Entrevistas Sociedad

Xavier Colás: «Trump tiene mucha prisa y poco interés en Ucrania y Putin tiene mucho tiempo y mucho interés en Ucrania»

Xavier Colás para Jot Down

Las narrativas rusas sobre la invasión de Ucrania han tenido especial seguimiento en España entre la izquierda alternativa, pero al final quien le está allanando el camino a Putin es la extrema derecha estadounidense. Es una de tantas paradojas que encierra un tema sobre el que no es que no se entienda o desconozca lo que sucede, es que no se quiere entender ni se quiere conocer. En este aciago contexto, Xavier Colás (Madrid, 1977), corresponsal en Moscú durante doce años, interesado en Europa central y del este desde 1999, publicó Putinistán: Un país alucinante en manos de un presidente alucinado en el que analiza la causa principal de la inestabilidad en el este de Europa: la naturaleza del régimen de Putin.

¿Qué opinas del plan de paz que se acaba de proponer y se trata de imponer desde la Casa Blanca, aunque su autoría se está poniendo en duda, podría ser solamente una lista de deseos rusos, aunque parece que Moscú lo ha rechazado? Es ciertamente confuso…

Conociendo al régimen, no veo nada de contradictorio en que Rusia rechace el acuerdo que ha propuesto. Me sorprende incluso la honradez de hacerlo tan pronto en lugar de fingir un tiempo o incluso callar y romperlo por la vía de los hechos.

Creo que, ante todo, hay que entender que Trump tiene mucha prisa y poco interés en Ucrania y Putin tiene mucho tiempo y mucho interés en Ucrania. Ésa es su fortaleza y resulta ingenuo pensar que no la va a usar. Para Putin, Trump es una oportunidad de arrinconar a Kiev, y sabe que tiene por delante al menos tres años de trumpismo: no es el momento de canjear las fichas del casino, sino de seguir jugando. Lo puede perder todo, como le pasaba a Dostoievski, pero el Putin que he conocido hasta ahora es un jugador.

Un jugador al que no detendrán los reveses —Prigozhin, sanciones, muertos— sino la bancarrota, que en este caso es una quiebra de su régimen; su muerte o una degradación total de sus capacidades de lucha, que de momento no se ha producido. Los europeos estamos sentados a esa ruleta y, a diferencia de Trump, no nos podemos levantar.

El acuerdo de minerales con Ucrania, las conversaciones en Arabia Saudí o la cita en Alaska trazan un hilo conductor: Trump ofreciendo el noventa por ciento de lo que quiere Rusia y Putin evitando entrar en una negociación. Probablemente el ciento diez por ciento no le valdría, porque sus aspiraciones van más allá de lo que ha dicho públicamente. Sus aspiraciones afectan a la totalidad de Ucrania, sin duda al control de Kiev y también a Europa Central.

Nuestros políticos no paran de hablar de cosas que después no hacen. Putin no tiene esa necesidad, y actúa al contrario. Si tenía fe en conseguir cosas por la fuerza estando Biden, no hay razón para dejar de creer en ello estando en la Casa Blanca un magnate disperso e inexperto como Trump. Para Putin los territorios son un medio, no un fin. Un acuerdo de paz en el que Ucrania reduce su ejército con garantías dudosas será solo un entreacto hacia una guerra más grande.

En tu ensayo sobre Rusia, Putinistan (La Esfera de los Libros, 2024), dices que en ese país no se habla del futuro, solo hay presente. A cambio de perder el futuro, solo habrá presente.

Sí. En Rusia, de verdad, los políticos no hablan del futuro. En España u otros países de nuestro ámbito los políticos están continuamente hablando del futuro, prometiendo cosas que muchas veces no cumplen, pero existe esa referencia continua al futuro, lo cual es lo normal. Igual que en nuestras familias también se habla del futuro.

Pero en Rusia no, en Rusia no se habla en esos términos. No hay promesas electorales del tipo «en 2027 no sé qué» o «en 2030 no sé cuál». Se habla más del pasado que del futuro. De ese pasado que hay que arreglar.

¿Por qué?

Una de las razones, creo, es que Rusia está completamente en manos de un señor que ha cumplido setenta y tres años y ha obligado al país entero a tener setenta y tres años. Todo el mundo tiene que tener setenta y tres años. Está mal visto hablar del futuro porque es un futuro en el que todo el mundo sabe que él no va a estar.

¿El sistema ha vuelto a generar una gerontocracia, como en los setenta y ochenta?

Vuelve a haber una gerontocracia. Es lo mismo que le pasó a la Unión Soviética. La URSS empezó a hacerse vieja cuando dejaron de matarse por el poder y desaparecen las purgas. El envejecimiento empieza con Jrushchov al poner punto y final al estalinismo. Es paradójico, pero todo ese sistema tan horrible impuesto por Stalin, que era terrible, imitaba una cosa de la democracia, la regeneración de los cuadros. Aquí se regeneran porque pierden elecciones; allí porque eran fusilados. Así que, artificialmente, había una renovación.

Jrushchov fusiló a Beria, pero fusiló muy poco. Y a partir de ese momento se deja de fusilar. Se deja de matar. Es entonces cuando la URSS empieza a hacerse vieja. Cuando empieza a morirse es precisamente con Brézhnev. Y, curiosamente, esos años son los que muchos rusos recuerdan con mayor nostalgia, los años del estancamiento.

Bueno, también fueron los únicos años con estabilidad.

Claro, por eso los recuerdan. Es la única época en la que no hubo grandes cataclismos.

Porque también una de las cosas que apuntas es que la Segunda Guerra Mundial, aunque fue una victoria, por los niveles de pobreza y devastación que quedaron después, pareció una derrota.

Sí. Los rusos han tenido mala suerte con las victorias y con las derrotas. La victoria en la Segunda Guerra Mundial los dejó en unas condiciones de posguerra casi tan duras como las de Alemania. Aunque tampoco lo podemos comparar, Alemania siguió un camino y Rusia siguió otro. Si fuese alemán en 1948, no sé si me querría cambiar por una persona en Rusia que acababa de «ganar» la guerra, porque las libertades evolucionaron de forma distinta. No lo quiero equiparar, pero es verdad que fue una victoria muy dura para el pueblo ruso. Aunque hubo éxitos, lograron exportar la revolución, algo que ya se había dado por imposible, pero por medio de la guerra lo lograron. Y aun así, fue una victoria muy dura para los rusos.

Y cuando «perdieron» la Guerra Fría…

Cuando perdieron la Guerra Fría, que en realidad no fue una guerra, no hubo batallas en territorio ruso, lo que vivieron fue otra vez una posguerra. Se derrumba la esperanza de vida, la renta per cápita… un fenómeno por todos conocido. Y, económicamente, viven una posguerra. Hubo guerras en África en nombre de la Guerra Fría, en Latinoamérica, en Asia, pero eso no iba con los rusos, ellos no tuvieron batallas. No hubo un ejército invasor entrando hasta Moscú, pero aun así hubo un cambio de régimen; tampoco hubo ocupación de territorios y, sin embargo, hubo pérdida de territorios. Tuvieron todos los síntomas de haber perdido una guerra en el sentido tradicional, salvo uno.

¿Cuál?

El síntoma contrario, el síntoma de una victoria, la libertad. De repente, sin que nadie la buscase, hubo libertad en el noventa y dos, noventa y tres, noventa y cuatro… La contradicción es que los rusos se encontraron con todos los síntomas de haber perdido una guerra, más un síntoma típico de haberla ganado. Mezclaron esos sabores: pobreza y libertad. Hasta que algunos consideraron que una cosa tenía que ver con la otra: debilidad y libertad, pérdida de territorios y libertad… Todo estaba en la misma ecuación, cuando en realidad eran procesos históricos distintos, pero que ocurrieron a la vez.

Comentas también que uno de los factores que explican la llegada de Putin, no el más importante, pero sí uno de los más relevantes, es la «vacuna» que tiene la población tras haber vivido la mayor inestabilidad de sus vidas, que se produce en esos años noventa.

Sí. Porque venían del estancamiento, prácticamente veinticinco o treinta años en los que estaban mal, pero estaban. La perestroika fue un anticipo de la libertad y ahí empezaron los problemas para los rusos de a pie.

Desde España no podemos aleccionar a los rusos sobre nuestra Transición. La nuestra fue mucho más fácil que la de ellos. Bueno, yo al menos creo que nuestra Transición tuvo un buen final. A veces la gente me dice: «La Transición española no se hizo bien» y yo les digo: «Pues os voy a hablar de una transición que se hizo mal y, afortunadamente, vosotros no la habéis sufrido».

Pero no podemos darles lecciones sobre cómo debían haberlo hecho, porque en esas condiciones y contexto quizá nosotros lo hubiéramos hecho incluso peor. Cuando Franco murió, no hubo un levantamiento popular; se murió en la cama. Tuvimos que esperar a que el señor se muriese, fue un final biológico. Y, aun así, no fue fácil. Hubo un cambio de sistema político, complicado pero bien enhebrado. Pero no hubo un cambio de sistema económico. Existía la propiedad privada antes y después. Existía el desempleo antes y después. En Rusia no. Los rusos no sabían cómo buscar trabajo. No sabían lo que era «no tener posibles», lo que era tener poco. No estaban preparados como tú y yo para los golpes del capitalismo. Nadie estaba preparado para eso. Salvo el KGB.

¿El KGB?

Sí. Porque el KGB llevaba años estudiando el capitalismo. Uno de los primeros encargos que tuvo Putin fue precisamente ese. Como agente del KGB, estuvo en Hamburgo estudiando el barrio de las prostitutas, el barrio rojo. El KGB sabía que iban a tener ese problema con el juego y con la prostitución y querían ver cómo funcionaba eso. Estaban anticipando, el KGB anticipó mucho.

Esto lo explicaba muy bien Catherine Belton en su libro Los hombres de Putin. En otras cosas del libro se pasa un poco, y además es tan honesta que lo reconoce, explica que no lo tiene bien cogido cuando dice, por ejemplo, que Putin estuvo metido en actividades de reclutamiento de terroristas en Dresde. Le honra admitirlo. Pero sí explica muy bien cómo el KGB, en los años ochenta, ya sabe cómo funciona el capitalismo porque recopilaban toda la información.

En ese contexto, el KGB era como el tripulante de un barco que se está hundiendo. No saben cuándo se va a hundir, pero saben que se está hundiendo, y saben perfectamente cómo funciona el mar, los botes salvavidas, cómo es la vida fuera del barco. Tienen toda la información. Y esa es una de las razones por las cuales, cuando acaba la Unión Soviética, aunque el KGB queda noqueado, no tarda en recuperarse y logra colocar a uno de los suyos al mando del país.

Creo que nunca lo sabremos, pero no parece casualidad que uno de los exponentes de la llegada de la democracia en Rusia, Anatoli Sobchak, acabase a los pocos meses con un agente del KGB pegado al culo. No era ni el más listo, ni el mejor posicionado, ni el que mejor hablaba, pero seguramente eso no fue casualidad.

