Alejo Cuervo: «El friki vive en territorio metafórico toda su vida» - Jot Down Cultural Magazine

Alejo Cuervo: «El friki vive en territorio metafórico toda su vida»

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Alejo Cuervo (Barcelona, 1959) es editor y dueño de la mítica librería barcelonesa Gigamesh, referencia para los aficionados a la literatura de género y los juegos de rol. Dirige la Editorial Gigamesh, que lleva publicando desde 1999 a grandes autores de ciencia ficción y fantasía, desde Tim Powers y Neal Stephenson hasta George R. R. Martin. Ha publicado recientemente Exégesis, un compendio de artículos, textos y notas sobre su larga experiencia en el mundillo editorial. Nos recibe en su casa, un amplio piso abarrotado de libros de ciencia ficción, revistas, tomos de Canción de hielo y fuego, figuritas y un peluche del Don Depresor de Cels Piñol.

Hacer esta pregunta rodeados de libros puede parecer extraño, pero… ¿Crees que dejaremos de leer por ocio algún día?

No, creo que no. Cuando un libro funciona y te engancha, la experiencia de comunicación y de intimidad con el autor no puede reproducirse en ningún otro medio. El libro como forma de abrirse al mundo y explorarlo no es reproducible en una narración audiovisual.

Empecemos por tus orígenes literarios y tus primeras experiencias profesionales. Tu primera lectura «seria» fue Slan, de Van Vogt. ¿Crees que si hubieras empezado con alguna otra obra tu carrera habría sido distinta, o habrías acabado de cualquier modo en el mismo lugar?

No, no hubiese habido grandes diferencias: si no ese libro, habría sido otro. Slan es una de las mejores historias de patito feo que se han escrito, en clave de juvenil fantástico… Me lo regaló un amigo de mi padre, junto a El caso de Charles Dexter Ward, de Lovecraft, como vacuna porque me había enganchado a las novelas de a duro de Bruguera. Devoraba un bolsilibro en los sesenta minutos de una clase aburrida. Otro amigo de mi padre, Javier Coma, me descubrió los clásicos del cómic: El hombre enmascarado, Príncipe Valiente, Flash Gordon… Devoraba todo lo que caía en mis manos y no tenía suficiente. Mis hábitos de consumo de ficción, siempre orientados al fantástico, los incentivó mi padre dándome pasta para gastar en vicio; si me veía leyendo, estaba contento.

Durante esa época, en tus primeros años de fan de a pie, te publicaron cartas en fanzines como Kandama.

Sí, eso fue en el Kandama número cinco, el especial Philip K. Dick… La primera vez que me atreví escribir a alguna parte como aficionado. Descubrí Kandama en Makoki, la primera librería especializada en Barcelona, que estaba a su vez cerca de las oficinas de Nueva Dimensión de Santos. Makoki tenía todo lo que se publicaba en cómics y libros de ciencia ficción. Un concepto incomprensible para el fan actual es la abarcabilidad del género en aquella época: podías leer absolutamente todo lo que se publicaba.

¿Recuerdas el contenido de la carta?

Vacilaba de la biblioteca que tenía, tantos miles de cómics y libros, y que aquí estoy por si alguien quería contactar.

No ha cambiado mucho la cosa, ¿no?

[Risas.] No tanto, no. En Makoki conocí a Juan Carlos Planells, que era especialmente fan de Dick. Yo acababa de leer varias novelas suyas en batería y empezaba a engancharme de por vida. En Makoki tuve mis primeros contactos, pero la cosa se aceleró cuando conseguí la parada de libros del Mercat de Sant Antoni.

A veces, cuando algo me sobresalta, hago algo un tanto friki: repetir mentalmente la letanía Bene Gesserit contra el miedo de Dune. ¿Hay frases de libros míticos que se te hayan grabado a fuego en la mente?

La de Clarke de «toda ciencia suficientemente avanzada es indistinguible de la magia», o la Ley de Sturgeon de que «el 90 % de todo es basura», como defensa de que el 9 0% de la ciencia ficción sea basura. Otra podría ser la de Stan Lee de «un gran poder entraña una gran responsabilidad», que nuestra generación tiene grabada a fuego de manera salvaje y no deja de ser en el fondo una frase muy calvinista. Una vez Martin me la soltó y, años después, le respondí una variante, en referencia a los medios que me han proporcionado sus libros: «un gran poder permite una gran creatividad». Ah, y por supuesto, la máxima de Asimov de «la violencia es el último recurso del incompetente», que me parece maravillosa.

Esa te salvó de un lío siendo adolescente.

Menos que adolescente: es una historia de patio de colegio. Un matón vino en busca de camorra mientras estaba leyendo yo La Fundación en la edición de Fénix, muy difícil de conseguir en esa época; le solté lo de «la violencia es el último recurso del incompetente», se cortocircuitó y me dejó en paz… Al menos así lo he reconstruido, que la memoria funciona reescribiendo algo cada vez que lo recuerdas.

Trabajaste en Ediciones Martínez Roca. ¿Guardas buen recuerdo de tu paso como asesor por esa editorial?

Sí en conjunto. Aprendí muchísimo: entré muy novato e inexperto y salí con un conocimiento de mercado bastante potente. Mi jefe, al que parodio en el cuento «Ostras con salsa picante» de Exégesis, era un editor con una vena muy fuerte de oportunismo. Las pegas que me ponía una y otra vez cuando le intentaba convencer de algo han sido formativas… Es un buen ejercicio ser proselitista, querer publicar cosas incondicionalmente sean o no comerciales, y topar con quien te diga «convénceme de que no es una locura».

Tuvisteis un desacuerdo con las cartas de Magic.

