In memoriam: Vangelis

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Vangelis
Portada de la lista «This is Vangelis» en Spotify.

¿Por qué necesitamos música? ¿Por qué todo el mundo sabe hablar el lenguaje de la música? Es decir, tú no sabes hablar chino, ni muchos otros lenguajes. Pero sí sabes hablar música. ¿Por qué sabemos hablar música? ¿Por qué silbamos? ¿Por qué hacemos «la la la la la» cuando tenemos dos o tres años de edad? ¿Por qué empecé a tocar música cuando tenía cuatro años? ¿Quién me dijo que lo hiciera? Todo es porque la música está implantada dentro de nosotros. Dentro de todos nosotros. Por eso, cuando la gente dice “no sé nada sobre música”, quieren decir que no han ido al conservatorio para aprender las notas, cosa que yo mismo tampoco hice, y que sigo sin haber hecho. Pero no puedes decir que no sabes nada sobre música, porque la música te hizo quien eres. Es lo más poderoso que existe. Es el más poderoso oxígeno. Le habla directamente a tu alma.

Siento una enorme, enorme plenitud y satisfacción cuando pinto. Enorme. Podría haber sido pintor en vez de músico. Quizá, no lo sé. Pero resulta que soy las dos cosas. Es algo que no puedo explicar, cuando estoy frente al lienzo y llega ese enorme, enorme momento de [contemplar] las posibilidades de lo que haré. Simplemente, ¡bum!, me meto en ello y, de la misma manera en que hago música, empiezo sin saber lo que voy a terminar haciendo. Pero no le quiero imponer mi pintura a nadie. La pintura es muy, muy personal para mí. Es un placer. La música no es tan personal. Podría haber convertido mi pintura en algo comercial, en un trabajo, pero no lo hice, y creo que fue muy bueno que no lo hiciese. Hasta hace unos años, en que di permiso para que montasen una exposición, pero eso es todo.

Evángelos Papathanassíou, a quien todos llamamos Vangelis, era un buen pintor. No un gran pintor, pero sí uno cuyos cuadros daban para una exposición en la que tener cosas interesantes que mirar, y no cosas que intentar no mirar. Abundan las personas cuya fama procede de ámbitos alejados de la pintura, pero que un buen día deciden mostrar al mundo el resultado de su afición por los pinceles. Salvo honrosas excepciones, como Vangelis, dan ganas de decirles que se guarden los lienzos en casa. Pero el músico griego tardó décadas en permitir que se expusieran sus lienzos en público; sucedió en 2003, en Valencia, y poco más tarde en Sudamérica. La cosa no se repetiría con frecuencia. Vangelis prefería mantener sus cuadros «en secreto», como casi todos los demás aspectos de su vida, y durante casi toda su trayectoria pareció empeñado en crear de espaldas al público.

Es extraño pensar que su nombre probablemente hubiese quedado en el olvido de no ser por el cine, y que mucha cree erróneamente que Vangelis fue un compositor únicamente centrado en las bandas sonoras. Es verdad que compuso muchas desde el principio de su carrera, incluyendo dos de las más importantes de todos los tiempos con las que contribuyó a revolucionar la manera en que se concebía la música cinematográfica, pero su discografía editada a título personal es imponente. Especialmente en los años setenta, cuando fue uno de los músicos punteros en la revolución de los sonidos electrónicos. Irónicamente, mucha de su mejor música jamás sonó en películas, ni tuvo demasiado éxito, ni fue tan recordada como lo que hizo para la gran pantalla.

Nunca pareció importarle. Vangelis no podía contrastar más con su antiguo compañero Demis Roussos, propietario de un inimitable carisma que le hacía fácil dejarse querer por las cámaras. A Roussos le encantaba brillar y sabía convertirse en el centro de las miradas y durante sus años de gloria fue un icono pop, algo que Vangelis nunca hubiese podido llegar a ser: «Me intentaron promocionar como tal, pero había un problema: yo no era así». Raras veces concedía entrevistas, aunque se hicieron más habituales conforme iba cumpliendo años, y pueden encontrarse varias filmadas (algunas en griego, idioma que por desgracia no entiendo, y otras en inglés). Como era de esperar de un hombre que llevaba décadas en la escena internacional, su inglés era bastante bueno, pero no perfecto; se saltaba algunas palabras o se lo veía rebuscar otras con la mirada. Aun así, parecía más un filósofo que un músico, y sus escasos defectos con el inglés no hacían sino subrayar la profundidad de su discurso y su aureola de sabio venido de otra dimensión. Para tener fama de huraño, era un conversador natural y apacible. En cierto sentido, era como Stanley Kubrick: el cineasta tenía fama de ser un ogro al que era fácil imaginar expresándose mediante gruñidos, hasta que uno lo escuchaba en una improvisada entrevista telefónica explicando cosas sobre su cine con la misma naturalidad con la que te hablaría tu vecino.

