuagenario ultrajubilado que en sus años mozos había pasado por las entrañas de Anagrama y Alfaguara y Planeta y Plaza & Janés, y que ahora, incapaz de retirarse de verdad, llevaba varias primaveras al frente de su propio proyecto editorial, Los Libros del Lince. El sujeto en cuestión era, como sin duda habrán adivinado ya, Enrique Murillo, quien, tras agradecerme el texto, se dedicó a dar buena cuenta de cómo andaba «siempre desbordado», corriendo de un lado para otro, y cómo «no d[aba] para más», explicaciones que yo leí como el preludio de un ceremonioso rechazo, pese a que resultó ser justo lo contrario, porque Murillo remató su misiva con esta frase que me hizo contener la respiración:

«Pero a este viejo traductor de Nabokov le interesa leer ese nuevo libro».

Tras mandarle el manuscrito y concederle algo de tiempo para su lectura, Murillo me hizo llegar uno de los mensajes que más alegría me ha dado recibir en mi vida. No solo aceptó publicar aquel libro, sino que me brindó un consejo magistral que acabaría ejerciendo una influencia desmesurada en muchos de los textos que escribí a partir de entonces: «Lea Desesperación, de Nabokov, y entenderá qué cambios debe usted hacer a su novela». (Pese a ser yo cuatro décadas más joven que él, Enrique tardó un par de años en empezar a tutearme).

En fin, el caso es que, a partir de entonces, y contra todo pronóstico, nuestro señor Bubis catalán se convirtió en una de las cosas más cercanas a una figura paternal que he tenido en mi vida, si por paternal entendemos no las disfuncionalidades tenebrosas que un lector atento podrá atisbar en el primer párrafo de esta segunda confesión, sino lo que el adjetivo significa en su acepción más noble, o lo que significa a efectos de lo que aquí nos concierne, a saber: el ser alguien que, sin alharacas ni sermones, se esmera por mantener viva la llama de la vocación cuando uno está a punto de dejar que se apague. Porque Murillo hizo exactamente eso. Durante años, incluso cuando los manuscritos se acumulaban en los cajones y las respuestas que llegaban de las editoriales eran negativas (en el mejor de los casos) o inexistentes (en el peor y mayoritario), él seguía repitiéndome —a veces con paciencia de editor, a veces con ironía de viejo lobo de mar— que nunca debía abandonar la literatura, que no aflojara, que la única manera de ser escritor era precisamente seguir siéndolo también (y sobre todo) cuando nadie parecía interesado en que lo fueras. Y lo hacía, además, desde una posición casi quijotesca, porque para entonces él ya transitaba por su enésima jubilación y hasta se había desprendido de su último sello editorial, pero aun así encontraba tiempo y ánimo para leer páginas ajenas, comentarlas y, sobre todo, para recordarme que los libros no se escriben cuando todo va bien, sino precisamente cuando nada va bien del todo. Se convirtió, en definitiva, en una de las dos o tres personas que, sin saberlo, mantuvieron vivo mi deseo de ser escritor. De modo que Enrique no fue (y sigue sin ser) como un padre para mí, sino que es mucho más que un padre. (No tengo problema en admitirlo, porque mi cariño y mi admiración se basan en hechos objetivos y medibles, como la cifra de correos sin responder de mi cuenta de Gmail).

Por tanto, a nadie habrá de extrañarle que en cuanto escuché que acababa de publicar sus memorias me lanzase a la calle a comprarlas, celebrando que, pese a mi vergonzosa desconfianza, lo que llevaba asegurándome durante más de una década hubiese resultado ser cierto.

Tardé muy poco en descubrir por qué se había demorado tanto en escribirlas.

Tercera confesión: lo que Enrique me contó

En realidad, me contó muchas cosas distintas, entre ellas que había recibido amenazas por la candidez con que daba cuenta en su biografía de ciertas prácticas editoriales y por haber afeado los quehaceres de ciertas vacas sagradas, y eso sin mencionar el espíritu combativo (o la belicosidad, según se mire) con que ahondaba en las venturas y desventuras del mundillo literario, desde los editores que no leen hasta los autores que nunca cobran, desde los traductores incapaces de llegar a fin de mes hasta los trapicheos y tejemanejes que subyacen a ciertos certámenes literarios.