Más que desacuerdo fue expolio. Cayó en manos del jefe de ventas, que barrió para casa todo lo que pudo, y llegó a colocar a su hijo como corredor de Barcelona… El Magic fue un pelotazo impresionante que no esperaban. Cuando me plantearon qué quería yo por la asesoría y por haberles conseguido la licencia del juego les planteé un discreto porcentaje de ventas, y dijeron que solo me lo darían si se facturaba una barbaridad. Contesté que sí: también estaba sacando partido de distribuir el juego en inglés, y tenía confianza en cómo iba a pegar el producto. Contablemente se quedaron justo a las puertas de esa comisión y la usaron como excusa para no pagar nada. Y ni siquiera tengo la seguridad de que esas cuentas no estuvieran apañadas. En cualquier caso, me la metieron doblada, y a raíz de eso me dije que en el futuro solo trabajaría para mí mismo.

Además de este perfil editorial, no todo el mundo sabe que fuiste profesor de física y en el camino quedó una tesis por finalizar. ¿Podrías explicarnos de qué trataba?

Empecé la tesis en historia y epistemología, y me tocó estudiar los papers originales de la teoría cuántica. Al cabo de un año lo dejé y pasé a hacer una tesis de «física de verdad». [Risas.] Bueno, de verdad entre comillas, que la física teórica de hoy en día no ha producido avances significativos desde el Modelo Estándar. Trabajé en simulaciones con métodos de Montecarlo para el tratamiento estadístico de temas fundamentales. Saqué tres papers en publicaciones del ámbito, una de ellas fuerte, Nuclear Physics. Estuve cuatro años de ayudante en Bellaterra, y solo me faltaba escribir la tesis y presentarla. Pero ya había montado la librería, y mi dedicación a la física había bajado. Cuando me dijeron de renovar el contrato, dije: coño, para lo poco que me falta, estar chupando plaza no tiene sentido. Pensé que ya acabaría la tesis en ratos libres. Y ahí se quedó.

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Ya que comentas que apareció esa librería y esa editorial, Gigamesh, por qué el nombre de Gigamesh?

Eso fue un poco culpa de Paco Porrúa, porque el nombre original iba a ser Minotauro. Yo era muy fan del catálogo de Minotauro, y que un sello editorial tuviera su librería era una buena suma de recursos: en aquella época, Ancora y Delfín, por ejemplo, era la librería de Destino. Se lo propuse, pero no quiso. El año pasado me reconoció que debería haber dicho que sí, y lo sentí como un halago, pero ahora ya…

¡Lástima!

Respecto a lo de Gigamesh… Empecé editando, en la parada del Mercat de Sant Antoni, un fanzine llamado Tránsito cuyo lema era «el fanzine que crece y crece como un Imperio Galáctico cualquiera», obra de MarioX, un amigo y colaborador. Empezó como un simple folio doblado por la mitad para regalar en la parada, y creció con crítica de novedades, artículos de fondo, homenajes a autores… Allá por el número siete hubo una revolución: me tenía que ir a la mili, tuve una ruptura de por medio… El Imperio se convirtió en República y yo me desvinculé. Tránsito continuó unos años con su equipo de colaboradores y yo decidí meterme a hacer otro fanzine más trabajado. Por aquellas fechas, Luis Goytisolo publicó en el dominical de El País un artículo con el título «Joyce, al fin superado», con la crítica de un libro llamado Gigamesh, de Patrick Hannahan. Se marcó un texto de descubrimiento literario reivindicando a Hannahan y citando a Stanislaw Lem como uno de los exégetas que le habían puesto sobre la pista. Pero en ninguna parte decía que ni la novela ni Hannahan existían. Su artículo salió publicado un domingo, y recuerdo el lunes a mi compañero de despacho en la facultad preguntándome: «¿Tú conoces a un tal Hannahan?» y yo empezar a descojonarme. Me gustó tanto el bromazo de Goytisolo que pensé: cojonudo, aprovechando el ruido le pondré al fanzine (y más adelante a la librería) el nombre de Gigamesh. Durante mucho tiempo no expliqué de dónde venía.

Y os decían: «¡Os falta una ele: es Gilgamesh!»

Constantemente. [Risas.] Es como determinadas reglas de la Academia, que si te las saltas a conciencia, te crecen los enanos.

¿Y la coletilla de «Vicio y subcultura»?

Esa es de estar en el mostrador de la librería, que he cubierto mis horas de mostrador como el que más. Y entraba mucha gente despistada y se producían anécdotas, claro. Entre los que entraban a buscar macetas de la época en que compartí tienda con mi madre, los que nos buscaban a nosotros pero solo veían las macetas… Un día entró una señora preguntando por La Celestina y la respuesta me salió de dentro: «Lo siento señora, aquí solo tenemos vicio y subcultura». En esa época la ci-fi estaba muy mal vista y estábamos todos a la defensiva. A los clientes que lo oyeron les hizo gracia y se quedó como coletilla. Había otra similar de la que estoy igualmente orgulloso. Era la misma época en la que entraba gente a buscar «timunmasadas» y salía con libros de Philip K. Dick bajo el brazo, que se lo pregunten a Cels Piñol… Bueno, pues una señora entró en la tienda preguntando por el Caballo de Troya 4. Me la quedé mirando muy serio y le contesté: «Lo siento señora, todo lo que tenemos aquí es mentira». [Risas.]

Has mencionado la mili. ¿La hiciste al final?

En tercero de carrera me sortearon, pero presenté una copia del expediente, que en esa época estaba lleno de matrículas de honor, debí de ablandar a algún mando y me prorrogaron. Al año siguiente no me matriculé, me dejé sortear… y salí excedente de cupo. Una lotería: me acababan de regalar un año de vida.

No te veo en el ejército haciendo de Bill, héroe galáctico.

Soy muy reacio a la autoridad, a cualquier tipo de autoridad.