¿Y ahora quién anticipa el futuro?

Nadie. Absolutamente nadie.

¿Y tú cómo lo ves? ¿Cómo será el putinismo sin Putin? El hecho biológico…

El hecho biológico son catorce años de más con la esperanza de vida media de Rusia. Es probable que permanezca ahí bien entrado en edad y que nos lo encontremos gagá. En las dictaduras, los mandatos duran más tiempo que en las democracias, pero los sistemas duran menos que los sistemas democráticos. Las dictaduras tienen el problema de la sucesión, que casi nunca funciona. Y en este punto, la gente siempre me dice: «Mira Corea del Norte», pero Rusia no es Corea del Norte. No están comiendo alfalfa.

Es imposible saber qué va a pasar, pero es verdad que en Rusia ni siquiera hace falta que muera Putin. Es un sistema tan personalista y tan basado en el vigor de Putin que el mero hecho de que un día tenga que reconocer que tiene una enfermedad o aparezca con una pierna escayolada o en silla de ruedas marcará un antes y un después.

En España no pasaría nada si mañana Pedro Sánchez dice: «Tengo esta enfermedad» o «No voy a poder andar». Todo el mundo sabe que puede seguir siendo presidente estando enfermo, pero en Rusia eso sería un cataclismo. Rusia es un país donde tener un sesenta por ciento de popularidad es tener muy poca popularidad. Hace falta tener mucha popularidad. No puede estar el poder repartido, no se puede gestionar así.

Es como una banda de narcos. A la gente que quiere entender Rusia, en lugar de ver Doctor Zhivago, lo que tiene que ver es Narcos y este tipo de cosas, porque ahora mismo todo funciona más como en una banda que como en las viejas dictaduras tan ricas en detalles y claroscuros que hemos estudiado. Rusia es una delincuencia posmoderna. Completamente.

Xavier Colás para Jot Down

Un factor fundamental del que hablas es la élite de los hidrocarburos, que probablemente sea lo que más ha impulsado la dictadura actual, y que también es el gran obstáculo para los cambios. Y al mismo tiempo es la élite que más urgencias tiene ante la inminente desaparición de los hidrocarburos o la transición energética.

Es el único negocio que ha tenido Rusia. Todo el chiringuito se monta a partir de ahí. Creo que los corresponsales no fuimos capaces, y me pongo yo el primero, de explicar hasta qué punto era crucial la identidad de Rusia como petroestado a la hora de explicar lo que había pasado, lo que estaba pasando y lo que iba a pasar.

Yo lo entendí muy tarde. Y mi libro Putinistán, en cierta medida, es un ajuste de cuentas conmigo mismo como corresponsal. No creo haber cometido grandes errores, pero sí es verdad que en los últimos años, cuando empieza la guerra, uno desarrolla una sensibilidad distinta. Un montón de cosas que antes no tenía claras las veo ahora, y entonces lo que he hecho aquí es revisar mi trabajo de una manera más crítica.

Muchas veces no se trata tanto de que me haya confundido, sino de que tendría que haber sido más radical y haber penetrado más en las cosas, haber llegado más lejos. Tenemos eso que mi amigo Argemino Barro llama «el sesgo de normalidad». Venimos de países muy normales y nos mandan a trabajar a países que no lo son, y aun así tendemos a sujetar los bueyes, a imprimir nuestro sesgo de normalidad sobre lo que está pasando.

El tema de los hidrocarburos fue crucial y nosotros, los periodistas, siempre contábamos la misma historia, una de estas dos. O decíamos, uno, «Rusia es débil porque depende completamente de los hidrocarburos», que si el precio del petróleo, que si no ha diversificado su economía… lo cual es, en parte, verdad; y dos, «Putin es fuerte porque suministra el gas a Europa», que nos podía cerrar el grifo, manejar los precios, que no necesita esto o lo otro… lo cual también es verdad en parte. Pero lo crucial no es la cantidad, ni la fuerza que da ese recurso, sino el carácter de esa fuerza.

Y ese carácter nosotros no lo conocemos, porque vivimos en una economía mucho más compleja, donde al Estado le conviene que nosotros seamos lo más ricos posible porque cuanto más ganamos, más puede recaudar. Por eso, cuando hay una crisis económica aquí, uno de los que se queda sin dinero es el propio Estado. Hay caídas en la recaudación de impuestos, desempleo… un desastre presupuestario. En Rusia no.

En Rusia la gente lleva en crisis toda su puñetera vida y el Estado no ha tenido ningún problema. La gente es pobre y el Estado es rico. El dinero en Rusia sale del subsuelo, puentea completamente a la gente y va directo a las arcas del Estado. Y la gente no lo ve.

¿Y esas arcas son el Estado o quienes manejan el Estado…?

Es lo mismo. Las arcas del Estado siempre van a estar a disposición de los mismos, los que manejan el Estado. Hay un altísimo nivel de informalidad en la economía rusa al que nosotros no estamos acostumbrados. Y se ve en muchos detalles. Por ejemplo, Putin no vive en el Kremlin desde 2013. Decidió que no iba a ir. Nadie está en su sitio. El Kremlin es un palacio vacío. Aparte, el primer ministro no cuenta prácticamente nada. La política exterior no depende del Ministerio de Asuntos Exteriores.

Hay unas letras escritas y luego estos tipos se organizan como una banda, como ellos consideran. Nadie sabe dónde está Putin ningún día. No hablo solo de periodistas, solo unos pocos saben si está en Sochi, en Novo-Ogaryovo o en Moscú. Existe un sistema de gobernadores que en teoría vuelve a ser por elección, pero la realidad es que todos dimiten en cascada cuando reciben una llamada del Kremlin.

¿Por qué dimiten?

Nadie lo sabe. El Estado es tan opaco que, como me explicaba un ruso, ni siquiera Putin puede tener absolutamente claro qué obligaciones existen de verdad. En Estados Unidos, por ejemplo, el Pentágono está controlado por el Congreso o el Senado. En Rusia, en un mundo donde la prensa no cumple su función de investigar al gobierno y la cámara baja y la cámara alta no cumplen su función de obligar a rendir cuentas sobre el dinero que se gasta, todo son votaciones en las que se vota de manera mecánica. Es muy difícil gestionar un Estado así.

Por eso, cuando la gente me dice: «Es que Rusia es un país muy complejo y la democracia es complicada; para países así es mejor una dictadura», no saben de qué hablan. Una dictadura es más complicada que una democracia. La democracia se apoya en contrapesos, el sistema hace buena parte del trabajo. Como vemos en España, no siempre de manera impecable, pero el sistema funciona. No hay una sola persona vigilando absolutamente todo. En Rusia sí. Esa canción de «hay un hombre que lo hace todo…» en España es una broma, en Rusia es literal: Putin es el hombre que lo hace todo. Y, por supuesto, no da abasto. Tiene que contentar a la gente de alrededor, asustar a otros para que no se desmadren…

¿Y cuál es el papel de la élite de los hidrocarburos en ese contexto?

El tema de los hidrocarburos, primero, hace que no haya tensión en el gobierno para que la gente tenga buenas condiciones de vida. No es necesario. El poder en Rusia ve al país como una extensión enorme con un montón de gente caminando sobre la superficie, que estaban allí antes de que ellos llegasen y seguirán allí. Es como si te compras una finca y hay pavos y conejos: es tu finca. No les vas a hacer nada, pero si un día no están, da igual. La economía rusa no necesita a los rusos, no los necesita para innovar.

El negocio de los hidrocarburos consiste en hacer agujeros en el suelo, sacar petróleo o gas, transportarlo y venderlo. En el Ártico se necesita algo de innovación tecnológica, y ahí Rusia tiró de Estados Unidos cuando las relaciones estaban mejor, pero en general no hace falta innovación. Tampoco hace falta gente muy lista. No es un sector puntero, es hacer agujeros. Solo hace falta testosterona, fuerza para aplastar a quien te quiera quitar el agujero, porque cualquiera puede hacerlo.

Lo que hay que hacer es mantener tu agujero, tus tuberías, mantener a raya a tus clientes y seguir funcionando con petróleo. No hace falta ser un genio. Por eso el sector de hidrocarburos es uno de los sectores más masculinos del mundo, por detrás del sector de la seguridad, y el sector de la seguridad está tan desarrollado en Rusia precisamente porque hay que proteger ese negocio, que un día lo tienes tú y al siguiente te lo puede quitar otro.

¿Relacionas esa urgencia, ese declive inminente de los hidrocarburos en un mundo que va hacia energías renovables, coches eléctricos, etc., con los pasos que ha dado Putin, impacientes y por tanto radicales, de invadir Ucrania?

Sí. Hay un escritor que me impresionó mucho, Alexander Etkind, un autor muy ignorado, que escribió Rusia contra la modernidad, aquí lo tradujo Galaxia Gutenberg. Fui a verle a Viena. Estaba terminando Putinistán y tenía que hablar con él, pero el tío estaba de vacaciones en Jurmala, cerca de Riga. Tenía tantas ganas de verlo, que como para volver a Rusia desde España solía entrar por los bálticos, aproveché y me fui a Jurmala solo para tomar algo con él.

Hablamos. Yo me sabía su libro casi de memoria y él me decía: «¿Cómo te sabes mi libro de memoria si no se lo ha leído casi nadie?» (risas). Él está muy centrado en la transición ecológica, más que yo. Y sí tiene ese punto de vista, que el mundo se encaminaba a una revolución verde en la que Rusia no tenía nada que decir y mucho que perder. Mejor dicho, no Rusia, sino el putinismo.

Otros países con yacimientos de petróleo lo han gestionado bien. Oriente Medio está diversificando, Noruega ha invertido mucho dinero en investigar. Rusia no. Y no van a invertir. No hay un futuro para el país cuando tú no estés. No existe el bien común.

Si tienes setenta años, como casi toda la élite putinista, si no en el pasaporte sí mentalmente, no estás pensando en hacer un MBA porque dentro de veinte años habrá un cambio de modelo. Tu horizonte vital es muy corto. Y si mandas en casa, todos tienen que tener tu horizonte vital.

Dicho gráficamente, tú tienes setenta y tres años, estás con el palillo en la boca viendo los toros, y tu hija de trece años tiene que estar igual, con el palillo en la boca viendo los toros. Eso es Rusia ahora mismo. Tú no tragas a los gais, eres un señor de setenta y tres años, tampoco hace falta. Pero nadie los puede tragar.

En España hacíamos chistes de mariquitas en los ochenta, pero la diferencia es que aquí el gobierno no monetizó la homofobia de la gente. El gobierno permitió que la sociedad evolucionase. Los jóvenes empujaron, los mayores se dieron cuenta de que había otras maneras de vivir, etc. Rusia no es una sociedad así. En Rusia el abuelo tiene todo el dinero de la familia, tiene la vara más grande, y todos los días se hace exactamente lo que dice el abuelo. Eso es Rusia en un montón de ámbitos.

