¿Existe el amor verdadero?

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ars amandi

Nadie duda de la verdad que hay en el amor de una madre por su hijo. Pero, ¿y en el amor de pareja? ¿Es cierto eso de que el amor solo dura dos años? ¿Confundimos amor romántico con amor verdadero? ¿Amamos por necesidad o hay un amor pleno y generoso que lo entrega todo sin obtener nada a cambio? ¿Queda algo cuando apartamos el sexo?

Manuel Vicent (Castellón, España, 1936) escribe en su novela Cuerpos Sucesivos (Alfaguara, 2003):

El amor no tiene nada que ver con la reproducción. Es una conjunción espiritual, que se alimenta de imaginación, sueños, viajes, huidas, aventuras, renovaciones, fantasías, palabras, palabras, palabras. El alma solo es un hálito. La muerte del amor es la costumbre, el tedio, la hermandad de las carnes, la falta de imaginación. También hay que bajar con el amor al pozo del sexo, pero el sexo solo es un calambre si no se le dota de misterio, de oscuridad, de la pulsión de la muerte.

Pero el mismo autor, cinco años antes, en la transcripción que el periodista Ángel S. Harguindey hizo de sus charlas con el escritor castellonense y con el guionista de cine Rafael Azcona, y que con el título Memorias de sobremesa publicó EL PAÍS-Aguilar en 1998, cuando salió el tema de amor lo despachó con bastante cinismo diciendo que al fin y al cabo era algo que se habían inventado los juglares de la edad media.

Sirva esto de ejemplo y de advertencia: los poetas, en su mayoría, no son de fiar si queremos certificar la existencia o la falsedad del amor verdadero. La intensidad con que estos artistas viven el amor (y el desamor) permite que disfrutemos de la belleza de su obra, pero los descalifica como proveedores de una información medianamente objetiva. Otro dato: el desencanto acaba siendo el motor de la obra de la mayoría de los autores modernos. Quien solo se guíe por lo escrito por ellos acabará deduciendo —de forma casi invariable que el amor es una gran mentira.

Qué dicen los filósofos

Más confianza nos merecen los filósofos. André Comte-Sponville (París 1952) en su ensayo Ni el sexo ni la muerte (Paidos, octubre 2012) nos ofrece desmenuzándolas y haciéndolas más fácil de digerir las ideas que sobre el amor desarrollaron Platón, Schopenhauer y Spinoza.

Se remonta Comte-Sponville a la antigua Grecia para profundizar en El banquete de Platón donde se contraponen, entre otros, los discursos de Aristófanes y de Sócrates, que son utilizados en la obra clásica como personajes de ficción:

Aristófanes describe el amor tal y como nos gustaría que fuera: el amor tal como lo soñamos, el gran amor, «el amor con A mayúscula», como decimos a los dieciséis años. (…) Mientras que Sócrates describe el amor no como le gustaría que fuese, sino tal como es. Abocado siempre a la falta, a la incompletud, a la búsqueda, y entregándonos por ello a la infelicidad o a la religión. (…) Ambos discursos son interesantes: el de Aristófanes porque nos ilumina sobre nuestras ilusiones amorosas; y el de Sócrates porque nos esclarece sobre nuestras desilusiones amorosas y con ello, también sobre la verdad del amor. (Pág. 35)

Gracias al discurso de Sócrates (que tiene su base en lo revelado por Diótima, una experta en el tema) se llega a lo que Comte-Sponville llama la fórmula mágica de Platón:

Amor=Deseo=Falta

Es decir: «el amor ama aquello de lo que está falto y no posee». El filósofo francés acaba por esta vía conectando con la famosa frase de Schopenhauer, el pensador alemán,: «La vida oscila, pues, como un péndulo entre el sufrimiento y el tedio». De este modo llega a la pesimista conclusión de que se ama lo que no tenemos y que cuando lo conseguimos nos aburrimos de tenerlo. Y que solo se ama de nuevo cuando nos lo quitan. A Compte-Sponville se le ve el plumero y se nota —leyéndolo entre líneas que está bastante de acuerdo con esta idea sobre el amor.

Pero el filósofo francés es honesto y por eso nos ilustra también sobre la teoría de Spinoza acerca del amor, bastante más esperanzadora:

Según Spinoza, «el amor es una alegría que acompaña a la idea de una causa exterior».

