Nos estamos dividiendo. Fotocopiando. Multiplicando. Corrigiendo. Constantemente. Somos una máquina que va a romper porque no puede parar de serlo. Desde la primera inspiración y el primer reflejo arcaico. Estamos bajando la pendiente que nos lleva de forma concienzuda a terminar. A agotarnos, a dejar de ser en abstracto y en primera persona. Quizá después de haber disfrutado de una vida plena si hemos tenido suerte. Quizá sin haber quitado el olor a nuevo de las páginas de nuestra obra. Y nos da miedo, lógico. Pero es en ese miedo donde nos regalamos el mérito de seguir un poco más. Ignorando a nuestras células en su mitosis, postergando la expiración tras la espiración. Y es también bien ahí, en ese miedo a morir, donde hoy más de uno miente para lucrarse. Las cuatro palabras que titulan este artículo son al tiempo la sentencia y la motivación. ¿Y si la muerte no fuera inexorable? ¿Y si pudiéramos evitarlo?
Si vamos al microscopio, nuestra mínima expresión siempre está en la batalla. Porque nuestras células se lo curran para que la cosa se alargue. Todo a partir de espermatozoide y óvulo. De un par de compendios de cromosomas que se mezclan y agitan para iniciar una multiplicación infinita. Desde una partícula madre hasta cada tejido con su correspondiente misión y límite. Nos ponen fronteras con membranas lipídicas. Endotelio, mesotelio y epitelio. La ingeniería celular se aplica con gran cuidado en replicarse. Duplica el material genético. Minimizando errores, como un trapecista meticuloso, pero aun así —ya lo saben por cómo nos maltratan las fotocopias— el tóner se termina dañando por el uso. Cada fotocopia de peor calidad que la anterior. Primero sutil, un imperceptible borrón; después, infranqueable e imposible de esconder. En el caso del material genético, esto se pone de manifiesto en los telómeros. El extremo de los cromosomas, que se va recortando las puntas como en una peluquería que no sabe qué moda toca seguir. Al inicio nada chirría. De la infancia a la adolescencia no importa cómo te peines. Después, paulatinamente, se produce una decadencia que lamina cada articulación para llevarnos a nuestra última permanente.
Consecuencia de la muerte como afirmación inexorable, la ciencia busca salidas al laberinto. En los últimos días ha sido noticia el estudio profundo de una mujer centenaria. La imagino abriendo la puerta de casa a los investigadores como la niña a los alienígenas en Encuentros en la tercera fase. Preguntándose: «¿Qué me vienen a pedir ahora que ya lo gasté casi todo?». Ella prestó sus brazos para que obtuvieran un maná único: la sangre de alguien que sigue y sigue. Buscando entre sus corpúsculos la razón que había llevado a esa mujer única a mantenerse en funcionamiento hasta una eternidad inesperada. Dando permiso para mirarla donde no se ve nada. Una generosidad entre arrugas y, seguro, acompañada por la sonrisa del que presta porque sabe que prestar es un legado, ser para otros. Quizá compartiendo, mientras tanto, parte de lo que tenía tallado en sus retinas. Lo que habrán visto esos ojos, desde un mundo pasado hasta un mundo distinto. De ese trabajo se ha derivado un artículo inaudito por forma y fondo que ha sido publicado tras su fallecimiento. Se ha obtenido un mapeo de todas aquellas herramientas íntimas que la hicieron ser una excepción. El único problema que percibo en ese enfoque, siendo un profundo ignorante, es que se está viendo aquello que la acompañó hasta el final. Se describe lo que funciona, lo que no falló. Como los aviones que alcanzaban el aeropuerto tras la batalla en la Segunda Guerra Mundial. La carrocería de los supervivientes estaba llena de impactos y, en cambio, ahí estaban, aterrizando. Hasta que alguien, quizá un pesimista concienzudo, se percató de que la clave no estaba en lo que les había hecho sobrevivir. La razón de su permanencia estaba en las zonas que no se habían visto dañadas. Esas eran las que, una vez golpeadas, hacían inevitable la desaparición entre humo y fuego. Había que buscar entre los caídos para pensar en cómo incrementar el número de supervivientes.