Dices, y cito literalmente, que eres alguien «extremadamente puntilloso y tocacojones». Por otro lado, maquetaste y tradujiste tú mismo las primeras obras de la editorial. ¿Cuál es la causa y cuál el efecto?

Eso viene desde el día uno de editar fanzines. Al principio empiezas muy animado pero lo haces fatal, hasta que empiezas a recibir feedback de la gente. Luego, cuando empiezas a publicar a otras personas, te ves revisando textos y adquieres los recursos de un corrector, un editor en el sentido yanqui. Y no hay otra forma de aprender a corregir que ser puntilloso y tocar los cojones.

Has comentado en alguna ocasión que corriste riesgo editando El Instante Aleph, de Greg Egan, con un estilo y lenguaje difíciles de traducir y editar.

Esa novela es muy sutil: su protagonista es autista y no lo sabe. Y como libro de ciencia ficción es apabullante: habla de autismo, racionalismo, Teoría del Todo. Conecté como lector a tantos niveles que me parecía escrita a medida para mí. La duda que me quedaba a la hora de publicarla es si a alguien más le iba a interesar. Y sí, sí, sin problemas. Tampoco hice un tiraje muy loco, dos mil ejemplares, tardamos en agotarlos pero ya nos toca reeditar, tanto El instante Aleph como Cuarentena, que fue el primer libro que «edité» y publiqué. Y qué mal editaba, joder. Estoy haciendo una nueva corrección del libro, de cara a su reedición, y por un lado me abruman las burradas que se me colaban, y por otro me anima ver lo que he aprendido.

Toca hablar de la obra de George R. R. Martin. Cuéntanos cómo conseguiste los derechos de Canción de Hielo y Fuego. Los cinco mil dólares mejor invertidos de tu vida, ¿no?

Sí, claro. Yo era fan de Martin desde los primeros números de Tránsito, en que hablamos de sus cuentos publicados en Nueva Dimensión, «Los reyes de la arena» y «La ciudad de piedra». Cuando Acervo sacó El sueño del Fevre debimos de ser la única librería de España que la vendió de puta madre a base de recomendarla, a pesar de su portada espantosa. En Caralt salió Una canción para Lya. Pero primero estuvo Muerte de la luz en Nebulae: es un libro de culto, infravalorado por la crítica americana. Martin es de la generación inmediatamente posterior a la revolución de la New Wave, de la dialéctica de los sesenta y setenta entre la ciencia ficción espacial de la vieja escuela y más de ideas versus una ciencia ficción más ambiciosa y literaria, comprometida socialmente incluso. Martin resuelve el conflicto en Muerte de la luz reconciliando la tesis de la ciencia ficción clásica con la antítesis de la New Wave: escenario y psicología de los personajes íntimamente imbricados. Es una novela apabullante a la que el tiempo está poniendo en su lugar. Martin nos tenía a todos encandilados.

Cuando empecé a asesorar en Martínez Roca la única novela que quedaba por ahí era Refugio del viento; Miquel Barceló pilló Los viajes de Tuf para Nova. Queda una novela pendiente, The Armageddon rag. Es una novela bonita, con un apocalipsis rockero en el que escenifica la crisis de los cuarenta, pero tiene un final un poco anticlimático como novela de terror. Será que tampoco hay un final climático en la vida para la crisis de los cuarenta. Editarla en castellano no sería fácil, más que nada por conseguir los permisos para usar los fragmentos de canciones con que abre cada capítulo. Algunos agentes pedían un dineral para usar una cita breve de un poema, así que tuvimos que desestimarlo.

Y cuando salió Juego de Tronos en inglés…

Lo leí nada más salir, pero pensé que eran muchas páginas y no me atreví aún a publicarla en la incipiente colección de Gigamesh. Cuando salió en inglés Choque de reyes, enseguida entró en las listas de los más vendidos, y me dije: «ahora o nunca». Había publicado ya seis u ocho novelas con una entrada buena en el mercado: vendía más o menos lo mismo que los sellos grandes pero sin meter la pata, ajustándome a cada título sin aspirar a ninguna locura de ventas. Y me atreví. La negociación no fue complicada. Y sí, fue un buen negocio. Aunque claro, cada vez que hay que renovar hay que adelantar más.

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¿Nunca ha intentado alguna editorial grande hacer contraofertas a Martin? Supongo que Alfaguara, que tiene los derechos en catalán, estaría interesada.

Contraofertas a su agente, serían en todo caso. Siempre hay maniobras para ver si alguien grande, serio y de confianza puede hacerse cargo de un pelotazo tan gordo y no un mindundi como yo. Pero ni imaginaban la dimensión de lo que se avecinaba y pude aguantar el tipo, aunque renuncié a los derechos para Latinoamérica, ya que no tenía presencia ni distribución allí. Al final, la edición latinoamericana corrió a cargo de Random, que usa nuestra traducción y nuestra maqueta tal cual, sin adaptación idiomática ni nada.

¿Cómo viviste la polémica sobre el precio de Danza de dragones que llevó a acaloradas discusiones en Menéame durante unos cuantos días?

Eso surgió de un tuit de Juan Gómez-Jurado, que andaba escocido porque no le cedía los derechos de Juego de tronos para la plataforma de Apple en España, que tenían la licencia ellos.

Si no recuerdo mal, se vendió al mismo precio que Tormenta de espadas, el tercer libro, y sin embargo, con Danza el revuelo fue mucho mayor.

