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Robert Pattinson: ¿cómo acabar con el vampiro?

Robert Pattinson

Ahora que ha pasado tanto tiempo desde el estreno de la última película de la saga de Crepúsculo (Twilight, varios directores, EE. UU., 2008-2012), se puede constatar claramente cómo la figura de Robert Pattinson se encuentra completamente independizada de la sombra del vampiro que lo convirtió en uno de los actores más reconocidos cuando apenas acababa de salir de la adolescencia. El privilegio de la distancia que da el paso de los años permite apreciar el contraste entre aquella imagen que el espectador, a razón del éxito en taquilla de aquellas cinco películas, se hizo del joven y la que se tiene ahora de él, cuyo rostro se ha convertido, de alguna manera, en un sello de cierto cine de autor que desfila en los festivales más prestigiosos. No es casualidad que en lo que va de año, Pattinson haya presentado dos películas en dos de los grandes festivales celebrados en 2025, Berlín y Cannes, Mickey 17 (Bong Joon-ho, EE. UU., 2025) y Die, My Love (Lynne Ramsay, EE. UU., 2025), respectivamente.

La carrera del actor ha ido evolucionando paulatinamente, emergiendo de una saga para acabar, justo diez años después, protagonizando otra muy distinta, la de The Batman, de Matt Reeves. Esta producción de la Warner, que pretende ser un éxito en taquilla tan grande (o más) que la saga Crepúsculo, devuelve al actor británico a una producción industrial de gran presupuesto, pero, inevitablemente, lo hace desde una posición muy distinta. Lejos de ser un joven que no podía rechazar una oportunidad semejante, ahora Robert Pattinson es una estrella y, sin duda, una de las grandes apuestas del proyecto, siendo para la franquicia casi una garantía (si es que existe alguna en el cine) debido al reconocimiento crítico y del público con el que cuenta el actor. En todo caso, este retorno da lugar a que se plantee la pregunta de cómo aquel cuya fama explotó con el nombre de Edward Cullen ha conseguido dar la vuelta a su carrera y, también si acaso, el borrado de aquella imagen primigenia con la que se dio a conocer el actor británico ha sido total, o si es posible encontrar todavía algún indicio de la misma.

Pero para que esto se sienta como un retorno, previamente tuvo que haber un distanciamiento, que no pudo comenzar con otra película sino con Cosmopolis (David Cronenberg, Francia, 2012). Si bien esta no es la única película en la que Robert Pattinson participó durante y justo después de las últimas entregas de Crepúsculo, la de Cronenberg es diferente, podría decirse incluso opuesta, al resto. Recuérdame (Allen Coulter, 2010), Agua para elefantes (Frances Lawrence, 2011) y Bel Ami, historia de un seductor (Nick Ormerod, Declan Donnellan, 2012), que son algunas de aquellas películas que el actor protagonizó entonces, no obtuvieron el éxito posiblemente esperado en comparación con el de la saga vampírica. La razón quizás se encuentre en que todas ellas coincidían en seguir explotando, o perpetuando, la imagen de héroe romántico, rompecorazones y atormentado, con la que Robert Pattinson dio un rostro y un cuerpo al personaje del vampiro bueno. No es hasta que Cronenberg lo elige para protagonizar la simbólica Cosmopolis cuando el actor rompe por primera vez, de manera contundente, con esos rasgos de personalidad. Eric Packer (Pattinson) es la juventud voraz y tecnológica de un capitalismo que parece tener los días contados, en la adaptación cinematográfica de la novela de Don DeLillo, que no muestra ningún atisbo de romantizar las crueldades de las sociedades del siglo XXI. La importancia que tuvo para el actor protagonizar esta película va más allá de que sea la primera vez que rompe con algunos esquemas de sus personajes anteriores; sino que, gracias a su colaboración con Cronenberg, Pattinson se sumerge de manera total en el cine de autor más prestigioso.

Lo más interesante es que, a raíz de esta colaboración, comienza una de las fases más atractivas de su carrera. Aunque su colaboración con Cronenberg es un bautismo en ese cine no tan centrado en el resultado comercial, el director canadiense ya se consideraba entonces una vaca sagrada de la Croisette (término con el que se conoce a los cineastas habituales del festival francés). Sin embargo, Pattinson aprovecha el empuje de Cosmopolis para apostar por filmografías jóvenes, prometedoras, de cineastas llamados a ser reconocidos en el futuro próximo, pero con nombres prácticamente desconocidos entonces. Así, el actor británico encarna un papel muy relevante en la primera película dirigida por Brady Corbet, La infancia de un líder (The Childhood of a Leader, EE. UU., 2015), casi diez años antes de que su The Brutalist fuera considerada una de las favoritas a ganar el León de Oro de Venecia en 2024 (que se llevó Almodóvar por La habitación de al lado). En aquella época, Pattinson también protagoniza dos segundos largometrajes, uno de los hermanos Safdie, Good Time (EE. UU., 2017), y otro de Robert Eggers que protagoniza junto a uno de los grandes iconos del cine indie estadounidense, Willem Dafoe, El faro (The Lighthouse, 2019). Estas decisiones arriesgadas fueron, en realidad, muy precisas porque estos directores, que en los primeros años de la década de 2010 eran promesas, ahora son considerados como cineastas de primer nivel y sus nombres son conocidos por los espectadores (Eggers es también el responsable de La bruja, Nosferatu y El hombre del norte) y sus películas son habituales de esos festivales anteriormente denominados de la clase A. Las colaboraciones dan lugar a una relación simbiótica entre actor y cineastas, ya que estos consiguen contar con un rostro reconocible para el espectador en un proyecto de una filmografía joven, mientras que a Pattinson estos cineastas le permiten desarrollar y expresar su versatilidad interpretativa, alejada del estoicismo del que era acusado en la primera etapa de su carrera.

