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Tres o cuatro cosas sobre Bartleby

Los nuevos Bartleby crónica de un cansancio colectivo de Daniel Gascón
Detalle de portada de ‘Los nuevos Bartleby: crónica de un cansancio colectivo’, de Daniel Gascón. Imagen: Editorial Rosamerón.

Un cansancio colectivo

Mediado el siglo antepasado, en una pequeña oficina de Wall Street, una calle que ya entonces, al anochecer, parecía «tan desierta como Petra», se empleaba y secretamente vivía Bartleby el escribiente, que a las demandas de su atribulado jefe un día comenzó a responder que «preferiría no hacerlo». La historia debe de ser uno de los relatos seculares más diversamente interpretados, pues como parábola parece tener algo para todos.

«Se ha leído como un texto que anticipa a Kafka, como una alegoría religiosa, como referente de Occupy Wall Street, como una crítica del capitalismo y una muestra de algo llamado disforia consensual, como fracaso de toda posibilidad romántica y como una alegoría de la falta de afecto». Daniel Gascón, en su excelente Los nuevos Bartleby: crónica de un cansancio colectivo (Rosamerón, 2026), forma este ramillete tras pasearse por un campo inagotable. Faltaría al menos decir que se ha leído con buen humor, implícito en la enumeración. Añadiré por mi cuenta y riesgo la estimación de la sociedad liberal y del misterioso oficio del poeta, lecturas que después aconsejo.

Los ensayos del libro de Gascón escoltan a una nueva traducción de la novela de Melville (Bartleby, el escribiente, 1853) que se publica junto con ellos. En lugar de, digamos, contextualizarla, como las introducciones doctas, proyectan la obra hacia nosotros, no de forma menos docta, sino con libertad y ojo de mosca. Muestran el potencial de ironía de Bartleby, que se hace acto en Gascón. El autor nos proporciona una oportunidad para leer el relato —o releerlo, como decimos los mayores—, para disfrutar de los reflejos de sus ensayos y para tirar de algunos hilos y continuar la conversación. Si conocen otros libros que hagan esto, avisen.

Hay en Los nuevos Bartleby capítulos sobre la vida en una oficina, textos sobre las diversas lecturas de Melville y bosquejos sobre las distintas formas de la desidia y el retraimiento en nuestros tiempos, como la contención —sexual y de otros tipos— de la juventud, la superstición decrecentista, el freno global de la natalidad y el pesimismo de Occidente. En casi todos asoma como asunto la tensión entre generaciones, siempre con ironía. La de un escritor que tiene la edad suficiente para declamar «no volveré a ser joven (espero)», pero se divierte con los hábitos mentales de los mayores, como el pasatiempo de quejarse de la juventud. Eso es porque en realidad sigue siendo joven, pues llegada una cierta edad resulta tan divertido como quejarse de la rodilla.

Dice Gascón que los mayores confunden —confundimos— la propia decadencia con la del mundo. Pero tontos todavía no somos; peor sería confundir el propio estado con el progreso.

La sonrisa de Melville

La paulatina pérdida del sentido del humor es uno de los dramas menos comprendidos del envejecimiento. Pero a lo que vamos es a si este también se opaca en la literatura. ¿Puede ser la historia de Bartleby una historia de humor? Así explica Gascón que la lee Deleuze, por ejemplo; pero, sobre todo, así sopla el espíritu de Bartleby sobre sus ensayos. ¿No era un precursor de Kafka? ¿No un heraldo del existencialismo? Recuérdese que cuando Kafka leía La metamorfosis a sus amigos se escuchaban las risas desde el pasillo. Seguramente se reían de cosas como que el pobre Samsa, transformado en un bicho gigante, se preocupaba porque iba a llegar tarde a la oficina. Detalle que no se le escapa a Gascón, pero igual sí a los existencialistas. Que sin duda son gente perceptiva, pero floja en el sentido del humor (lo que es tener mala suerte, la combinación te asegura una vida incómoda). Como cuando envejeces.

