Treinta imprescindibles de la editorial Valdemar

Posted by Ricardo J. G., Tirso Montañez, yFernando Olalquiaga

Rafael Díaz Santander nos recomienda en su entrevista de este mismo número una serie de títulos para los no iniciados en su editorial. Pero nos ha sabido a poco. Es tan amplia su oferta que hemos escogido a tres de nuestros redactores con mayores problemas de adaptación para que, encerrados en un sótano y con un enano jorobado que les arroja comida como único contacto con el mundo, lean todo su catálogo y elijan, cada uno, sus diez imprescindibles. Jot Down emprende labores sociales a pares: publicitando la cultura y manteniendo a sus empleados lejos de las calles.

Cultura del Apocalipsis, de Adam Parfrey.
Adam Parfrey recopila una serie de textos de la contracultura norteamericana de finales del pasado siglo. Asesinos en serie, ventajas de la autocastración, teorías conspiranoicas, pornografía bizarra, necrofilia… una Realidad que está Ahí Fuera, oculta tras los cauces de la normalidad que la corrección política ha construido alrededor. Nada más sorprendente o desasosegante que lo que hoy podemos encontrar en internet sin desearlo siquiera, pero siempre luce más leerlo en un libro. El siglo XX era esto.

Las once mil vergas, de Guillaume Apollinaire.
El poeta se lanza con alegría a un ejercicio de superación. Página tras página nos ametralla con perversiones cada vez más enfermizas: sexo grupal, violaciones, pedofilia, torturas, desmembramientos, coprofilia… escrito con tal maestría que el lector oscila de forma constante entre el horror, el desconcierto, el asco y la risa. Y la excitación, aunque nunca confesaría esto.

¿Pueden suceder tales cosas?, de Ambrose Bierce.
Antología que recopila los cuentos fantásticos de Bierce, desde relatos con tanta influencia posterior en el terror sobrenatural como El ente sin nombre a muestras de su negrísimo humor característico como El clan de los parricidas. Imprescindible.

Danza macabra, de Stephen King.
Ante la sola mención de su nombre el lector intelectual constreñirá el gesto como si tuviera que degustar un menú confeccionado por Bear Grylls. Pero King, además de ser uno de los más grandes cuentistas de la historia en su género, es un certero ensayista. En este libro estudia y disecciona de manera maravillosa el viejo arte de sentir y provocar miedo.

El agujero del infierno, de Adrian Ross.
Única novela de Adrian Ross en el campo sobrenatural. Sin embargo, contiene en sus pocas páginas todos los grandes arcanos del género. Ambientes que uno imagina como decorados de película clásica de la Hammer, hombres encerrados en una fortaleza y acosados por un ente sin forma ni nombre… no se me ocurre qué más se podría pedir a un novela, salvo quizás mujeres desnudas encadenadas en el sótano.

Cthulhu: una celebración de los mitos, de H.P. Lovecraft y otros.
Recopilación de los más representativos cuentos escritos alrededor de los Mitos iniciados por Lovecraft. Cualquier aficionado al género debería conocerlos de memoria, aunque solo sea para aplicar con criterio el adjetivo “cthuloideo” a la criatura que se nos acerca en la oscuridad de un bar de copas para reclamar amor en esa hora incierta en la que ya no quedan chicas guapas.

Trilogía del abismo, de William Hope Hodgson.
Hodgson, como Saki, murió antes de tiempo a causa de un divertido accidente bélico, si es que morir en guerra puede considerarse accidente. Aún así, tuvo tiempo de regalarle al mundo algunas de las mejores obras de terror de todos los tiempos. Estas tres novelas son básicas para entender el universo literario que creó, en el que el horror acecha desde un otro lado que es todas partes.

Justine o los infortunios de la virtud, del Marqués de Sade.
En Valdemar encontramos la más completa edición de esta obra. Justin, bella joven en plena edad del pavo, deambula por el mundo convencida de que la virtud lo vence todo. Una serie de individuos pertenecientes a los estamentos del poder de su época (Iglesia, Nobleza, Alta burguesía) la ponen en su sitio por el expeditivo procedimiento de encadenarla en sórdidos escenarios y violentarla de las maneras más sádicas capítulo tras capítulo. Instructivo y para leer sobre un atril con el fin de tener las manos libres. Y porque el libro pesa.

Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes, de Thomas De Quincey.
Obra maestra del humor negro. En un mundo mejor las conferencias en los clubs de caballeros serían siempre así, con un individuo loando la estética del asesinato mientras el resto de miembros se pregunta quién diablos es ese tipo, cómo es posible que explique esas barbaridades con tanto estilo y si el hecho de que no quede una gota de brandy en el mueble bar tiene alguna relación con lo que está pasando.

Las canciones de Bilitis, de Pierre Louÿs.
Pierre Louÿs despliega su talento y erudición escribiendo una serie de poemas eróticos que atribuye a una desconocida poeta (odio la palabra poetisa) griega de la antigüedad. Con tanta habilidad que, en su tiempo, muchos críticos creyeron que ciertamente era una traducción. Erotismo lésbico de calidad y aproximación intelectual indispensable al noble arte de la tijera.

Robinson Crusoe, de Daniel Defoe.
Entretenida novela con marcado carácter juvenil porque se obvia uno de los aspectos que preocuparían a cualquiera que se plantee seriamente quedarse abandonado en una isla desierta (o casi): el sexo. A pesar de ello, o tal vez, por eso mismo, resulta curiosa la forma de abordar la soledad y la originalidad a la hora de poner nombre a un amigo indígena.

El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad.
La historia es un mero ejercicio literario para mitificar la figura de Kurtz, hacernos fascinante el personaje y, cuando mejor lo estábamos pasando con la novela (ya que el principio es bastante pesado), el horror. Kurtz, ese gran cliffhanger.

Viaje al centro de la Tierra, de Julio Verne.
Únicamente tras una dosis doble de concentrado de suspensión de credulidad, se puede disfrutar de esta delirante historia de ciencia ficción, que podría ser entendida como una gran metáfora sobre una comida copiosa y su correspondiente digestión pesada; bien pudo ser la inspiración de Verne.

El proceso, de Franz Kafka.
Todo el mundo piensa en el manzanazo de La Metamorfosis pero en mi opinión, el mejor pasaje de Kafka está en esta obra, cuando se llevan en volandas al inocente Joseph K., prácticamente suspendido en el aire. Imprescindible, aunque solo sea para aparentar cierta talla intelectual en las tertulias con amigos imaginarios ilustrados.

El mundo perdido, de Arthur Conan Doyle.
¡Encontrar dinosaurios vivos! Lo mejor que puede haber en la vida. Como sesión de tarde en el cine, pero en libro. Y lo bueno es que su origen no es una premisa insostenible científicamente como en la obra anteriormente comentada de Julio Verne.

Así habló Zaratustra, de Friedrich Nietzsche.
Un tipo baja de la montaña y comienza a soltar discursos y aforismos como el que no quiere la cosa. El texto rebosa belleza literaria, más allá de las opiniones filosóficas del autor que de esta obra en particular piensa (aunque su opinión no sea muy objetiva) que es lo más grande que ha habido en la historia de la humanidad.

El sabueso de los Baskerville, de Arthur Conan Doyle.
¿Quién no conoce a Sherlock Holmes?  Ahora, que levante la mano quien haya leído una novela de Sherlock Holmes. Lo que suponía. Leyendo El sabueso… se paladea la verdadera esencia de las andanzas del detective, tan manoseada cinematográficamente que ha perdido esa personalidad resabidilla y Asperger de Holmes, y los giros y trampas del escritor; por otra parte, Watson es tan patán como siempre nos han hecho ver.

La máquina del tiempo y otros relatos, Herbert George Wells.
Totalmente prescindibles los otros relatos, la historia central es un clásico aunque es muy fácil tirar la piedra y esconder la mano: viajo en el tiempo en una máquina que no voy a describir y no me mojo con paradojas temporales. Bastante fake como obra de ciencia-ficción, la verdad, pero entretenido como curiosidad.

La madriguera del gusano blanco, de Bram Stoker.
Un desconcertante desvarío creativo, aparentemente fruto del consumo de drogas, en el que surrealismo gótico se desboca con las andanzas de una suerte de súcubo que da nombre a la obra. No sale Drácula.

La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson.
Esta obra se ha convertido en una fábrica de iconos y tópicos en cuanto a la temática de piratas, en algunos casos muy bien llevados (Monkey Island) o destrozados (Piratas del Caribe III). Nunca he podido evitar que me cayera mejor Long John Silver que Jim Hawkins: al final, es el personaje más coherente y con más personalidad de la novela.

