Luis Tosar: «Los followers de un actor no meten gente al cine»

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Luis Tosar

A su bola. Si existiera una fórmula precisa que definiera a Luis Tosar (Lugo, 1971) sería esa: un tipo que va a su bola. Lo dice y lo ejerce. El actor necesita poca presentación y contexto, es uno de los intérpretes más premiados —los tres Goyas los guarda su madre— y respetados de nuestro país, y ya sabrá cada cual si le ubica por ser Malamadre, parado de larga duración, maltratador, estribador o soltero en la España vacía. En persona, Tosar conserva ese extraño magnetismo de voz (y carcajada) reconcentrada, un toque menos perdonavidas que en pantalla, pero intacta intensidad. Se nota que no disfruta especialmente haciendo esto, poniéndose en el foco y entrando sin tapujos a comentar lo que se tercie. Si no gritan «acción» antes, a Tosar no le apasiona interpretar. Ni siquiera a sí mismo. No es hostil, solo le causa hastío la fama. Durante años le picaba tanta alusión a su imagen de atormentado, de hombre que va con un gran peso sobre los hombros, pero hoy ya le resbala. Más bien le da pereza. Como rodar una peli de hostias. Sigue sin encontrar la comedia que le saque del «villanato» cinematográfico, pero ha aprendido a estar en paz con sus carencias no dándoles bola. Él va a la suya y se describe como una de las personas más afables que conoce. Da una enorme bocanada, se quita la chupa de cuero y pide un café solo: aunque este guion no lo tenga estudiado, la profesionalidad le sale sola. 

¿Llevas la cuenta de las películas que has hecho? 

Sé que son mogollón, pero el número…

Dame un número a ver si te acercas.

Películas serán unas treinta y pico…

De películas, el doble. Entre cortos, series y demás, más de cien. 

¿Ciento y pico ya? Joder…

Hace diez años, le contaste a Luz Sánchez Mellado que guardabas todo lo que se escribía sobre ti, ¿sigues haciéndolo?

Qué va, lo tiré todo. De repente vi cajas ahí llenas de recortes, de periódicos, de cosas y dije: nah para qué. Y lo tiré todo. Antes tenía la manía de coleccionar todo, no sé por qué. 

En esa entrevista contabas que te empezó a dar por coleccionar después de escuchar una canción de los Manic Street Preachers sobre un señor que miraba recortes de cuando había sido alguien en la vida.

Sí, es verdad. Lo que decía en aquella canción me pareció tan melancólico, que dije: ni de coña. No puedo llegar a viejo y verme en casa mirando recortes de periódico de cosas que yo hice. De repente me resultó muy triste. 

¿Guardaste aquello de Boyero en lo que mencionaba tu «tormento interior» constante? 

[Risas] Sí, supongo que también lo guardé en su momento. 

¿Te sigue persiguiendo esa imagen de atormentado? 

Ya no mucho, eh, no creo. No le faltaba razón, de todos modos. 

Pero entonces daba la impresión de que te sentaba regular que lo dijera. 

Lo que me molestaba de eso era que no se parase a analizar un poco más los trabajos, como que le ponía nervioso esta cosa de estar reconcentrado. Pero entiendo y supongo que tenía algo de razón. Lo que pasa es que no los veo, pero si viese ahora trabajos de hace veinte años, probablemente tendría esa impresión también. Ojalá no, ojalá tuviese una sorpresa maravillosa y dijese «¡qué guay!», pero lo normal es que no, lo que diría sería que demasiado esfuerzo para tan poco rendimiento. Yo procuro no verme, pero si de repente cuadra algo, o lo están echando en la televisión da casualidad, me puedo quedar un ratillo a verlo. Pero en general no. 

¿Por qué? 

Porque no me divierte. Es como trabajar otra vez. Paranoico no soy, pero sí muy obsesivo. Si me estoy viendo no puedo evitar analizarlo para ver lo que no está bien ahí. Si fuese carpintero y estuviese en un bar en el que yo construí la barra, también estaría mirando obsesivamente la barra. 

Repasando tu trayectoria, me he ido encontrando con un lugar común que se repite en casi todas las entrevistas y reportajes: «Este es el año de Luis Tosar». ¿Cuántos años lleva siendo «tu año»?

[Risas] Sí, es verdad, es supertípico. Parece que el comentario sale solo. 

«Me encantaría hacer una peli al año pero no pagan tan bien», has dicho. ¿Sigue siendo así?

Sí, es así. Me encantaría espaciar más los proyectos básicamente por una cuestión familiar, me gustaría poder organizarme mejor con mi familia. Pero es todo muy, muy complicado en este negocio. No es fácil.  A veces pues sí, tienes que hacerlo básicamente porque has aceptado y de repente los calendarios empiezan a constreñir, todo está muy junto, pero no era tu plan hacerlo así. Por ejemplo la pandemia, ¿quién contaba con una pandemia? Todas las cosas que se iban a hacer este año, el noventa por ciento se han retrasado. 

Alguna vez has recomendado el libro Cosas que los nietos deberían saber, que es precioso pero también muy amargo, particularmente en su relato en torno al éxito. O lo que no se ve del éxito. ¿Lo sientes así también? 

Sí, es un poco lo que tiene nuestro oficio. A veces está lleno de oropeles, alfombras rojas y cosas… Que no es que no me guste, admito que es parte del curro. Lo que pasa es que no soy un tipo de persona a la que le guste eso de manera natural, no disfruto especialmente en un sarao, en un estreno… No es algo que me produzca placer, me lo produce trabajar de lo mío. Digamos que lo único del oficio de actor que realmente me gusta es actuar. Todo el resto, la verdad es que no. No me gusta mucho la exposición pública, me gusta que la gente vea las cosas que yo hago, pero no disfruto especialmente compartiéndolo con la gente en  ese sentido. Quiero decir: si alguien acaba de ver una película y me dice «joder, la he visto, me ha parecido esto, esto y esto otro», sea para bien o para mal; eso me parece cojonudo. Es una experiencia que me gusta. Ahora, esta cosa de ir a un sitio y que la gente te adore porque sí, porque la mitad a veces ni te conocen, es muy absurdo. Eso de «eh, tú, tú, tú.. eres ese actor, ¿no?», a mí eso… Habrá gente que sí, pero a mí no. Tampoco es que lo deteste, ni nada parecido, ¿eh? Sé que es parte de nuestro trabaj, pero entiendo que no es mi negociado. Yo renuncio a volverme loco con esa movida, no es parte de lo mío. 

Luis Tosar

Dicen de ti que eres «un tío de rodajes». 

Sí. Me gusta la dinámica de los rodajes, me gusta disfrutar del trabajo en equipo. De lo que surge de ahí. Me gusta comprobar, y un rodaje se comprueba de una manera muy fehaciente, que las cosas cuando se comparten normalmente salen mejor. Los rodajes son momentos de dedicación absoluta y exclusiva a una obra por parte de un montón de gente, y lo que ocurre ahí a veces es mágico, y es irrepetible en cualquier otro entorno. 

Te lamentas de que la fama te ha privado de sentarte tú a observar, de que eres tú el observado. 

Sí, ahora la mascarilla me da un poquito de ventaja, aunque no tanto. Por la calle paseando sí, de hecho yo no soy tan exageradamente conocido como para que la gente se vuelva a mirarme, a veces me ubican y a veces no. El problema es si estoy parado en un lugar, entonces sí. Esta cosa que hacía yo antes de irme a los bares y sentarme a mirar a la gente, o estudiarles… es inviable desde hace años. Y luego, además, es una putada que la gente no está normal cuando está contigo. Antes más o menos sí. 

¿La gente cercana, quieres decir?