El horario es solo el comienzo. En la oficina, destaca Daniel Gascón, además de la jerarquía, está el asunto de la convivencia en el mismo espacio. Creo saber en lo que puede estar pensando, pues tiene el autor un cuento, «El traductor» (La vida cotidiana, Alfabia, 2011), que es muy bartlebyano a la vez que un poco escatológico. Pero en su lugar nos indica que pensemos en Baxter, el protagonista de El apartamento de Billy Wilder, la genial película de oficinas. Parece un trepa con disculpa de pusilánime —cediendo la llave de su piso para disfrute de sus jefes y sus amantes—, pero por amor termina rehusando. En la crítica escena del «no», la llave del apartamento se confunde con la del lavabo para los directivos. En el cuento del traductor el jefe se alivia sonoramente y sin embarazo en un cuartito en el centro de la oficina. La jerarquía es inseparable del espacio; a veces, cuando aísla, resulta en beneficio de todos.

Las jerarquías están para ser subvertidas. ¿Todas? Bueno, en la oficina, sobre todo. Como comedia se lee el «Manual de campo para un sencillo sabotaje» que nos descubre Gascón, un texto maravilloso de 1944 en el que la Oficina de Servicios Estratégicos de EE. UU. ofrece directivas para entorpecer la vida laboral en los países bajo ocupación alemana. Un manual de resistencia con pautas detalladas para comportarse de forma deliberadamente estúpida («dé discursos», «entienda mal las órdenes», «sea irritable»…). Instruye sobre cómo poner las cosas al límite, pero sin jugarse el tipo. Nos reímos, opina Gascón, porque todo nos parece normal.

Si preguntas por sinónimos de «oficinista» la Real Academia te ofrece siete. Cuatro son insultos. En este orden: empleado, oficial, chupatintas, tinterillo, escribiente, covachuelista y cagatintas. En los diccionarios ingleses «clerk» tiene veinte o más sinónimos; para leer uno de tono despectivo («empuja-papeles») hay que llegar al final de la lista, y no busques escatología. Sapir y Whorf podrían tener algo que decir. Tal vez por eso nos divierta tanto lo que para la inteligencia estadounidense requiere poner intención.

Pero pensar así sería injusto con Norteamérica, al menos con Nueva Orleans, la ciudad de Ignatius Reilly, el más divertido Bartleby del siglo XX, el protagonista de La conjura de los necios, la novela póstuma (1980) de John Kennedy Toole. Su «diario de un chico trabajador, o adiós a la holganza» se mide con naturalidad con los Servicios Estratégicos. Y gracias a él podemos conectar a Bartleby con Don Quijote. Bastaría para justificarlo. Hirvientes de literatura, incomprendidos, tenaces y perdedores. Ignatius leía a Boecio, y es necesario que Bartleby leyese, aunque todavía no sepamos qué.

Bartleby y la libertad de los contemporáneos

Por mucho que «preferiría no hacerlo» se haya entendido de forma existencial, pienso que, en su contexto, prefigura prosaicas huelgas con servicios mínimos. Anticipa las formas pacíficas del conflicto en el trabajo, y en todo lugar. Lo que no estorba para que haya lecturas existenciales, revolucionarias y, en ciertos casos, majaderas del aserto. Al contrario. Para el existencialismo primero hay que ponerse cómodos. Para que se luzcan los adivinos que aseguran que cuando no ves el yugo en tu cuello es porque cargas con uno aún más severo de lo que piensas, evidentemente, debes tener el cogote bastante despejado.