Salimos con Danza al mismo precio que con Tormenta… Cuestión de percepción, supongo. La repercusión más notoria de la polémica ha sido quizá que la edición trade no esté ya disponible en dos volúmenes sino en uno solo. Cuando editamos Tormenta vimos que o bajábamos el gramaje del papel o en la encuadernadora no cabía un lomo tan gordo. Así que lo sacamos en dos tomos, lo que encarece mucho el coste pero fue bien recibido por la comodidad de lectura. Cuando estábamos publicando Danza y saltó la polémica, comprobé que el encuadernador con el que trabajamos ahora sí admite ese ancho de lomo. Y eliminamos la doble encuadernación, todo el manipulado de retractilar, poner la fajita y empaquetar, y los libros pasaron de treinta y ocho a treinta y dos euros. Que no está mal por un libro de mil doscientas páginas. Al principio me picaba y entraba a contestar a la gente para hacerles distinguir entre un libro con encuadernación americana y uno cosido y con cuadernillos, pero es inútil, el que tiene ganas de quejarse por el precio, la edición o el plazo lo hará igualmente. Ahora hago lo contrario, abrazar la crítica y contestar: «Sí, sí, lo estoy vendiendo carísimo para financiar una tienda maravillosa con tu dinero». [Risas]. Que chillen lo que quieran, que los trolls están para eso. Hay que alimentarlos.

Hace unos meses abriste la nueva librería Gigamesh, un sueño húmedo friki. Lo primero que llama la atención allí es la ordenación cronológica y por editoriales de los estantes. ¿Por qué te decidiste por ese tipo de clasificación?

En la tienda antigua teníamos la segunda mano en los estantes más altos y menos accesibles: como es un género que se mueve con menos frecuencia o es menos rentable, le dábamos un protagonismo secundario. Un día reorganizamos la tienda y dedicamos una pared entera a libro antiguo y colecciones descatalogadas: así cobró más protagonismo la segunda mano y empezó a rendir mejor. Eso le daba personalidad a la librería. Nos encontramos con que había gente que hacía peregrinajes de todas partes, precisamente porque esa sección era una oferta editorial que no existía en ninguna otra parte. En la nueva librería, la pared principal que se ve al entrar es magnífica, treinta metros de estanterías a medida; se me ocurrió ya directamente usarla para poner los libros en orden de publicación. Y era consciente es de que eso no lo había visto en ninguna parte: es el rasgo más original de la nueva librería. Es algo único en el mundo y creo que ha quedado bien. Una idea resultona.

Es un efecto túnel del tiempo.

Así lo hemos bautizado, precisamente.

Vas paseando y piensas de repente: «¡Estos son los libros que leía en mi adolescencia!»

Ese tipo de reacciones me sugirieron el nombre de Túnel del Tiempo: era llegar alguien que veía por primera vez la librería, pasear delante de esa pared y de repente pararse ante un estante y decir: «Mira, aquí empecé yo». Las estanterías anteriores le suenan a arqueología.

¿Te has parado a pensar alguna vez en qué habría pensado el joven Alejo de los fanzines al entrar en la librería?

Me caía de culo, vamos. En la librería antigua había una cosa que le envidiaba a algunos clientes, como el tío que llegaba ahí por primera vez y la descubría. He visto caras de gente a la que se le abren los ojos, que empieza a babear, que entra y no se cree lo que está viendo. Tanto vicio junto, tanto libro de género… Y yo cada vez que veía esa reacción, me quedaba a un lado pensando: joder, qué envidia, quién pudiera sentir eso. Desde dentro de un comercio vas viendo los pequeños cambios, el proceso es más gradual y no tiene ningún impacto comparativo.

En los meses de vida de la nueva Gigamesh hemos visto pasar por la sala de actos a gente como Neil Gaiman o Tim Powers. ¿A quién más planeas traer en el futuro?

Van a caer todos en batería. Pero cuidado, que a día de hoy Neil Gaiman impresiona mucho, pero ya tenemos nuestro historial de firmas y presentaciones. El primer escritor que se ofreció a venir a firmar, cuando teníamos todavía macetas en los años iniciales de la librería antigua, fue Robert Silverberg. El segundo fue Ian Watson. Luego vino Bob Shaw. Y tuvimos dos veces en Gigamesh a Terry Pratchett, en sus dos primeras visitas a España. Eso de traer escritores y poder vender libros suyos probó ser un chollo. Cuando asesoraba en Martínez Roca traía a escritores ingleses, que son baratitos. De hecho esa es una de las razones por las que es más interesante publicar ingleses que americanos.

¿Es más fácil traerlos?

Es mucho más barato traerlos, y hacer promoción de un libro con el autor marca una diferencia como de la noche al día.

¿Veremos ahí a Martin?

Martin ha pasado ya dos veces por la tienda; si vuelve dependerá de cómo tenga la agenda. La última vez fue una sorpresa: fue él el que dijo que quería venir. El festival Celsius de Avilés nació gracias a eso: Martin venía en unas fechas que no coincidían con la Semana Negra de Gijón, el festival al que tenía afición de asistir, y Cristina Macía sugirió montar en Avilés otro para acogerlo.

¿Volverá la revista Gigamesh o ese tren pasó hace tiempo?

Es difícil que vuelva en formato papel, que ahora estamos en otras batallas. Una revista requiere una inversión fuerte, sobre todo si quieres alimentar un equipo de colaboradores. La revista fue deficitaria toda su andadura, y sería una herramienta de promoción y difusión innecesaria en estos momentos. Gigamesh tiene más presencia en redes y más impacto cultural hoy con la sala de actos del nuevo local que la que podría lograr con una revista. Si mantenemos la sala de actos abierta a las actividades de la comunidad, ¡será la propia comunidad la que empezará a planear maldades de las que pueden surgir revistas u otro tipo de iniciativas! Los frikis estamos madurando mucho como comunidad. Muchísimo.

El Triángulo Friki barcelonés es un conjunto de tiendas unidas por una temática similar (cómics, juegos de mesa, literatura y cine de fantasía y ciencia ficción…). ¿Qué tal la convivencia de Gigamesh con el resto?

