Laberintos: el arte de perderse - Jot Down Cultural Magazine

Laberintos: el arte de perderse

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Escena de Dentro del laberinto. Imagen: The Jim Henson Company / Lucasfilm / TriStar Pictures.

Escena de Dentro del laberinto. Imagen: The Jim Henson Company / Lucasfilm / TriStar Pictures.

Cierra los ojos y visualízate recorriendo un corredor tallado en la roca, apenas iluminado por antorchas. Esperas encontrar bifurcaciones, pero el camino prosigue implacable, curvándose a derecha e izquierda pero sin dejarte más opción que continuar hacia adelante. De repente oyes un rugido rabioso y triste que no puede proceder de una garganta humana. Te giras y vislumbras la sombra de un gigante cornudo abalanzándose sobre ti… Bienvenido al laberinto: símbolo mágico, amuleto protector, juego romántico y un lugar en el que perderse puede ser un placer además de un reto intelectual. Propongo un viaje por la historia y significado de los laberintos, forzosamente a vista de pájaro (o de Dédalo e Ícaro, en este caso). A quien le pique el gusanillo por saber más, le recomiendo el completísimo El Laberinto: historia y mito de Marcos Méndez Filesi, la fundacional Mazes and Labyrinths de W.H. Matthews y un paseo por la web de Jeff Saward Labyrinthos y su revista Caerdroia.

1. Laberintos clásicos

Quien solo busca la salida no entiende el laberinto, y aunque la encuentre, saldrá sin haberlo entendido. José Bergamín

El primer laberinto fue en realidad egipcio, un edificio gigantesco construido en Hawara hace cuatro mil años que dejó sin palabras a Heródoto; un monumento funerario aún mayor que las pirámides, aunque resulta difícil saberlo con certeza porque no se han encontrado casi restos. Las reconstrucciones muestran patios de columnas, galerías subterráneas e incluso paredes móviles…

Sin embargo, el modelo arquetípico del laberinto es cretense. Su leyenda es conocida: el rey Minos se pasó de listo con Poseidón, que le castigó haciendo que su esposa Pasifae deseara a un toro sagrado. La pobre Pasifae recibió la ayuda del inventor Dédalo, que le fabricó un disfraz de vaca digno de Top Secret. Fruto de esta pasión zoófila nació el minotauro, que fue encerrado en un laberinto construido por Dédalo. Por aquellas fechas Androgeo, hijo de Minos, fue asesinado en Atenas en circunstancias poco claras, y el rey cretense se vengó imponiendo el sacrificio periódico de catorce jóvenes atenienses, siete hombres y siete mujeres, que entrarían en el laberinto a ser devorados por el minotauro. El héroe Teseo, hijo de Egeo, fue el único capaz de derrotar al monstruo, aunque haciendo algo de trampa: Ariadna, la enamoradiza hija de Minos, le ayudó regalándole un ovillo de hilo (o una corona luminosa, en algunas versiones) para que se orientara en el laberinto. Teseo le devolvió el favor a Ariadna abandonándola ignominiosamente en Naxos, y completó su gesta olvidando la contraseña acordada con su padre para avisar de su triunfo (cambiar las velas negras de su barco por blancas), lo que provocó el suicidio de Egeo. Vaya héroe.

Imagen: Toni Pecoraro (CC)

Imagen: Toni Pecoraro (CC)

Hay controversia sobre qué hay de realidad en el mito… Por ejemplo, se han hallado esqueletos de niños cuyo análisis apunta a la existencia de sacrificios humanos en Creta. Varias teorías sobre la base real del minotauro apuntan a un general minoico especialmente cruel llamado Taurus, o a la ceremonia de saltar sobre toros a la carga, o al método de tortura consistente en encerrar a las víctimas en el vientre de un toro metálico que se calentaba al rojo. En cualquier caso la derrota del minotauro es una metáfora de la decadencia de la cultura minoica, hegemónica en el Egeo durante siglos; y de cómo el toro-dios solar (Asterión, otro nombre del minotauro, significa «estrella») perdió su poder.