Por desgracia, esta búsqueda de la fuente de la eterna juventud ya no es solo argumento para películas. También ha abandonado el territorio de la hipótesis de trabajo para científicos. Ahora ya es parque para tipos que no dudan en aprovecharse mezclando ambos conceptos. La ciencia y la imaginación se abrazan para perder la vergüenza y poner la mano esperando monedas. Es fácil reconocerlos. Como cuando uno va al parque y se cruza con una manada de runners. Entre ellos puedes identificar sin problemas a los que hacen deporte porque merece la pena y a los que se visten de lo que no son porque han visto negocio en la ropa ajustada. Resulta muy sencillo defender la vida eterna. ¿A quién no le va a gustar una vida eterna del siglo XXI? Solo hay que tener ligeros conocimientos del léxico científico, agitar unos cuantos artículos y prometer que todo llegará en los próximos años. Ahí, «en los próximos años», está el negocio. En dejar colgando una pregunta y que caiga el dinero de los ilusos como la lluvia al final de Blade Runner. Cuando se tengan respuestas nadie hará memoria y, probablemente, los más interesados ya habrán cerrado los ojos para siempre. Hay congresos, pódcast, teatros llenos y charlas prometiendo el más allá sin salir de aquí. Criogenizarse ya no es un bulo, es una promesa que no hace falta demostrar. Inventar es dinero. Solo con decir que llegará la inmortalidad es suficiente. Se articula, se suelta y se esperan los aplausos. En consecuencia, hay tipos que viven bastante bien contando la muerte como una posibilidad nada interesante para los vivos. Han encontrado una forma, desgraciadamente curiosa, de pagar su hipoteca.
Este miedo a morir, la conciencia de que la cosa se acaba, es producto directo de una mayor esperanza de vida. Es problema del primer mundo procurarse el modo de agotar todos los calendarios. Allí donde vivir es sumar otro minuto, pocos se preguntan qué será de ellos cuando lleguen a viejos. Se ríen de pensar en el final; suficiente tienen con aguantar hasta que llegue. De ahí que ahora poner en pausa las canas sea un argumento publicitario. Nos rodea el ayuno intermitente, porque pasar hambre es una opción, no un hecho contra el que rebelarse. Una sociedad que cada vez es menos cosas y tiene a las arrugas como enemigo. Ahí está el cosmos en el que surge la vida perpetua como un lugar al que ir, como un negocio que alimentar. El colágeno, el bótox y beber agua de mar. El ser humano es una cobaya que disfruta siéndolo porque quiere ser Brad Pitt cuando siempre ha sido Macario.
Ignorar que pertenecemos a una sociedad envejecida es absurdo. Somos Drácula, pero reflejados en un espejo llamado pirámide poblacional. No podemos escapar de una realidad ineludible. Es razonable que deseemos profundamente vivir más. Nos gusta estar aquí. Por eso, el acento actual del desarrollo científico se articula fundamentalmente en incrementar la calidad de vida. ¿Para qué necesitamos echar la meta unos metros más allá si llegamos a ella arrastrados? Nos intentamos comprender para arreglarnos. En ese progreso hacia optimizar nuestra vivencia se encuentra un riesgo de fractura entre clases. Tendrán más y mejores herramientas aquellos que puedan permitírselo. La falacia del «si quieres, puedes» se convertirá en muro infranqueable para el que llega a su casa cuando anochece y se alimenta de lo que puede y no de lo que debe.
Comentaba al principio que somos mitosis perpetua hasta que llega la pantalla azul. El tiempo es nuestro enemigo constante, sin duda. Ante una alimaña de tal entidad, cualquiera nos puede parecer un héroe. Los habrá de verdad, como la señora que se remanga y nos permite saber qué pasó para que ella fuera una intermitencia duradera. Los habrá de mentira, como esos que solo buscan llenar sus bolsillos engañando a plazo fijo. En lo que estamos aquí, parece importante desenmascarar a los que utilizan y abusan de ese deseo transversal de vivir más. Al tiempo, ya que vamos a morir todos, seamos proactivos en la búsqueda de un vivir mejor. No se puede evitar la derrota, así que démonos el lujo de que hasta perder merezca la pena.
Referencias de interés
The multiomics blueprint of the individual with the most extreme lifespan. Cell Reports Medicine. Disponible en aquí (consultado el 15 de octubre de 2025).
Alpañés, E. (2025). «¡Viva España, muera la muerte!». Un evento en Madrid enreda el rigor y el esperpento de la ciencia contra el envejecimiento. El País. Disponible en aquí (consultado el 15 de octubre de 2025).











Muy bueno Alberto, y muy de acuerdo. Hay que aspirar a una buena vida y a una muerte digna.
Magnífico texto, enhorabuena, seguro que es la opción correcta, aceptar el ciclo de cada uno.