Spinoza estaría de acuerdo con Platón en que el amor es deseo; pero seguramente no lo estaría en que el deseo es falta. Para Spinoza «el deseo es la esencia misma del hombre»: es la fuerza en cada uno que nos mueve y nos conmueve, y esa fuerza es nosotros mismos en cuenta que tendemos a perseverar en nuestro ser, y en cuanto que nos esforzamos por existir lo más y lo mejor posible. La alegría determina el aumento o el éxito de esa fuerza (es el sentimiento de existir más y mejor); la tristeza, su fracaso o su disminución. Es decir, que el deseo no es falta («una privación no es nada»), sino potencia; «potencia de existir y de actuar», como afirma Spinoza, y por lo tanto también es potencia de gozar y de alegrarse, goce y alegría en potencia. (Pág. 62)

En Spinoza según Comte-Sponville y recuperando la bella idea de Aristóteles el amor es alegría y por eso su teoría llega donde no llegaban Platón y Schopenhauer, a explicar el amor matrimonial, la felicidad del que ama lo que tiene, del que desea lo que no le falta.

El autor de Ni el sexo ni la muerte termina clasificando el libro pretende además ser entretenido las declaraciones de amor. «Me alegra la idea de que existas» sería spinozista por desinteresada; y «Te quiero», «Te echo de menos» o «Te necesito» serían platónicas por el hecho de llevar implícito el anhelo de recibir algo a cambio. La primera es la más deseable, pero también y curiosamente la menos utilizada.

Las ideas de los filósofos nos ayudan a aclarar nuestras dudas, pero no terminan, a mi juicio, de responder a la pregunta que da título a este texto.

André Comte-Sponville
André Comte-Sponville

La nueva sociología entra en el asunto

El año pasado se tradujo al castellano (por María Victoria Rodil) Por qué duele el amor (Katz, 2012), el ensayo de la socióloga Eva Illouz (Marruecos, 1961). En la primera parte de su libro la autora compara la premodernidad (siglo XIX y principios del XX) y la modernidad (segunda mitad del siglo XX hasta hoy) en lo que se refiere al significado cultural y social del amor. Para ilustrar los contrastes utiliza las novelas de autoras como Jane Austen o Edith Wharton. Estas escritoras sí reflejaron con consistencia y fidelidad la época que les tocó vivir, finales del siglo XVIII y el siglo XIX. Con extractos de libros como Sentido y sensibilidad u Orgullo y prejuicio, de la primera, y La edad de la inocencia, de la segunda, Illouz nos muestra cómo eran los comportamientos y las formas de pensar y vivir el sentimiento amoroso en la época premoderna. No es necesario ser un experto en el asunto para constatar que estas maneras de actuar no tienen nada que ver con lo que ocurre hoy en día.

El objetivo que se marca la autora originaria de Marruecos no es comprobar la autenticidad del amor, sino explicar por qué en la actualidad lo que entendemos por amor se vive y se piensa de una forma diferente. Pero su trabajo es tan detallado y tan completo que nos va a permitir dar una respuesta al interrogante con que hemos encabezado este escrito.

«El amor se representa hace tiempo ya como una experiencia que supera y excede la voluntad, una fuerza irresistible que no se puede controlar», comienza diciendo Eva Illouz al principio del capítulo dos. Se refiere la autora a lo que hoy entendemos de forma general por amor. Pero esto no siempre ha sido así. En el siglo XIX el cortejo amoroso se inscribía dentro de unas reglas morales y sociales que aunque hoy las podamos ver como anticuadas ordenaban las relaciones y propiciaban que todos supieran lo que estaba permitido y lo que no. En la época premoderna el amor estaba sujeto a unas normas de conducta y eso lo mantenía bajo control.