Memorias y aventuras de Barry Lyndon, de William M. Thackeray.
Duelos con pistolas amañadas, deserciones, amores incestuosos, braguetazos y fortunas dilapidadas a lo largo y ancho de buena parte de Europa durante la Guerra de los Siete Años. La verdadera Edad de la Razón, oigan. Y además sin tener que soportar al insufrible Ryan O’Neal, quien  protagonizó la homónima película de Kubrick.

El hombre que fue Jueves, de G.K. Chesterton.
Hay quien ve esta novelita como una alegoría del cristianismo. O como una exploración del nihilismo, o del existencialismo o del anarquismo. Puede ser. Pero si no quieren que les duela la cabeza, léanlo, déjense bigote, denle cera, cómprense un bombín y metan una bomba debajo. Usen contraseñas hasta para abrirle la puerta al pizzero. Disfruten.

El Diccionario del Diablo, de Ambrose Bierce.
Mientras los libros inspirados por Dios suelen dar miedo, los que protagoniza el Diablo a menudo son hilarantes. Este se puede de leer de cabo a rabo, incluso memorizarlo para tortura de los compañeros de correrías etílicas, o bien abrir al azar el día que te llega una notificación de la Agencia Tributaria.  “Imbecilidad, especie de inspiración divina o fuego sagrado que anima a los detractores de este diccionario”.

Narrativa Completa, vol. II, de H.P. Lovecraft.
Los mitos de Cthulhu en su más oscura plenitud. El libro que todo el mundo debería leer antes de hacer un viaje por Nueva Inglaterra. E incluye sus dos únicas (y breves) novelas.

El Golem, de Gustav Meyrink.
Mucho más que un libro de terror gótico. ¿Qué pasa realmente aquí? ¿Qué representa el Golem? Se puede leer cientos de veces y en todas termina uno sacando un billete a Praga y buscando al Golem, ya sea en el barrio judío o en lugares digamos menos sagrados.

El barón de Ballantrae, de Robert Louis Stevenson.
La revolución jacobita, Escocia, la India, América y dos hermanos antagónicos. El último y mejor Stevenson se propuso escribir una novela que abarcara medio mundo y nos dejó esta gozada. Además, si se tienen ganas de filosofar, aborda esas cosas tan serias sobre el Bien y el Mal.

Bartebly, el escribiente, de Herman Mellvile.
El españolísimo “preferiría no hacerlo”, quien lo diría. No entiendo cómo aún no se han fabricado camisetas proclamando que todos somos Bartleby. El autor de la mejor novela americana (sí, continentalmente americana), firmó además el mejor relato.

El deseo y la búsqueda del todo, del Barón Corvo.
Frederick Rolfe no era barón, pero no ha habido nunca en la Historia nadie que mereciera más ese título. Inglés convertido al catolicismo, homosexual, sacerdote (y Papa) frustrado, en esta novela nos cuenta, entre otras cosas, una historia de amor entre un escritor y una gondolera andrógina. Venecia como nunca ha sido retratada.

Ambrose Bierce y la Reina de Picas, Oakley Hall.
El autor de la recientemente editada en español Warlock, la novela que admiraban Thomas Pynchon y Richard Fariña, se lanzó al final de su vida a escribir una serie de novelas detectivescas protagonizadas por el escritor Ambrose Bierce. Esta es la primera de ellas y no tiene desperdicio. Además, cita constantemente el anteriormente señalado Diccionario del Diablo.

A la busca del tiempo perdido I, II y III, de Marcel Proust.
Los siete libros reunidos en tres volúmenes magníficamente traducidos por Mauro Armiño (que cambia la clásica traducción de Pedro Salinas para el título) y completados con la mejor edición crítica que uno pudiera desear. Quizá, hasta el momento, la opera magna de Valdemar. Eso sí, olvídense de leerla mientras van en el Metro.

Ilustración: Diego Cuevas

4 comentarios

  • Estupenda selección. Enhorabuena. Solo una sugerencia: estaría bien saber quién firma cada recomendación/reseña; algunas son muy agudas y me gustaría seguir a su autor. Un saludo.

    • Las reseñas son de Fernando Olalquiaga, Tirso Montañez y de servidor de usted, pero tras la lectura precipitada de todas las obras bajo las condiciones de estrés descritas perdimos la conciencia de nosotros mismos, y no sabríamos decir cuáles son de quiénes. Saludos.

  • Añadiría tambien la estupenda antología de cuentos de Guy De Maupassant, Cuentos Completos de Terror Locura y Muerte. Un tochazo para ir leyendolo a ratos, con historias entretenidas y una narrativa labrada y absorvente.

  • Saludos y gracias de nuevo

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