Además de su aproximación al cine más autoral, podría decirse que el otro gran pilar sobre el que Pattinson ha remodelado su carrera es la búsqueda (casi como una obsesión) de aquellos papeles que rompían de manera más transversal con el eco de sus personajes precedentes. Así, si su papel en La infancia de un líder rompe con los rasgos principales del personaje de El cazador (The Rover, David Michôd, 2014), con Good Time destruye todo acercamiento a la sofisticación para representar el amor fraternal en bruto. Del mismo modo, los pasados problemáticos y (probablemente) homicidas de los protagonistas de High Life (Claire Denis, Francia, 2018) y de El faro dan como resultado dos personajes cuyos tormentos se manifiestan de manera completamente diferente, casi contrapuesta. Hasta llegar a Mickey 17. Con el octavo largometraje de Bong Joon-ho, Pattinson no solo rompe con sus papeles precedentes, sino que los contradice en la misma película, donde toda diferencia entre uno y otro recae exclusivamente en los matices de su interpretación.

Robert Pattinson

La última película del cineasta coreano no solo le sirve a Pattinson para constatar de manera definitiva su versatilidad, sino que también prueba de manera concluyente un cambio en la tendencia de los proyectos en los que decide participar. Si bien una de las bases para su evolución fue su apuesta por cineastas emergentes, de un tiempo a esta parte (con el inicio de la década presente), el actor británico prefiere optar por películas de cineastas que, si bien muchos siguen siendo considerados de autor, ya se encuentran ampliamente consagrados. Hay que tener en cuenta que su colaboración con Bong sucede después de que el cineasta coreano ganara todo con Parásitos en 2019. Su otro estreno este año, Die, My Love, de Lynne Ramsay, está coprotagonizada por Jennifer Lawrence (ya todo un icono) y es posterior a que algunas de sus anteriores películas, como En realidad, nunca estuviste aquí (2017) y, sobre todo, Tenemos que hablar de Kevin (2011), obtuvieran una gran repercusión. Lo mismo sucede con Claire Denis, que ya era considerada una autora indiscutible décadas antes del estreno de High Life. Incluso sus colaboraciones con Christopher Nolan (Pattinson tiene un papel relevante en Tenet y, en principio, también lo tendrá en la adaptación de la Odisea) son posteriores a sus Batman (volvemos a Batman) y a Interestelar (2014).

Aunque es pronto para poder declararlo como tal, es posible que 2022 fuera el inicio de una nueva fase en la compleja carrera de Robert Pattinson, pero hay indicios para considerar que el retorno a las sagas con el personaje de DC puede que sea el punto de giro de una nueva orientación en su filmografía. Si se tienen en cuenta las dos entregas de Batman que quedan por estrenar y los proyectos futuros que se han confirmado hasta la fecha, todo parece indicar que, por ahora, el actor británico va a encadenar de manera consecutiva varios proyectos que pretenden un público objetivo más amplio. Por una parte, la ya mencionada The Odyssey, de Nolan, es una película llamada a una gran recepción del público, tanto por la amplitud de los seguidores fieles del director británico como por la adaptación elegida, pues la obra de Homero es un clásico por excelencia. Pero junto a este, otro de sus proyectos futuros es la nueva película de Adam McKay, director de Don’t Look Up (EE. UU., 2021), con un estreno limitado en cines pero en streaming en Netflix y más cercana a Todo a la vez en todas partes (Everything Everywhere All at Once, Daniel Kwan y Daniel Scheinert, 2022) que a los proyectos que lo han llevado a Cannes o a Berlín.

Sin saber todavía si esto es más una coincidencia que un cambio de rumbo, de consolidarse esta tendencia, podría parecer que estos diez años de proyectos heterogéneos en realidad han venido a reconducirlo al cine industrial en letras mayúsculas, pero ahora desde una posición privilegiada, pues ahora la memoria colectiva que los espectadores tienen del actor no está vinculada ni a un género ni a una única saga, sino que públicos muy diversos conocen y reconocen el talento de Robert Pattinson. Aún no sabemos si esto es solo algo pasajero, una nueva etapa, o incluso si finalmente el actor acaba por decantarse por una tercera vía y reducir sus colaboraciones a unos pocos, pero muy prestigiosos cineastas, como ya han hecho antes que él Leonardo DiCaprio, Daniel Day-Lewis o Joaquin Phoenix. Por ahora, lo que queda demostrado por el tiempo es que sí que es posible acabar con cualquier fantasma del pasado, incluso si se trata de un vampiro… aunque luego sea para volver a resucitarlo.

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Un comentario

  1. Rodolfo Chikilicuatre

    Para mí, Robert Pattinson es una actor como la copa de un pino. Un buen actor debe ser impredecible, incapaz de encasillarse y que sorprenda con cada nueva película. Pattinson lo mismo te hace una comedia absurda, o un thriller o un melodrama de pies a cabeza.
    Un actor de los que quedan pocos en Hollywood. Su interpretación en Mickey 17 de las mejores que he visto los últimos años. Pocos pueden hacer eso.

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