A principios del siglo XIX Franz Sieber exploró la cueva cretense de Gortina, convencido de que había encontrado el laberinto del minotauro. Independientemente de que poco después le encerraran en un manicomio, su hipótesis no era descabellada: sus 2,5 km de extensión, retorcidas galerías y aspecto de mapa del Dungeons and Dragons le convertían en buen candidato. Otra hipótesis apunta al propio palacio de Cnosos, de intricada estructura y repleto de hachas de doble filo o labrys, de donde se cree que procede la palabra «laberinto».

Foto: AliveFreeHappy (CC)

Foto: AliveFreeHappy (CC)

Aunque la imagen mental del laberinto es la de un lugar en el que es posible perderse, su representación clásica es un diseño unicursal (de un solo camino) anterior a la leyenda del minotauro. Dibujar un laberinto clásico es muy sencillo: quizá por eso variaciones de este diseño aparecen en Europa, el norte de África, India o Sudamérica. En los países nórdicos el laberinto aparece en forma de trojeborgs, agrupaciones de piedras asociadas a creencias paganas: ritos de la fertilidad, sacrificios para asegurar la cosecha, protección contra las enfermedades mentales… Los pescadores escandinavos los empleaban como amuleto: los espíritus norteños del viento y la tormenta se aplacaban al atravesar los meandros del laberinto. Una variante interesante es la Rueda Báltica, un diseño con una doble espiral en el centro y dos posibles entradas, lo que facilita ceremonias como la descrita en Historia de las gentes septentrionales de Olao Magno: dos jóvenes, uno disfrazado de verano y otro de invierno (los imagino como un sureño y un norteño de Canción de hielo y fuego), entran en el laberinto y luchan entre sí. Solo si vence el verano puede esperarse una buena cosecha…

Esta idea de lucha nos lleva a uno de los laberintos más extraños de este artículo: el Chakra-Vyuha hindú. Durante el decimotercer día de la Guerra de Kurukshetra descrita en el Mahabharata, el general Drona organizó a sus tropas en formación de laberinto: una espiral con tres «muros» de soldados en movimiento constante. Una formación difícil de coordinar, pero que permite destrozar a cualquier ejército que caiga entre sus aspas. El Chakra-Vyuha se cobró innumerables vidas hasta que el héroe Abhimanyu rompió la formación sacrificándose al adentrarse en el mar de lanzas… El laberinto como arma de destrucción masiva.

2. Laberintos romanos y medievales

Un laberinto no es solo es un viaje simbólico, sino un mapa sobre el que podemos caminar literalmente, difuminando la diferencia entre el mapa y el territorio. Rebecca Solnit, Wanderlust

Teseo y el minotauro (DP)

Teseo y el minotauro (DP)

 

Los romanos eran especialmente aficionados a grafitear laberintos en todas partes, en ocasiones como amuleto protector. En la tumba sarda de Luzzanas, junto a las pinturas rupestres neolíticas aparece grabado un laberinto que trajo de cabeza a los arqueólogos hasta que dedujeron que un romano, quizá aburrido mientras se refugiaba de una tormenta, lo grabó con un puñal milenios después de la construcción de la tumba. En las ruinas de Pompeya, frente a la casa de un tal Marco Lucrecio se halló otro grafiti: un tosco laberinto clásico de planta rectangular acompañado por la frase LABYRYNTHUS HIC HABITAT MINOTAURUS. Es inevitable sospechar que alguien le estaba tomando el pelo a Lucrecio… Durante el Imperio romano el laberinto se usó a menudo en mosaicos añadiendo variaciones al diseño clásico: laberintos serpentinos, de meandros o en espiral.

Los romanos identificaron el laberinto con la ciudad de Troya, probablemente a través de los «juegos troyanos», complicadísimos bailes ecuestres realizados por jóvenes nobles en conmemoración de la huida de Eneas de una Troya moribunda. El laberinto también se compara con Troya como un símbolo de defensas impenetrables: la ciudad solo cayó tras el truco del caballo de madera de Ulises, probando que solo la inteligencia, y no la fuerza bruta, permite atravesar un laberinto… No es casualidad que Tolkien imaginara Minas Tirith con una estructura laberíntica de murallas concéntricas con puertas a diferentes alturas.