Sí, cualquier persona se comporta de una manera normal cuando está frente a alguien que considera que está, digámoslo así, en la misma liga. Pero de repente si eres una persona conocida, cambian su comportamiento. Tampoco acabas de estar con la gente viéndolos en su salsa. Y luego hay gente que hace cosas muy raras, ya depende de la personalidad. Después del shock inicial, de los primeros nervios, los hay que se empiezan a comportar de una manera natural, pero otros jamás. 

¿Esto se ha incrementado con las series, una mayor cercanía con los actores? 

Lo bueno que tienen las series ahora es que la gente las ve de un atracón. Antes estabas en una serie y estábamos todas las semanas, todos los días, en casa de la gente. Se convertía en algo habitual. Ahora salvo los pelotazos así grandes que se convierten en series muy largas, de muchas temporadas, lo habitual es que la peña vea las cosas como una peli. O eso veo yo, la gente se pega unos atracones…

Dices que la gente hace cosas raras por la fama, comportándose raro con los famosos, pero tú también has hecho cosas raras para escapar de la fama… 

¿Lo del concierto de Kiss? [risas]. También porque aquello fue con Jaume Balagueró, que nos juntábamos y hacíamos esas cosas, pero no suelo hacerlo. Pero igual tengo que empezar a considerarlo, de todos modos. El otro día fui con mi hijo, e íbamos los dos así con unas máscaras de la Santa Muerte, y qué gusto. Pero vamos, que era en el entorno de nuestro barrio, todo el mundo sabía quiénes éramos y no cambiaba mucho la situación… [Risas]

Por irnos al otro lado de la fama, no solo lo que te resulta incómodo. También supone un instrumento muy poderoso para volcarla en causas sociales o activistas…

Sí, y menos mal. Porque si no sería todo un poco injusto, ¿no? 

¿Injusto? 

Sí. A ver, es una responsabilidad individual, cada uno decidirá lo que hace con ello. Pero es verdad que hay que tener cuidado con lo que se hace, y yo me digo muchas veces «joder, este tipo debería tener más cuidado con las cosas que dice». Todos tenemos que tener cuidado, porque evidentemente lo que yo diga le sentará mal a mucha gente; lo que pasa es que creo que hay quien es muy irresponsable con lo que dice. 

¿Estás pensando en Miguel Bosé? 

Bueno, pienso en Bosé, pienso en Cristiano Ronaldo, pienso en gente que tiene una influencia extremada en el mundo, gente que hace así y de repente hay millones de personas atentos a lo que puedan decir. Tío, ten cuidado. 

¿Cuándo te diste cuenta de eso, del poder que tenías? 

Cuando estuve metido en política. 

¿No antes? Porque ya habías estado metido en el Nunca Mais antes de saltar a la política. 

Ahí lo que te dabas cuenta es de lo que movilizabas, pero no era tan consciente era del daño que podía llegar a hacer. Y cuando ya me metí en política, que fue un poco esa zona, ahí empecé a ver claramente las consecuencias que podía llegar a tener emitir una opinión que no estuviese suficientemente reflexionada, argumentada o al menos respaldada. 

¿Te arrepentiste de alguna declaración?

No tanto arrepentirme como ver claramente la repercusión que tenía, y cómo de alguna manera podías crear una opinión que la gente daba por buena. Daba por cierto algo solo porque lo habías dicho tú, y eso es peligroso. También hay formas de decir las cosas. Ser más o menos categórico… De todo eso se aprende, a qué decir, cómo decir, dejando el margen de reflexión. Y por supuesto con el respeto a la opinión de los demás y también a sus creencias. Con el tiempo me he vuelto mucho más respetuoso con las creencias y las fes de los demás, porque creo que ayudan a vivir y a la gente le sirven. Hay que tener cuidado con lo que uno se mete, o con cómo se mete. ¿Qué es más valioso, creer en el dios de los católicos o creer en que la comida sana me va a salvar la vida? También hacemos actos de fe en muchas cosas que no son estrictamente religiosas. Hay un montón de cosas que no tienen evidencia científica, por mucho que tú tomes chía, pero ¿cuántos estudios médicos dicen que la chía te va a venir cojonudamente? 

Los que tú quieras. En internet siempre vas a encontrar el estudio que respalde lo que ya crees. 

Claro, y hoy en día más que nunca. Internet sirve para reafirmar lo que crees, un gran contenedor. 

Luis Tosar

Ya que has mencionado tu incursión en la política, años después dijiste que entraste en las listas del BNG para «hacer bulto». 

Sí… Lo hice por hacer un favor, porque creía que era necesario en ese momento intentar, sobre todo en las elecciones europeas, tener un poco más de papel para lo que nos estaba pasando en Galicia. Era gente coetánea a mí los que estaban en el partido en ese momento, con la que me sentía más cercano. Con algunos, con otros no… Que fue lo que hizo que un poco me distanciara. 

¡Han cantado la escisión de la izquierda! 

[Risas] Sí, bueno. También es que descubrí que no era mi territorio, que no pintaba nada ahí. 

Pero tampoco entraste con la intención de hacer una carrera política, ¿no? 

No, pero si tampoco lo vas hacer, ¿para qué estás haciéndolo? Pero cuando ya estás muy significado en política, de repente hay gente que se acerca a ti desde un lugar, para mi gusto, demasiado sincero. Esta gente como de militancia de base salvaje, que tienen posturas más radicales, y a mí eso no me hacía ninguna gracia. 

Dijiste que te desvinculaste por los discursos xenófobos. 

Son cosas con las que yo ya no me identifico. Me identifico con el BNG, con el galleguismo, pero yo no soy independentista. Creo que hay una lucha identitaria que es interesante, pero la lucha identitaria para mí no pasa por la raza. Cuando veo discursos que están cercanos a la raza, a mí ya, hostia… No me interesa en absoluto. 

Es ese dilema de ¿se puede ser de izquierdas y ser nacionalista? 

Encuentro a mucha gente que sí, son nacionalistas y probablemente mucho más radicales que yo, que estoy muy lejos de esas posiciones; pero son claramente de izquierdas. Muy claramente. Su pensamiento político-social es totalmente de izquierdas. Lo que creo es que ha habido una reinterpretación del nacionalismo en la segunda mitad del siglo XX hacia este lado. Un pensamiento más de izquierdas, un nacionalismo que intenta recuperar un terreno muy perdido, no imponer. Luego está la otra versión, que a mí tampoco me acaba de molar, de «o esto o nada». 

Con nosotros o contra nosotros. 

Eso. A mí no me interesa, prefiero una convivencia armónica porque creo que es la lógica. Ya no puedes volver tan atrás. Uno puede recuperar algo de terreno que te comieron de una manera insistente durante unos años que aquí fueron decisivos: cuarenta años de dictadura en los que no se podía hablar ningún otro idioma que no fuera el castellano. Vale, pues ahí hay un territorio interesante que hay que recuperar, pero más allá de eso ya no. Vamos ahí, recuperemos estas posiciones culturalmente, que todo lo que tengamos de valor pueda ponerse sobre la mesa y podamos disfrutarlo, pero que no se convierta en otro problema. 

Y no en algo excluyente. 

Claro. A mí me toca mucho los huevos la gente excluyente… Que tampoco ocurre tanto, lo que pasa es que también hay mucha campaña de desinformación, todo esto de que la gente va a Cataluña y no te hablan en castellano, o que vas a Galicia y tampoco… Eso no es verdad. Hay mucha desinformación, te venden una moto y dan ganas de soltar «pero qué dices, eso no ha pasado nunca en la vida». Joder, yo lo que creo es que hay que estar abiertos. Vivimos en un país en el que hay muchas naciones, o muchos países diferentes dentro de él, en los que se hablan otras lenguas, y es nuestra realidad. ¿Qué pasa? No tiene nada de malo. Es más: tiene muchas cosas buenas. Sería cojonudo que en nuestra educación estuviese incluido estudiar un poco de cada idioma que se habla del Estado español. Supongo que los niños saldrían mucho más listos, no sé. O entendiendo mejor de dónde vienen las lenguas, que no llegara alguien y te dijera «pero entonces, ¿el gallego es un dialecto del español?». Joder, macho, ¿aún estamos con estas? 