Conoció el éxito con la banda Aphrodite’s Child, donde Vangelis era el cerebro y Demis Roussos era la voz. Fue una aventura breve que duró desde 1967 a 1972, hasta que se hizo insostenible la incompatibilidad de caracteres de ambos. Publicaron dos álbumes en los que reinaban las baladas dramáticas y con toques épicos, que siempre fueron comparadas con el estilo de Moody Blues y Procol Harum. Pronto se hicieron un nombre y empezaron a vender discos en toda Europa (incluyendo España, donde colaron éxitos como «Rain and Tears», «I Want to Live» o «Spring, Summer, Winter and Fall»). Era un estilo ideal para la garganta y las ambiciones comerciales de Demis Roussos: ¿el problema? Que Vangelis no tardó en cansarse de tanta balada. Para espanto de Roussos y de la compañía de discos, Vangelis compuso un tercer disco mucho más psicodélico y progresivo que parecía diseñado para espantar al tipo de público que los había convertido en un fenómeno continental. Inspirado por la ópera rock Tommy de The Who, Vangelis creó un álbum conceptual centrado en el libro bíblico del Apocalipsis, y con un título bastante menos romántico de lo acostumbrado: 666.

Se habían terminado los vapores al estilo Procol Harum. De repente, Aphrodite’s Child sonaban a The Who («Babylon», «The Four Horsemen»), a los Beatles más irreverentes («The Beast»), a psicodelia orientalista («The Wedding of the Lamb», «Lament»). Incluso había cortes que no hubiesen desentonado en el Hot Rats de Frank ZappaDo It»), y hasta en The Futuristic Sounds de Sun Ra («Altamont»). Como en Tommy, en 666 abundaban los intermedios breves con coros obsesivos, voces teatrales, pasajes instrumentales, etc. En definitiva, 666 era una obra maestra que por sí misma justificaba que Vangelis se ganase un lugar en la historia. Pero la compañía discográfica que esperaba una nueva tanda de éxitos melódicos no lo vio igual y decidió meter el álbum en un cajón, donde permaneció durante un año. Para cuando por fin se publicó, en 1972, Aphrodite’s Child ya se habían separado.

Una vez desaparecido el grupo, Demis Roussos se dedicó a lo que le gustaría haber seguido haciendo con Aphrodite’s Child; esto es, profundizar en el lucrativo género de las canciones dramáticas y perfeccionando su antológica expresión de sufrir mucho. En cuanto a Vangelis, bueno, se dedicó a seguir siendo Vangelis. Su primer disco en solitario, publicado en Francia en el mismo año de la ruptura, se tituló Fais que ton rêve soit plus long que la nuit, y combinaba sonidos ambientales con canciones e himnos corales que simulaban haber sido grabadas en plena calle. Era básicamente un experimento anti comercial que demostraba el escaso interés de Vangelis por replicar el éxito de la etapa melódica de Aphrodite’s Child. Al año siguiente publicó su segundo disco, Earth, donde regresaba —más o menos— al formato de canción convencional, combinando su creciente interés hacia la música ambiental («My Face in the Rain») con los sonidos orientales («Sunny Earth», «He-O»).

En 1975 publicó Heaven and Hell, un álbum donde su estilo volvía a dar quiebros inesperados, y donde los sintetizadores empezaron a ganar protagonismo. El disco se abría con la imponente «Bacchanale», que sonaba como si una secta diabólica hubiese decidido adaptar como himno alguna pieza escrita por Jan Hammer (ah, los años setenta, cuando podías trazar conexiones estilísticas entre Vangelis y Jeff Beck). «Needles and Bones» sonaba como si la hubiesen escrito a medias Basil Poledouris (autor de una de mis piezas favoritas en la historia del cine) y Haruomi Hosono (autor de una canción con las que tengo periodos de obsesión recurrente). También en este disco, Vangelis empezaba a juguetear con las texturas más minimalistas que caracterizarían buena parte de su trabajo en el futuro («A Way»). Si Earth había sido el primer gran disco en solitario de Vangelis, Heaven and Hell fue la extraordinaria combinación de que el griego estaba convirtiéndose en uno de los artistas más personales del momento.