A partir de los siglos XI y XII aparecieron laberintos medievales, formalmente similares a los romanos, en manuscritos y en decoración de iglesias. La leyenda del laberinto se cristianizó, identificando al minotauro con Satanás y a Teseo con Jesucristo. En el evangelio apócrifo de Nicodemo se cuenta como Cristo, tras morir crucificado, descendió al Averno a encadenar al Maligno, liberar a los justos y clavar una cruz en el centro del Infierno… La cruz que aparecía, por ejemplo, en el centro del laberinto de la abadía de Saint-Omer.

Un laberinto en la catedral de Notre-Dame de Chartres, en Francia. Fotografía: Daderot (CC).

El mejor ejemplo de laberinto medieval es el de la catedral de Chartres. Ocupa toda la nave de lado a lado, y su enorme tamaño hace posible que se recorra a pie, sea como juego o como ayuda a la meditación. Hoy en día solo puede hacerse el 21 de junio, por cierto: el resto del tiempo está cubierto por los bancos de la iglesia. No está claro con qué propósito se construyeron este y otros laberintos eclesiásticos: se cree que los penitentes los recorrían de rodillas como sustituto de una peregrinación, aunque hay muy poca información al respecto. Mi teoría favorita apunta a un juego pascual de los monjes medievales: el deán se plantaba en el centro lanzando una pelota a los monjes que bailaban recorriendo el laberinto… Una costumbre divertida (heredera quizá de los juegos troyanos o los bailes cretenses) que los clérigos amargados del siglo XIV acabaron prohibiendo.

3. Laberintos modernos

Lo difícil al tratar con laberintos no es navegar sus recovecos para encontrar la salida sino conseguir no entrar en la maldita cosa. Vera Nazarian

En la Inglaterra de los Tudor los laberintos se hicieron populares de nuevo, tanto en los grandes jardines de la nobleza como en rústicos laberintos de césped. Shakespeare los menciona de pasada en varias ocasiones: en Sueño de una noche de verano lamenta que por falta de uso las malas hierbas hayan desdibujado el diseño. Durante el Renacimiento el laberinto huye del suelo de las iglesias y de significados religiosos y es recuperado como espacio de galanteo o experimentación.

Cualquier laberintófilo disfrutará curioseando Le Thresor des Parterres de l’universe, un completo tratado de diseños laberínticos para jardines recopilado en 1629 por el médico Daniel Loris. Por ejemplo: el laberinto de setos más antiguo que aún se conserva es el del palacio de Hampton Court en Surrey, con una infrecuente forma de trapezoide. En ocasiones los laberintos se usaban para esconder información alquímica, llenándolos de autómatas, ingeniosos sistemas hidráulicos, esculturas alegóricas, gabinetes de curiosidades… Laberintos desconcertantes en forma o en significado, como el Sacro Bosque de Bomarzo concebido por Pier Francisco Orsini como un viaje iniciático hacia el misterio, con imágenes que no desentonarían en una película de Miyazaki.

Una imagen del Parque de los Monstruos en Bomarzo, Italia. Fotografía: Roberto Fogliardi (CC).

Al principio los laberintos vegetales no tenían el objetivo de perder a los viandantes, aunque poco a poco se fueron sustituyendo los diseños univiarios por laberintos multicursales (mazes) con bifurcaciones, callejones sin salida y rincones aprovechados por amantes y libertinos para besuquearse a salvo de miradas indiscretas. Mi laberinto preferido es el Parque del Laberinto de Horta en Barcelona: setecientos cincuenta metros de cipreses entre los que perderse hasta llegar al centro, donde retozar ante una estatua de Eros. Y este es un buen momento para subrayar que una de las interpretaciones del minotauro es la erótica: el reflejo de la atracción por una sexualidad más animal y salvaje que la de los efebitos atenienses. Esto lo entendió muy bien Picasso, por ejemplo en Dora y el minotauro.