¿Saliste escaldado de la experiencia política?

Bueno, fue un aprendizaje interesante. También supongo que algo de eso había, la curiosidad del actor de intentar meterte… A mí la política me encanta. Y me encanta la ficción sobre política, además. Así que había algo de curiosidad. 

¿Es más cutre la política en la vida real que en la ficción? 

Bueno… No es más cutre, ¿eh? No. Es más zafia a nivel público. Hay gente cojonuda en la política, que normalmente no llegan a nada porque la propia maquinaria les jode. El sistema de los partidos les acaba comiendo, pero hay algunos que más o menos resisten, a duras penas, y están ahí. También es verdad que los que resisten normalmente tampoco sufren las tentaciones del poder, están ahí en una eterna oposición, y eso de alguna manera les pone más fácil mantener los principios. Y como hemos visto muchos ejemplos de gente que tenía unos principios férreos, y a veces en tiempo escandalosamente récord, argggg… 

No sé en quién estás pensando. 

Pues en realidad en muchos. Te ponen en primera plana, y ahora, ¿mantienes lo que has dicho? Pues es que es jodido. Yo confío en algunos. Pero vivimos en un mundo muy difícil hoy en día para que los principios se mantengan sólidos, porque vivimos en la era de la desinformación. Es muy muy jodido que haya un movimiento con cierta integridad y cierta solidez, porque en seguida se desintegra. Los hacen luchar entre ellos, es muy fácil meter el veneno. Antes era mucho más jodido entrar en un aparato político, por ejemplo de nueva formación. En un movimiento ciudadano que derivase en partido, necesitabas espías o gente muy profesional que estuviese ahí dentro, una buena maquinaria o una buena disidencia dentro de ese partido para poder desmontarlo. Hoy día, es que casi lo puedes hacer en veinticuatro horas. Vivimos en un mundo muy terrible para eso, es muy difícil que algo mantenga la integridad, el blindaje suficiente para aguantar. Porque además las alertas saltan enseguida, en cuanto algo se sale un poco de la norma, la máquina del fango empieza a funcionar de una manera brutal. 

La industria cultural, o más concretamente del cine, no ha vuelto a estar tan unida por una causa como lo estuvo en los tiempos del «No a la guerra». ¿Pasó factura? ¿Erosionaron las consecuencias negativas que algunos sufrieron por ello?

Sí, o quizá también es que hay un tema generacional. Nos tocó a un montón de gente en una edad muy concreta, todos más o menos de la misma quinta, muy jovencillos, y con ganas de dar cera. Luego es verdad que te vas cansando un poco, porque tienes familia, y no se qué… 

¿Pero no pasó factura? Porque mucha gente aún sigue relacionando —negativamente— al mundo de la cultura con aquello. 

Sí, pero ¿sabes qué? Creo que tiene que ver también un poco todo esto de lo que estamos hablando. Ha cambiado tanto el mundo, las redes sociales han cambiado tanto el panorama… Mira, un ejemplo práctico. En aquel momento ni había Twitter, aunque yo nunca lo he tenido; pero difundías los mensajes que te llegaban, mensajes de textos. Pum, pum, pum. Se difundían a toda la velocidad que nos permitía la tecnología, porque las fuentes eran muy fidedignas o al menos lo creíamos así. Hoy en día yo no me fío de nada de lo que llega. Por ejemplo, cuando me dicen «Oye, tal, reenvía el mensaje». No tengo tiempo ni de tomarme el trabajo de comprobarlo, y prácticamente no firmo nada que no haya comprobado, porque ya ha habido mucha movida con todo esto y nunca sabes de dónde viene. A mí me produce cierta desconfianza, cierta desunión, y creo que parte es un poco fruto de esto. De la gente que se dedica a desinformar. 

Es irónico que justo cuando hay más herramientas disponibles…

Sí, sí eso pienso. Pero algo surgirá, en algún momento, que aglutine un movimiento social así heavy. Lo que pasa es que en aquel momento pasaron cosas muy bestias, también es verdad. El Prestige no fue una coña y su gestión política fue sencillamente un desastre. Aquello producía mucho dolor. Y lo de la guerra… Yo creo que luego los poderes cambian sus estrategias cuando ven lo que ocurre con la gente. A nadie se le ocurriría montar una guerra como la de Irak hoy en día, ¿por qué? Porque piensan que les van a pillar y se va a liar. Y no les interesa. La gente no es tonta, y cuando ve cómo funciona la sociedad, buscan cómo montárselo. Ahora mismo estamos en un momento cambiante y creo que alguien está buscando la manera de reorganizar esto, están pasando muchas cosas en muchos lugares. Y, o están monitorizadas, o alguien está fijándose en qué es lo que está ocurriendo para ver cómo meterla por otro lado. 

Todo está más o menos pensado por alguien, en general. Puede haber una cierta espontaneidad en los movimientos, pero también se piensa. Hay una estrategia. En Chile, por ejemplo, los movimientos sociales ya están estratégicamente liderados. Aunque haya habido un estallido, una revuelta espontánea de gente, ahora mismo ya hay un grupo de personas que dirige esa protesta, con las cuales ya hay muchos que no están de acuerdo. Ya empieza a haber resquicios por ahí. Ahí ya uno se puede preguntar: ¿esto pasó porque sí o porque tiene que pasar? 

Luis Tosar

Aunque tu carrera fundamentalmente se ha desarrollado en la ficción española, también has tenido escarceos internacionales, rodaste con Jim Jarmusch y con Michael Mann. 

Lo de Michael Mann fue tal que así: se pusieron en contacto para hacer una prueba y por supuesto que dije que sí, porque me flipa Michael Mann. Pero justo entonces estaba haciendo una función con Cristina Rota, El zoo de cristal, y para mí era supercomplicado hacer la peli también. De hecho hubo un momento en el que me eché atrás, y dije que no, porque no lo podía compaginar. Pero ahí el agente americano me dijo: «No te puedes echar atrás, se te van a echar los abogados encima, esto es Universal y ellos consideran que ya estás dentro porque fuiste a ensayar con Michael…». Y joder, tío. Así que lo hice, aunque me coincidía con bolos, pero como me metieron tanto miedo diciendo que se podía liar… Y bueno, fue una experiencia de cojones. 

Michael Mann tiene una fama digamos «interesante», en los rodajes. De ser un poco tirano. 

Porque es un workaholic. Yo disfruté muchísimo trabajando con él, lo que pasa es que él tiene un carácter de bum, bum, bum. Improvisa mogollón, por eso no entiendo que lo tachen de tirano, aunque bueno, al equipo lo tiene tieso, ¿eh? Pero tampoco me parece tiranía, me parece que es una puta máquina de currar, y es muy difícil llegar a él. Es un tipo que no para nunca, duerme microsiestas en el autobús, y pum, pum, sigue. Estaba siempre activo, en todos lados y en todos los procesos. 

En la película estaban también Colin Farrell y Jamie Foxx, ¿qué tal con ellos? 

Yo no soy un mitómano, pero es verdad que Colin Farrell es un tipo super majo, muy buen compañero. Más de aquí que de allí, digamos. Sin embargo, Jaime Foxx es muy de allí, les rodea algo muy americano. 