Rusia es un país que puede estar más atrás que España en algunas cosas, ser más tradicionalista, pero como otros países también lo fuimos hace tiempo, ¿no?

Sí, pero lo que ocurre es que allí se ha organizado desde el Estado una especie de congelación artificial del cambio social, del tiempo y del dinamismo de la sociedad. Eso aquí no lo vimos. Por eso es absolutamente impredecible lo que puede ocurrir.

He tomado algo un par de veces con la bisnieta-nieta de Jruschov, Nina. Es un poco como el bisabuelo, tiene un carácter en ebullición… voluble. En cualquier momento, mientras hablas con ella, parece que se va a quitar un zapato y empezar a golpear la mesa. Cuando nos conocimos, resultó que era vecina mía en Moscú. Ella vive en Nueva York, pero tiene una casa en Rusia y de vez en cuando venía. Estaba bastante tolerada y dice más o menos lo que quiere.

Y me dijo que todos los líderes del Kremlin han muerto tal como gobernaron. Lenin murió entre conspiraciones, tal como vivió, con gente alrededor haciéndole luz de gas, repartiéndose cosas antes de que muriese. Stalin murió entre el terror, se cayó redondo al suelo y los médicos no se atrevían a tocarlo. Jruschov, que apenas fusiló, salió del poder sin violencia y murió en 1971, olvidado, apartado. Brézhnev murió como vivió, era tan viejo que llevaba años muerto en vida. Presidió un aislamiento y acabó aislado biológicamente de la realidad. Andrópov y Chernenko, parecidos: fue la época en que la URSS «se tragaba» a sus líderes. Gorbachov tampoco recurrió a la violencia y murió libre, como gobernó. Yeltsin también murió sin violencia, en libertad, como él gobernó, con sus abusos. Por eso Nina Jruschova está convencida de que Putin morirá de una manera violenta.

Y luego hay una teoría menos personal, que compartimos algunos. Después de liderazgos muy fuertes y muy largos vienen liderazgos menores y cortos. Ocurrió con Jruschov después de Stalin. Ocurrió con Andrópov y Chernenko después de Brézhnev. Por eso probablemente la pregunta no es qué vendrá después de Putin, sino qué vendrá después del que venga después de Putin.

Xavier Colás para Jot Down

Puede haber sorpresas, como hemos visto. Rusia estaba muy desgastada en el contexto internacional y de repente apareció lo más impredecible, que Estados Unidos, el gabinete de Trump, ha salido a su rescate.

Yo creo que Trump no es un aliado de Putin. Trump es un traidor a Europa y a Estados Unidos. Y si le sale bien su proyecto, será un tirano en Estados Unidos, que dejará de tener elecciones libres y de tener un sistema político.

Pero es verdad que Putin confiaba en algo parecido a lo que ha pasado en Estados Unidos. Igual que con los populismos europeos, que sin duda están envalentonados por el efecto Trump. Eso yo lo noto mucho más ahora. El otro día entrevistaba al presidente de Georgia, Anjali Kabelashvili, y tuve un problema que no tenía cuando estaba Biden. Ante algunas preguntas, él me ponía delante del espejo de Estados Unidos. Hablaba del retroceso en derechos LGTB y él me decía: «¿Pero si Estados Unidos también está desandando ese camino?» Hablaba de las sanciones, de la guerra de Ucrania, y él me contraatacaba hábilmente diciendo que Trump ha bajado el ritmo en ese tema…

Creo que Trump es una de las razones por las que Vučić y Fico estuvieron en el desfile del nueve de mayo, que ya no es el Desfile de la Victoria, sino el del ataque a Ucrania. Pero no fue por Putin, fue por Trump. Se sienten validados, corroborados. Creen que la historia les dará la razón y que Trump es ese momento histórico.

También lo hemos notado mis compañeros y yo. A raíz de la victoria de Trump es cuando hemos empezado a percibir más ajustes de cuentas en redes. La propaganda rusa está más gallita. Hay muchísima gente que se ha ensuciado mucho con Putin, porque lo apoyó durante años, incluso antes de la guerra. Y la guerra ha sido infumable para muchísima gente, incluso para quienes la defienden, pero no podían renunciar a su marco cognitivo, a esa idea de que Ucrania era culpable. Sin embargo, aunque se han ensuciado tanto, ahora piensan que pueden limpiarse con Trump. Y de paso, traspasarnos a nosotros, los periodistas que hemos criticado la dictadura rusa, que hemos estado en Ucrania contando la destrucción, esa suciedad.

No sé quién dijo aquello de «cuando la tormenta es tan grande, amanecen los hombres sucios y los cerdos completamente limpios y brillantes». Eso es lo que ha pasado con Trump. Con él mucha gente nos ha dicho: «¿Lo veis? Como no había que ayudar a Ucrania. ¿Lo veis? Como no tenía sentido. ¿Lo veis? Cuando os dijimos que era mejor no ayudar a Ucrania porque estaban muriendo por nada. ¿Lo veis? En realidad teníamos razón. Si hasta Trump está diciendo que ellos empezaron la guerra, que no tendrían que haberla empezado. ¿Lo veis?». Están desesperados por limpiarse. Por supuesto, limpiarse no va a ser tan fácil. Nada va a ser tan fácil como creemos en Europa y en Estados Unidos.

En Europa estábamos muy convencidos de que no tendríamos una guerra porque simplemente «somos europeos», como si estuviésemos hechos de una pasta distinta. Cuando empezó la guerra, pensamos que sería corta: «Qué horror, van a tomar Kiev». Pero no tomaron Kiev en tres días. Después pensamos en un frente congelado. ¿Congelado por qué? ¿Cuántos frentes congelados hay en el mundo? ¿Gaza es un frente congelado? ¿A ti te parece congelado? Armenia y Azerbaiyán era un frente congelado… hasta que dejó de serlo.

En Europa podemos tener perfectamente una guerra larga de diez o veinte años. Puede extenderse a otros países. Ha pasado en África, en Oriente Medio. ¿Por qué pensamos que aquí no puede pasar eso? ¿Por qué pensamos que tendremos una guerra que no nos va a molestar? ¿Y cuando nos empieza a molestar, que no nos molestará más? Y cuando nos molesta mucho, ¿que no nos va a molestar del todo? La tendencia de mucha gente a decir «eso está muy lejos» está cada día más apartada de la realidad.

Yo ahora viajo continuamente a los países bálticos y allí la sensación, el estado mental, es not if but when. Sí que va a suceder. No «si» va a suceder, sino «cuándo». Solo falta poner los cuatro dígitos del año en el que va a empezar. La cuestión es si este va a ser el último invierno en paz de nuestras vidas o si el que viene será el último. La pregunta no es «si habrá guerra», sino «por dónde atacarán»: ¿Intentarán tomar la óblast de Vilna? ¿Ocupar islas en el norte de Estonia? ¿Atacar por Narva? ¿O será por el corredor de Suwałki?

Y aquí queremos estar ajenos a eso, como María Antonieta…

¿Crees que Putin tiene fuerzas para salir del lío en el que está metido y atacar a un tercero?

Sí. Una de las razones por las que, como me decía un diplomático, ellos creían que Rusia no podía invadir Ucrania era que, según su información, había una gran concentración de tropas, pero no suficientes para una invasión.

Eso lo decía Ruth Ferrero, que hasta ella sabía que para invadir hacía falta otra proporción de tropas, que en ese momento no se daba.

¿Y qué pasó? ¿Eran suficientes? Sí. Hubo una invasión. Todavía la estamos sufriendo. Y a ver cómo acaba. Si lees la historia de Ucrania, y lo comento en el libro, ves que el pueblo ruso nunca reaccionaba por nada y el ucraniano reaccionaba por todo. Una prueba palmaria es que ha habido alternancia política, no reelecciones eternas.

Desde que Ucrania logró la independencia en los noventa, no ha habido reelecciones continuas. Ucrania tiene un núcleo muy importante de población que no renuncia a sus aspiraciones de ser un país normal, con un sistema político presentable. Por eso, cuando se planteó la invasión con un golpe maestro que lo descabezara en Kiev, eso no era posible.

Cualquiera con un mínimo conocimiento del país tenía que haberlo visto. Ese pueblo no iba a quedarse quieto porque le cambiasen el uniforme a los policías. Era una fantasía. Parte fantasía, parte mente semienferma; la mente semienferma de Putin, que creo que ha sufrido un deterioro cognitivo en los últimos años.

Aun así, incluso un mono borracho con pistola puede acabar matando a quien quería matar. No hay que dar por fracasadas las intenciones de Putin. Pero desde luego la guerra se planteó de una manera que no funcionó. La guerra sale de la mente de Putin. Esa es una de las razones por las que los tanques intentan llegar a Kiev en formación de desfile, algo que no hace nadie.

Los tanques son vulnerables, mucho más de lo que la gente cree. Tienen que estar protegidos por artillería, infantería… Nadie manda tanques solos, salvo que quieras shock and awe, asustar a la población para que se rinda. Y sí, si yo viera tanques igual me rendía. Pero también existen maneras de combatirlos aunque no los tengas tú.

Putin manda los tanques así convencido de que una parte de la gente se escondería aterrorizada; otra parte los recibiría con flores, y otra se rebelaría contra las autoridades locales por descontento. Es decir, que no habría una respuesta unida. Porque realmente no considera a Ucrania un país.

Cuando trataba con Kuchma, con Medvedchuk, con su gente en Ucrania, siempre decían lo mismo: «No existe el Estado ucraniano. No existen los asuntos ucranianos». Incluso la diversidad cultural del país —ucranianos, rusófonos, ucranianos rusificados, rusos «más puros» que los rusos— se interpretaba como debilidad. Y es precisamente esa variedad la que ha forjado una cohesión nacional contra Moscú. Y también contra Kiev, porque también en Ucrania ha habido gente que se ha sentido maltratada por Kiev, por ejemplo en Crimea.

En Crimea tenían sus problemas de infraestructuras y se sentían maltratados por Kiev, pero también se sentían maltratados por Moscú, porque parte de eso venía de la Unión Soviética. Pero desde luego la Ucrania de 2014 no es la Ucrania de 2022.

Me acuerdo de que, en los días anteriores a la guerra, cuando estaba en Kiev, tenía directos en televisión y varias veces dije: «Si las tropas rusas entran, no se van a encontrar con lo que se encontraron en 2014. No se van a encontrar con un gobierno postrado ante ellos, que en Crimea eligió no luchar. Se van a encontrar con algo distinto». No soy experto en estrategia militar, no podía saber hasta qué punto los ucranianos iban a defender Hostomel o no. Pero lo dije: «No va a ser fácil, en absoluto».