El amor es un buen motivo para perderse en un laberinto, pero cuando quieras salir recuerda esta regla: si el muro que rodea el centro está conectado a la entrada del laberinto, basta con mantener una mano en contacto con el muro para acabar resolviéndolo. A principios del siglo XIX se empezó a aislar el centro del perímetro mediante muros desconectados («islas»), creando los primeros laberintos imposibles de resolver con ese truco. El laberinto de Chevening House es un buen ejemplo… Para resolverlo hay que usar otros métodos, como el que requiere ir marcando las encrucijadas recorridas. Y siempre quedará si no el truco del héroe etíope Sirak, que para atravesar el laberinto con que el rey Salomón había protegido su harén, excavó un túnel que llevaba directamente al centro… Un laberinto gordiano para impacientes.

La dificultad de un laberinto se multiplica si le añadimos espejos. En un esquema de Leonardo da Vinci se muestra una cámara octagonal de espejos en la que un visitante podría ver todo su cuerpo infinitamente reflejado… Una idea prometedora, pero aún faltaba mucho para que la tecnología permitiera construir laberintos de espejos viables. El truco para maximizar el desconcierto es distribuir espejos en ángulos de sesenta grados: así se multiplican los reflejos y los falsos corredores, dando la sensación de que el laberinto es hasta seis veces más grande. Para complicar las cosas, se pueden añadir cristales transparentes contra los que se partan la nariz los apresurados.

El primer laberinto de espejos con este diseño lo patentó Gustav Casten en 1889. En los años siguientes aparecieron copias cada vez más complejas en Constantinopla, Praga o Lucerna, con más de cien espejos y aspecto inspirado en la Alhambra. Con el paso del tiempo los parques de atracciones añadieron pequeños laberintos que incluían espejos deformantes, fuente de pesadillas más que de diversión. La dificultad para distinguir lo real de lo reflejado convierte un laberinto de espejos en el peor lugar del mundo para un tiroteo, como se comprueba en la escena cumbre de La Dama de Shangai, de Orson Welles… Lo mejor en estos casos es optar por la solución «nudo gordiano» de Bruce Lee en la pelea final de Operación Dragón: romper todos los espejos posibles y lanzar una patada voladora contra lo que quede en pie.

El laberinto de Gletschergarten Luzern en Lucerna, Suiza. Fotografía: Dave Shafer (CC).

La tendencia a confundir a los viandantes se multiplicó en los años noventa con los laberintos 3D, lo que no significa que haya que ponerse gafas polarizadas para recorrerlos, sino que emplean túneles, puentes y pasos a nivel. En Labyrinthia, un parque temático danés imprescindible para los aficionados al arte de perderse, hay un par de ejemplos de laberintos de este tipo. Otros más complejos aún son los condicionales, con puertas que se abren en una sola dirección, recorridos que permanecen abiertos solo un tiempo determinado, muros que cambian de posición… El final lógico de esta progresión es añadir trampas mortales y construir, al fin, Cube.

4. Laberintos de papel y bytes

No es preciso erigir un laberinto cuando el universo ya lo es. Jorge Luis Borges, «El Aleph»

Toda biblioteca es un laberinto. A veces literalmente, como en la biblioteca de la abadía de El nombre de la Rosa, con sus espejos, trampas y salas ordenadas según un ingenioso método que no revelaré aquí… No querría arruinar el placer de leer cómo lo desentrañan Guillermo de Baskerville y Adso de Melk. El bibliotecario que la custodia es el ciego Jorge de Burgos, homenaje a Borges, el escritor que más ha reflexionado sobre laberintos. En La Biblioteca de Babel, inspiración reconocida por Eco para El nombre de la rosa, Borges imagina el laberinto de palabras definitivo: una biblioteca infinita que alberga todos los libros y todas las combinaciones de letras posibles.