Pero ni las intimidaciones ni las amonestaciones eran lo que más me interesaba. Lo que de verdad me interesaba era la forma en que sus páginas lograban entretejer mil historias y dar vida a una sola, la suya, sí, pero también la del mundo de la edición española desde el tardofranquismo hasta anteayer. Según Murillo, la tarea fue difícil, pero no tanto como cabría esperar, porque para entonces acarreaba ya a las espaldas casi veinte años como profesor en un máster de edición de Barcelona y aquel paso por las aulas lo había curtido en la labor de enseñar alguna que otra cosa útil a sus alumnos mediante un batiburrillo de relatos, anécdotas y experiencias, precisamente la argamasa que convierte su biografía, Personaje secundario: la oscura trastienda de la edición, en una lectura fascinante y lo que explica que haya vendido ya unos cuantos miles de ejemplares, cosa inaudita en los anales del género, al menos por estos lares. No es de extrañar, claro, porque Enrique no solo se ha pasado la vida entera (y ya ha cruzado el umbral de los ochenta) buscando buenos narradores, sino que lo ha sido él mismo, y cualquier amante de la literatura leerá con arrobo las peripecias de nuestro hombre orquesta. Me atrevo a decir que esto último es una certeza, pues qué lector no desea que lo inviten a pasar, con lucidez y humor y absoluta generosidad, no ya al escenario, sino entre bastidores, tras las mismísimas bambalinas, allí donde vemos a un Murillo niño compartiendo recreo con Eduardo Mendoza y Enrique Vila-Matas, o a uno joven traduciendo a Nabokov y a Martin Amis y a Truman Capote, o rebuscando en un diccionario trilingüe de léxico marino los nombres de nudos con que poder hacer lo propio con los relatos de Joseph Conrad, curtiéndose en el oficio cual capitán de viejo navío, o cual temible bucanero de catalejo en mano y pata de palo, adquiriendo fama y experiencia, hasta tornarse hombre de confianza de Jorge Herralde, o «autónomo de confianza», porque, como a él mismo le gusta recordar, pasó casi una década en Anagrama sin contrato, hecho que no le impidió ser visto como la «mano derecha» del dueño y contribuir a muchos de los mayores aciertos de la empresa, incluida la contratación de varias joyas editoriales, entre ellas La conjura de los necios, cuyo lanzamiento en español ayudó a mantener a flote a la editorial en momentos de zozobra. Ahora bien, aquella era solo una de sus muchas labores, porque a partir de entonces haría de casi todo y en casi todos los grandes sellos, y casi todo (aunque no todo) lo haría con admirable desenvoltura, por ejemplo, ejercer de chico de los recados para Tom Sharpe o Kazuo Ishiguro, de psicólogo con Terenci Moix, de bienhechor de Salman Rushdie durante divertidísimos embrollos diplomáticos en América Latina o de intérprete de Maruja Torres mientras esta última entrevistaba al novelista John le Carré en su casa de Cornualles.

No es más que el principio, os lo aseguro. A partir de aquí, la biografía de Murillo se torna una tragicomedia de proporciones homérico-cervantinas: imagínenselo recorriendo Madrid en busca de alguien a quien ofrecerle el premio Planeta, y las razones por las cuales una caterva de personajes ilustres como Almudena Grandes o Rosa Montero o Arturo Pérez-Reverte rechazaron dicho galardón; imagínenselo contratando El rey, de José Luis de Vilallonga, para Plaza & Janés y teniendo que negociar el contenido capítulo a capítulo con los abnegados esbirros de la Casa Real, labor que acompaña de unas visitas hilarantes al palacio de la Zarzuela; imagínenselo porfiando con sus jefes en El País para que no mutilen un artículo de Milan Kundera o para que le dejen colocar American Psycho en la portada de Babelia, sugerencia esta capaz de escandalizar a los lectores más pudorosos, amén de a los guardianes de la moral pública; y poco después, porque la vida siempre es más rica y enrevesada que en las ficciones, imagínenselo también cenando tranquilamente en un restaurante de Frankfurt con el editor norteamericano Gary Fisketjon y su entonces pareja, Donna Tartt, hasta que de repente irrumpe en el comedor el escritor Bret Easton Ellis, autor precisamente de American Psycho, «más cocido que todos los presentes juntos» y profiriendo gritos ininteligibles, y, casi sin mediar palabra, se enzarza en una pelea a puños con el comensal de Murillo, con tan mala fortuna que uno de los golpes acabó cayéndole a él, «y salí trompicado hacia una cortina a la que me agarré para no caer, pero que cayó conmigo con mucho estropicio». Convertir a un autor en portada de Babelia y que luego ese mismo autor le atice un puñetazo durante la feria de Frankfurt es una metáfora perfecta de las peripecias que ha vivido Enrique Murillo, quien, de este último incidente, como de todo, saca la debida moraleja: «La edición es peligrosa».