¿De estrella? 

Sí, podría decirse. Más americano. 

Después de eso rodaste con Jarmusch. ¿Te planteabas por entonces dar el salto internacional? 

No, es que las dos pelis fueron muy muy casuales. Yo estaba viviendo en Nueva York, pasando unos meses allí, y coincidió que me llamaron para la de Jarmusch. Me vi con él allí y claro, para mí él era un referente desde que era pequeño, cuando estaba en el instituto rodando cortos. Así que entonces fue un poco como «hostía, tío, ¿que curré con Michael Mann y voy a currar con Jim Jarmusch? Flipo».  

Con Mann hiciste de traficante, ¿hasta qué punto te ha limitado el físico con ciertos papeles internacionales? 

Supongo que sí me ha limitado. Y es curioso porque yo cuando me veo, me miro al espejo y digo «joder, no tengo tanta pinta de español, ¿no?» [risas]. Más que español, de latino. No sé por qué no me veo con pinta de latino, pero debe ser que en Estados Unidos doy el cante. De hecho a mí hubo una temporada que me detenían sistemáticamente en el aeropuerto. Tenía que esperar en inmigración, comprobar los datos, no me dejaban pasar… Yo soy López Tosar, y López malos en Estados Unidos hay… imagínate. Así que cuando veían mi nombre, siempre saltaba alerta, y había que esperar al visto bueno de Washington. Hubo un momento que me pasó tres o cuatro veces seguidas, y además me trataban como el culo. Recuerdo una vez que coincidimos en la misma sala Lucrecia y yo, ella no me conocía. Y dije: «Joder, es que aquí solo estamos negros, latinos…». 

Dices que no eres muy mitómano, pero ¿cómo es eso de que Eddie Vedder te llame amigo desde el escenario? [En el concierto de Pearl Jam en Madrid].

[Risas] Con el rock &roll sí soy mucho más mitómano, eh. Yo ya conocía a Eddie, pero realmente él es amigo de Javier [Bardem]. Dijo eso porque él es muy majo, pero su amigo es él, a quien llama cuando viene aquí. Yo le veo cuando vamos a sus conciertos. 

¿Y te comportas como un fan loco? 

No, procuro no abrir la boca para no cagarla. 

Has contado muchas veces que cuando Icíar Bollaín te ofreció Flores de otro mundo no te veías capaz de interpretar el papel de un castellano, porque tenías mucho acento gallego ¿Te quedan cosas por hacer con las que te veas limitado? 

Pues no sé. 

¿Cine de hostias? 

Bueno, ahora me da más pereza ya. Me noto mayor. Yo veo a Liam Neeson haciendo esas pelis, y digo «Liam, ya se te empieza a notar que te cuesta correr» [risas]. Lo estuve viendo justo el otro día y me fijé que prácticamente no corre, hay mucho montaje, mucha coreografía. 

Pero durante un tiempo sí dijiste que te apetecía hacer una película de ese estilo, ¿no?

Sí, pero te juro que ya no. Es que me hago mucho daño ahora, me cuesta muchísimo recuperar y ya no me hace gracia. Hace cinco años decía que sí, claramente, porque estaba muy en forma y todavía notaba la recuperación fácil. Pero ahora ya no, me lesioné la rodilla rodando Los favoritos de Midas y me costó recuperarme… Creo que hasta hay partes que se nota dónde cojeo. 

¿Cómo te vendió Mateo Gil el papel en la serie? 

Eso es imposible de reproducir. Imagínate a Mateo, en una conversación telefónica, contando Los Favoritos de Midas, quién es Victor Genovés… Es un lujo de detalles irreproducible. Pero vamos, me compró de calle. Lo tenía bastante fácil de entrada porque yo soy muy fan en concreto de una peli suya, Blackthorn, de la que tengo un recuerdo muy especial. Es de esas pelis que ves en una sesión solo en el cine, que la recuerdas porque hay poquita gente alrededor y te encantó. Tiene algo especial y además es un wéstern, que es un género que me encanta. Esa peli se rodó en Bolivia como un año después de que nosotros estuviéramos rodando con Icíar También la lluvia, prácticamente con el mismo equipo. Por eso cuando tuve oportunidad de hablar con Mateo y me llamó, lo primero que le dije fue eso. Algo gracioso, que es una chorrada y no tiene que ver mucho con esto, pero algo influye porque al final hay energías ahí que se alinean para que las cosas fluyan, es que nuestros hijos nacieron el mismo día. Tienen la misma edad. Fue una curiosidad que estaba ahí. Yo recordaba que alguien me lo había comentado aunque no se me había quedado muy presente, y cuando Mateo me llamó una de las primeras cosas que me dijo fue eso, que nuestros hijos habían nacido el mismo día y el mismo año. Hubo mucho feeling en esa conversación, porque Mateo es una maravilla: es guionista, es autor, y la forma que tiene de contar las cosas te atrapa. 

¿Te contó el final? 

Sí. Directamente. Aunque bueno, no supe exactamente la resolución, porque todavía estaba en dudas, aún no se había decidido. Tenía dos versiones del asunto, y tardó bastante en tomarse esa decisión. Por lo menos cuando rodábamos quedó la sensación de que estaba un poco abierto. Aunque no se llegaron a rodar dos finales, al final se apostó por una cosa muy clara. Y a mí me gusta. El final y la serie, porque es una apuesta muy radical. Si algo me sedujo a mí de todo esto es que era una apuesta televisiva radical, sólida, dura, contundente, ambiciosa, sin muchas concesiones a intentar mantener al espectador ahí solo con trama. Él quería que el contenido estuviera presente todo el rato, y que la profundidad a la que pudiéramos llegar con lo que estamos contando se mantenga en la forma también. Que el espectador entre si quiere, pero que tenga la posibilidad de entrar de manera profunda. 

No es la primera serie que haces, ni mucho menos, pero sí la primera con Netflix. ¿Te llegaste a plantear que se podía convertir en un pelotazo internacional como La casa de papel?

La verdad es que no, porque yo creo que La casa de papel es un fenómeno único. Es muy difícil que pueda volver a ocurrir algo así y te tienes que desprender un poco de eso, de esa ambición. Y tampoco era la vocación de esta, de hecho te diría que la vocación era casi justo la contraria: intentar contar lo que queremos contar, sin entrar en una dinámica de que fuera superatractivo para el espectador cada minuto. 

Celebraste mucho que contaran en el casting con Willy Toledo, decías que había habido una «mano negra» que le dejaba sin trabajo…

Sí, bueno, yo creo que si alguien ha sufrido las consecuencias de la libertad de expresión ha sido Willy. También es que es un bocachancla, no para quieto [risas]. Pero ha sido muy injusto lo que ha pasado con él, porque mucha gente no ha sabido separar lo buen actor que es, lo buen profesional que es, de las cosas que pueda decir. 

¿Pero entiendes que para muchos creadores no es que sea tanto una forma de castigarle o amonestarle, sino que prefieren no contar con alguien que saben que en mitad de una promo puede soltar una frase incendiaria…?

Bueno, yo creo que la gente tiene un poco la paranoia de que todo le afecta mucho a su trabajo y en realidad no afecta una mierda. La gente se cree que «oh, me va a poner en peligro toda mi producción», y bueno, no tanto. 

Pero igual algo que dice eclipsa, o quita tiempo, de hablar de la película o la serie. 