Muchos cuentos borgianos exploran los laberintos. En «Los dos reyes y los dos laberintos» Borges demuestra que el perdedero definitivo ofrece infinitas opciones y ninguna esperanza. En «El jardín de los caminos que se bifurcan» construye un laberinto de tiempo a partir de infinitas realidades alternativas: «una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos». Y «La casa de Asterión» narra el mito del laberinto desde el punto de vista del minotauro, para el que los atenienses no son víctimas sino peregrinos que acuden alegremente a ser librados de todo mal… excepto un redentor que le liberará llevándolo a un lugar mejor, «con menos galerías y menos puertas».

En la literatura abundan los laberintos, reales o metafóricos. Mi capítulo favorito de La Historia Interminable (el libro que leería junto a la peli que no puedo perderme) muestra el Templo de las Mil Puertas, una sucesión interminable de habitaciones idénticas excepto por dos puertas definidas por oposición: una enorme y otra diminuta, una helada y otra ardiente… Para encontrar la salida no sirven las técnicas de orientación al uso sino un sistema mental para navegar por laberintos conceptuales: no vagar sin rumbo sino tener un objetivo en mente, una Verdadera Voluntad que guíe intuitivamente cada decisión.

Hay laberintos cuya única salida es la muerte. Cuando el médico de Simón Bolívar le comunicó que su enfermedad era mortal, el militar exclamó: «¿Y ahora, cómo salgo yo de este laberinto?», anécdota empleada por García Márquez para titular El general en su laberinto. Cuando era niño me traumatizaron los libros de Elige tu propia aventura llamados Crónicas cretenses, en los que el lector asume el papel de Alteo, supuesto hermano de Teseo. En esos libros entretenidísimos y terribles, Alteo viaja a Creta tras los pasos de su hermano y descubre que Teseo murió en el laberinto. Alteo derrota al minotauro, regresa a su hogar tras innumerables peligros… Y allí, en un giro de guión demasiado cruel para niños de diez años, descubre a su madre agonizante y su pueblo destruido, un downer ending tremebundo que hace pensar al protagonista (¡y al lector!) que se hubiera ahorrado un mal trago muriendo en el laberinto, tras su mayor triunfo.

Una escena de El resplandor. Imagen Warner Bros / Hawk Films / Peregrine / Producers Circle.

Por suerte, por esas mismas fechas recuperé las ganas de vivir con la película de culto Dentro del laberinto, con un magníficamente pasado de rosca David Bowie encandilando a Jennifer Connely. Y sí, será camp como toda peli ochentera que se precie, pero momentazos como el clímax en un laberinto escheriano se quedan grabados para toda la vida. Otras películas proporcionan a los críos material chungo para pesadilllas laberínticas: verse cazado por Jack Nicholson en El Resplandor, por un deforme monstruo comeniños en El laberinto del fauno o topando con lord Voldemort transmutado en una especie de minotauro-en-el-laberinto durante la cuarta de Harry Potter. Uno de los laberintos más terroríficos que recuerdo aparece en La casa de hojas, novela de Mark Z. Danielewski en la que una infinitud de corredores, pasillos y oscuridad se condensa en apenas seis milímetros.


No solo la literatura y el cine nos hablan del arte de perderse: en muchos videojuegos el laberinto es un elemento esencial. ¿Por dónde corretea Pac-Man en busca de anfetaminas, enfrentándose a fantasmales minotauros de colores? ¿Qué juego de enigmas (véase The 7th Guest) está completo sin un laberinto? ¿No circulan por laberintos los personajes de los first-person shooters como Wolfenstein 3D, Doom, Quake y muchos de los posteriores? Repasando estos perdederos electrónicos me doy cuenta de que queda un último laberinto por explorar… Así que terminaré el artículo tal como empezó: con una visualización.