Rusia es un poco el gran spoiler: no es el gran ganador, sino el gran disruptor. Organizan guerras medio bien, medio mal. Por ejemplo, lo del Donbass en 2014: ¿Fue un triunfo o un desastre? Les echaron de Sloviansk, no consiguieron ocupar las regiones enteras. Fueron referéndums extrañísimos, autodeterminación de media Donetsk y media Lugansk. Estás luchando por la gente del Donbass… pero te has dejado fuera a la mitad del Donbass. Ni hablar de Járkov, que no funcionó; Odesa tampoco funcionó.

Luego, incluso hubo gente allí que quería unirse a Rusia y Putin no quiso. Los planes de Putin han ido saliendo cada vez peor con el tiempo: Crimea salió bien; el Donbass, peor; 2022, muchísimo peor.

¿Podrías decir que en 2014, cuando incorpora Crimea, Putin estaba en su mejor momento?

No estaba «arriba», estaba en el punto donde lo había dejado todo. Cuando vuelve al Kremlin, uno de sus shocks es que regresa y la gente le está diciendo que se vaya.

Eso fue la primavera rusa. Hay un combate de boxeo al que acude, la gente lo abuchea y Navalni lo mete en las redes. Se encuentra con algo para lo que no estaba preparado.

Eran redes que, cuando dejó el Kremlin en 2008, no tenían la importancia que tenían en 2011.

A Putin lo pone en guardia la Primavera Árabe. Las ve como el dominó de Europa central en los ochenta y noventa, que ya le había caído encima una vez. Tuvo esa famosa noche en Dresde, en la que tuvo que defender la oficina del KGB ante los manifestantes de la Alemania Oriental. Luego le impacta muchísimo la muerte de Gadafi. Una muerte filmada en vídeo. Habla de eso días y semanas, ve el vídeo muchísimas veces.

Además, él había tratado con Gadafi y tenían planes en marcha, un cartel del gas, por ejemplo. Gadafi había tenido tratos con Occidente, había sido «rehabilitado»… Entonces, Putin ve a Gadafi traicionado por Occidente. Fundamentalmente por Francia, pero también con Estados Unidos calentándole la oreja a Medvédev para que diera luz verde o se abstuviera en Naciones Unidas. Y llega a la conclusión de que no se pueden tener medias tintas con Occidente, porque al final… te matan. Es la misma conclusión que sacó con Milosevic.

Además, Occidente le habla de la integridad territorial… pero lo de Kosovo les parece bien. Eso para Rusia es incoherencia total. Y el contraargumento ruso fue Osetia del Sur y Abjasia. En 2008, el mismo año. Parece que a Putin le preocupa mucho que todo vaya «ordenado» según sus argumentos. Es muy típico de Rusia, ese tipo de performance.

En la España de Franco no teníamos esa escenografía: allí se hacía lo que decía Franco y punto, pero en Rusia, y antes en la URSS, todo tenía performance: juicios larguísimos para finales ya decididos, confesiones por escrito, vistas judiciales interminables…

Las elecciones igual. Hay elecciones, hay mítines, aunque pocos, propaganda, carteles. Se presenta el partido del gobierno, el comunista, alguno más. Todo amañado, pero jamás se plantean suspenderlas, les encanta el teatro. Incluso cuando toman territorios a sangre y fuego, Mariúpol y zonas del Donbass, tienen el humor negro de organizar allí referéndums de autodeterminación.

Putin no respeta las elecciones, pero cree en las encuestas. Y se dice a sí mismo: «Bueno, ¿soy popular o no?». Sí, eres popular… también porque has matado al otro, has encarcelado a la otra, has impedido que se publique esto… Mijaíl Zygar me decía una vez, después de despotricar contra las encuestas: «¿Qué encuestas son estas que se hacen llamando al teléfono fijo de casa? ¿Quién está en casa por la mañana para coger el teléfono?».

Pero Putin expía sus pecados democráticos de forma demoscópica: «Tengo malas elecciones… pero buenas encuestas», «soy democrático, pero a mi manera»… Eso se dice mucho en Rusia: somos feministas a nuestra manera, democráticos a nuestra manera, antifascistas a nuestra manera…

Xavier Colás para Jot Down

Hablando de Crimea, escribiste que una hipótesis de la cesión a Ucrania en tiempos de la URSS es que era por los regadíos, para incorporarlos y unificarlos con los recursos hídricos. Sin embargo, también se dice que la finalidad era endosarle un millón de rusos al estado ucraniano, después de haber «limpiado» Crimea, que se había expulsado a los tártaros, y así rusificarlo. Y luego ya llegó Brézhnev y empezaron directamente las políticas activas de rusificación.

La tesis de Nina, la nieta bisnieta de Jruschov, es que había que «recoger la plantación de azúcar», mover población, garantizar los regadíos. En la URSS, como no existía el emprendimiento individual, había que mover a la gente. Se desplazó muchísima población cruzada. Además, la economía industrial ucraniana era la más pujante y ya estaba llena de rusos. Si incorporabas Crimea, metías un millón de rusos más. Ucrania quedaba menos ucraniana.

Siempre se quiso que Ucrania no fuese demasiado ucraniana. Se desconfiaba del campo, de los campesinos. Lenin intentó cooptarlos defendiendo incluso el idioma ucraniano, pero Stalin prefirió a los proletarios antes que a los campesinos, de ahí la importancia de Donetsk y Lugansk. Cuando la gente dice «son zonas rusohablantes», digo: en las ciudades sí —Járkov, Donetsk, Lugansk…—, pero en el campo hablan un híbrido, un ruso contaminado por ucraniano o viceversa.

He estado allí y he tenido que ir con una traductora, aunque hablo ruso, porque a las abuelas del campo no las entendía: mezclaban ruso y ucraniano en la misma frase y hablaban en círculos, como se hace a esa edad, sin llegar nunca al problema que les preguntaba. Eso es Ucrania. Eso es Donbass. En Donetsk ciudad, sí, ruso limpio. Pero en el campo no se habla ruso, y lo he visto.

Sobre la expansión de la OTAN, no sé si has leído el libro de Mary Elise Sarotte, Not One Inch (Yale University Press, 2021). Creo que es lo mejor que hay sobre esa cuestión. James Baker, que hizo su famosa promesa, fue después desautorizado por Bush, pero en esas negociaciones, conforme cedía Gorbachov, parece que ya se fue gestando el golpe del 91, porque en su gabinete había gente a la que le parecía escandaloso. Salieron dos golpistas de entre su gente por este motivo. Akhroméyev, asesor militar del presidente, parece que en las propias cumbres ya se llevaba las manos a la cabeza con lo que oía, al volver fue golpista y luego se suicidó. Ahí se notaron las primeras ondas sísmicas de la expansión de la OTAN, en el golpe del 91, pero con el acuerdo alcanzado se unificó Alemania. Entonces, se le dice a los países del este que no pueden entrar. Abreviando, se les dice que se tiene miedo a Rusia y que por eso no pueden entrar y ellos contestan que por miedo a Rusia precisamente quieren entrar. Clinton creó sus asociaciones como el Partnership for Peace para calmar los nervios y no meterse del todo en la ampliación, pero pasaron más cosas que derribaron el marco y las condiciones en las que se había llegado a los acuerdos con Gorbachov: la propia disolución de la URSS tras el golpe, el bombardeo del parlamento, Chechenia, Zhirinovski, casi una victoria electoral de los comunistas, a los que, de hecho, se la pudieron robar… otra vez Chechenia… Todos esos episodios modifican cualquier entendimiento que pudiera haberse alcanzado con la URSS de Gorbachov…

Efectivamente, en su momento Zhirinovski llegó a estar altísimo, no era ninguna broma. Pero al margen de todo esto, en los noventa llega un punto en Estados Unidos en el que dicen: «Estos tíos lo están robando todo». No había magma ideológico; no existía. Era un latrocinio desde el principio. Y no vamos ahora a descubrir lo que pasó en Rusia, era llevarse el Estado a trozos. Y ahí aparece Putin casi como una interposición, era el «bueno» para Occidente. El accidente histórico se cruza en la carretera, porque los que venían detrás eran Zhirinovski y los comunistas, y se iban a comer a Yeltsin con patatas, que estaba acabado. Putin fue, durante un tiempo, el hombre de Occidente, como lo fue Gorbachov.

Ya antes, Occidente le tenía pánico a la ruptura de la URSS. Ahí está el Chicken Kiev Speech de Bush padre.

Yeltsin incluso dijo a los americanos que aceptaría la independencia de Ucrania si ganaba con más del setenta por ciento. ¡Y ganó con el noventa por ciento! Aparte, prefirió ser líder de Rusia que de la URSS, porque sabía que en Rusia podía ganar, en la URSS no estaba claro. Y para él, eso era suficiente. Gorbachov era un obstáculo. Yeltsin decide no sucederle, sino cancelar su país. Si eres jefe de un Estado que deja de existir, ya no hay jefe. En Belavezha, en medio del bosque, pacta con Bielorrusia y Ucrania la disolución de la URSS. Dicen que ya en los postres, varios vodkas después, alguien le saca el asunto de Crimea y él responde algo así como: «Ya veremos. No me mareéis ahora; esto ya está hecho». La prioridad de Yeltsin era tomar el poder, no ordenar el país que venía después. Probablemente faltó proyección de futuro, pero eran días vertiginosos, literalmente días. Momentos en que Yeltsin pensaba que su vida corría peligro. Por eso digo: ¿cómo se te puede olvidar una península que crees que es tuya cuando fundas un país? Porque estaban inventándose un país de la nada.

Y lo que quedaba alrededor eran Estados disfuncionales. Eso al Kremlin le valía, pero si un día se volvían funcionales, ¿qué hacía Rusia?

El problema viene de la independencia, autonomía y desarrollo de esos países…

La diferencia con Europa Central es grande. En Polonia, Hungría, Chequia… había un proyecto, una aspiración: recuperar la soberanía y salir adelante. Había corrupción, pero había un proyecto. Y salieron: con todos sus problemas, pero salieron. En Europa Central no se roban elecciones como en Rusia o Bielorrusia.

Hablando con Ilya Ponomariov, en Kiev, en 2016 o 2017, poco después de que asesinaran en plena calle a Denis Voronenkov, otro exdiputado ruso refugiado, él me decía: «En parte, Occidente fue miserable. En parte, estos lodos vienen de aquellos polvos». Ponomariov defendía que podíamos haber financiado políticas para evitar el sufrimiento de los rusos de esos años. Que para Europa y Estados Unidos no era tanto dinero, que se podría haber hecho un Plan Marshall, que las pensiones ruinosas, los salarios inexistentes… todo eso podríamos haberlo amortiguado. Nadie quiso hacerlo.

Y por eso digo que el Plan Marshall aplicado a Rusia fue dejarles hacer: dejar hacer a Yeltsin, dejar hacer a Putin, mirar a otro lado con Chechenia, con el bombardeo del Parlamento, con el amaño sistemático de elecciones. Porque no queríamos que vinieran los comunistas, los nacionalistas, los fascistas. ¿Y qué tenemos ahora? Todo eso junto.