Gascón abre un camino con su capítulo sobre el arribista en la literatura. «¿Qué fue del trepa?» El arribista ha sido un mendigo, un ladrón, un fraile, un braguetero, un militar, un hombre de mar… En la literatura del XIX el ejército tomó el protagonismo que antes tuvo la Iglesia (Julien Sorel, el héroe de Rojo y negro de Stendhal, es un arquetipo). Estos eran los caminos de la movilidad social a través de jerarquías tradicionales. En la oficina donde trabaja Bartleby, sin embargo, no te encierran o ahorcan por «preferir no hacerlo». No son tus últimas palabras, sino el principio de una historia. Melville, que también imaginó el fin de Billy Budd, lo entendía perfectamente.

El narrador, el jefe, templado protagonista del relato, ha despertado poca simpatía, pero lleva el peso de la historia. Creo que debemos prestar atención a sus palabras precisas. Siempre buscando en su conciencia, con sentimiento de culpa, reacio a utilizar el lenguaje de la fuerza, acudiendo al lenguaje de los derechos («qué derecho humano tiene», se pregunta). Es, además, una conciencia expresamente cristiana, que piensa en la salvación de su alma. Parece un espejo de La ética protestante y el espíritu del capitalismo, de lo que impresionó tanto a Weber medio siglo después. O más bien, se diría hoy, del sociable individualismo occidental. El título Las personas más raras del mundo, el notorio libro (2020) del psicólogo evolucionista Joseph Henrich, no se refiere a la gente como Bartleby, como podría parecer, sino a la gente como su jefe, que lo hacen posible, que nos hacen posibles a todos.

Bartleby y los apuros del marxismo

El aspecto del trabajador es muy importante, no nos saltemos lo obvio. Señala Gascón que El capote de Gogol es el antecedente de toda la literatura de empleados. En Bartleby la primera persona que nos presenta el narrador, el jefe, es a un escribano —Turkey— que lleva un abrigo demasiado inmundo y un sombrero que mejor no tocar. El director está bastante preocupado por esto y le regala un abrigo suyo usado. Turkey no pasa las penalidades de Akákievich para comprarse un capote nuevo, pero el eco involuntario entre las historias es interesante. Lo obvio es que un oficinista puede ser pobre pero no viste ropa de obrero. Es otra ropa, y su pobreza está como en tensión con su entorno. El escritor lo ve.

Marx se fijaba menos. ¿Qué era un trabajador? En aquel tiempo muchas cosas parecían ir juntas: alguien que vestía como un obrero, vivía como un obrero entre otros obreros, trabajaba con las manos, era bastante pobre, tenía poca educación, tan poca como autoridad y, además, era un asalariado sin capital. Con definir al obrero por lo último —lo coherente con la teoría— Marx y Engels lo tenían resuelto, aunque dejaran un lío a los marxistas. Total, para la Teoría, los que pudieran no encajar estaban de paso por la historia. La pequeña burguesía, los campesinos, los inclasificables… Su destino era engrosar el proletariado o, raramente, colarse entre los explotadores. Pero aquello no tenía razón de ser y no fue. Los hijos de muchos de los campesinos y de la pequeña burguesía se hicieron, junto con tantos otros, oficinistas.

Esto fue la ruina del marxismo de Marx (no necesariamente del de los profesores), pero una oportunidad para la literatura (además de para la socialdemocracia).

La literatura y el sentido común enseñan que, aunque teóricamente, con T, sea un obrero, el oficinista tiene educación, su rutina emplea pocos músculos y su salario deja esperar un aumento (cuánto cine no se ha hecho). Tiene poca autoridad, pero Melville fue capaz de imaginar la negativa de Bartleby en 1853. Una proeza de su ingenio. Cuando la fisonomía de los empleados apenas se distinguía; bastante más cerca de las revoluciones que obsedían a Marx que de Kafka y del Libro del desasosiego.

A menos de quince minutos caminando desde aquella oficina de Wall Street, en Park Row —entonces Chatham Street—, tuvo su sede el New York Tribune, el diario de mayor circulación del país. Durante 1853 se pueden contar setenta y cinco artículos publicados por Marx y/o Engels en ese periódico; más o menos, uno cada cinco días. Escribían sobre el mundo y el poder real, según ellos. Es casi seguro que Bartleby durmió sobre alguna de esas páginas, después de leídas por su jefe.

