
Qué duda cabe ya de que el que fue llamado tebeo, después cómic, y ahora novela gráfica, es un género que rebasó sus limitaciones iniciales para abarcar todos los recursos narrativos de la literatura. Títulos de difusión mundial como Maus o Persépolis lo demostraron sobradamente, y autores como Paco Roca, Javier Olivares, Luis Bustos, Clara Tanit o Moderna de Pueblo, entre muchos otros, han acabado de consolidarlo en nuestro país. Es complicado por tanto asegurar que en un género tan heterogéneo como este pudiera faltar algo. Pero, si así fuera, aquí tenemos un título que abre las puertas a la experimentación narrativa. Homónimos, de Antonio Navarro, es un absoluto caleidoscopio de historias cruzadas, referencias visuales, históricas y sociales que mantendrá al lector buceando en sus páginas durante horas. Que le hará volver a la lectura una y otra vez, consciente de que no ha podido abarcarlo todo ni en una primera vez, ni en una segunda, ni quizá en una tercera. Estamos ante el equivalente de La colmena de Cela y Rayuela de Cortázar, con sus técnicas trasladadas al campo de la novela gráfica.
Llega además de la mano de un autor que se caracteriza por ser extremadamente meticuloso. Hace una década aparecía la versión definitiva de Por Soleá, gestada en 1993 y publicada completa dos años después. En la versión final de 2007 había realizado retoques en el tratamiento gráfico y en el guion, y podíamos ver ya esos caminos experimentales que tanto le seducen. Además de su completo dominio del encuadre y ritmo narrativo. Dibujante desde los setenta, muchos niños hoy cuarentones disfrutaron con sus electroduendes de kiosco, los de La bola de cristal. Desde entonces hasta la actualidad cabría preguntarse dónde no ha estado, porque su trayectoria abarca la de director y guionista, colaborador de Hanna-Barbera en Lucky Luke y Los Pitufos, y freelance en la etapa de oro de la publicidad española, trabajando para agencias y marcas tan señaladas como Tiempo, Coca-Cola, Bassat, Renfe o Contrapunto. Todos nosotros hemos visto su obra, seamos conscientes de ello o no, en trabajos para adultos y en Hércules y Tarzán, de Disney, con quien colaboró durante su etapa californiana. Llegaba nada menos que de Amblimation, la productora de animación de Steven Spielberg, y concretamente de poner su grano de arena en el gigantesco primer éxito de esta compañía, que recaudó con Fievel va al Oeste más de cuarenta millones de dólares.
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Muy intersante la reseña. Dan ganas de leerlo.