Sí, y también va a servir para poner ese tema encima de la mesa. Al final, ¿cuántas mamonadas se hablan de gente que está en una serie, pero que no habla de la serie? Qué pasa, que como son amables nos dan igual, ¿no? Como están Instagram, y ponen una foto así y así y así, nos da lo mismo. Pero al final, ¿qué quieres? ¿Por qué pillaste a esa persona, porque es influencer? ¿Porque tiene no se cuántos miles de no sé qué polladas? Vale. ¿Y qué pasa? ¿Que no es incómoda? Pues guay, cojonudo. Pero entonces la quieres, ¿por lo que aporta a la serie o por lo que está aportando de publicidad? Por la puta publicidad. Por eso no veo tan mal que encima sea Willy quien esté diciendo cosas que seguramente sean mucho menos confortables. A mí hay cosas que dice que me parece que están bien y otras no me lo han parecido, en determinadas ocasiones. Pero quiero decir: no veo la diferencia. Solo lo que te digo: unas cosas ponen muy nervioso y otras no. Pues a mí me pone nervioso lo otro, como productor me pone nervioso. 

Los influencers. 

Sí. A mí si vienes a decirme ¿oye, te interesa esta persona? Pues en realidad no. Prefiero a Willy Toledo [risas].

Porque, además, ya está demostradísimo que no hay una traslación entre el número de seguidores y la taquilla…  

En el cine claramente no, los followers de un actor no meten gente al cine. Yo recuerdo siempre que Mario Casas, cuando hicimos Toro con él, nos lo dijo claramente: «Oye, no confiéis en que esto vaya a atraer a todo el público que yo suelo meter cuando hago Tres metros sobre el cielo. Este tipo de público seguramente esta peli no la va a ver». Y no se equivocó en absoluto, lo tenía superclaro. 

Luis Tosar

¿El cine español se mueve mucho por eso? ¿O ya ha visto la trampa? 

Ya se empieza a descartar, creo yo. A la gente se le fue un poco con eso… Pero ahora ya ha visto que no funciona y ha dicho «dejémonos de chorradas». Evidentemente a todo el mundo le apetece tener nombres conocidos en su proyecto, y siguen pesando. Pero se intenta, en general, que esté soportado por una calidad profesional detrás, no simplemente…

¿Seguidores? 

Eso. Porque hay cosas que puntualmente sí te pueden llevar a un cierto público, moverlo… pero eso no implica que funcione para todo. Lo que decía Mario: yo en esto llevo este tipo de público y funciona que te cagas; pero en esto otro, ya no. 

En tu caso particular, da la impresión de que eres uno de esos ansiados actores «multitarget», que funciona en tipos de público muy diversos. 

Ya. Lo que pasa es que eso tiene una contrapartida y es que tú no garantizas nada. 

¿Decir que llevas a Luis Tosar en una película no da cierta tranquilidad, o cierta presunción de calidad? 

Tranquilidad, en todo caso, profesional. De decir: «Vale, pues muy mal tiene que estar para que lo haga pésimo el tipo». Tiene que ser que se caiga de cabeza, o que esté enfermo, borracho, o drogado para que no funcione. ¿Pero en cuanto a público? Es que es muy difícil hoy en día saberlo. 

Tampoco has tenido tantos hostiazos en taquilla. 

No, hostiazos no. Pero he tenido un montón de películas que bueno, sí que han sido menos que discretas en taquilla, cuando las previsiones decían que debía haber hecho un poco más, por lo menos. Y no. Es muy difícil meter a gente en las salas y tener un colchón más o menos fiel de público en todas las producciones, es muy complicado. También porque es lógico, no a todo el mundo tiene que interesarle todo lo que haces. Yo he hecho películas muy diferentes entre sí, en forma y contenido, por ejemplo Ventajas de viajar en tren y Quien a hierro mata no tienen nada que ver. Ha habido pases de Quien a hierro mata donde la gente salía como espantada… Pero en definitiva: es muy difícil garantizar nada a ese nivel. Yo entiendo que puede haber un colchoncillo de público que es muy cinéfilo, que diga «si está Luis me puede interesar…», porque ven un poco todo lo que haces, gente que va al cine sistemáticamente. 

Dices que odias que te digan eso de «este papel está hecho para ti». ¿Te lo dicen mucho? 

Sí, es que lo odio. Mateo no me dijo eso, porque no es muy de lugares comunes, al contrario, como mucho pudo hacer una broma con eso: «No te lo vas a creer, pero este papel está hecho para ti» [risas]. Se dice mucho, pero creo que porque los guionistas a veces, y esto es muy comprensible, necesitan visualizar un actor para escribir. Y luego les cuesta mucho salirse de esa imagen, y construyen a partir de ahí. A veces ya no pueden eliminar esa visualización, y es complicado. 

Al revés también se dice mucho «Luis Tosar, en este papel que está hecho para él…». ¿A qué se refieren con eso? ¿A que sea un villano?

[Risas] Joder, pues no lo sé, tendrás que preguntárselo al que escribe eso. Pero me imagino que se refieren a eso, porque yo al final he hecho unos cuantos malotes, unos cuantos atormentados, conflictivos… Al final es como que casi te especializas en algunas cosas. Yo entiendo la expresión de «un papel hecho a medida» porque hay cosas que lees y dices «joder, esto lo puedo hacer de puta madre». Igual es una trampa también, ¿eh? E igual no lo haces tan de puta madre. Me ha pasado en Los favoritos de Midas, que me ha costado mucho toda la relación con el crío, con el hijo. Debe ser que yo estoy en una dinámica completamente opuesta, o algo así, pero me costó muchísimo entrar en el drama de eso, porque estoy muy apegado a mis hijos y muy cerca de ellos. 

Varias veces en tu carrera, también ocurrió con Cien años de perdón, parece que los acontecimientos sociales se han sincronizado con los argumentos de las películas, ¿no? 

Tal cual. Es una sensación que me sobreviene cada cierto tiempo. Que estrenas la pelícua y o ya te comió la realidad, o te está empezando a comer. Una con la que me ha pasado sistemáticamente, cada cierto tiempo, es con Los lunes al sol. Vuelve a estar de actualidad, y otra vez vuelve a estarlo… Y hoy en día ya es un escándalo lo actual que es. Habla de algo que, por desgracia, no acabamos de solucionar ni solucionaremos. Con Los Favoritos yo creo que también hay algo que no es fruto de la casualidad, lo digo conociendo a Mateo. Hay una pulsión en su escritura, en su forma de pensar y de ver el mundo… está muy atento a las señales de lo que ocurre o empieza a ocurrir. Ahora tiene una extraña actualidad, porque no habla de pandemia, pero metafóricamente sí se habla de virus. Igual son solo flipadas, pero pienso que la gente no crea las cosas porque sí, sino porque algo está ocurriendo, hay algo que te estimula.

Yo no pensé en nadie en concreto para hacer mi personaje, porque es un mundo al que yo ni me acerco. Ni lo huelo. Mateo y yo solo tratábamos de imaginarlo, porque somos gente que nos documentamos mucho, leemos mucho la prensa… y puedes tener una cierta idea de los manejos. Pero el interior, ni lo cheiré en mi puta vida, ni lo haré. Normalmente en cualquier película siempre surge alguien que te pregunta qué necesitas para documentarte, te sugiere hablar con no se quién… Pero este es el típico lugar en el que nadie, jamás, tenía acceso a nada. Ni el que tuviese acceso soltaba prenda, nadie te decía «te vamos a llevar a una junta de accionistas para que veas los manejos…». ¡Ni de coña! Lo más cerca que estuve de alguien que se abriera así fue con La flaqueza del Bolchevique, y con un tipo que estaba ya retirado, y todo lo que contaban eran perrerías, claro. Él había llegado a vicepresidente o una cosa de estas, y cuando se retiró se retiró, pero no era propietario. 

Luis Tosar

¿Cómo ha sido volver a hacer una serie, después de tantos años? 