Comunistas, imperialistas, ateos, creyentes, tradicionalistas, pero con corbata. Una mezcla de todo. Como esos partidos excomunistas, protectores y ladrones a la vez. Un nacionalismo étnico que se vuelve racismo de Estado. Y todo esto con el añadido de la instrumentalización del discurso LGTBI, que se ha convertido en un monigote útil para movilizar el odio.

Amigos rusos me decían que en mi ciudad había habido un campeonato de drag queens y había ganado no sé quién… Me contaban historias supuestamente sórdidas que aquí, que en España ni nos enteramos, y allí salen continuamente en los medios. En Rusia creen realmente que aquí estamos los hombres copulando por las calles, adoptando niños para vestirlos de niñas. La población llega a creer eso. Esa es la caricatura del futuro, la caricatura del cambio… y mientras se glorifica el pasado. Es un mecanismo, caricaturizar el cambio para que la gente tema cualquier transformación.

El mensaje es: «El ucranianismo quería cambiar cosas y mira cómo están ahora». Existe esa especie de fábula: «¿No queréis un Maidan en Moscú? Mirad cómo han acabado ellos». Cuando, en realidad, Ucrania ha acabado así porque Rusia ha ido allí a combatir, a destruir un país entero. No se han matado entre ellos: ha sido Rusia.

En el discurso de anexión de Donetsk, Lugansk, Zaporiyia y Jersón, Putin llegó a decir: «Aquí no habrá progenitor 1 y progenitor 2». Yo ese día tenía un directo con Telecinco, estaba viendo el discurso desde el estudio y pensaba: «¿Cómo meto yo ahora, en la crónica de una anexión territorial, un párrafo sobre progenitor 1 y 2?». Era una escena geopolítica que parecía la anexión de los Sudetes y, de repente, el señor se pone a hablar de ideología de género.

Pero está muy bien diseñado el producto. La propaganda rusa ya está siendo importada aquí. Porque la propaganda rusa no pretende convencer, pretende confundir, que no creas en lo otro. No pretende ganar la discusión, sino no callar jamás.

Por eso hay tanta gente que ha defendido a Rusia durante años y, aunque hayan bombardeado Mariúpol, aunque hayan matado a los deportados y los hayan tirado a fosas comunes, no van a callarse nunca. Siempre te dirán «Zelenski destituyó a uno», «¿Y aquello de la web tal?», «¿Y no será que la OTAN…?».

Hay un racismo, o algo similar, hacia Ucrania. Es un país sobre el cual se puede inventar absolutamente cualquier cosa. Puedes decir que es nazi aunque tenga un presidente judío, puedes decir que son antirrusos aunque sea el país del Holodomor y de las deportaciones, puedes decir que es un país muy dividido, mientras que nosotros somos “plurales”.

Cuando España entró en la OTAN, nosotros hablábamos de «incorporación». Cuando Polonia entra, se dice «ampliación». Como si unos señores jugando al ajedrez en Varsovia hubieran sido empujados por militares de la OTAN diciendo: «Perdonen, estamos ampliando el negocio». No. Son países que han decidido entrar.

Una de las razones por las que esos países quieren entrar en la OTAN es muy simple: la OTTON ofrece protección a cambio de una pérdida mínima de soberanía. La gran cesión de soberanía es la Unión Europea, no la OTAN. Nuestro déficit, nuestra moneda, muchas leyes… vienen de Bruselas. La OTAN, en cambio, no mete mano en casi nada. Nosotros fuimos a la guerra de Irak porque Aznar quiso. Y nos fuimos en diez días porque Zapatero quiso. Estados Unidos no pudo hacer absolutamente nada.

Hay países en la OTAN muy suyos con la soberanía: Turquía, Hungría, Polonia. Tienen problemas para seguir el juego común. Turquía es otro mundo y, aun así, está en la OTAN con parte del marco en Rusia. Y eso nunca ha sido un problema para que Putin y Erdogan se lleven bien.

Tampoco fue un problema tan grave que entrara Finlandia en la OTAN teniendo San Petersburgo a tiro. Porque Rusia sabe exactamente qué es la OTAN: una garantía de no agresión, no un plan para atacar Rusia. Las tropas de la OTAN en los Bálticos… he estado con ellas en maniobras. Y muchos me dicen: «Con lo que hay aquí ahora mismo, no da ni para aguantar una invasión rusa, y mucho menos para invadir Rusia». Hay quien dice incluso que los Bálticos son indefendibles con el despliegue actual.

E incluso con la ayuda de la OTAN, los Bálticos son considerados indefendibles. Estando allí con soldados, alguna vez me dijeron: «No se trata tanto de cuántos somos, sino de quiénes somos». El hecho de que estemos mezclados, lituanos, alemanes, italianos, españoles, es un factor extra de deterrence. Si Rusia entra, no matará solo lituanos, habrá países importantes que perderán soldados. Eso cambia completamente el cálculo de riesgo.

Cada vez que he hablado con gente del entorno de Putin, cuando entrevisté a Karaganov, asesor suyo, o a un diputado de Rusia Unida ya con la guerra en marcha, las conversaciones eran duras, de ping-pong, líneas bajas, golpes directos. Y todos repetían la misma idea: el artículo 5 de la OTAN no operará para todos por igual. Para Francia sí. Para Alemania también. Pero para los Bálticos, según ellos, es solo algo escrito en papel. Por eso la OTAN pone allí soldados alemanes, estadounidenses, italianos, españoles, para despejar cualquier tipo de dudas.

Otro ejemplo, cuando los ucranianos empiezan a golpear dentro de Rusia muy al principio de la guerra, Moscú reacciona moviendo sus aviones. Los han usado poco en esta guerra porque saben que los necesitan para después. Pero cuando ven que pueden perderlos en tierra, los desplazan lejos de las fronteras ucranianas. Y algunos los mueven cerca de la frontera con Finlandia. ¿Por qué? Porque junto a la frontera con lo que ahora es la OTAN, sus aviones están más seguros. Imagínate: para protegerlos, se acercan a la OTAN. Ese es el peso real de la Alianza.

Por eso la reacción es distinta cuando Ucrania quiere entrar en la OTAN y cuando lo hace Finlandia. Hay también un racismo ahí: con Ucrania, Rusia se comporta como un maltratador que solo golpea a su mujer o a su exmujer, no a las demás. Finlandia no es el objetivo; Ucrania sí.

Xavier Colás para Jot Down

Pero hay otro peligro para Rusia peor que las armas que pueda tener ahí la OTAN, es el escaparate, que se vea que a los países excomunistas que empiezan a ser funcionales les vaya bien. Hasta se ha llegado a decir que la determinación de Ucrania procede de ver a Polonia.

Polonia es un caso de éxito absoluto, aunque haya analistas que lo discutan. Yo veo las cifras y veo cómo ha cambiado. Estuve en Polonia en 1999, cuando aún pagabas taxis en dólares, y es muy distinto ahora. Los trabajadores polacos llenaban España, en Alcalá publicábamos una página semanal en polaco. Muchos volvieron, igual ahora están volviendo los rumanos. El sacrificio de esas generaciones fue brutal, emigración masiva, trabajos durísimos, prostitución… Pero el país salió adelante.

Ese dinamismo polaco, báltico, checo… claro que inspiró a Ucrania. Los ucranianos vieron lo que había frente a ellos y dijeron: «Esto es lo que queremos». Y eso existió, la idea de que podían avanzar, prosperar, integrarse en Europa. Porque en Ucrania la sociedad nunca ha estado bajo control. Lo más revolucionario no es Maidan, sino 2004, cuando obligan a repetir elecciones, Yanukóvich pierde y se va; eso es impensable en Rusia, que un día Putin diga «Me habéis ganado, me marcho».

Ahí es donde los caminos divergen. En Ucrania, la decepción con Yúshenko o Timoshenko lleva a probar otra cosa, y luego otra. La sociedad cambia, empuja, se frustra, vuelve a elegir. Como aquí. En Europa, los políticos necesitan que la gente tenga buena opinión de ellos; en Rusia, la gente necesita que el gobierno tenga buena opinión de ellos.

Sobre los primeros intentos de Moscú de controlar Ucrania, en Blowing Up Ukraine, de Yuri Felshtinsky y Michael Stanchev, se sostiene que Yevhen Marchuk, ex primer ministro y ex-KGB, estaba en una operación de golpe conjunto FSB-SBU. Se pretendería haber colocado a Putin en Moscú y a Marchuk en Kiev simultáneamente. He preguntado mucho por esa historia y por Marchuk, pero he encontrado poco. Pero no hace falta demostrar injerencias misteriosas, está el intento de asesinato con veneno a Viktor Yushchenko…

No hay injerencia más clara que esa. Y el escándalo es aún mayor porque es una injerencia con colaboración de actores ucranianos. Eso también hay que decirlo, aunque a los ucranianos les moleste. Muchas cosas que ocurrieron en Ucrania hasta 2014 fueron posibles porque hubo ucranianos que participaron y se beneficiaron del latrocinio.

El de RosUkrEnergo me imagino que haría llevarse las manos a la cabeza a los ciudadanos ucranianos…

RosUkrEnergo era una empresa intermediaria entre Gazprom y Ucrania. No había ninguna razón técnica para que existiera, pero existía. La comisión que sacaba, parte iba a Suiza, parte a redes mafiosas y acababa también financiando a los partidos prorrusos que operaban dentro de Ucrania. Es decir, había un circuito interno: dinero ruso, intermediarios ucranianos, élites corruptas de ambos lados alimentando el estado de podredumbre. Muchas de esas élites luego aparecen como «víctimas» o «patriotas» en retrospectiva, pero participaron activamente.

Ucrania era un escaparate de doble filo. Por un lado, se decía «mirad lo que les pasa a los ucranianos cuando hacen un Maidan». Por otro, todo el mundo sabía que la guerra en Donbass era, desde el principio, para impedir que Ucrania se europeizara. La disputa real en 2014 no era la OTAN, era la Unión Europea. Eso es lo que importaba en el escaparate, eso era lo intolerable para Moscú. Los rusos pueden asumir que Polonia haya prosperado, pero que Ucrania prospere… eso no hay propaganda que lo tape. Son demasiado parecidos. La comparación es demasiado obvia y demasiado humillante. Ahí está el núcleo del peligro.

La fortaleza de Rusia se basa en que a otros les vaya mal. No puede fortalecerse desde dentro, sus intereses nacionales no existen como tales, existen los intereses del putinismo. Perder el negocio del gas con Europa, el mejor que tenían, incluso con clientes rusófobos, sería una locura para cualquier Estado; para el sistema Putin, paradójicamente, es asumible porque la prioridad no es la prosperidad del país, sino la supervivencia del régimen.

La Rusia testosterónica, donde «el tamaño importa», no puede hacerse grande porque ya se hizo pequeña tras la caída de la URSS. No tiene capacidad de convertirse en un Estados Unidos euroasiático. Su PIB está entre España e Italia, no es el de una superpotencia real. Su potencia es la potencia de la vulnerabilidad del vecino, no la de su propia fortaleza.

