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Hollywood contra las patentes: cómo el cine nació huyendo de Edison

Hollywood contra las patentes
Fotograma de The Great Train Robbery, film producido en el estudio del emperador de las patentes.

Los Wilcox

Harvey y Daeida Wilcox eran una pareja singular. Incluso teniendo en cuenta las costumbres de una época, mediados del siglo XIX, en los que un matrimonio debía cumplir una cierta cantidad de cláusulas en las que no tenía por qué figurar nada remotamente parecido al amor o sus derivadas, los Wilcox llamaban la atención de unos y otros. Para empezar, él sufrió poliomielitis y se vio sentado en una silla de ruedas desde su adolescencia hasta el día en que se puso a criar malvas cuarenta y cinco años más tarde. Eso no le impidió ni rodar de un lado para otro de los Estados Unidos, ni casarse dos veces, la segunda de ellas con nuestra ya conocida Daieda que, ay pillín, pillín, era unos treinta años más joven que él. Como Harvey era un prohibicionista1, podemos inferir sin mucho temor a equivocarnos que más que su locuacidad, bonhomía y carácter jovial, fueron su patrimonio y su habilidad para incrementarlo con cada documento que firmaba lo que le dotaba de un atractivo que la joven Daeida se vio incapaz de resistir.

En algún momento de 1886, asqueados por el ambiente de iniquidad, pecado y vileza que les hacía tropezar con la sombra del mismísimo Satanás cada vez que asomaban las narices por las calles de Kansas, los Wilcox cargaron sus pertenencias en un carromato, se santiguaron y persignaron tantas veces como creyeron necesario (y no debieron de ser pocas) para poner tanta tierra de por medio como fuese necesaria con ciertas garantías de santidad, y no pararon hasta que llegaron a una plantación de higos en el noroeste de Los Ángeles. La buena de Daeida tuvo un golpe de inspiración y bautizó aquellas cincuenta hectáreas de higueras con el nombre de Hollywood2. Harvey, como era de esperar, sacó a relucir su olfato para los negocios y tardó poco más o menos un año en darse cuenta de que alcanzarían sus objetivos de purificar el mundo con mayor celeridad si las fuentes de ingresos para la causa dependían menos de los caprichos de la naturaleza y sus cosechas que de dividir los terrenos en lotes y forrarse vendiéndolos al mejor postor. Hay cosas que no cambiarán nunca.

Edison

Hollywood contra las patentes
El kinetoscopio (Foto: The US National Archives)

Al mismo tiempo, en el otro lado del país, Thomas Alva Edison patentaba el kinetógrafo y el kinetoscopio. A Edison no hace falta presentarlo. Este archienemigo de los fucionarios de las oficinas de patentes de todo el mundos (1093 solicitudes de patente presentadas son el arma de destrucción masiva que le hacen merecedor de ese antitítulo), hombre hecho a sí mismo sin educación técnica ni de ningún otro tipo, modelo de inventores del mundo entero, inspiración del icono en forma de bombilla que indica que se ha tenido una idea genial, ya había llenado su taller de Menlo Park, New Jersey, de tal cantidad de aparatos, ayudantes y actividad frenética como para que un alma menos comprensiva hacia los avances de la ciencia, como por ejemplo la de Harvey Wilcox, viera en cada una de sus dependencias la mefítica mano del Diablo3.

La habilidad de Edison para convertir sus ideas en moneda de curso legal no era mucho menor que su capacidad inventiva. Ya en 1874 desarrolló un ingenioso sistema de telegrafía que permitía enviar y recibir cuatro mensajes al mismo tiempo por el mismo hilo. Le dio por nombre quadruplex y sí, se podría considerar que es el primer paso en la técnica de la multiplexación que tantos dolores de cabeza ha ocasionado desde entonces a estudiantes de ingeniería de todo el mundo. Edison llegó a un acuerdo con Western Union para venderles la invención por una cantidad de dinero que habría sido declarada indecente por cualquier rama del protestantismo del país, solamente para romperlo antes de formalizarse, dejar a los letrados de la compañía con un palmo de narices y firmar una transacción por un importe tres veces superior con Jay Gould, un personaje que sin esfuerzo y seguramente con orgullo representaba el paradigma del capitalismo más salvaje y vampírico, una especie de mezcla de Elon Musk, Florentino Pérez y Fu Manchú pero en MALVADO. Ahí tomó Edison carrerilla y ya no quiso parar; por supuesto no iba a dejar sin exprimir hasta la pulpa de sus dos inventos relacionados con la industria del cine.