En cuestión de tiempos ha sido como hacer una peli larga, comparándolo con el recuerdo que tenía yo de hacer una serie. Era un sistema de televisión superconvencional, comparado con lo que ahora son una buena cantidad de producciones. Logísticamente, a la hora de rodar, hemos rodado como una película. 

Hombre, han cambiado las cosas desde que saliste en La casa de los líos con Arturo Fernández… 

[Risas] Hostia, sí. Creo que hice dos episodios. Por entonces yo ya había hecho tele en Galicia, después El comisario… 

Pero en realidad has hecho más teatro que televisión, ¿no? 

Sí, mucho más. En Mareas vivas estuve como un año implicado, y acabé tan cansado, que dije «todo lo que pueda salir de esto…». Fue un superéxito, ellos estuvieron como cuatro años más… 

Siempre se menciona Mareas vivas como tu lanzadera, ¿fue así? 

Es curioso porque eso no tenía nada que ver, en realidad. En la primera temporada ya rodé Flores de otro mundo, eran dos cosas que iban en paralelo, no tenían que ver. A mí no me llamaron para Flores por Mareas, porque de hecho no se había rodado todavía. Me llamaron por la primera peli que había hecho aquí en Madrid, que era de la cuadrilla: Atilano presidente. Ahí hacía un papelito muy pequeño, y el que hizo el making off de esa peli es Manuel Martín Cuenca, que hizo el casting de Flores. Él me llamó para hacer una entrevista con Icíar y luego hacer prueba con ella. Pero volviendo a Mareas: para mí la exposición pública fue muy heavy, era demasiado. La repercusión que tenía la serie para mí era exagerado, era muy difícil de gestionar. No esta muy cómodo con eso. 

Ahí es cuando salió aquel estudio de una marca cervecera, donde salías como el gallego con el que todos querían irse de cañas…

[Risas] ¡Sí! Aunque es verdad que lo hacen casi todos los años, y salí varias veces. Lo publican o La Voz de Galicia o El Correo Gallego, no recuerdo. Luego hubo un momento que estaba en competición con Feijóo y la de dios. Me acuerdo porque Feijóo me ganó una vez, hace unos años, y yo no pensaba que un político podía estar pendiente de estas cosas… ¡pues lo estaba! Y le mandó un mensaje a una conocida mía para decirle: «Le gané a Luis».

¿La experiencia de Mareas vivas, entonces, es lo que te ha mantenido alejado de la televisión?

Sí, no me llamaba la atención especialmente. Prefería el cine también por su mecánica, por cómo se rueda, cómo se montan las películas, cómo se hacen. Y también porque de alguna manera es un lugar en el que yo estoy más cómodo, por características personales. Al menos tal y como era antes, porque ahora las series han cambiado mucho con las plataformas. Pero es que antes era una locura: las serie se emitía un lunes y los martes no podías salir a la calle. No podías hacer vida. Es curioso, porque iba aminorando la intensidad a medida que iba pasando la semana, y el domingo ya podáis estar más o menos tranquilo… [risas]. La gente quería opinar sobre lo que había ocurrido en el capítulo, querían comentarlo contigo. Cualquier persona que te encontrase haciendo la compra, te soltaba: «Ay, meu fillo, a mí no me gustó nada que muriera, ¿eh? Porque era muy buen mozo…» [risas]. Te hacían todo el comentario, y ahí te dabas cuenta por un lado de la repercusión y de lo que puede llegar a ser la ficción, cómo la gente entra a saco en eso. Y eso ya no ocurre, esta cosa de la serie semanal, con mucho culebrón… Había gente a la que directamente se le iba la cabeza con esto. 

¿Por ejemplo? 

Pues mira, yo en la serie hacía de juez. Y una vez, en un aeropuerto, un tipo se me acercó y me susurró: «oye, tenemos que mirar eso, a ver si me echas una mano y tal…» [risas]. Y yo: «¿Pero de qué me habla este señor? Que no tengo ni puta idea…». Pensaba que me estaba vacilando, hasta que caí, y le dejé hablar «cuando vaya al juzgado, no se qué…» [risas]. Hay de todo en la viña del Señor eh, somos siete mil millones de habitantes…

«Tengo autoridad para hacer un villano desde la comedia», has dicho.

¿Sí? ¿Eso dije?… Joder, qué asco. 

Bueno, todos cambiamos de idea, no somos la misma persona que hace diez años. 

No, no, si lo más triste es que seguro que lo dije no hace tanto [risas]. Supongo que con eso me refería a que como he hecho tantos chungos, tantos malotes, si hago alguno en clave de comedia, tengo cierto bagaje para darle una vuelta hacia la comedia. Pero es curioso, porque en teatro sí que he hecho mogollón de comedia. Pero luego no sé, empecé a especializarme en personajes muy muy serios, en drama, cuando empecé a hacer cine, y ahí he hecho muy poca comedia. También es que yo las comedias que leo no me hacen gracia, así que es difícil. 

¿Y las que ves? ¿O no te gusta mucho el género? 

Sí, sí me mola. Pero por ejemplo no veo muchas comedias españolas que me hagan gracia. Yo soy de Faemino y Cansado, ese tipo de humor. ¿Dónde hay hoy una peli en la que haya una cosa como esta? Y como actor, me parece muy complicado hacer comedia, tiene que ser algo que digas «joder, va a valer la pena». 

Luis Tosar

En 2018 dijiste que el cine español seguía siendo muy masculino. Solo han pasado dos años, pero ¿cómo lo ves? 

Pues creo que el cine español sigue siendo muy masculino. No acaba de… 

¿Y de quién es culpa? 

Pues seguramente de los hombres. Sí, seguramente es culpa nuestra, al no querer soltar cuerda y por eso siguen las cosas sin equilibrarse. Creo que ha habido unos cuantos apuntes de cosas, aunque seguro que la pandemia no ha venido nada bien en este sentido. Al final todo siempre es una buena excusa para dejar las cosas a un lado, para retrasarlas. Y cuando hay un poco de inseguridad, siempre se va a los valores más o menos conservadores, y en los valores conservadores de la industria del cine están los hombres, básicamente. Y todo lo que se venía apostando en los últimos tiempos de las jefas de departamento, más directoras… Pues claro. Hay pocas directoras, pocas guionistas. 

¿Y cómo actor, qué haces tú para intentar echar un cable en eso? 

Pues mira, yo he hecho algunas cosillas. Por ejemplo, cambiar personajes de masculinos a femeninos. Y cambiar tramas. O, por ejemplo, el final de una peli, lo cambié para que fuese ella la que diera el disparo final, la heroína. 

¿En cuál? 

En La sombra de la ley. Me parecía muy obvio, además, que fuera ella la que disparase al chico, que fuera ella la que lo salva. Llevamos toda la puta peli con un tipo que es un mazacote, repartiendo hostias, pues no está mal que al final sea ella. 

¿Y lo de cambiar un personaje masculino a femenino, en cuál fue? 

En Los fenómenos. Es una peli que hicimos nosotros, y el personaje que interpretó Lola Dueñas se decidió que fuera una mujer, metida en el mundo de la construcción, además. Y de repente la peli pegó un giro, porque era más o menos anodina en cierto sentido. Podía ser Riff-Raff de Ken Loach, y de repente se convirtió en otra cosa, una película que trataba el tema del género también. 

¿Y algo que hayas hecho que te implique a ti? ¿Algo a lo que hayas tenido que renunciar? 

No. Es que claro, ¿qué puedo hacer? ¿No hago la peli y que la haga una chica? Porque nunca he estado en la tesitura de elegir director de una película, la verdad. No se me ha dado esa opción de decir, «esta película la puede dirigir esta persona o esta otra» y elegir. De hecho, no suele ocurrir eso. 