El petroestado necesita una moneda débil; a la dictadura le conviene una sociedad débil; al «imperio», un vecindario débil. Todo empuja hacia abajo. Es como un violador que exige que todas las mujeres vayan sin bragas por la calle. No es solo violento, es incapaz. Necesita vulnerabilidades ajenas porque no tiene fortaleza propia.

El miedo de Putin no es a la OTAN, es al tiempo. Cualquier movimiento interno lo interpreta como inspirado desde fuera. Está formado en los servicios de inteligencia: en su cabeza no existen los fenómenos sociales autónomos. Todo está dirigido, todo está manipulado por alguien.

La paradoja que han tenido muchas dictaduras desarrollistas es que la clase media que surge con la actividad económica es la que exige cambios, pudo darse en Rusia al llegar a los años 10, pero la cercenó rápido.

La estabilidad que Putin consiguió en los 2000, ordenando el caos de los 90, generó una clase media. Y esa clase media empezó a querer cambios. Pero Putin, como dices, los percibió como traidores: «Os doy seguridad, estabilidad, consumo… ¿y ahora queréis que yo me quite?». Fue uno de los puntos de inflexión decisivos.

Aun así, ese giro hacia el imperialismo, ese movimiento de Putin de abandonar la promesa de prosperidad y desplazar la portería hacia la grandeza imperial, tiene explicaciones multifactoriales. No es solo un capricho ni un giro retórico, sino una salida que él considera más sencilla de gestionar que una sociedad dinámica, crítica y con expectativas.

Esto lo explica muy bien Anton Shostov, profesor ucraniano de la CEU de Viena, que retoma una idea que ayuda a entenderlo. En la Unión Soviética, un sistema que te vendía un mundo sin Dios, lo cual es complicado, porque implica que vas a morir y no vas a volver a ver a tus abuelos, la Segunda Guerra Mundial se convirtió en una vía alternativa hacia la inmortalidad.

La victoria en la «Gran Guerra Patria» ofrecía una identificación emocional con algo que trascendía la vida individual. Un relato heroico, un hito que se contaba y que te hacía partícipe, aunque hubieras nacido después. Putin es hijo de esa cultura. Él se ve como parte de ese hilo heroico y como alguien que lo prolonga hacia el futuro.

Tú me preguntabas por esos «nuevos rusos» que aparecieron con la clase media gracias al alza de los hidrocarburos en los primeros dos mil. Y es verdad, Putin llega al poder y sube el precio del petróleo. A veces pasa. No es que él fabricara el milagro, pero sí dio forma a ese crecimiento, de un modo imperfecto e injusto, pero real. Eso en Venezuela no ocurrió; allí han arruinado completamente el negocio. Rusia, al menos, lo ordenó mínimamente.

Y sí, aparece una clase media, igual que apareció durante el franquismo, aunque Franco no tuviese ni idea de economía. La diferencia es que en Rusia ese desarrollo se apoya en una desigualdad estructural: la URSS estaba basada en la igualdad; la Rusia de Putin, en la desigualdad. Esa diferencia también es fundamental. En educación y sanidad, Rusia invierte poquísimo. A niveles de países muy pobres. Al menos la URSS dejó un legado, generaciones formadas. Es un pueblo muy lector. Mucha gente pasó por la universidad, aunque fuese una universidad muy técnica, muy poco orientada al pensamiento crítico y limitada ideológicamente, pero aun así, esa base existe.

Escribes que el Maidan empieza con un post en Facebook. Y termina siendo un movimiento de cientos de miles de personas. Fuiste un testigo presencial de todo aquello, entiendo que también tendrás tu opinión sobre los supuestos francotiradores de falsa bandera…

He leído esas tesis, y he visto el libro de Pablo González con fotos analizadas, pero no existe ningún caso sólido de francotiradores de los manifestantes. Es la misma teoría que surgió en Lituania en los noventa, en Vilna, que los disparos que se efectuaron eran «de los suyos». No hay evidencia que lo sostenga.

En países donde se ha intentado reescribir la historia, ese tipo de narrativas aparecen. Pero en Ucrania no hubiese sido posible ocultarlo. Aquí, en España, quizá se pudo ocultar el GAL. Allí no.

Y Maidan, además, tiene un elemento especialmente significativo, lo empieza un tipo que se llama Mustafá; Mustafá Nayem. De padre afgano, rusohablante. Él puso ese post en Facebook. Lo conocí y siempre recuerdo la conversación en la que me dijo: «¿Persecución del ruso? Pero si yo soy rusohablante. Simplemente quiero otra escolarización para mis hijos». Zelensky es igual, rusohablante. Sus padres vivieron en una Ucrania completamente distinta a la Ucrania cohesionada de hoy. Él aprende ucraniano bien durante la campaña electoral, le tienen que poner un profesor particular.

Yo estaba en Moscú cuando estalla todo. Recuerdo que estaba pensando: «Qué pena no estar en Vilna ahora», y mi amigo el documentalista Ricardo Marquina me dijo: «Donde hay que estar es en Kiev». Y tenía razón. Compré el billete sin pedir permiso al periódico. Cuando llegué a Kiev el metro estaba cerrado. Pensé que tendría que buscarme la vida para llegar a Maidan, pero al salir a la calle aquello era un río humano. Era imposible no ir hacia la plaza.

Vi banderas europeas, muchas más que ucranianas, y a lo lejos una bandera española. Tardé treinta minutos en abrirme paso. Llegué, les pregunté quiénes eran y no eran españoles. Eran ucranianos que habían recibido de regalo la bandera de un equipo español en un campeonato de paintball. Como no tenían bandera europea, sacaron la española que tenían. Ese era el espíritu, improvisación, desorden hermoso, europeísmo visceral.

Maidan arranca como algo de estudiantes. Los padres les dicen: «No vayáis, os van a pegar». Los hijos van. Los golpean. Y a los dos días están los padres allí. Ese es el punto de inflexión, cuando desaparece la fractura generacional y aparece un pueblo entero.

Durante diciembre vimos a los antidisturbios y a los manifestantes empujándose durante horas sin violencia letal. Recuerdo una escena que nunca había visto: un policía pierde su escudo, cae al suelo entre la multitud, y los manifestantes se lo pasan de mano en mano para devolvérselo por el flanco contrario. Eso pasaba en diciembre.

En enero ya todos llevan pasamontañas. Nadie quiere que le vean la cara. Ya no es protesta, es conspiración colectiva. Se asaltan comisarías, se roban armas. Empieza a llegar gente de las provincias, de Lviv, de todas partes. La revolución deja de ser simbólica y se vuelve física.

A partir de cierto momento, empiezan a verse menos banderas europeas en Maidan. Los padres vuelven a decir a los hijos: «No vayáis, ya no os van a pegar, os van a matar». Y, efectivamente, matan a la gente. El 20 de febrero, que más o menos coincide con el día en que empieza la guerra en 2014, es cuando delante de nosotros se produce la masacre.

Ricardo me avisó desde la habitación del hotel: «Baja, que hay un montón de gente muerta». Yo había visto gente muerta, pero nunca había visto gente muriéndose delante de mí. Era gente desangrándose. Todas las heridas me parecieron de francotirador. No eran tiros de un policía agobiado que dispara a alguien que viene hacia él; en esas circunstancias apuntas a la barriga. Allí vi tiros en el cuello, en la clavícula, en la cabeza. Parecía obra de alguien con tiempo, disparando desde un tejado.

Ahora bien, que esos francotiradores fueran pagados por los nacionalistas… En fin. Mi médico no me deja consumir más de una teoría conspirativa al mes. Porque si empezamos así, que si Obama tenía un doble, que si James Baker emborrachó a Gorbachov, que si el MH17 lo derribó un caza y luego que los cadáveres estaban congelados… llega un punto en el que no se puede vivir así y en todo lo que tiene que ver con este tema, en cada punto, es así siempre.

Cuando fue el incendio de la Casa de los Sindicatos en Odesa, donde ucranianos matan a ucranianos, también se generó una mitología absurda. ¿Eran ucranianos los fallecidos? A mí me pareció que algunos eran de Transnistria o hooligans, pero lo que vi llorando allí era gente de Odesa, gente del lugar. Personas con opiniones políticas muy contrarias entre sí, pero eran de allí.

Lo que pasó en Odesa no fue una «manifestación popular» en un sentido romántico: eran hooligans unos y otros. Pero los muertos eran ucranianos. Y los que lloraban a los muertos también. Yo estaba en Moscú y tuve que volver a Kiev para ir luego a Donetsk. En Donetsk ya estaban Leticia Álvarez, de Antena 3, Marquina y nuestros compañeros de RT. Pero llegué a Kiev justo cuando había ocurrido lo de Odesa y pensé: «Si Donetsk está lleno de periodistas, entonces Odesa es donde tengo que estar».

Una amiga de mis años en Lituania vivía en Odesa. Me había dicho días antes: «Espero no verte aquí, porque si vienes significa que algo malo ha pasado». Cuando pasó aquello, me escribió: «Supongo que te veré pasado mañana». Y yo le respondí: «Mañana llego».

Xavier Colás para Jot Down

¿Qué es lo que te encontraste?

La ciudad estaba en shock. La policía estaba totalmente superada. La gente se concentraba en comisarías exigiendo la liberación de detenidos. Y la policía, muerta de miedo, accedía. Había detenidos de los dos bandos. Era una ciudad empequeñecida por lo que había pasado, sin control gubernamental alguno.

Y aun así, hoy hay quien intenta culpar a Zelensky de los muertos de Odesa. Zelensky no existía políticamente, ni siquiera era candidato. Estaba todavía haciendo bolos ¡en Rusia! El «nazi ucraniano» todavía actuaba allí, haciendo chistes delante de cámaras rusas.

Hay una imagen que nunca olvidaré, porque yo no soy de campo, soy de ciudad; los caballos, los tipos de árboles, todo eso me resulta misterioso. Y, sin embargo, vi un caballo desbocado, en pánico, corriendo por el centro de Odesa, del puro estrés colectivo.

Subí luego a las escaleras de El acorazado Potemkin y allí había niños, menores, preparando piedras, palos y cócteles Molotov. Niños preparándose para una guerra. Les pregunté qué hacían. Respondieron: «Protegernos de los pro-rusos que van a venir a por nosotros esta tarde».

Me fui entonces al otro lado de la ciudad, donde estaban los pro-rusos, y allí encontré exactamente lo mismo, chicos muy jóvenes armándose con piedras y palos. Les pregunté qué hacían y me respondieron que se estaban preparando «para defendernos de los pro-ucranianos, que nos van a atacar durante la noche». Yo les decía: «Idos a casa con vuestra madre, quizá así no muera nadie hoy». Pero todo estaba ya a flor de piel.

¿Eran esos enfrentamientos espontáneos o formaban parte de un intento deliberado de Moscú de provocar una partición en Odesa?

