Arte y Letras Literatura

Una peca del mar

mar Italo Calvino
Italo Calvino en su casa de Roma, 1984.
Fotografía: Corbis.

Nació en una isla, escribió casi todo en otra —que en realidad no lo era— y murió en una península. La vida de Italo Calvino puede contarse de muchas maneras, y casi todas incluyen el mar. Aunque sea en ausencia. 

Empezó cambiando el Caribe por el Mediterráneo, de su Cuba natal a San Remo. También fue partisano, pero eso ya lo saben. En 1959 había escrito El sendero de los nidos de araña, y aún estaban por llegar la frente despejada con la que se le recuerda y las obras que lo convertirían en autor imprescindible del Novecento. Por entonces soñaba Calvino —treinta y seis años— con publicar El vizconde demediado en España. Nunca la había pisado, pero tenía ganas. Se lo contaba a algunos amigos por carta, como refleja la correspondencia que publicó Siruela. Al final, vino. De mano de Carlos Barral. Él reservó el vuelo que lo trajo de Milán a Barcelona: aterrizó de madrugada en una ciudad de asfixia dictatorial. Era el 24 de mayo de 1959, parece ser que fue domingo. El caso es que el lunes por la mañana Italo Calvino desembarcaba ya en Mallorca, en la primera edición del Premio Formentor de las Letras donde se fraguó «el contubernio literario», que diría Goytisolo después. 

Cuentan que sufrió uno de esos embrujos instantáneos con la isla, con el lugar y con «el hotel de los dioses amables». Varias décadas ha tardado en contarse, en saberse, que ese Calvino que luce en las fotos bronceándose en la bahía de Pollença tras sus discusiones literarias estaba curándose de una relación devastadora. Quizá, también, huyendo. La «dama que vivía en superlativo», como él decía, no había terminado de irse del todo. La esposa del conde Sandrino Contini Bonacossi. Se llamaba Elsa de Giorgi y era actriz. El suyo no fue diferente a la mayoría de los romances: duró tres años. De 1955 a algún punto indeterminado de 1958.

Lo sabemos porque él lo escribió. Más de trescientas cartas, tórridas, culposas, incluso cursis. Y secretas, hasta que el Corriere della Sera las sacó a la luz en 2004. En ellas Calvino dice todo lo que imaginan que dice alguien arrasado por la lujuria: «Te deseo tanto que te pienso entre mis brazos, y te estrecharé hasta romperte en pedazos, te arrancaré la ropa, rodaré sobre ti, haré cualquier cosa para dar rienda suelta a este deseo infinito de besarte, abrazarte, poseerte». Era la época en la que escribía, también, Los amores difíciles. 

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