Se considera que Monkeyshines nº1, nº2 y nº3 son las primeras películas que se hicieron para el kinetoscopio, en 1889. Las dos primeras se han conservado, y consisten en unos pocos segundos de dos trabajadores de los laboratorios de Edison haciendo monerías. Cuando la tecnología había avanzado lo suficiente como para empezar a pensar en explotarla comercialmente, Edison levantó un estudio, el Black Maria, y empezó a sacar como churros tantas películas como fueran capaces de soportar los equipos de rodaje. Todas ellas son pantomimas de unos pocos minutos que, dado su corto metraje, no hacen sufrir demasiado a los estudiosos del cine que se vean obligados a verlas4. Quizás la más famosa de ellas sea The Great Train Robbery (1903).

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Reproducción del estudio Black Maria en el Thomas Edison National History Center (foto: Acroterion)

El primer teatro dedicado a la proyección de películas de cine se abrió al público en 1894, en el número 1155 de Broadway, Nueva York. Por cinco centavos, un público compuesto esencialmente por trabajadores inmigrantes, que encontraban en el cine mudo una diversión que no les exigía el dominio del idioma local, podían ver tres películas de unos diez minutos cada una. En pocos años, el negocio era lo bastante lucrativo como para que llamara la atención de cualquiera que no tuviera reparos en forzar las leyes del mercado y producir sus propias películas. Entre todos ellos, destacaba Carl Laemmle.

El señor Laemmle

Para hacerse una idea de la posición en la escala social que ocupaban los Laemmle en su Alemania natal, basta con decir que de los once hijos que engendraron Herr y Freulain Laemmle solamente tres llegaron a la edad adulta. Visto el panorama, el día que cumplió diecisiete años el padre de Carl le puso en la mano cincuenta dólares y un billete de barco, le dio la beraká5 y lo mandó al otro lado del mundo a que se buscara la vida. No lo volvió a ver.

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Carl Laemmle en 1913 (Foto: Universal)

Carl se estableció en Chicago, desempeñó todos los oficios que le salieron al paso y, finalmente, se puso a ejercer de contable para una tienda de ropa. Una tarde de 1906, para tomarse un rato libre entre haberes, deberes, salidas de caja y amortizaciones de activos, pagó los cinco centavos de tarifa y se metió en un cine de barrio. Allí experimentó una suerte de iluminación y vislumbró un futuro pleno a base de estrellas de cine, camas redondas, sábanas de seda roja, espejos en el techo y fiestas que duraban hasta el amanecer y más allá. Sin importarle ningún tipo de título de propiedad industrial que cualquier abogado de Edison pudiera agitar delante de su cara, enseguida se puso a la tarea de producir, distribuir y exhibir películas por su cuenta y riesgo que, como es natural a la vista su biografía, le parecía muy pequeño. Para manejar todo el complejo entramado, fundó la Independent Moving Pictures Company (IMP). Se cuenta que cierto día, pocos años después, durante una reunión de la junta directiva en la que se abordaban asuntos lo bastante aburridos como para que incluso el consejero delegado6 buscara distracción mirando por la ventana el tráfico de las calles, Carl vio pasar un primitivo camión industrial con el nombre Universal Pipes Fittings impreso en sus costados. Como ya hemos visto, nuestro hombre no se paraba en barras a la hora atropellar los derechos ajenos, y mucho menos tenía como costumbre reflexionar sobre las prohibiciones relativas o absolutas si necesitaba echar mano de una marca o nombre comercial, así que a partir de ese momento cambió el nombre de su empresa y la llamó Universal Pictures. Les sonará por ser el estudio que produjo, por ejemplo, Tiburón (1976).

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Anuncio de The Broken Oath, en el que se desvela que Lawrence aún vive y todo el asunto de su accidente de coche era una trola colosal (Foto: The Billboard Magazine)

No solo a base de habilidades más o menos legales prosperó Carl Laemmle en la industria del cine. Con un ojo crítico desconocido en la época, supo discernir que las películas que se rodaban y exhibían por aquel entonces eran, hablando en plata, una mierda. Así pues, comenzó a lanzar películas con argumentos más elaborados y de metraje algo mayor. Como guinda del pastel, inventó el concepto de la estrella de cine al arrebatarle a la actriz Florence Lawrence a la competencia, fingir su muerte en un accidente de coche y rescatarla de entre los muertos para el lanzamiento de su película The Broken Oath. En resumen, empezó a comerle la tostada a Edison pegándole unos bocados dignos de un megalodón.