Yo creo que es perfectamente posible que Putin teledirigiese a alguien que a su vez teledirigiese a alguien que a su vez teledirigiese a alguien. Hay gente que sostiene que lo que en Donetsk funcionó, en parte porque estaba allí el hijo de Yanukóvich y había más estructura, en Odesa simplemente fracasó. Es decir, que algunas cosas sí se gestaron en despachos y otras no. Que hubiera una intención no significa que todo fuera perfectamente controlado.

Lo que sí puedo decir es que muchas de las cosas que se dicen desde Rusia son falacias. He estado con la gente de Azov, vi cómo hacían maniobras y disparaban a dianas con la cara de Putin, y hablan ruso entre ellos todo el rato. Izquierda, flanco derecho… todo en ruso. Les intenté provocar directamente con preguntas como «Decidme qué pensáis de los judíos», intentando detectar rastros de racismo clásico y no lo había. Porque esa extrema derecha existe, y es extrema derecha, como Pravy Sektor, pero aquí la agenda no era convertir Ucrania en un Estado totalitario, ni eliminar elecciones, ni deportar población, ni montar campos de concentración. Yo buscaba eso y no lo encontré.

Esa extrema derecha ucraniana opera más bien dentro de una disputa histórica contra Moscú. Ponen en valor figuras manchadas por el colaboracionismo, como Bandera. Glorifican cosas discutibles, sin duda, igual que en Rusia hay multitud de personas que veneran a Stalin sin que eso signifique que quieran colectivizarlo todo otra vez. En Rusia he visto manifestaciones con retratos de Stalin, pero no por eso digo que el comunismo vaya a volver. Sería un buen titular, pero no es verdad.

Ni siquiera ahora, cuando empiezan a aparecer estatuas de Stalin, tiene sentido afirmar que estén preparando una nueva Unión Soviética donde el Estado tenga todo y no exista propiedad privada. No funciona así. El propio casero que yo tenía en Moscú adoraba a Stalin y, al mismo tiempo, adoraba la propiedad privada. Se beneficiaba de ella. Stalin es para muchos un «líder fuerte», un símbolo, no un programa económico de desarrollo.

Por esa regla de tres, tampoco debemos activar la alerta antifascista por la presencia de esa extrema derecha ucraniana. La ultraderecha ucraniana tiene muchísima menos fuerza electoral de la que tienen muchos ultras europeos. Ya quisiéramos en España que la ultraderecha estuviese igual de escasamente representada que en Ucrania.

A veces se comparan cosas de forma absurda. Hubo quien mandó a una enviada especial de España a entrevistarse con Pravy Sektor en un bosque, con todo ese folklore, como si fuese algo determinante. Pero, a la hora de la verdad, su fuerza política es mínima. Los ucranianos votan a Zelensky, no a ellos.

¿Cómo fue tu relación con Pablo González, el periodista acusado de colaborar con la inteligencia rusa?

Pablo fue un caso extraño. Primero, era exótico ver a un corresponsal de Gara en Kiev. No era el primero, había habido otro, lo cual tenía más que ver con amistades personales y, sí, con la fascinación por la belleza de las ucranianas, dicho por ellos mismos.

Luego tuve un choque con Pablo en plena guerra porque él aseguró que fuentes suyas le habían dicho que Poroshenko estaba pagando a El Mundo y a El País. RT se agarró a esa frase al vuelo y la publicó, pero solo la parte de El Mundo. Cuando ves el vídeo entero se nota que dice también El País, pero en RT cortan justo ahí. Eso dice mucho.

A raíz de eso nuestra relación se enrareció. Después coincidiríamos en distintos puntos del frente, y reconozco que aquello nos condicionó. Pero debo decir que yo nunca pensé que fuese un espía. No me encajaba. Lo que sí pensé, y lo sigo pensando, es que no era periodista. He visto buenos periodistas, malos periodistas, vagos, brillantes, presuntuosos, inexactos… pero a Pablo lo veía como alguien que hacía cosas de periodista, no como un periodista. Igual que un médico puede reconocer a otro médico.

Los que vamos como enviados especiales siempre vamos en desventaja, un país que no es el tuyo, un idioma que no hablas bien, un presupuesto mínimo, y aun así tienes que contar un acontecimiento histórico que dentro de diez años se revisará con lupa. Hacemos borradores a toda prisa de lo que es la historia; luego ya se escribirá bien. Y él, sin embargo, no tenía algunas de esas desventajas. Hablaba ruso, tenía contactos muy rápido. Nosotros íbamos como paracaidistas desde Moscú, agarrándonos a cualquiera que quisiera hablar con nosotros. Él enseguida tenía acceso. Para nosotros era chocante.

Nosotros trabajábamos siempre en condiciones presupuestarias muy limitadas, cada corresponsal sabía qué podía permitirse su sección de Internacional, qué crónicas podía asumir y cuáles no. Hablábamos ruso regular, escribíamos crónicas bastante dignas… y, sin embargo, él, hablando ruso perfectamente, con contactos y viajando muchísimo, entregaba un churro después. Y era frustrante. Leías sus crónicas y estaban mal, deslavazadas, repetitivas, mal escritas. No tenían profundidad.

Podías tener un punto de vista más prorruso, más crítico con Occidente, lo que sea; pero si tienes tantos recursos como tenía él, lo lógico es que entregues piezas más sólidas, que «abras grietas» en lo que defendemos los demás. Pero no, eran textos muy poco convincentes.

Además cometía errores básicos. Por ejemplo, durante las elecciones parlamentarias de 2019 se fue a no sé qué provincia, no recuerdo si Odesa o Járkov, y publicó que había un número en la papeleta que permitía al gobierno ucraniano saber lo que votaba la gente. «¡He descubierto el fraude!», venía a decir. Cualquier periodista, antes de meterse ahí, lo habría comprobado. Enseguida la gente lo desmintió. El número correspondía a otra cosa, no tenía nada que ver con un control del voto.

Y cuando afirmó que Poroshenko pagaba a El Mundo y El País, la gente le pidió pruebas. Su respuesta fue algo como: «Pagadme y hago una investigación, no voy a hacerlo gratis». Eso no lo dice un periodista. Es contradictorio: ¿la información era suficiente para acusar públicamente… pero no suficiente como para ser demostrada? No encaja.

Aun así, nunca pensé que fuese espía. Nunca. Pensé que venía de una familia vasca con dinero, que se lo gastaba todo en viajes y ya está. No pensé nada más.

En TVE, también se han cuestionado las crónicas de Víctor García Guerrero

Sobre Víctor García Guerrero creo que es criticable que mienta en Twitter, incluso si no afecta directamente a su trabajo en Televisión Española. Luego, los enfoques que hace en televisión cargan muchísimo las tintas. Yo he intentado no ver demasiado, pero sí he observado que es el clásico izquierdista cuyos relatos se han hecho añicos con Putin.

Hay gente que está en contra de la OTAN, y yo respeto esa posición, pero cuando un país invade a otro y masacra a su población, no puedes culpar a la OTAN simplemente porque llevas veinte años con un póster anti-OTAN en tu habitación y te da pereza quitarlos. Eso es pereza moral. Ser «rojillo sin corazón» o «fachilla sin corazón» da igual. Ya no tiene que ver con ideología, sino con cobardía. Y, desgraciadamente, algunos tienen altavoces muy grandes.

Has tenido que salir de Rusia

Como moscovita, he vivido todo esto de una manera durísima. Empecé a echar de menos a Rusia antes de irme de Rusia. Moscú había sido la ciudad donde fui más feliz, pero ya no era Moscú. Con el covid ya sentí una especie de ensayo, encerrado en casa, sin estar realmente en la ciudad. Cuando volví en 2022, tras casi dos semanas en la guerra de Ucrania, me encontré con la Z por todas partes. La había visto en las noticias, pero verla allí, físicamente, fue otra cosa.

La vi por primera vez en Moscú escrita en la suciedad de los coches. La Z, al principio, la escribía la gente con el dedo sobre el polvo de su vehículo. Eso para mí es muy significativo, era el símbolo de quienes no han sido los ganadores del capitalismo ruso. No la ves en coches caros ni en ropa de marca, la ves en camisetas baratas, en hamburgueserías, en sitios de plov [plato típico de Uzbekistán y Tayikistán], en locales cutres. Ese es su público.

La guerra ha generado un apoyo popular extraño, la gente que nunca pudo viajar al extranjero se consuela diciendo «Como nosotros nunca viajamos, ahora estáis igual que nosotros». Es la venganza del que siempre estuvo abajo. Y también es la oportunidad de una Rusia que no consiguió prosperar durante los años de Putin. Porque con la guerra pasa algo curioso, por primera vez se redistribuye riqueza en Rusia. Siempre lo acaparaban Moscú y San Petersburgo, pero ahora lejos de Moscú hay viudas con dinero, soldados que vuelven con dinero y fábricas que se reactivan. No era el objetivo, pero así funciona.

Los de abajo suben un poco, los de arriba bajan un poco. Para muchos es una «igualación por abajo». Los de Moscú ya no pueden ver Netflix; pero mucha gente fuera de Moscú nunca lo tuvo ni lo entendió. La guerra ha cambiado todo. Yo ya no vivía en Moscú, vivía en una maqueta de Moscú.

Hay varias intervenciones de Moscú para mantener el imperio obtenido en la II Guerra Mundial, primero fue en 1956 en Budapest, que está a unos 2000 kilómetros; después 1968, en Praga, a unos 1100; y más tarde Varsovia en 1981, que ni siquiera necesitó ataque directo, porque bastó con las tropas que estaban alrededor, otros 1100 km, en los 90 Grozni, en 2008 Georgia y ahora Kiev, a 700 km… la línea de intervenciones soviéticas y post-¡soviéticas cada vez está más cerca de Moscú.

Entrevisté a Jaruzelski y él se defendía de todo lo que yo le soltaba diciendo que gracias a él no intervino la Unión Soviética. Luego, cuando revisas los hechos, eso no está tan claro. Él llevaba muy interiorizada esa excusa: «Era esto o algo peor», me decía. Y, al final, justificaba lo que quería justificar, que era acabar con los sindicalistas. Todo muy comunista.

Por ese reguero de intervenciones decía lo de «not if, but when». El debate no es si Rusia atacará, sino cuándo. ¿Tiene lógica esa progresión? Para mí, sí. Rusia no necesita ganar una guerra, solo necesita destruir el futuro del otro. Ucrania, aunque gane, ya ha perdido mucho: quizá no recupere todo su territorio, es el país más minado del mundo, está devastado, puede vaciarse si deja salir a los hombres, y muchos se van ilegalmente sabiendo que así nunca acabarán en el frente. Es un daño incalculable. Y de lo que se trata es de perjudicar.

Los lituanos lo dicen muy claro: si la paz que se imponga a Ucrania impide su entrada en la OTAN y la deja sin garantías de seguridad, entonces Rusia quedará liberada para intentar algo. Y para atacar a los Bálticos no necesitas un éxito total, son países sin profundidad estratégica. Lo saben.