¿Y como productor? 

Pues tampoco… como siempre trabajamos con proyectos que traen los directores. A lo máximo que hemos llegado es a trabajar con productoras, coproducir con mujeres. Pero siempre las cosas que hemos hecho venían montadas por hombres.  

Es más fácil que ellos echen a andar un proyecto. 

Sí, es tradicionalmente masculina la industria del cine. De hecho hay poquísimos proyectos que vengan de mujeres, a mí no me llegan, por ejemplo. Hechos por mujeres. No sé si por el tipo de actor que soy o lo que sea, pero no me llegan. He trabajado con Icíar, con Gracia Querejeta, con Patricia Ferreira... Pero en los últimos años, por ejemplo, no. 

¿Hace cuánto que no haces un casting? 

Uf, mogollón. Y aunque no es una situación agradable, a mí me divertían los castings, me lo pasaba bien en las pruebas. Me solían salir bien. 

Sufriste un ataque de ansiedad antes de salir a escena en La cena de los idiotas. ¿Te ha vuelto a pasar  un pánico escénico así? 

Aquello fue porque estaba mal, me quería ir de aquí, de Madrid. No estaba a gusto. Era la primera vez que pasaba tanto tiempo aquí y no me apetecía nada estar, la verdad. Ahora ya me instalé y vivo aquí, pero en aquél tiempo no, ni quería. Me acababa de separar de mi pareja, estaba fatal y me empezó a agobiar la perspectiva de que tenía que estar seis meses más en Madrid. La cabeza me iba a mil y hubo un momento en que peté. Pero no por las funciones en sí. Porque además era una comedia, la peña se descojonaba de risa y yo estaba para el arrastre. Era muy contradictorio aquello. Pero bueno, esa es la vida del actor. 

Groucho Marx decía eso de que no hay nada más aburrido que un actor hablando de sus éxitos…

[Risas] Seguramente, sí. 

Cuéntame algún fracaso de tu carrera. 

No los considero fracasos, pero como productores nosotros teníamos alguna expectativa más con Operación E, y fue un poco decepcionante la acogida que tuvo, que fue casi nula. Y la presencia que tuvo después en los certámenes, también. Era una película que creímos que iba a hacer más ruido, que iba a interesar más por temática, y no. Fue una de esas cosas en las que pones un sobresfuerzo, donde hay un trabajo especial, yo trabajé mucho el acento, estábamos super involucrados como productores, social y políticamente nos trajo muchos problemas en Colombia… Todo fue muy tenso, aunque muy excitante a la hora de hacerlo. 

¿Y aun así lo compensó? 

Siempre compensa, o yo lo creo así. Siempre hay algo bueno que puedes extraer, un aprendizaje, o una experiencia que te hace más sólido. Por traumáticas que sean, todas las experiencias te construyen. Esta no fue traumática, pero fue un poco decepcionante la acogida, después de tanto esfuerzo y tanto quilombo que se montó…  Decías «ojalá la vea la gente» y… pues no [risas]. Yo no digo que la película se mereciera más, porque es un poco soberbio pensar así, solo que me hubiera gustado que se viese más. Que tuviese la oportunidad. 

Has dicho alguna vez que como productor eres un poco desastre…

Yo no sé si es que somos demasiado arriesgados con todo lo que hacemos, pero es difícil que nos salga alguna como queríamos. Igual también es que somos un poco ilusos, porque hacemos un tipo de peli que es lo que es, y nos encantaría que lo viese un montón de gente, pero joder, es imposible. Uno siempre tiene esta cosa de decir «estoy haciendo una frikada y además quiero que lo vea un montón de gente». Pues a veces frikada y mucha gente no combinan. Lo que pasa es que en el caso de Operación E no era ese caso, creo que era un tipo de película que podía tener un público mucho más amplio, pero no funcionó. O falló la promo o algo ahí no cuajó. Esas cosas que yo tengo la sensación que en otro momento, con otras circunstancias, de alguna otra manera, quizá hubiera funcionado. También puede ser soberbia, ¿Eh? Que la peli no mole y ya está. Pero yo creo que sí que estaba bien. 

¿Qué tal se vive sin redes sociales? 

Joder, estupendo. Mira qué carácter tengo. Soy de las personas más afables que yo conozco. Pienso que te da una cierta sanidad, me enveneno poco. Porque, de hecho, a veces solo con lo que leo ya me enveneno… Pero claro, lo que me envenenan especialmente son los comentarios. Si alguna vez caigo en la tentación de leer algún comentario de la gente en la prensa, de los usuarios, digo buffff qué chungo, tío. La gente que vive permanentemente con Twitter debe ser horrible. Porque la gente es muy desconsiderada.  

La gente que comenta. 

¿Tengo que verlo así ? [risas] Sí, será eso. Yo no entro a comentar, ni para mal ni para bien. Una de las razones por las que no tengo redes sociales es porque no podría soportar eso, que me estén poniendo a caldo todo el rato. No soporto ese tipo de violencia. Soporto la violencia directa, a mí me puedes poner a caldo aquí, y lo puedo aguantar y te pondré a caldo a ti o lo que sea, lo que no soporto es sentir que estoy generando odio en alguien al que no puedo ver ni confrontar. A mí me gusta solucionar las cosas directamente, no me gusta ser consciente, aunque lo tengo que ser, pero no me gusta recrearme en eso. No quiero discutir con gente que no conozco. Hay una persona que me está odiando y no puedo intentar convencerla de que no sea así, o por lo menos discutir. No me gusta esa sensación. Y ya por características personales no me gustan los conflictos, no me gusta la confrontación en general, no disfruto. Me gusta ir a mi bola y que no haya movidas, y estar bien y trabajar a gusto… Si tengo una movida la tengo ya a saco, pero no me gusta que mi vida sea una constante vibración negativa. Me pone muy nervioso eso.

Luis Tosar

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16 Comentarios

  1. Qué gran tipo y qué gran actor. Y si, fuck the social networks, sólo las necesitan los losers con necesidad de atención. Y en loser incluyo desde a un señor de Alcalá de Henares a un megastar con 25 millones de ‘follogüers’.

  2. Quien no quiera entender que el futuro esta en las redes sociales se va a ir quedando atras, me gustaria equivocarme pero es la evolución, muchos de nuestros jovenes no conocen a Luis Tosar, pero si a la mayoria de “youtubers” o casters, de los que yo me pierdo.

    Hay un cambio de generación y tenemos que aceptarlo

  3. Estas entrevistas son deliciosas pero, las fotos, auténticas joyas de iluminación, encuadre, foco…
    Gracias siempre por demostrar calidad en vuestros trabajos.