La convivencia se puede medir por los resultados: ve a cualquier otra ciudad de España donde esa competencia se haya enfocado de forma diferente y compara. En Madrid no hay una red de tiendas con la profundidad de oferta y las maravillas que puedes encontrar en el Triángulo Friki de Barcelona. Y en teoría es un mercado más grande; debería tener más facilidad para sostener algo así. Pero ahí las tiendas frikis siempre han explotado un modelo de mixto muy similar, con todo el mundo compitiendo por su cuota de venta de novedades. En Barcelona establecimos un pacto entre caballeros entre Norma y Gigamesh de no meternos en el terreno del otro. Después de Norma y nosotros, el primer comercio que entró fue Freaks, que inicialmente tenía una sección de libros de segunda mano. Pero nuestra oferta desproporcionadamente mayor hacía que la sección no les fuera rentable, así que se especializaron en nichos que ni nosotros ni Norma teníamos especialmente bien atendidos. Así ha ido creciendo el Triángulo Friki, de forma orgánica. Somos ya quince tiendas más dos bares y el videoclub del barrio, un tejido importante. La gente viene a pasar la tarde al Triángulo Friki, sea quedando en Giga, Norma, Kaburi… No son solo comercios, sino un entorno de socialización.

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LEKTU es una plataforma de venta de contenido digital sin DRM y ofreciendo formas de pago como el pago social: un tuit o una noticia en la cuenta de Facebook del comprador. Habiendo pasado un tiempo prudencial desde su fecha de lanzamiento, ¿está funcionando, en todos los sentidos de la palabra «funcionar»?

El nivel del volumen de negocio que gestiona es muy pequeño, con lo cual, desde ese punto de vista únicamente, está funcionando igual de mal que todas las plataformas. [Risas]. LEKTU no es una fórmula mágica para convertir en negocio algo que no lo era. Pero tampoco es estrictamente esa nuestra aspiración. Estamos muy contentos con el impacto y la acogida que estamos teniendo. Para un editor, invertir en un libro en papel implica arriesgar un capital. Al autor le está haciendo un servicio importante, permitiéndole acceder a unos niveles de gasto para producir ese objeto a los que individualmente no podría, junto a ayuda editorial y conocimiento de mercado. Pero en digital, el precio de copia es cero. Los costes de traducir bien una obra los sigues teniendo: eso se transforma en una barrera. Pero para el producto que ya está en castellano y que lo único que necesita es difusión, el mercado digital es un chollo publicitario. Es un ámbito en el que puedes dar a conocer obras, activar un cierto marketing en redes sociales sea como autor o como editorial, incluso regalar libros a cambio de promoción. Y la parte que está funcionando espectacularmente bien es esa: por ejemplo, Andrés Palomino, que hace cuatro días hacía un webcomic y se autoeditaba su primer libro, el Manual para padres friquis, está compitiendo en ventas en Lektu con Cels Piñol y con Martin. Y ojo, y conmigo: yo también estoy compitiendo en difusión. [Risas]

Con Exégesis

Me gustaría demostrar que después de haber estado regalando ejemplares tanto en físico como en electrónico, podría hacer ahora una edición comercial de la Exégesis y funcionaría, porque ya tengo el trabajo de promoción hecho.

¿Aumentará el catálogo de Gigamesh en LEKTU?

Al ritmo de los resultados de determinadas tácticas y de lo que nos autoricen los agentes. Por ejemplo, algunos no quieren poner un precio de venta por debajo de determinadas cifras porque psicológicamente puede devaluar la percepción de valor del producto. Sí nos han autorizado a realizar un experimento con Las puertas de Anubis de Tim Powers. Aprovechando que está de actualidad gracias al Ministerio del Tiempo —cuyo guionista y director reconoce la influencia del libro en la serie—, lanzaremos la edición digital. Probablemente saldremos a la calle con un precio de venta de dos euros (el mínimo que cubre las comisiones de pago y no cuesta dinero a la plataforma) y pago extra voluntario de cualquier cantidad. El sistema que ha funcionado bien con Alucinadas, por el que mucha gente paga más del mínimo. La idea es sacar Las puertas de Anubis en dos ediciones: la básica, con el texto desnudo, la portada y ya está… Y la edición vestidita con la presentación, la nota del autor con la bibliografía, a lo mejor una galería de imágenes con las portadas históricas, algún caramelito simbólico pero que solo tienes si pagas por encima de la media, para incentivar que suba. Es un truco copiado de los Humble Indie Bundles, que comercializan juegos de ordenador y recaudan millones de dólares así.

Cuando a la gente se le da la opción de pagar más del mínimo…

Lo hace. El consumidor está dispuesto si se lo facilitas. La gran barrera es poner los putos datos de la tarjeta en cada sitio. Ahora que las cuentas se permiten identificar entre ellas se va avanzando, pero sigue siendo una barrera. Hay que dar algún juguete, algún incentivo a cambio. Publicar quién ha pagado más por un libro, por ejemplo… Cels Piñol está a menudo en la lista de los que más pagan, y eso también es visibilidad. Tengo pensadas muchas maldades para que la gente se involucre con la plataforma y vea su transparencia. Pero dependen del tráfico que se genere: no podemos poner todo lo que se nos ocurra si no tiene repercusión. Una de las cosas que quiero hacer es que el pago voluntario por encima del mínimo puedas colocarlo como quieras en los distintos quesitos del pastel. Que el comprador decida cómo se reparten los beneficios de la propiedad intelectual.

Al autor, al traductor…

Tendríamos el pastel promedio de lo que ha querido pagar la gente frente al del reparto original del editor. Podría dar lugar a dinámicas de información de mercado muy interesantes.

Sigues experimentando.