Hace poco, en un directo con Telecinco desde Kaunas, yo iba a decir «estamos a 35 minutos de la frontera con Bielorrusia», pero dudé. Llamé a un amigo lituano: «¿A cuánto estamos?». Me respondió: «A 40. 35 si vas en tanque». No se lo había preguntado, pero él ya contestó «en tanque». Ese es el estado mental allí.

Los Bálticos son países muy particulares. La invasión rusa en Ucrania fracasa y se estanca, sí; pero solo después de conquistar el equivalente a ocho Lituanias. Y ocho Lituanias no existen: solo hay una. Por eso, aunque a Rusia le vaya mal, puede llegar hasta la frontera rápidamente. Incluso hasta la capital, si quisieran hacer algo muy rápido.

¿Está Rusia debilitada? Sí, pero ¿debilitada hasta qué punto? ¿Hasta el punto de no poder tomar Narva? ¿O una franja mínima? El objetivo no es conquistar grandes territorios, no los necesitan precisamente, sino demostrar que el artículo 5 de la OTAN no funciona. Que la OTAN es un papel mojado. Que salta la alarma y nadie viene.

Porque la OTAN es un encantamiento, como una alarma de Securitas Direct: suena, y se supone que vendrá alguien. Pero si suena y nadie viene, todo se desmorona. Ese es el objetivo, que salte la alarma en los Bálticos y que nadie acuda. Si eso ocurre, el mensaje lo entenderán perfectamente todas las capitales de Europa central, ya no están protegidos.

Por eso es absurdo que la gente que dice que «la OTAN no sirve de nada» al mismo tiempo diga «Rusia no atacará a los Bálticos porque están en la OTAN». Pues entonces sí sirve. Entonces sí fue buena idea entrar. Son las contradicciones de los Víctor García Guerrero de la vida; yo les llamo los Víctor García Llorero, y de los Marie Antoinettes de la seguridad. «¿No tenéis paz? Pues haced paz». Como lo de «si no tienen pan, que coman pasteles».

Para ellos, la solución es que Ucrania «se esfuerce más» en que Rusia no la invada. Que se curre una buena negociación. Que haga una «diplomacia de precisión», como decía Irene Montero. Felipe González lo explicó muy bien: «Estos idiotas quieren declarar la paz a Rusia». Es la mezcla perfecta entre candidez y clasismo: son los pijos de la seguridad. Igual que hay pijos del dinero, que no saben lo que es no llegar a fin de mes, en España también hay pijos de la seguridad, que no saben lo que es no tenerla. Nunca han sido invadidos. Nunca han vivido sin garantías. Y hablan desde ahí.

Xavier Colás para Jot Down

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16 Comentarios

  1. E.Roberto

    La rusofobia continúa vivita y coleando. Ahora resulta que al mando de ese pueblo despreciado por la Historia Occidental ahora obedecen a un viejo (¿a setenta y tres años? ) “alucinado” que hasta creó una delincuencia posmoderna, que se evidencia con ambigüedad cuando reflexiona sobre la mafia que maneja los hidrocarburos (hay en este pasaje como una verdad de perogrullo cuando afirma que para hacer pozos solo es necesario el testosterona; las mujeres dirían que es correcto pues no creo que sean atraídas por esas labores para las cuales no están programadas) se evidencia ambigüamente decía, cuando solo basta cambiar el beneficiario de esas riquezas, en Rusia el estado, en Occidente las transnacionales para que los rersultados sean los mismos. El capitalismo, que campea en Rusia, es siempre el mismo: necesita vergonzosamente oligarcas ricos y sobre todo manadas de pobres, situación socio economica que no modifica la percepción que se tiene de este país: todo lo malo lo hace Rusia, un producto defectuoso de Occidente gracias a la revolución industrial y al capitalismo salvaje que la generó; primero porque fue el primer país que implantó el socialismo, un escándalo para los americanos que no la invadieron debido a su extensión territorial, no como a Guatemala cuyo presidente solo quizo defender a los trabajadores de la prepotencia de las empresas frutícolas americanas y por eso tildado de comunista; ahora porque actúa agresivamente. La agresividad es un eventual síntoma de quien sabe que está rodeado de enemigos, como el otro pais, la China, que no necesita proclamarse Oriental y no porque está lejos de la frontera occidental, al contrario de Rusia que la comparte (Ordas asiáticas decía Goebbels); Putin no deja de machacar que Occidente ataca a una país oriental, el suyo. Y la Historia viene en su ayuda, guerra de invasión y dominio primero, luego de saqueo y al final de exterminio. Habría que meterse en los paños de los rusos. Y con respecto a esta estúpida guerra en Ucrania, otra habría sido la historia si no hubieran decidido, despues de derrocar a un presidente filo ruso, de atacar a las facciones ucranianas ruso parlantes. ¿Tan difícil era? ¿Qué esperaban? ¿Que Rusia no intervendría? Así les va, pero para Occidente la culpa es siempre rusa. La lectura de este artículo me recuerda a las viejas lecturas del Reader’s Digest y su campaña “anticomunista” en donde nos informaban con lujo de detalles que los comunistas, además de ateos no sabían nada de urbanismo, pues las calles en Moscú eran ilógicas, incomprensibles, se sabía dónde comenzaban pero no dónde terminaban, olvidando que NY, o sea la referencia obligada de los años sesenta estaba lejos de la antigüedad urbana de Moscú, siglos, y tantos. Y no habría que ir tan lejos, pues la ciudades medioevales de Italia presentan tal característica. El lenguaje es poderoso, especialmente el escrito. Lo digo porque me ha afectado sobremanera todo ese párrafo en el cual usted se cruza media Europa para ir al encuentro de un escritor que piensa igual. Hay tal obsesión de intentos y verbales que me hace sospechar que su ecuanimidad puede ser afectada. Lo saludo y gracias.

    • Nerea Egiguren

      Actualízate un poco, porque lo que dices incluso como propaganda está bastante acartonado.

      • E.Roberto

        Actualizar la Historia, aun aquella de la propaganda sería como enfriar el frío, o calentar el fuego. La rusofobia, especialmente aquella europea continuará a campar a sus anchas, junto a la islamfobia y otras para nada nacionales. Desde que Rusia entró con prepotencia en la Historia no hay nada que haya hecho bien según nuestro Occidente, especialmente el del Nordeste. En las periferías hay otras lecturas. Este artículo, atiborrado de datos que supongo ciertos me hace sospechar, pues todo lo malo es culpa de un señor anciano (tal vez quiso decir decrépito) alucinado, como todos sus antecesores. Aquí ya entramos en la neurología rusofóbica.

  2. Nerea Egiguren

    La sensación que tengo tras leer los puntos de vista de Colás es pesimista. Creo que Putin está perfectamente asentado. Todo lo que definen las respuestas es cómo se ha amortiguado su gobierno a las circunstancias sin sufrir un ápice. Al principio de la guerra, daba la impresión de que, tras el fracaso inicial, se derrumbaría o sufriría, pero enfrente no ha tenido más que la comedia de Prigozhin. En cambio, Europa está mucho más convulsionada por el auge de la extrema derecha, que en este tema cuenta con la bendición de la izquierda radical. El estado de la cuestión es que, sencillamente, se nos van a comer los fachas en esta pinza Trump-Putin y todo lo que significa la UE va a saltar por los aires.

  3. Pablo Cando

    Enhorabuena por la entrevista, me ha parecido muy interesante.

  4. Excelente entrevista, gracias.

  5. LePeisens

    No puede ser más risible el encabezado del artículo; por un lado «izquierda alternativa», por el otro «extrema derecha». Queda claro el sesgo de la entrevista y me ahorro perder mi tiempo

  6. Estar en contra del régimen ruso no significa estar en contra del pueblo ruso. Igualmente estar en contra del gobierno israelí no significa estar en contra del pueblo judío. Eso que parece muy claro desde mi punto de vista, no lo es para mucha gente. Lamentablemente.

    • Carlos A.

      Muy bien dicho, Rafa.

    • E.Roberto

      Lo que decís sobre la animosidad que no debería existir contra determinados grupos étnicos es cierto, pero en momentos históricos como este que ya lleva décadas, para tanta gente es difícil sino imposible separar los dirigentes de un determinado país con su población. Ben Gurión, siempre en reuniones privadas decia que los isralíes, antes que nada tenían que comprender y aceptar que eran un pueblo invasor. Sobre el tiempo histórico del pintor alemán de brocha gorda creo que no es neceario agregar nada. El autor del artículo dice que el anciano alucinado de setenta y tres años (yo con setenta y seis tengo que ser un re viejo. La alucinación parece que es optativa) está tratanto de ancianizar y alucinar a los rusos, lo que me lleva a la absurda reflexión de que los rusos no son ni viejos ni alucinados. Hay tanta vehemencia, sudor verbal, obstinación, datos y situaciones personales que me llevan a sospechar de su objetividad y ecuanimidad, esenciales para todo periodista.

  7. Manfred Belsdorf

    Tengo 85 años, soy Alemán de naccimiento y vivo desde 1972 en España.
    Tenía 5 años cuando los rusos tomaban Berlín. He conocido la sencillez de los soldados rusos y su brutalidad una vez borrachos. No creo que en su fondo sean peor que los demás Europeos peto desde la victoria en Stalingrado se consideran seres superiores los cuales quieren su patria con fervor y aguantan cualquier cosa en nombre de la gran Rusia. La guerra den Ucrania sirve como escuela para saber cómo llevar una guerra moderna y restablecer la USSR.
    Estoy de acuerdo con todo el articulo

    • E.Roberto

      Me disculpe, estimado, pero hay reflexiones sobre los tiempos históricos que tendrían que ser más cautos según mi entender. Me refiero a eso de la “superioridad de los rusos” debido a la tragedia de Stalingrado. Hay poca distancia conceptual de esa percepción de superioridad con la otra de la raza aria, pero una nace del sufrimiento, la otra de una “alucinación” ideológica. Sobre la guerra en Ucrania puede usted tener razón, pero no olvidemos que hay dos Ucrania, aquella del Este, rusofóbica con razón debido a las barbaridades de Stalin (ucraniano él) y aquella del Oeste, rusoparlante. La Historia de Rusia no se puede entender sin la Ucrania y los territorios sobre el Mar Caspio. Además, no me consta que las tropas del Tercer Reich fuesen abstemias y avocados a las paz entre los pueblos.

    • Lucio Anneo

      Un alemán hablando de seres superiores…

  8. Lucio Anneo

    Muy interesante. Aunque no comparta esa visión tan, a mí juicio, maniquea: Occidente (OTAN, EEUU, UE) buenos; Rusia malos, siempre es bueno escuchar puntos de vista que han vivido en primera persona aquellos acontecimientos y circunstancias.

    • Sería un bombazo que Jot Down entrevistase a Pablo González, Víctor García Guerrero u otros periodistas con distinta opinión. Supongo que no será por falta de ganas.

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