El éxito no le acompañaba, pero él se encontraba cómodo dando rienda suelta a sus pasiones. En 1976, centró todo un disco titulado Albedo 0.39 en su particular fijación con el espacio, la ciencia y la ciencia ficción. Seguían reinando los sintetizadores, y la música seguía siendo muy variada. Volvía a haber composiciones al estilo Jan Hammer o Weather ReportMain Sequence», «Nucleogenesis, Pt. 1»). Es posible que a algunos de ustedes les suene muchísimo «Pulstar», que hace años una emisora de radio usaba para abrir sus noticiarios:

En fin, no voy a comentar sus discos en solitario uno por uno porque me alargaría hasta el infinito, pero si cabe comentar que otro de aquellos extraordinarios trabajos, China, se convirtió en la carambola que llevaría a Vangelis hasta ese éxito que tanto se esforzaba por esquivar. Vangelis había compuesto bandas sonoras desde muy joven, antes incluso de formar Aphrodita’s Child, pero siempre habían sido una faceta secundaria (o complementaria, si lo prefieren) de su trabajo. En 1980, el director británico Hugh Hudson quedó encandilado con el disco China y decidió contratar a Vangelis para componer la banda sonora de su nueva película Chariots of Fire (Carros de fuego). Era una opción arriesgada. La música que hacía Vangelis no era la que por entonces se consideraba indicada para un drama histórico centrado en el deporte y ambientado en los años veinte. Pero resultó que Vangelis iba a tocarle la fibra a media humanidad. Hudson no solo había acertado con su elección, sino que aquello fue una supernova. La película fue una de las más taquilleras del planeta en 1981 —todo un logro para una producción británica—, y el disco de la banda sonora llegó al número uno en los Estados Unidos, colándose también en el Top Ten de unos cuantos países más. Y todo gracias a uno de los temas más famosos de la historia del cine:

Es uno de esos casos donde resulta imposible desligar el éxito de la película del éxito del tema principal de su banda sonora. ¿Sería Carros de fuego la misma película sin esa famosa melodía de piano con acompañamiento sintetizado? No. No sería la misma película. La escena de tipos corriendo mientras suena el tema principal se convirtió en algo más que una secuencia emblemática. Se convirtió en un hito cultural de la época, en una referencia universal. Los niños, haciendo como que corrían a cámara lenta, imitaban la escena en los colegios. Los programas de televisión parodiaban la secuencia, o usaban la música para ilustrar sus propias imágenes deportivas. Cualquier persona podía tararear la melodía y, a su alrededor, todos sabían a qué se estaba refiriendo.

Por primera vez, Vangelis alcanzó un estrellato que iba mucho más allá de Europa y hacía palidecer al de su antiguo compañero Demis Roussos (que había empezado con mucha fuerza su carrera en solitario en 1973 y después había ido perdiendo fuelle, aunque aún era un habitual de las televisiones europeas). Se convirtió en una figura de talla mundial, y a nadie le sorprendió que ganase el Óscar a la mejor música original pese a que competía con John Williams (nominado por En busca del arca perdida) y Randy Newman (en una más de sus veintidós nominaciones). Eso sí, Vangelis hizo gala de su particular manera de tratar con la fama y el mundo en general: no acudió a la gala de los Óscar porque tenía que cruzar el Atlántico y le aterrorizaban los aviones. Tampoco se animó a hacer la travesía en barco, pese a la insistencia de los productores en pagarle un camarote de lujo.

El segundo episodio de la revolución cinematográfica de Vangelis llegó muy poco después, en 1982, pero tuvo efecto retardado. Cuando Ridley Scott llamó a Vangelis para escribir la música de Blade Runner, el griego ya era una institución, pero seguía siendo una elección arriesgada. Recordemos que en 1982 todavía era costumbre que la ciencia ficción de gran presupuesto emplease música orquestal hecha por compositores de cine a la vieja usanza: E.T. el Extraterrestre empleaba fanfarrias de John Williams, como habían hecho La guerra de las galaxias y Encuentros en la tercera fase. Incluso el propio Ridley Scott había usado música orquestal de Jerry Goldsmith en Alien. Pero Blade Runner era algo nuevo en el cine. Pese a lo que mucha gente cree, Blade Runner no supuso el nacimiento de la escenografía visual urbana y el futurismo urbano propios del cyberpunk (fue Jean Giraud «Moebius» quien ideó esa imaginería en 1975 para el comic The Long Tomorrow, que tenía guion de Dan O’Bannon). Pero es innegable que Blade Runner llevó esa estética estilo Moebius a la gran pantalla, teniendo una gran influencia sobre la futura ciencia ficción cinematográfica, y que la combinó con una música que cumplía la importante función de romper barreras con las convenciones del presente. De nuevo, la película y la música de Vangelis se convirtieron en una sola cosa. Blade Runner no tuvo éxito, así que su impacto tardó tiempo en producirse. Pero cuando por fin obtuvo estatus de culto, la banda sonora de Vangelis parecía un pilar tan fundamental como el impresionante aparato visual.