El proyecto de LEKTU es totalmente abierto, se nos han unido muchas editoriales indies inmediatamente. A partir de lo que piden ellos y la comunidad, la propia plataforma se va desarrollando. Uno de los problemas de cualquier revista en digital es recaudar suscripciones, pagos o donaciones. Como usuario yo estoy muy predispuesto a ese tipo de pagos: hago donaciones significativas a la Wiki, por ejemplo. Pero a la que empiece a coger la lista: eldiario.es, Periodismo Humano, Diagonal y todos los que quiero premiar… Solo pensar que voy a tener que poner los datos de la tarjeta uno por uno se me hace cuesta arriba. Pues una de las cosas que me encantaría que se pudiese implementar en LEKTU es que se pudieran facilitar botones de pago. ¿Quieres colaborar con Periodismo Humano y tienes cuenta en LEKTU? Pues invítales a una cerveza desde LEKTU. Será un proceso lento, y los hábitos de consumo no cambian de un día para otro. Lo que sí somos capaces de medir es que LEKTU se está ganando la complicidad de la gente: tenemos mucho friki avezado que se involucra y sabe aprovechar las herramientas.

En 2014 fuiste por primera vez jurado del Festival de Cine Fantástico de Sitges. ¿Qué recuerdo guardas de la experiencia? ¿Estás satisfecho con el palmarés?

La experiencia fue memorable: diez días viendo pelis y fumando petas, como un señor [Risas]. Del palmarés tengo muy buen recuerdo excepto de Orígenes, la ganadora, que es una puta mierda, dicho con todas las letras. El responsable de que saliera ganando fue el director yanqui que estaba en el jurado, que se emperró en que aquello tenía que ganar y preparó las actas como le dio la gana. Orígenes es un oxímoron. No, no, lo siento, pero no: no se puede hacer ciencia ficción new age. No. Son inmiscibles.

¿Qué tal el resto del palmarés?

Una maravilla. Cojonudas las dos de mejor actor: These Final Hours, una peli australiana de ciencia ficción apocalíptica, y The World of Kanako, una japonesa durísima, tangencialmente fantástica pero impresionante. Y la del premio del público, What We Do in the Shadows, un falso reportaje sobre vampiros delirante. Compitió una cantidad inusualmente alta de películas, más de cuarenta, y aparte tocaban tres sesiones de cortos. Llegué como un jabato a prácticamente todas y disfruté como un fanboy. Vicio puro. No todo el jurado iba con el mismo ritmo. Y a los dos yanquis según qué pelis les venían un poco a traspiés, por ejemplo una a la que le arranqué una mención: Pos Eso. Una peli de stop-motion con plastilina, de un valenciano loco del que me declaro fan irredento. Es la España de pandereta parodiada con una elegancia salvaje, a partir de una versión friki de El exorcista en la que Damián es el hijo de una folclórica y un torero. El director viene de familia franquista, y clava el lenguaje. Cuando el cura abandona la diócesis, el obispo clama: «¡Pero esto es desacato!» [Risas]. La primera trastada de Damián en la guardería es coger unas herramientas abandonadas y… su compañero de juego sale chillando con la cabeza de Pinhead.

A ver cuándo la estrenan, que nos has picado el gusanillo.

Acaban de estrenarla: el 1 de mayo. Espero que le vaya fantásticamente y, sobre todo: no os la perdáis. Es una peli de bajo presupuesto en la que su responsable ha invertido tres años de trabajo artesanal. Y debería ser un bombazo en los ámbitos frikis. En los ambientes folclóricos, la parte friki puede resultar indigesta. Para los argentinos del jurado tampoco era fácil seguir aquello, de lo trufada que está de referencias.

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Entremos en cuestiones sobre el mundo editorial. En alguna otra entrevista has dicho que hay que cultivar la paciencia respecto a la tendencia de un mercado como es el de la ciencia ficción o la fantasía. ¿Paciencia es también lo que le falta a aquellos consumidores que optan por otros entretenimientos más inmediatos (videojuegos, películas) en lugar de disfrutar de un buen libro?

Sí, supongo que sí. Estamos acostumbrados a hacer una cierta inversión de tiempo y esfuerzo para acceder a gratificaciones consumiendo ficción. Las nuevas generaciones, cada vez menos. El ritmo narrativo de la ficción ha aumentado espectacularmente: se nota sobre todo en televisión. Coges una serie de hace treinta años, la misma Yo Claudio, que es bien respetable, y parece una tortura de lenta. Pues a los chavales de ahora nuestros productos les parecen aburridos también. Además, las nuevas generaciones están formadas en un ámbito mucho más reactivo, con gratificaciones más inmediatas como un like en una red social. Antes, los procesos de socialización eran mucho más lentos, y en muchos casos viajaban por correspondencia, y estábamos acostumbramos a esperar respuesta y cultivar la paciencia.

Escribe una carta, espera que la publiquen, que la contesten…

A ver cómo ha quedado, a lo mejor en el número siguiente alguien te menciona… Ahora es instantáneo. Pero, eh, en realidad, lo aburrido era lo nuestro.

En Exégesis comentas cómo has empleado la política de asignación de ejemplares de Canción de Hielo y Fuego para «premiar» a las librerías que venden más fondo editorial frente a las que se limitan a promocionar los superventas de turno. ¿Está funcionando bien este sistema?

A un editor más avaricioso le parecería suicida. Estamos postergando ventas para evitar la saturación de mercado: prefiero una venta más baja pero sostenida en el tiempo. Mi confianza en no perder dinero viene de la calidad del producto. La vida comercial de estos libros viene del boca a boca, gente que empieza con el primer libro, se engancha y ya no para. Un editor más inseguro de la calidad de su producto pensaría que las ventas que desperdicias cuando el producto está más hot y lo colocas en todos lados con menos resistencia de venta luego no las vas a recuperar si el libro pasa de moda. ¿Me estoy arriesgando a eso? Puede. ¿Es cuantificable el resultado de una u otra política? Es difícil de juzgar. Yo lo que sé es que haciéndolo así estoy ayudando un poquito a los libreros que venden más midlist. Y hay libreros que sí lo han notado: poder ayudarlos me parece suficiente justificación.