Illouz pone numerosos ejemplos:

Elinor Dashwood, heroina de Sentido y sensibilidad (1811), está enamorada de Edward Farrars. Sin embargo, una vez que se ha enamorado de él, descubre que está comprometido en secreto con otra mujer, llamada Lucy. Más adelante, cuando le dicen que Edward no ha roto su compromiso con Lucy (o sea, que está por casarse), se regocija por la entereza moral de su amado, porque incumplir las promesas que le hizo a la otra mujer lo habría transformado en un hombre moralmente indigno. Resulta evidente que la lealtad de Elinor a sus principios morales tiene prioridad sobre el amor que siente por Edward, del mismo modo que el compromiso de Edward con Lucy debe tener prioridad sobre lo que él siente por Elinor. Ahora bien, los personajes de Austen no se comportan como si existiera un conflicto entre su sentido del deber moral y sus pasiones. De hecho, no existe tal conflicto en su conducta «porque toda la personalidad se encuentra integrada» (*). En otras palabras, es imposible separar lo moral de lo emocional, porque la dimensión moral es la que organiza la vida emocional, que por lo tanto también reviste aquí una dimensión pública. (Pág. 40)

(*) O. J. Cockshut, Man and Woman: A Study of Love and the Novel, 1740 – 1940, Oxford University Press, 1978, page 67.

Las heroínas de Austen —continua Illouz no solo gozan de un control de sí mismas inexplicable desde una perspectiva moderna, sino que también presentan un extraño (a nuestros ojos) desapego frente a la necesidad de ser «validadas» por sus pretendientes. Estas características que tanto nos llaman la atención en la actualidad se explican según la autora gracias al carácter de esas mujeres del siglo XIX, a la capacidad en palabras de Illouz de dejar entre paréntesis los deseos personales y procurar que se ponga en acto de modo intachable los principios morales, tanto en los asuntos amorosos como en otras cuestiones. Lo importante no es la originalidad del yo ni su naturaleza única, termina la socióloga sino la capacidad de exhibir virtudes públicamente reconocibles y comprobadas.

Este respeto a las normas y a las virtudes públicas, desde nuestra sociedad moderna, nos parece excesivo, pero la verdad es que permitía que la relación amorosa ocupara su sitio y no se confundiera con otros asuntos como el sexo, la simpatía o la autoestima que es lo que ocurre hoy. Es importante dejar claro, además, que el hecho de que el amor en la época premoderna estuviera tan sujeto a las reglas sociales y morales no restaba un ápice de intensidad a dicho sentimiento.

Eva Illouz no pretende yo aun menos hacer creer que la relación entre hombres y mujeres de hace más de un siglo era mejor que la actual. Con su trabajo quiere dejar constancia de cómo el amor (o lo que hoy se entiende por ello) ha evolucionado y los malos entendidos y confusiones que esos cambios han traído consigo.

Eva Illouz
Eva Illouz

El nuevo significado del amor

Eva Illouz, socióloga de orientación marxista, hace una curiosa pero ilustrativa y, a mi modo de entender, válida equiparación entre los cambios sufridos por las relaciones amorosas y los que ha vivido el sistema capitalista en el siglo pasado. Una transformación parecida a la experimentada por el capitalismo, que se separó de la sociedad y de su contexto moral y normativo pasando a organizarse en mercados liberalizados, le ocurrió a las relaciones de pareja. En palabras de Illouz: «aquello que conocemos como el ‘triunfo’ del amor romántico en las relaciones entre hombre y mujeres consistió principalmente en un proceso que separó las relaciones amorosas individuales de su contexto moral y social para permitir el surgimiento de un mercado matrimonial autoregulado».

Lo que la modernidad ha traído es la relajación de las normas morales y sociales que sujetaban el amor y la mayoría de actividades en sociedad. En palabras de Illouz: «Al disminuir los recursos morales y el conjunto de restricciones sociales que configuraban las maniobras del sujeto en su entorno social, la estructura de la modernidad nos expone a nuestra propia estructura psíquica, lo que provoca que la psiquis moderna quede en un estado de vulnerabilidad». Esa debilidad se manifiesta en que estemos expuestos al influjo de cualquier moda que los medios de comunicación, la publicidad, el cine y la literatura nos quiera imponer. Todas estas influencias han conseguido que en nuestras mentes cambie lo que entendemos por amor.

La modernidad ha impuesto dos nuevos criterios sirvan como ejemplos para la elección de pareja: la compatibilidad psicológica y el atractivo sexual. Ninguno de ellos era importante en la época anterior, la caracterizada por una relación amorosa basada en el carácter. El primero busca algo tan complejo como que dos personas (diferentes psicológicamente por esencia) se entiendan a la perfección y, lo más difícil, lo hagan durante toda una vida. El segundo pretende que el cuerpo se mantenga intacto, o sufra mínimas variaciones. Este objetivo no es difícil, es imposible. El hecho de esperar demasiado (tener unas expectativas demasiado elevadas, que es a lo que nos lleva el nuevo concepto del amor) es una de las razones de tanto fracaso matrimonial como estamos viendo en las últimas décadas.