Cierra los ojos. Busca nuevos caminos imitando al explorador de El misterio de la isla de Tökland, que al llegar al centro de un laberinto subterráneo prosigue el viaje por el interior de su cuerpo. Deslízate en tus entrañas. Escúrrete por el retorcido túnel del intestino delgado, navega por los pasillos laberínticos del oído interno, piérdete en la tupida red de capilares que se bifurcan y entrecruzan… Y desemboca con un relámpago de luz en el más complejo laberinto que existe: las circunvalaciones del cerebro, el complejísimo baile neuronal de axones y dendritas que se conectan y desconectan creando algo parecido a una conciencia. Busca el centro de ese desquiciado laberinto de sinapsis eléctricas esperando encontrar al minotauro… Y ahí está. Al fin has encontrado al monstruo y el lugar en que librar la última batalla.

Sé que en la sombra hay Otro, cuya suerte
es fatigar las largas soledades
que tejen y destejen este Hades
y ansiar mi sangre y devorar mi muerte.
Nos buscamos los dos. Ojalá fuera
este el último día de la espera.
(Jorge Luis Borges, El laberinto)

Laberinto de Horta. Foto: Cortesía de Tentesion 

14 comentarios

  1. Pingback: Laberintos: el arte de perderse

  2. Magnífico artículo. Ya veo que somos en el mundo más laberintófilos de lo que creía, y eso que a lo mío hay quien lo llama obsesión. Compruebo que parece ser que tengo varias en común con el señor Lapidario.
    Aprovecho para comentar que en el Parque del Capricho, en Madrid, hay también un precioso laberinto de setos, aunque lamentablemente, lo han cerrado al público y sólo puede verse desde la terraza superior, no recorrerse, pero sigue siendo una hermosa vista.

    • Compartir obsesiones siempre es bueno. :)

      No conocía el Parque del Capricho: voy de vez en cuando por Madrid, así que en mi próxima visita intentaré asomarme por allí, gracias por la recomendación.

  3. Sin duda, a pesar de la literatura y cine, es ahora, con los videojuegos, donde el laberinto está más presente que nunca.

    Pero me ha encantado la última referencia al misterio de la isla de Tokland.

    • Cierto lo de los videojuegos… Aunque por ejemplo en los first-person shooters, a medida que aumenta la capacidad de las máquinas se tiende más a simular escenarios reales (campos de batalla, por ejemplo) que a usar laberintos que confundan con menos elementos gráficos.

      Yo mataría por jugar a un videojuego que simulara bien un laberinto de espejos, Ignoro si existe…

  4. Cuando yo cierro los ojos e imagino un laberinto, siempre se me aparece la Lucy Westenra del Dracula de Coppola, caminando con su vaporoso vestido rojo hacia el centro donde le espera el mordisco que la lleva hacia su muerte…
    Un artículo excelente, Josep! Dan ganas de perderse!

  5. Ojalá el laberinto de la isla de Tökland hubiera tenido mil salas.

    Gran artículo, Josep.

  6. Que gustazo. Sí, los laberintos me pierden. Pero este intrincado viaje (recomiendo bifurcarse por el hipertexto) me ha salvado la tarde (más, después de la atonía que me produjo el anti barbas que está cercano). Josep, si no tuvieras hermano, me ofrecería gustoso a serlo. Un abrazo.

  7. Excelente artículo, muy bien documentado y excelentes referencias; aunque falto una, quizás no es la más importante, pero si la más ominosa: el laberinto de cielo y arena, por algunos conocido como “Desierto”.

  8. Estupendo artículo por el mundo de los laberintos. Yo también he sentido especial predilección por la última referencia a “El misterio de la isla de Tökland” que no obstante es la única de la que no aparecen más detalles como por ejemplo el autor…

  9. Los laberintos siempre me han fascinado. Por aportar algo y si se me permite enlazar con un texto que escribí hace un tiempo aportar una lectura relacionada con el laberinto y el mito de Teseo y el minotauro con respecto a Origen de Christopher Nolan. Dejo el enlace, disculpad lo amateur del texto y si no está permitido publicar algo así borradlo sin problema.

    http://miercolesdecine.wordpress.com/2014/03/05/teseo-en-el-laberinto/

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