Melville demócrata

Me gusta, me parece lógico, que el autor de Bartleby tuviera algo de prudente, escéptico y reformista, y que a la vez fuese un demócrata radical. «Diríase inconsecuencia el proclamar una democracia incondicional en todas las cosas y, con todo, confesar desafección hacia el género humano —considerado en masa—. Mas no es así» (carta a Hawthorne, junio de 1851). Del lado de Tocqueville, para Melville la democracia era una cosa, la «masa» otra. No porque fuera elitista —se consideraba a sí mismo un plebeyo—, sino porque, según parece, no se fiaba de la multitud y sus líderes.

En el borrador para un prefacio a Billy Budd afirma sobre la Revolución en Francia que «en seguida… se convirtió en malhechora, más opresiva que los reyes». Allí apunta un argumento que parece conectar cierto pesimismo derrotista sobre los planes que hacen los hombres con la constatación de que vamos a mejor, lo que resulta bartlebyano en el sentido de Gascón. Tras referirse al Terror revolucionario, al advenedizo Napoleón y a su pandilla y a las guerras que siguieron, escribe Melville: «ni el más penetrante podría haber previsto que el resultado de todo ello sería lo que al parecer ha resultado ser, a juicio de algunos pensadores: un avance político, en casi toda la línea, para los europeos». Más cerca de la trama de Billy Budd, repite lo mismo sobre el Gran Motín (sofocado) de la Armada inglesa. Lo que de bueno puede decir Melville sobre las revoluciones es que a veces sus consecuencias no intencionadas son buenas.

Para leer que la violencia revolucionaria era necesaria y vengativamente justa solo había que ir a la puerta de al lado, al Walt Whitman de «Resurgemus» y de «Francia, en el decimoctavo año de estos Estados». Aunque puede que solo fuesen excesos literarios.

Bartleby poeta

Melville era coetáneo estricto de Walt Whitman: se llevaban cuatro meses y los dos vivieron setenta y dos años. Ambos eran neoyorquinos, pero nunca se conocieron. La disparidad de sus vidas, un aventurero apasionado y un tranquilo sedentario, le parecía notable a Borges, que la señaló varias veces. La novela del empleado la escribió el viajero, un marino que conoció la tempestad. Whitman inventó praderas y búfalos que nunca vio y travesías que nunca hizo, y un despliegue de amor y camaradería homoerótica que no reflejaban su vida morigerada.

No siempre se pondera que Whitman fue Bartleby, un escribiente de oficina. Se han conservado casi tres mil documentos escritos por su mano que no han sido explorados hasta nuestro siglo. Son muchas horas copiando pues, como su sosia, hasta que se cansó, copiaba: transcribía cartas. Primero en la Oficina de Asuntos Indígenas, luego en el archivo del fiscal general. Un paciente lector (Kenneth M. Price) ha encontrado fulgores de humor kafkiano. Anota al cabo de una de sus tareas: «Esta carta ha sido retirada y dejada sin efecto. Debe tomarse como si nunca se hubiera escrito. W. W.». Su primer trabajo no se sabe cómo lo perdió, pero cabe sospechar algo bartlebyano; el del fiscal, al parecer, por distraerse corrigiendo sus poemas.

Melville el marino soñó con la oficina y Whitman el oficinista con el mar. Por lo poco que de él sabemos, Bartleby pudo ser a su vez poeta; la sintaxis de «I prefer not to» no nos impide pensar en el autor de «Song for All Seas, All Ships». Del mar y la oficina dice Gascón que «son vastos y a veces monótonos y repentinamente peligrosos». Los sueños o las pesadillas pueden confundirlos.

