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‘De qué (no) te vas a morir’: pues haber elegido muerte

De qué (no) te vas a morir muerte
De qué (no) te vas a morir, de Sergio Parra. Imagen: West Indies Books.

Hemos pasado del cachiporrazo en taparrabos a dirimir nuestras disputas en Twitter en un abrir y cerrar de ojos. Sí, duele aceptarlo pero somos los mismos de hace miles de años, solo que con herramientas mucho más sofisticadas. Resultaría estúpido negar que semejante salto ha traído sus cosas buenas, como el arte, la receta del tiramisú o el método científico, pero en términos evolutivos ha sido como vestir de traje a un chimpancé amaestrado y enviarlo a trabajar a la oficina: será capaz de rellenar ese rutinario Excel, pero nadie puede asegurar que no acabe lanzando sus heces contra algún compañero de contabilidad. 

Lo que vengo a decirte es que nuestras mentes racionales se esfuerzan por escapar de su herencia animal y adaptarse a los nuevos tiempos, pero la sombra de nuestro legado es alargada. Una herencia ¿indeseada? que se hace especialmente patente cuando la biología nos delata en nuestras reacciones más instintivas. Quién no ha temblado de rabia ante alguna situación injusta o ha soltado una contestación airada en mitad de una discusión. Quién no tiene miedo a la oscuridad, a los tiburones o a morir asesinado por payasos asesinos. Ay, el miedo a morir.

A estas alturas nadie dirá que el miedo es algo inútil. El miedo es, entre otras cosas, una potente forma de evitar peligros y, con ello, la muerte. El problema viene cuando la amígdala, ese interruptor de respuesta automática de nuestras emociones, se encuentra con el panorama de nuestra sociedad industrializada y se convierte «en una histérica y una hipocondríaca que nos obliga a concentrarnos en lo que no debería dar miedo, lo que a la vez permite que lo que debería darnos miedo pase desapercibido». El miedo se convierte, de esta forma, en una reminiscencia de aquellos tiempos en que había que saltar para que no nos mordiera una serpiente venenosa y ahora, sin serpientes a nuestro alrededor, tenemos que buscar razones para espantarnos donde (casi) no las hay. O bueno, haberlas, haylas (según la OMS, más de ocho mil formas de espichar), pero en los lugares habitualmente equivocados u olvidados.

El entrecomillado anterior viene del libro De qué (no) te vas a morir (West Indies Books, 2022), la publicación más reciente del prolífico divulgador Sergio Parra. Una obra que pisa el acelerador desde su introducción para tratar de identificar las causas que nos llevan a actuar de manera tan ilógica ante una realidad que no vemos a pesar de estar frente a nuestras narices. ¿Por qué nos preocupa más la posibilidad de ser víctimas de un homicidio que de suicidarnos? ¿Por qué leemos mucho, muchísimo más sobre catástrofes naturales que sobre muertes por alergias o accidentes cardiovasculares? ¿Por qué, en definitiva, nos aterran mucho más las formas de morir más improbables y apenas prestamos atención a las que entrañan un mayor riesgo? Según Sergio, si esa amígdala tiene la mitad de culpa, el mérito de la otra mitad es para unos medios de comunicación cuyo modelo de negocio se basa en el tamaño de su audiencia y no en la calidad de las noticias.

De qué (no) te vas a morir se presenta así como un remedio que nos permita comprender, a partir de la ciencia, la estadística y los hechos, las maneras en que nuestro propio organismo y la prensa y redes sociales se alían para boicotearnos y hacernos creer como probable lo improbable, y viceversa. Y lo hace desde el primer momento, construyendo un divertido índice que distribuye los capítulos del libro en desmontar algunos de los miedos a morir más comunes y acompañándolos de otros miedos que funcionan casi como opuestos, y que son mucho menos habituales pero, paradójicamente, se dan mucho más a nivel estadístico. Descubriremos, de esta forma, que es diez veces más probable que te suicides a que alguien te mate, o que, en términos generales, es cincuenta veces más probable que nos mate accidentalmente un borracho que un terrorista. Ni hablemos de la poca relevancia en los medios de, por ejemplo, las cardiopatías, que son, a día de hoy, la causa más frecuente de muerte. O de las muertes por fumar, que equivalen a unos tres aviones jumbo estrellándose a diario, solo en Estados Unidos. Por cierto, sobre el miedo a morir en un accidente de avión, se sabe que en el 95.7 % de todos los accidentes aéreos que se han producido hasta la fecha no ha muerto nadie. o por cardiopatías, que son, a día de hoy, la causa más frecuente de muerte.

Quien ya haya leído a Sergio intuirá que este volumen no anda falto de datos. Su escritura abre el caño gordo de las cifras y logra saciar nuestro apetito de conocimiento mediante centenares de estadísticas y decenas de fuentes bibliográficas con las que acompañar y contrastar su tesis, todo presentado con un estilo llano y colmado de la distinguible ironía de un autor al que es imposible dejar un capítulo a medias. (A este fin ayuda, y mucho, la cuidada edición de West Indies, quienes han dado un salto cualitativo en los acabados de sus obras). No obstante, no es por eso un ensayo puramente expositivo. Tal como se ha ido advirtiendo en sus últimos títulos, el autor se atreve a repartir a diestro y siniestro contra quienes pretenden hacer un uso personal, político o corporativista de la manipulación de los datos y, en general, contra todos aquellos que, en época de posverdades y demás formas de manipulación mediática, apelan antes a la emoción que a la razón en sus discursos. En definitiva, contra los enemigos de la información.

Aunque el verdadero debate que puede promover este libro y que el propio Sergio no rehúye en sus páginas es el de entender dónde está la causa y dónde el efecto en esa correlación aparentemente negativa entre los miedos y los riesgos reales. Como ejemplo, en las últimas páginas del libro se puede leer que somos la generación más segura de la historia. Esta afirmación, sustentada a lo largo de todas las páginas que la anteceden, es tan cierta que puede espantar a los adalides de todas esas corrientes cuya base teórica subyace en la consideración de que los riesgos en nuestra sociedad son tantos o más (y tanto o más peligrosos) en la actualidad que en el pasado. Sin embargo, y esto es algo que el propio Sergio comenta, es imposible saber si, de no preocuparnos por todo lo que nos preocupamos, los porcentajes de las distintas causas de muerte serían diferentes, y, por decir algo, si morirían más personas en accidentes de vuelo que de coche. ¿Lo estamos haciendo estupendamente bien o rematadamente mal? ¿Tiene sentido hacerse esa pregunta?

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