¿Qué motivo crees que lleva a cierta parte del público a afirmar que la literatura de género no es tan buena o de tanto «nivel» como la tradicional?

Una forma cartesiana de ver el mundo. El lector friki es más cuántico, mientras que el lector de realismo sería afín a la física clásica, al determinismo. El problema del defensor de la literatura realista es que piensa que existe una forma correcta de ver el mundo. Y la tentación de creer en un modelo único es imponerlo a los demás. Eso produce personas menos dúctiles para negociar, más rígidas ante los conflictos. El friki vive en territorio metafórico toda su vida. Para él, forzar metáforas o reconciliar conceptos contradictorios son ejercicios triviales que hace a diario. Proyectarse en héroes o fabular te prepara la mente de otra forma que la narrativa realista. Yo siempre he defendido los valores del fantástico frente al realismo, y últimamente, de forma más agresiva: ¿no será que el realismo es pernicioso? ¿Que el pensar en algo como «lo real» tiene implicaciones peligrosas e inquietantes?

¿Qué opinas de los autores que difuminan las barreras de género? Por ejemplo, Iain Banks firmaba sus libros de ciencia ficción como Iain M. Banks, pero en muchos de sus libros «generalistas» hay elementos de ciencia ficción.

Los autores pueden meter más o menos elementos si se dirigen a una audiencia u otra, pero en el caso de Banks, el cambio de nombre añadiendo una «M» fue una imposición del editor inglés para «proteger» su prestigio. Cuando Banks empezó con la ciencia ficción venía de publicar La fábrica de avispas y Pasos sobre cristal, y era la gran revelación de la literatura británica. Escribe entonces una space-opera como Pensad en Flebas y el editor se caga pantalones abajo. Hablamos de cerca de veinte años atrás, cuando el menosprecio a la ciencia ficción existía incluso en Inglaterra, que ha sido país productor y exportador mucho tiempo. En las primeras ediciones de Banks en Martínez Roca, como sabía por la revista Interzone que no era una exigencia del autor, hice que esos libros salieran sin la «M».

Supongamos que algún lector de Jot Down decide iniciarse en el mundo de la fantasía y la ciencia ficción. ¿Por dónde le recomendarías empezar?

Ese ejercicio ya lo he hecho, en cierta forma, y lo he recogido en la Exégesis: la selección de La Biblioteca Ideal para Planeta.

Vi que en la ampliación de 2014 elegiste, entre otros, un libro de Murakami.

Sí. La lista original es de hace veinticinco años o algo así, y no incluye lecturas recientes. Quise actualizar un poco y rellenar: probablemente a esa lista añadiría hoy El mapa del tiempo de Félix J. Palma… Por cierto, ya que estamos, una recomendación más: Mataré a vuestros muertos, de Daniel Ausente.

¡Lo he leído, es buenísimo! Su elección de los animales de poder de Barcelona…

Y la manía que le tiene a las gaviotas, otra marca de la casa de vivir en Barcelona. Es tremendo este hombre.

¿Recomendarías evitar la lectura de alguna obra?

Pues en realidad sí. Es bonito decir que todo libro quiere ser leído, pero si uno no te aporta nada, no tiene nada de malo estamparlo contra la pared. La gente incapaz de no acabar un libro valora poco su tiempo. En la época de las reseñas en Cimoc me aficioné a puntuar las novedades de 0 a 5, de atroz a obra maestra. Los ceros y cincos los administraba a cuentagotas, pero recuerdo dos ceros seguidos, de Acervo: Reconstituida, de Anne McCaffrey, y Superluminal, de Vonda McIntyre. A lo mejor me pillaron en mal momento. En Acervo quisieron sacar ciencia ficción cutre juvenil cuando aquí no había mercado para eso y a mí me dejó traspuesto. También me puedo cabrear con un libro ideológicamente, pero a veces hay otros que me parecen deleznables y no sé por qué. Por ejemplo, le tengo mucha manía a El perfume. Me dejó totalmente frío: una serie de infodumps dignos de un tratado de perfumería, y una narración con un distanciamiento emocional absoluto, sin nada más detrás. O igual fue un poco para ir contracorriente cuando empezó a hacerse tan popular [Risas]. Me pasa algo parecido con El juego de Ender.

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Has bautizado la sala de actos de Gigamesh en honor del recientemente fallecido Paco Porrúa, de la editorial Minotauro. Te recuerdo el día de la inauguración de la tienda sinceramente emocionado al hablar de él. ¿De dónde viene tu admiración por Porrúa y cómo la explicarías a quien no conozca su trabajo?

Viene básicamente de lector, y arranca en lo mal que elegía las lecturas siendo niño. Así como un amigo de mi padre me dio a Slan y Lovecraft como antídoto contra las novelas de a duro, mi profesor de Química de bachillerato me dio su propio antídoto cuando me vio leyendo Nebulaes indiscriminadamente. Era un Tyrion, un enano al que apodaban Fejulín, el más exigente, odiado y querido del colegio pijo de jesuitas al que fui de niño. Me pasó una lista de lecturas de ciencia ficción con valor literario. Y buena parte de la lista eran títulos de Minotauro. Era una lista muy ambiciosa, y muy ecléctica: Hacedor de estrellas, Más que humano, Ciudad, Crónicas Marcianas… Lo mejor de Minotauro y algunas cosas más: 1984, Un mundo feliz…Tuvo cuidado de incluir españoles: recomendaba cosas curiosas como La máquina de matar de Atienza, muy ingenua pero también bonita, o un cuento de Santos llamado «Las alas rotas de los dioses». Con esa lista y el descubrimiento del sello Minotauro empecé a leer de forma más crítica, empezando a exigir algo más más a los libros.