Coda: de pelmas e intrusos

En el siglo XX se hablaba mucho del aburguesamiento de los trabajadores, en el siglo XXI de la precarización. El empleado de oficina se ha visto envuelto en las dos melancolías. Como el señor de la escalera que no se sabe si sube o baja. Nos parece que la metáfora del ascensor social «pertenece a la literatura fantástica más que a la economía o la sociología» (Gascón), porque el nombre nos confunde, aunque bien sabe Fran Kubelik, ángel ascensorista de El apartamento, que también baja. Esta desorientación favorece divertidas historias.

Si invocas el nombre de un pelma junto a la palabra Bartleby un elfo cuenta una. Recojo algunas. Para Agamben, Bartleby representa la potencialidad de no hacer, separando el «poder hacer» del «querer hacer», convirtiéndose en una figura metafísica de la nada. Maurice Blanchot lo interpreta como una figura de «pura pasividad paciente» y un ejemplo radical de negatividad literaria. Representa una suspensión absoluta del hacer y el ser, un rechazo a la lógica del mundo que encarna «lo neutro». Para Derrida se trata de una deconstrucción del sentido, una fórmula que escapa a la lógica del «sí» o «no»; no una rebelión activa, sino una indiferencia que desmantela el sistema de exigencias de la ley y el capital. Byung-Chul Han encuentra en el escribiente la resistencia radical a la hiperproductividad, una negativa a la autoexplotación y al «juego del Otro». Toni Negri interpreta al personaje de Melville como un símbolo de resistencia pasiva o «éxodo» del sistema capitalista, buscando debilitar al adversario mediante la retirada. Para Rancière, la actitud de Bartleby rompe con la lógica de la «causa y efecto» y la jerarquía de las acciones: al negarse a dar una razón lógica demuestra la «capacidad de interrupción» que tiene el arte sobre el orden establecido. Para Žižek, la figura del escribiente es un modelo de resistencia que, a diferencia de la «pseudoparticipación» que mantiene vivo el diálogo con el poder, se retira del juego en un gesto que revela el vacío de la estructura social.

Confundir el manual de resistencia antes citado con el manifiesto de alguna internacional anticapitalista parece ser un equívoco frecuente. Me ha interesado mucho un trabajo clásico que menciona Gascón en su libro y que se fija en el jefe. Lo cito como arquetipo: «Melville’s Doctrine of Assumptions: The Hidden Ideology of Capitalist Production in «Bartleby»» (1996), de David Kuebrich. La crítica-fusión de la especialidad del profesor de inglés con una interpretación marxista resulta en una propuesta de lectura redonda que explica simultáneamente tres cosas: La presencia en el texto de algo que no vemos: el «aprisionamiento mental y moral» del abogado en una «ideología vivida» del sistema de trabajo capitalista «emergente». Por qué no lo vemos: la ideología es «inconsciente» y es «central para la estrategia narrativa» mostrarlo «de modo indirecto». Por qué otros creen ver otras cosas: la «interpretación económica» (sic) «contiene la explicación implícita de las interpretaciones alternativas», porque etcétera.

Sobra decir que todo lo que hay es una flor de lugares comunes semimarxistas sobre la sociedad estadounidense «hallados» en el cuento con lente que quiere ser gramsciana, acompañada de la delirante lógica, que a tantos ha enterrado, de que la verdad del marxismo explica cómo el capitalismo nos oculta esa misma verdad.

«Sea un mensch» le dice en yidis el Dr. Dreyfuss a Baxter, su vecino, en El apartamento. El jefe de Bartleby también es un mensch, no un repetidor de frecuencias del «sistema». Hacer de Bartleby un muñeco en una maqueta sociológica prefabricada es mala crítica y peor sociología. Se dirá que me irrita el intrusismo, lo que es falso, pues para intrusistas estas líneas.

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Un comentario

  1. Hasta la llegada de los pelmas, los únicos que dicen cosas interesantes, todas las interpretaciones eran un coñazo.

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