En mi caso, sin embargo, me resulta un imposible, yo niego la muerte. El inconsciente cree que somos inmortales, no entiende el concepto «tiempo», así que creo que debo hacerle caso y aceptar la inmortalidad. Vivo mejor con ella, sin la ansiedad del reloj y sin el mandamiento de “aprovechar el tiempo”. Puede que mi opción sea la otra.
Muy cierto e interesante el artículo. Las últimas generaciones van a morir más jóvenes y de miedo; aunque haya alimentos y mil consejos para alargar la vida. Externamente se les verá muy bien; pero internamente, por más que consuman alimentos recomendados como mágicos, el cuerpo cumplirá su cometido. Veremos un cutis increíble, tal vez, una figura igual; sin embargo, los pies los llevarán arrastrando. Cuando somos jóvenes parece que la eternidad nos acompaña.
Dos cosas recuerdo de niña: tenía cinco años de edad cuando regresaba, del colegio, en un bello atardecer; desde la ventana del tranvía pensé «y si yo fuera un sueño de Dios; cuando él despierte ya no voy a existir». Al llegar a casa le conté a mi mamá: ella abrazándome me dijo » ya tienes plena conciencia de tu existencia». La segunda que recuerdo: tenía 12 años de edad y le dije a mi mamá «no quisiera morir, abra tantos inventos, se descubrirán tantas cosas lindas y yo no voy a verlas». Ella me respondió «no sabemos, tal vez desde algún lugar del Universo, donde nos encontremos, podremos ver todo lo nuevo».
Hoy, soy una anciana y no quiero envejecer y menos morir. Le temo a la muerte, tal vez, porque no me gusta ignorar. Desde que el óvulo y el espermatozoide se juntan para dar una nueva vida, la muerte se hace presente, está con nosotros; deja que la vida haga su tarea hasta que ella dice: «¡hasta aquí¡».
Escribí una historia cuyo título era «Con fecha de expiración». El deseo de una mujer que le pide a la Luna, que le quite los dolores de la vejez, que no deteriore su cuerpo, que sepa en qué momento morir para prepararse. La Luna le concedió. No pidió la no existencia de enfermedades, lo que pidió el no sufrir y quedarse con la figura de los treinta años; sin embargo, olvidó pedir lo mismo para los niños y cuando los vio sufrir, era demasiado tarde. Aunque descubrió que en un trozo del cordón umbilical estaba la fecha, no pudo saber el lugar donde se encontraba, una pequeña caja con la fecha que ella tenía.
Ole por este modo de ver y transmitir una verdad incontestable. Moriremos. Todos. Procuremos hacer la vida ,a nosotros y a los demás, más vivible o mejor vivible. Gracias.
Gran parte de mi vida si no toda ella, la he vivido con la vaga sensación de que irse a dormir y no despertar jamás, no era la peor de las opciones. Sigo pensando lo mismo y estaría tentado de llevarlo adelante si no fuera por el supuesto dolor y congoja que unas pocas personas podrían llegar a sufrir. A veces pienso que quizá esto sea una ensoñación optimista por mi parte y en realidad, esas personas encajarían mucho mejor mi deceso que yo el de ellas. Algo, esto último, que me destruiría por completo.
Maestro Ciruela, su magnífico comentario muestra el conflicto entre la inmortalidad (ser necesario) y la finitud. Quizá disfrazamos nuestros miedos de calma: morir para no tener que seguir temiendo morir. Pensar que los tuyos podrían seguir sin ti duele, pero es lo deseable, Prescindibles lo somos todos, pero dejamos huella, y esa nimiedad es nuestra eternidad.
En esa maravilla que es Band of brothers dos soldados metidos en una trinchera hablan acongijados ante la posibilidad cierta de palmarla en cualquier momento. Un teniente (Spears personaje real, una especie de leyenda) pasa haciendo la ronda y le preguntan sobre ello y les contesta que cuanto antes acepten que ya están muertos mejor les irá. Así que una vez conscientes de que estamos descontando días, habrá que concentrarse en vivirlos. Arrastrarse por arrastrarse a partir de cierto límite, no tiene mucho sentido.
El comentario del teniente tiene sentido en un contexto militar, donde aceptar la muerte es funcional y puede convertirte, en ese momento, en mejor soldado. Pero en otra situación de la misma guerra, ese mismo teniente podría decir justo lo contrario: que aceptar la muerte es de cobardes.
Fuera de esa lógica bélica, yo lo veo así: vivir con la conciencia de la muerte es saludable; encararla también. Pero aceptarla, en el sentido de entregarse a ella, me parece una forma de renuncia. Prefiero desafiarla.
Y sí, en lo de arrastrarse y reconocer el límite, totalmente de acuerdo.