  4. Este señor habla como si estuviéramos en una situación preautonómica, como si no se hubieran reconocido las peculiaridades de las distintas partes de España, sus lenguas y culturas. Como si esas culturas no estuvieran plenamente institucionalizadas y ejercidas en sus territorios. Y este señor dice que hay excluyentes. No sé, igual se refiere a su paisano Manuel Murguía (padre del nacionalismo gallego), que decía que los gallegos eran arios y los demás pueblos españoles eran semitas y que cuidado con eso. O igual se refiere a Sabino Arana, que llamaba «maketos» a los trabajadores de otras zonas de España emigrados al País Vasco, o a lo mejor a los catalanes que llaman «charnegos» (perros) a los ciudadanos de otras partes de España emigrados a Cataluña. ¿Podría decirme el señor Tosar algún mote despectivo que se le haya puesto a él en Madrid por ser gallego? ¿O a los vascos por ser vascos? ¿O a los catalanes por ser catalanes? Y hay muchos de ellos que durante mucho tiempo han llegado a Madrid a buscarse la vida. Y a ninguno se les tildó con ningún mote excluyente y racista. O a lo mejor con eso de los excluyentes se refiere el señor Tosar a los nacionalistas de Galicia, País Vasco o Cataluña, para quienes en esos lugares solo se puede sentir uno gallego, vasco o catalán, mientras que el proyecto español actual permite que uno se sienta español o gallego/vasco/catalán o las dos cosas. El proyecto español actual incluye a gente de muchos tipos, los proyectos nacionalistas de esas regiones solo les incuye a ellos. El proyecto español actual incluye muchas lenguas, pero el de los nacionalistas solo incluye a las suyas (ese sería su horizonte utópico en esos sitios hipotéticamente independizados). ¡Y nos habla el señor Tosar de «excluyentes»! ¡Tela marinera! El pobre no es más que un repetidor de tópicos trasnochados (critica que la gente diga que no le hablaron en español en Cataluña pero luego dice que la gente llama dialecto al gallego…). Este hombre se queja de los excluyentes y exige reconocimiento para las «naciones» (ya reconocidas) pero luego él excluye y no reconoce a la nación española, que incluso aunque fuese una nación de naciones sería una nación. Bueno, pues él la llama «Estado español». Ni siquiera puede decir España. Muy bien, muy coherente. No das lo que pides para ti. Tócate los cojones Mari Loli.

    Esos territorios de los que él habla han sido hasta tal punto reconocidos que incluso han sido privilegiados. Un ejemplo simbólico: en los actos de Estado las banderas de los territorios denominados «nacionalidades históricas» (el engendro tiene su aquel a poco que se medita) son colocadas en primera posición tras la rojigualda, otorgándoles ese privilegio y dejando a las demás detrás como si valieran menos, como si lugares como Asturias, Castilla o Aragón fueran menos importantes que el País Vasco, Cataluña o Galicia. ¡Y este hombre habla de falta de reconocimiento!

    • Me temo que has entendido todo lo que ha dicho al revés.
      Sobre palabras despectivas para los catalanes en Madrid existen “polaco”, “catalufo” o “catalino”. Para gentes de otros lugares no se si hay algunas porque me quedan muy lejos.

      • Eso se dice en ambientes futbolísticos y poco más. Lo otro se dice en cualquier escrito nacionalista de “hondura”.

      • Lo he entendido perfectamente, y sé que el critica a los excluyentes del galleguismo (su racismo), pero tras decir que “tampoco ocurre tanto” en seguida se pasa a hablar de que hay excluyentes del otro lado y ahí sí carga las tintas a tope tirando de tópicos muy manoseados y acaba concluyendo en que el problema es que el sistema actual no reconoce la diversidad (mentira) y que todo se arreglaría si los de las comunidades monolingües aprendieran un poco de las lenguas cooficiales, algo que a mí no me parece mal, pero que desde luego no es el problema ahora mismo. Ahora mismo no hay un problema de no se respete la diversidad. ¡Para nada!

        Y además otra cosa en la que antes no quise entrar, como es el tema de las lenguas en el franquismo. Es mentira que no se pudiera hablar otra lengua que no fuera el castellano. No se podía era usarlas en la administración pública ni en la educación (como pasa ahora mismo en Francia, por ejemplo, pero no veo a nadie meterse con Francia por esto) pero se podían usar perfectamente a nivel cotidiano. E incluso había editoriales que publicaban en gallego, como la editorial Galaxia, por ejemplo. ¡Pero si el día de las Letras Gallegas se instituyó en 1963! Pero este hombre habla como si fueran persiguiendo a la gente con una pistola para que hablase castellano. No se puede hablar tan a lo grueso y decir algo como «no se podía hablar ningún otro idioma que no fuera el castellano», porque es mentira.
        Y respecto a los insultos a los catalanes, pues hombre, me parecen meros chismorreos populares (inocentes e inofensivos) y peccata minuta en comparación con maketo y charnego, que eran claramente insultos clasistas (maketo viene de maco, hatillo, el que llevaban los trabajadores al ir al curro, por lo que el mote señala la pobreza, por tanto es clasista) y charnego, que quiere decir “perro”, es decir, se degrada al ser humano a la condición de animal, por lo que es supremacista y racista. Como ves, eso de catalufo o Polaco (derivado de que en el 92 algunos catalanes iban con Polonia en la final de fútbol contra España en las olimpiadas) son meras tonterías inocentes en comparación con los muy agresivos maketo y charnego, insultos derivados no de la guasa popular (inonfensiva) sino claramente del supremacismo nacionalista, el cual es una derivación lógica del nacionalismo (la experiencia lo demuestra tozudamente), ese al que Tosar defiende tanto, pese a que critique su componente racista.

        Por cierto, sabrás que ahora al resto de españoles los indepes les llaman “ñordos”, ¿no? Es decir, mierda, hez, etc. Vamos, ahora compáralo también con catalufo y Polaco, no te digo ya con catalino… (y no me vengas con que eso solo se refiere a los casposos y franquistas porque para los indepes lo es todo aquel que no esté de acuerdo con ellos).

        Ah, y si te queda muy lejos Madrid, ¿cómo puedes ponerte a hablar de cómo se llama a la gente en esa ciudad? ¿hablas de segundas? ¿repites lo que oyes?

        • Lo que comenta Salvador respecto a que Tosar afirma que durante el franquismo no se hablaba otra lengua excepto el castellano es cierto. No es así, o por lo menos hay que matizarlo.

          El catalán estaba prohibido en lo público. Pero ya en el 39 había editoriales que publicaban en catalán, así siguió siendo, y aumentaron su número, durante el franquismo. La gente privadamente lo usaba a discreción y no había problema en ello. Se permitía. Así dicho parece bueno, por supuesto mala cosa prohibirlo en la administración y educación. Lo digo para evitar saltos.

          Dicho esto, yo entiendo que Tosar habla de identidades más que de otra cosa. Y yo ahí, no me meto.

          Además, se habla de esos temas muy poco, apenas unas pinceladas, no creo que sea suficiente para elaborar un informe completo sobre la idiosincrasia de Luis Tosar. Yo lo veo así.

          Saludos.

        • A ver, solo te he explicado que existen maneras despectivas de referirse a los catalanes desde Madrid, cosa que negabas. Ahora vas y lo conviertes en un concurso de quien es más despectivo… Pues vale.
          Lo de que ñordo no va para el resto de españoles que yo sepa, si no solo para algunos. Yo no soy independentista ni tampoco unionista porque no me mola el nacionalismo en general, aunque sí ciudadano español a nivel administrativo, y mis colegas y conocidos indepes nunca me han llamado ñordo.
          Y lo que me queda lejos es ser gallego o vasco, por ejemplo. Por otra parte, lo que algunos dicen en o desde Madrid lo he podido comprobar cuando he estado allí o leyendo en la red.

  5. Tenía que haber hecho como Luis Tosar y no leer los comentarios, que parece que hablan de otra entrevista distinta a la que he leido: cuando ha habido decenas de preguntas, el tema “estrella” termina siendo lo de las identidades y las banderas. La verdad, no sé cómo se puede estar TODO el rato con lo mismo sin enloquecer aunque sea un poquito.

    • Es verdad. Con el tema de los nacionalismos de toda laña, la gente entiende lo que quiere y siempre están metiendo el tema incluso hablando del Big Bang. Un horror. La entrevista es de lo más normal y no veo por ninguna parte los problemas que se traen a colación por algunos de los que comentan. Qué obsesión!!

  6. Muy buen artículo. Es un placer las opiniones de un gran actor como es Luis Tosar respecto a estos temas y la verdad es que creo que tiene toda la razón en lo que dice y es algo que se está olvidando en el mundo superficial en que vivimos.

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