La Motion Pictures Patents Company

«Mostradme un hombre satisfecho y yo os mostraré un hombre fracasado», decía Edison. Dicho y hecho. No tardó mucho en ponerse en marcha, darle a la sesera y descubrir en todo el arsenal de patentes que llevaba acumuladas el arma definitiva contra la competencia. Para redondear la masacre, reunió a todo aquel que tuviera algo que ver con la industria cinematográfica en un trust que, sin desviarnos mucho de la verdad, podríamos definir como asociación mafiosa. Desde productoras de películas hasta fabricantes de celuloide como Kodak, la Motions Pictures Patents Company que los aglutinaba a todos aspiraba a que ni siquiera se pudiera pisar sin su permiso una cucaracha que deambulara sin rumbo fijo por el patio de butacas. Se vieron legiones de detectives que irrumpían en las salas de cine en busca de cualquier dispositivo que infringiera la quinta realización de una familia de patentes hasta entonces olvidada. Cuando se dieron cuenta de que los costes que les ocasionaban a las productoras independientes las demandas por infracción eran compensados de largo por los ingresos obtenidos, recurrieron a métodos más tradicionales entre los que el uso de la violencia no era ni mucho menos considerado fuera de lugar. Y por fin la competencia llegó a la conclusión de que lo mejor sería poner pies en polvorosa.

Hollywood

Basta una ojeada a un mapa de los Estados Unidos para darse cuenta de que el punto más alejado del trust de Edison y su arsenal de patentes está en California. La leyenda cuenta que Cecil B. de Mille, Jesse Lasky (que a su debido tiempo fundaría la Paramount) y Samuel Goldwyn (de la Goldwyn, claro) se bajaron de un tren en Flagstaff, Arizona, con la intención de rodar allí una película titulada El mestizo. Apenas pusieron el pie en ese poblacho de mala muerte, comenzó a caer una cantidad de agua de los cielos que dejaba el diluvio universal a la altura de una agradable llovizna otoñal a orillas de la playa de la Concha. Volvieron a subirse al tren y no se bajaron hasta llegar a los dominios de los Wilcox, ese gracioso matrimonio del que ya conocimos los detalles hace unos párrafos.

Sea como fuera, el caso es que California presentaba una serie de ventajas que hizo que cualquiera que tuviera en mente ganarse la vida haciendo películas de cine se dirigiera hacia allí sin volver la vista atrás. Para empezar, cualquier abogado que intentara hacer valer ante un juez de Los Ángeles los derechos de una patente concedida a cuatro días en tren de distancia tenía todas las papeletas para, con suerte, mover a la hilaridad a juez y jurado y, con mala suerte, acabar con una generosa ración de brea y plumas aplicada sobre todos los pliegues de su cuerpo. Además, la mano de obra era barata, por no decir gratuita, el tiempo soleado era una bendición divina y a pocos kilómetros a la redonda se disponía de cualquier paisaje que se pudiera desear para rodar en exteriores. Y México estaba a tiro de piedra para pasar una temporada entre tequilazos y ándale, ándale güey, por si convenía desaparecer cuando los matones de Edison asomaran la cabeza con la intención de disuadir del uso de la decimotercera reivindicación de una patente a base de porrazos.

Todos se fueron allí, incluido Carl Laemmle. En febrero de 1915 se estrenó El nacimiento de una nación, una película de varias horas de duración que dio el pistoletazo de salida al cine moderno7. En octubre de 1915 un tribunal declaraba que los actos de la MPPC fueron «mucho más allá de lo necesario para proteger el uso de las patentes o el monopolio que las acompañaba»8. Otro tribunal de apelación desestimó el recurso y en 1918, se diera Edison por satisfecho o no, la Motion Pictures Patents Company dejaba de existir.


Notas

(1) Un modo de vida para el que prácticamente cualquier acto que no sea respirar le hace a uno merecedor de una estancia eterna en el más profundo recoveco del infierno. Un asco de vida, vamos.

(2) La ironía implícita ha ocasionado desde entonces no pocas carcajadas en las fiestas, y algo más, que se organizan en Hollywood después de cada estreno, gala o, simplemente, día de rodaje que se ha terminado con ganas de jarana.

(3) Traten de explicar sin recurrir a la demonología cómo puede una bombilla seguir encendida después de ciento veintidós años, tal y como sucede en un parque de bomberos de Chicago. ¿A que se han hecho cruces al enterarse del dato? Pues eso.

(4) Uno, dentro de su ignorancia, supone que «El cine de la Edison Manufacturing Company» es un remanso de paz interior y alivio moral frente a cosas como «Hipotaxis y grafismo en el cine iraní postrrevolucionario» o «Reología o flujo del Sturm und drag a través de la filmografía checoslovaca durante la era Breznev», tres asignaturas que me acabo de inventar pero que, visto lo visto, podrían perfectamente ser reales e incluso evaluables.

(5) Bendición judía; es como la bendición de los alimentos cristiana, pero más enrevesada.

(6) O sea, el señor Laemmle.

(7) Y que retrataba al Ku Klux Klan como si fueran una asociación de ciudadanos comprometidos con el bienestar social, pero esa es otra historia

(8) La traducción es mía. Pido disculpas por los errores que pueda haber cometido que, en todo caso, no serán de fondo.

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Un comentario

  1. Pingback: Cómo Hollywood surgió escapando de las patentes de Edison - Hemeroteca KillBait

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