Todo esto puede parecer, erróneamente, un mero cúmulo de anécdotas. Pero la gracia de Personaje secundario: la oscura trastienda de la edición reside precisamente en cómo una miríada de episodios aislados, por interesantes y divertidos que resulten en sí mismos, son siempre inferiores a la suma de sus partes, porque cada viñeta es como la pieza de un puzle que permite entender lo que nunca nos han contado con tanta franqueza ni con tanta valentía ni con tanto desparpajo. En eso, la vida de Murillo es sin duda única, pues, al haber sido «tan culo de mal asiento» y haber pasado por todas partes y ejercido todos los oficios, ora como editor, ora como escritor o traductor, ora como periodista, ha visto desfilar ante sus ojos tanto lo más noble como lo más mezquino, y en esto último se incluye, por ejemplo, una urdimbre de alianzas propias de una película de Coppola donde Murillo «vería volar cuchillos lanzados por caballeros trajeados» y descubriría «formas de robar dinero a raudales de las cajas de la propia empresa, al tiempo que la empresa se lo robaba a los autores». En fin, imagínense, como compendio de lo anterior, un whistleblower semiposmoderno que ha sido testigo de demasiadas cosas y ahora decide contarlas sin pelos en la lengua, aderezando sus anécdotas con lecciones de anatomía editorial, como cuando reconoce que la estrategia de muchos grandes grupos consiste a veces en invisibilizar a la competencia mediante técnicas como:

«inundar el mercado de ejemplares que al cabo de uno, de dos o de tres meses regresarán al almacén para no salir jamás de allí, con todo el coste que eso supone en papel, imprenta, encuadernación, combustibles fósiles de camiones y furgonetas de reparto llevando y trayendo cajas de libros que a veces los libreros ni siquiera abren porque no los han pedido».

De su espíritu crítico saca una conclusión palmaria: «Nunca debí encontrarme ahí, en donde todo se escuchaba, pero lo estuve».

Sí, por suerte para nosotros, lo estuvo.

Epílogo: los amores de Enrique

Sumen a esta crónica jalonada de altibajos un puñado de historias de amor. Por supuesto, la más entrañable de todas es la que el autor vive junto con su compañera, la artista Fe Blasco, a quien el escritor Vila-Matas definió como «pintora de lo indecible». En una carrera de cambios constantes por oficinas de toda índole, Fe se erige en un bastión de estabilidad emocional, pese a vivir ella misma, por mor de trastornos psiquiátricos que el propio Murillo esboza en estas páginas, en un doloroso mar de inestabilidades. (Si en algún momento no se le aguan los ojos, vayan ustedes al médico, rápido). Entrañables son también algunas de sus amistades, como la que le unió al escritor Javier Marías, de cuyas cuitas nada diremos a fin de evitar los spoilers.

Pero estas memorias son, además, un canto al amor por aquello que nos hace humanos y nos diferencia de todas las demás especies, a saber, la capacidad para articular nuestras vidas en torno a la pluralidad de historias con que nos engatusamos los unos a los otros, ficticias o no. En efecto, Personaje secundario: la oscura trastienda de la edición es también, y puede que sobre todo, una crónica fascinante acerca de cómo un hombre único luchó durante más de medio siglo, digamos que lo que llevamos de periplo democrático (y un poquito más), para que la literatura en lengua española bajase de los pedestales las voces «engoladas» que no tenían nada que contarnos y diese primacía a los buenos relatos, o sea, para que devolviera el cetro a quienes «narran» y relegase a segundo plano a quienes solo «dicen», inscribiéndose así en esa hermosa tradición donde encontramos a nuestros más grandes fabuladores, Homero y Cervantes, Dostoievski y Faulkner, Stevenson y Woolf y Austen y Morrison, larga estirpe de letraheridos cuyos descendientes le deben bastante al protagonista de estas páginas, el hombre orquesta de las letras ibéricas, el ilustre Enrique Murillo.

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Un comentario

  1. Antonio Yelo

    Doy fe: las memorias de Murillo son incluso mejores que lo que afirma Serralvo

Responder a Antonio Yelo Cancel

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