El cine convirtió a Vangelis en un icono; a cambio, él había hecho cambiar la manera en que puede sonar una película. Hablamos de una transformación generacional e histórica, y él estuvo no una, sino dos veces consecutivas el ojo del huracán de ese cambio, como Anton Karas lo estuvo con El tercer hombre, o como Bernard Herrmann lo estuvo con Psicosis. Vangelis retornó al cine cuando le apetecía, sin considerarse un especialista pese a que era uno de los compositores más solicitados por el séptimo arte, y continuó publicando discos en solitario que hoy son una bendición para quien quiera explorar lo que este maravilloso individuo hacía más allá de las películas. Descanse en algún lugar del espacio, maestro.

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22 Comentarios

  1. A los 11 años (en 1983) cayeron en mis manos muchos discos de Vangelis que, aparte de la estimulación que para mis oídos supusieron, despertaron una gran curiosidad por el universo. En aquella época la serie Cosmos, de Carl Sagan, era una gran novedad y elevaba la divulgación científica a un grado muy superior de lo anteriormente visto y oído. Esos discos me hicieron soñar horas y horas sentado en el balcón de mi casa mientras contemplaba las estrellas. Pero también fueron la banda sonora de grandes momentos de mi vida. Y me dieron la oportunidad de REFLEXIONAR acerca de lo que somos y qué lugar ocupamos en , algo que hoy se echa mucho de menos: reflexión. Y en 1986 tropecé con Soil Festivities, cuyo primer movimiento es el relato musical de una tormenta, y que aún, tantos años después, me sigue erizando la piel. Mi vida sería otra muy distinta si no hubiese conocido la música de Vangelis.

  2. Mi canción favorita, puro placer, es I ll find my way home. Sí, es algo subjetivo, pero está en todos los the best of de Vangelis. Y la deseo recomendar porque como canción es una belleza. Letra, música y la voz aguda de Jon.

    • Ya me has metido en la cabeza “Far away in Baagad”. Me va a costar sacármela. Jon quiso llevarse a Vangelis a Yes cuando se fue Wakeman, pero Vangelis pensó que no encajaría en el estilo.

  3. Gracias Emilio por este artículo, te has desarrollado más en la parte analógica del autor, la digital para mí fue más tosca y apareció bruscamente, al principio sobre todo; en la intersección como en “Soil Festivities” donde se incluían muy sutilmente algunos samples, aún consevaba su perfecta sincronía con los sintes analógicos, tan sinergizantes con su talento. Luego “Mask” uno de mis discos preferidos del autor. No es hasta “1492, the conquest of Paradise”, donde la BSO supera si cabe a la propia película de R.Scott, cuando lo digital hace resurgir de nuevo la grandeza de Vangelis. “The City” es una fantasía urbana muy adictiva, Vangelis paseando por la faceta más lúdica del día a día de la ciudad moderna, de la mano de Roman Polansky. En la misma época y posteriormente reeditado, El Greco (no la BSO) donde Vangelis se funde perfectamente con lo digital, en un viaje mental asombroso al pasado renacentista del pintor. En fin no quiero alargarme, solo quería hacer un aporte personal. Un abrazo para ti y otro para El Maestro, que quedará…? P.D.: maravillosa la canción “Oh, my sweet Springtime”, con Irene Papas.

  4. En ningún otro momento siento tan profundamente que la música es MAGIA, como cuando me enchufo algún disco de Vangelis.
    “Albedo 0.39” (mi preferido), “The City”, “Antarctica”, “Blade Runner”, “Spiral”, “Opera Sauvage”… ¡tantas maravillas!

    Estés donde estés, Maestro, ¡Gracias infinitas!

  5. Muy bien este homenaje, pero me deja en el tintero grandes obras. Se merecía dos folios más al menos, a los que nos gusta leer no nos importa.

  6. Sin desmerecer el resto de sus trabajo, y mientras escucho el vinilo que hace poco compré en Granada de Chariots of fire, 1492 The conquest of Paradise es uno de los discos que más he escuchado en mi medio siglo. Me subyugó tanto la primera vez que escuché Pinta, Nina, Santa Maria (que no escucha en la película) en el programa de radio de New Age que tenía el gran Ramón Trecet, que no tardé mucho en comprar el cd y hasta ahora. Difícil la semana que no cae.

    Realmente la afición por Vangelis se la debo a mi hermano mayor (gracias eternas) que lo escuchaba muchísimo, de hecho, me he quedado con algún álbum que compró él, como el China, Themes o el mismísimo Cosmos donde se escucha esa maravilla que es Alpha. Hace poco compré su álbum Direct. Y en la recámara Blade Runner, Alejandro Magno…..

    Sentí mucho su muerte, me lleva acompañando muchos años.
    Gracias, hermano.

  7. Yo lo escuche por primera vez en la banda sonora de Blade Runner y quedó siempre en mi mente, extraordinaro trabajo que hizo a lo largo de su carrera

  8. Por gustarme de él, hasta le saco jugo al “Beaubourg”, que no se lo comen ni los cochinos.

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