El que la sensualidad sea un criterio importante, si no fundamental, para la elección de pareja tiene entre otras dos consecuencias muy serias: 1.- Legitima la sexualidad por sí misma, despegada de las emociones, y esto supone además de otras consecuencias positivas una mayor dificultad en la interpretación de los sentimientos. 2.- Hace que a diferencia de aquel tiempo que describe Austen, donde la elección se basaba en criterios previamente establecidos, el proceso de enamorarse se torne puramente subjetivo (el sex appeal, la «química»…) y por lo tanto inconsistente.

El atractivo físico siempre ha sido importante entre las personas, pero en épocas anteriores estaba más basado en la belleza que en la sensualidad. Y la simpatía, que hoy es tan primordial, en tiempos pasados no tenía tanto peso como los valores y principios morales de la persona. Por ello hoy es habitual que se piense que el amor se ha acabado cuando alguno de esos pilares en los que se fundamentó la elección de la pareja se deteriora o se cae.

Jane Austen
Jane Austen

La respuesta

Todos estos cambios de criterio que la modernidad nos ha traído han derivado en una alteración del concepto de amor. Hoy debido a que por norma general se ha elegido basándose en criterios equivocados se tiende a confundir el amor con el enamoramiento de los primeros años. Por ello a la pregunta de si existe el amor verdadero debemos responder que sí. Sí, pero siempre que para juzgar utilicemos criterios reales y no los que la modernidad nos han impuesto. Si al sentimiento que llamamos amor se le somete a una prueba de stress para determinar su autenticidad y se le exige ser una sensación que nos mantenga en estado de plena excitación física y mental durante más de 30 años; si esa emoción debe llevarnos a pensar de forma continua que la vida es maravillosa y que la persona amada es la mejor que hay sobre la tierra, entonces deberemos responder que no, que ese amor no existe. Pero si por amor entendemos el sentimiento de cariño y cercanía que lejos de ser un fin en sí mismo nos ayuda a sacar lo mejor que hay dentro de nosotros mismos para hacer feliz a la otra persona y de ese modo dar sentido a nuestra vida, si esos son los parámetros para juzgar y además estamos con la persona correcta no nos olvidemos de ese dato entonces la respuesta es sí, el amor verdadero existe.

Hace poco, mientras celebraba su 50 aniversario de boda, una mujer feliz me dijo que el secreto de su éxito se basaba en que cuando era soltera siempre buscó al “buen padre de sus hijos”, los que entonces aún no tenía.

Ante mi primer desengaño amoroso mi madre me dijo: “No te preocupes, lo que te ocurre es que te has enamorado del amor. Se te pasará”.

Y hace más de 30 años, en una mala novela, leí una frase. Una secretaria le decía a su jefe: “Nuestro amor es imposible porque si tú dejaras a tu mujer y a tus hijos para unirte a mí, incluso si solo le fueras infiel conmigo, dejarías de ser el hombre del que estoy enamorada».

Estas tres frases que en su día no tuvieron mucha importancia para mí, ahora cobran una relevancia especial.

El ensayo de Eva Illouz se abre con esta cita:

Léame la virgen inflamada en presencia de su prometido, y el sencillo adolescente que sufre por vez primera las angustias amorosas. Quiero que algún joven, herido por la misma flecha que yo llevo clavada, reconozca, leyéndome, las señales del fuego que lo consume, y tras larga admiración exclame: «¿Por dónde este poeta ha penetrado y descubierto mis ocultos dolores?

Ovidio, Amores

Como comentaba al comienzo de este artículo, la obra de los poetas no ayuda mucho a saber qué es de verdad el amor. Pero, ¿hay mejor consuelo ante el mal de amores?¿Hay algo más bello?

eros

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Fuentes:

Ni el sexo ni la muerte. Tres ensayos sobre el amor y la sexualidad de André Comte-Sponville (Paidos, octubre 2012).

Por qué duele el amor de Eva Illouz (Katz, 2012).

Wikipedia.

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