
Lo primero que se oye es un chirriante zumbido de maquinaria. Enseguida aparece de la nada una cabina telefónica azul y su puerta de entrada se abre de golpe. Del interior emerge un tipo con una larguísima bufanda, o una pajarita, o unas amenazadoras cejas. «Soy el Doctor», dice, y un floreo de su mano invita a entrar en la cabina. Y al acceder… ¡La cabina es mucho más grande por dentro que por fuera! ¡Y es una nave espacial! ¡Y una máquina del tiempo! ¡Todo lo que creías saber sobre cómo funciona el mundo, lo posible y lo imposible, acaba de saltar hecho pedazos! Ese instante. Ese momento epifánico que incluye «flipar» y «quedarse embobado» pero es mucho más que eso. Ese cambio inesperado de perspectiva es la esencia del sense of wonder, la sensación de maravilla.
1. Lo gigantesco y lo minúsculo
La primera sensación de maravilla es la que cala más hondo; toda maravilla posterior se amolda a la impresión causada por la primera. (Yann Martel, La vida de Pi)
Para despertar la receptividad a la maravilla lo mejor es haber sido expuesto a películas o libros radiactivos en la infancia o adolescencia, mutágenos que despierten el gen de la imaginación. En mi caso fueron La historia interminable, Twilight Zone, El Señor de los Anillos o Doctor Who; en la generación posterior Harry Potter, Hora de aventuras o (de nuevo) Doctor Who.
La fantasía y la ciencia ficción son las puertas más directas hacia el sense of wonder, pero no las únicas. A veces la maravilla adopta un disfraz que Kant llamó lo sublime. Ante fenómenos tan abrumadores que «reducen nuestra facultad de resistir a una insignificante pequeñez, comparada con su fuerza», el alma experimenta paradójicamente una elevación. En Existential Comics ponen un buen ejemplo: una persona que camina por la playa ve de repente un tsunami abalanzándose sobre la costa. Y en el breve segundo que transcurre entre esa visión y la muerte, esa persona experimenta la insignificancia humana ante la majestad de la naturaleza, un sobrecogimiento distinto al que sentiría ante un peligro más a su escala, como un jaguar furioso. ¿Es lo sublime lo que buscamos en la maravilla? ¿Y es el tamaño (un tsunami, un enorme volcán) un elemento necesario de esta sensación? ¿Por eso entre las Siete Maravillas están las gigantescas pirámides o el Coloso de Rodas?

El Halcón Milenario persigue a un caza imperial hacia una luna cercana. De repente, Obi-Wan se da cuenta de que esa amenazadora sombra no es una luna, sino una estación espacial… ¿Cómo puede haber sido construido algo tan enorme por manos humanas? Si es un arma, ¿no será imposible destruirla? El tamaño y la sorpresa (la falta de referencias de que una nave pudiera ser tan grande) provoca a los ocupantes del Halcón y a los espectadores un sense of wonder inmediato. Pero no siempre basta con aumentar el tamaño. ¿Qué ocurriría si un guionista decidiera crear en una película posterior de Star Wars otra Estrella de la Muerte, solo que más grande? ¿Produciría la misma conmoción en los espectadores? Ejem… Probablemente no. Una vez has visto una araña de cinco metros de altura, no te impresionará tanto una araña de diez metros.
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Buenísimo, Josep Lapidario. Curioso que al hablar de la maravilla no toques más la idea de lo sagrado, que tal vez supera o produce la religión y el mito… Cine como el Tarkovsky no creo que se pueda entender sin esta sensación de maravilla de la que hablas traspasada o despierta por lo sagrado, como en esa escena flipante de Stalker, en la que el espectador se sobrecoge, y donde solo vemos agua que cae sobre algo que parece una habitación anegada o sumergida…
¡Muchas gracias! La idea de lo sagrado es interesantísima y muy esquiva: depende tanto de los ojos del observador y de lo que depositan en el objeto de su propia subjetividad… Una joya puede ser una gema sagrada o un simple pedrusco, o incluso ambas cosas al mismo tiempo.
Qué curioso que menciones Stalker: hace nada leí el libro de los Strugatski en la nueva edición de Gigamesh (muy cuidada, por cierto), y se me despertaron las ganas de ver la película. Cuando la vea prestaré especial atención a la escena sobrecogedora que mencionas… Gracias de nuevo por tu comentario.
No sé como haceis para mejoraros sin hacernos sentir inferiores. Me ha encantado que recordarás La historia interminable, un libro y un escritor que ya hablaba de lña III guerra mundial, contra la naturaleza, contra nossotros
La Historia Interminable es un libro muchísimo más impresionante y terrible de lo que mucha gente cree.. Su segunda mitad es toda ella sobrecogedora, con capítulos como el de Yor el minero ciego, el mar de niebla o la ciudad de los antiguos emperadores, todos ellos momentazos insospechadamente profundos que no han encontrado su camino al cine.
Qué bello y magnifico escrito. Recién vengo de ver La habitación (ojalá escriban algo por aquí) y quedé sobrecogido, pasmado. Esa escena donde sale del cuarto… ¡y empieza a contemplar el entorno!
Y es todo un reto conservar el brillo de esa mirada, o al menos parte de ese brillo, cuando la vida continúa…
Enlazando con la última frase: morir debe ser una gran aventura, como dice Peter Pan.
Yep. Y como dijo no recuerdo ahora quién, morir debe ser una aventura tan genial que nadie se molesta en volver a la Tierra después de empezarla. :)
Estoy de acuerdo con lo de la experiencia espiritual de la ciencia y no hace falta fantasía.
Leyendo divulgación científica es fácil tener la sensación de maravilla. Por ejemplo, con temas de biología, sobre los eones de tiempo y las posibilidades de que ocurra cualquier cosa, abstraerse en la idea del surgimiento de la replicación y lo que se desencadena después, sobre la inmortalidad de aquella primera célula que aún, por qué no, podría estar como especimen entre nosotros.
Respecto a maravillas a la vez asombrosas y terribles, leí a D. Foster Wallace en su ensayo sobre el infinito «Todo y más», que no era tanto el infinito en sí mismo la causa de locura de Candor y otros lógicos, si no la capacidad de abstracción extrema para imaginarlo y manejarlo racionalmente. Forzar la mente hasta lugares mentales inexplorados y no volver de ellos cuerdo.
Bueno, la fantasía «falta» igual no hace, pero bienvenida es. :) Por lo demás, muy de acuerdo con la sensación de maravilla causada por la ciencia y su capacidad aparentemente inagotable de expander los horizontes humanos. La biología en efecto es un campo especialmente fértil para quedarse uno flipado: pararse a pensar en las mitocondrias y su supervivencia es suficiente como para perder un poco la cabeza.
Y hablando de perder la cabeza: muy bien traída la referencia de Foster Wallace y los matemáticos que acaban coqueteando con la locura. Es curioso cómo la matemática más lógica/racional y el caos primigenio lovecraftiano pueden acabar produciendo un efecto similar sobre la mente… rasgándola.
Por supuesto, fantasía toda la que haga falta, torpe sintaxis la mía. Pero ya de paso, y aludiendo a otro estupendo artículo vuestro, la fantasía en el arte literario y cinematográfico, es un gran vehículo y un buen articulador de poderosas ideas, y viceversa, salvo que, por desgracia y razones espurias, nos espantemos al ver fantasía y la ciencia forzadas a, digamos, «emulsionar» en toda esa lacra de pseudociencias, ciencias alternativas y pensamientos mágicos señalados por Cadenas y Campos en este diálogo que recomiendo.
http://www.jotdown.es/2016/02/dialogos-de-ciencia-y-ficcion-i/
Totalmente de acuerdo, y sorprendido al encontrarme de rebote con un artículo con una filosofía tan afín y con tantas referencias geniales conocidas. Las que no conozco pasan ahora mismo a mi lista de prioridades. Incluidas recomendaciones de lectura. Y empezando por tus otros artículos, que buscaré. Gracias, y acabas de ganarte un fan.
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