En 2001, Minotauro se vendió a Planeta. ¿En qué circunstancias ocurrió la venta y qué te parece el rumbo que ha seguido la editorial desde entonces?

Fue la crónica de una muerte anunciada. Minotauro era Porrúa, funcionaba a su ritmo, traducía él mismo y publicaba lo que le daba la gana sin mirar nunca su comercialidad. Minotauro se pasó años publicando a Ballard, cuando en España no vendía más de quinientos ejemplares. Pero Porrúa lo seguía editando porque le gustaba su obra y era su amigo, y algo más caía en Argentina. Minotauro estuvo en venta mucho tiempo porque Porrúa quería jubilarse. Recuerdo incluso que me tocó preparar un informe para Planeta con recomendaciones sobre el fondo de Minotauro. Era apetitoso porque había un montón de clásicos que no habían tenido nunca edición de bolsillo, y también una serie de autores como Ballard, Angela Carter, John Crowley o Cristopher Priest, que encajarían en Seix Barral, pues venderlos como género era más complicado. La venta de la editorial no se concretó hasta que se puso en marcha el rodaje de El Señor de los Anillos, que estaba en el catálogo de Minotauro. Pero el problema es que las multinacionales solo quieren rendimiento a corto plazo, y no están interesadas en construir catálogo. Quieren una lista de lo que en ese momento se está vendiendo mejor y el resto no les interesa.

Una de las primeras acciones de Minotauro en su nueva etapa dentro de Planeta fue instaurar un premio bien remunerado de ci-fi, en 2004. ¿Qué opinión te merece ese premio en particular y el papel de los premios en la ciencia ficción?

El primero notorio con una óptica amplia fue el Premio UPC, en el que competían autores de cualquier nacionalidad. Y luego el Minotauro. En cuanto a obras de calidad que puedan tener impacto en el mercado, su influencia es pequeña. Y yo inicialmente era muy escéptico y me quedaba con esa parte; no los veía un mecanismo fecundo para encontrar buenas obras. Pero el efecto sobre la comunidad ha sido grande. Que haya dinero de por medio es un caramelo que crea mercado, aunque sea en aficionados que aspiran a escribir. El problema es que la UPC ya no da premio en metálico, y Planeta no ha sabido capitalizar el Minotauro para formar una escuadra de autores españoles. Aunque por otra parte ha aparecido el sello Fanctasy de Random que sí parece interesado en alinear una escuadra. En la medida en que crean mercado, los premios son siempre positivos, y tendría que matizar mucho mi escepticismo inicial.

¿Te atreverías a afirmar que están menos amañados que otros premios más comerciales?

El UPC no lo está, claro que ahora no tiene recompensa económica. El Minotauro tendrá sus apuestas y repartos por motivos estratégicos, quizá reclutar a un autor y darle el premio como tarjeta de presentación. Son tácticas editoriales normales y corrientes: la gente se puede rasgar las vestiduras, pero al fin y al cabo es su dinero y no vas a decirles cómo invertirlo. Lo importante son los resultados que consiguen, aunque yo veo mucho dinero tirado alegremente. El Minotauro son varios miles de euros, ¿no?

Diez mil.

Hoy en día, un adelanto por las ventas de tres o cuatro mil euros no es desproporcionado, y hay gente que vende más. En cualquier caso, no creo que Planeta haya sabido darle una personalidad: tanto descubren un autor de primera como salen por peteneras.

Últimamente aparecen muchas pequeñas editoriales independientes. ¿Hay alguna que sigas con especial interés?

Sí, en realidad sí. Yo llevaba un tiempo muy a la mía leyendo en inglés lo que me apeteciera, y leyendo poco en comparación con unos años atrás. Pero llegué a Salto de Página a través de Emilio Bueso, y estoy explorando Aristas Martínez, que tiene unas cuantas cosas interesantes. Mataré a vuestros muertos ha salido en Prosa Inmortal, una minieditorial nueva… El de la autoedición y los sellos pequeños es un ámbito en ebullición en el que, encima, aparece gente muy buena. En el sector friki estamos descubriendo que tenemos más tablas y nivel de lo que creíamos.

¿Qué opinas del trabajo de Valdemar? Sus libros tienen un estante destacado en Gigamesh.

Por motivos históricos y estadísticos no solíamos tener fondo de Valdemar en la antigua librería, y al pasar a la nueva ha sido una de las cosas que hemos corregido. Valdemar es un referente, una editorial mediana que ha crecido como indie. Cualquier fan de Lovecraft les tendría que poner un altarcito: están traduciendo todo El horror sobrenatural en la literatura… Que un editor de midlist esté en una posición más o menos sana o estable es motivo de satisfacción.

¿Qué errores son los más comunes que hacen fracasar a una editorial?

El mayor peligro es el desgaste, y lo que más desgasta es no hacer énfasis en la calidad y el contenido. En el oficio de editor, tanto discriminas, tanto vales. Distinguir al que está trabajando bien del que lo hace todo al revés y te hace adquirir vicios, distinguir la crítica constructiva de la violencia gratuita… Ser editor es un camino de aprendizaje. En todo proceso de producción hay dos opciones: el estilo japonés, perfeccionarte y aprender gradualmente; o ir a destajo y preocuparte solo de sacar tantas patatas o libros a final de mes. La diferencia es que el que va a destajo no aprende, pero es una tentación muy fuerte, sobre todo al principio cuando el trabajo no resulta rentable. Por ejemplo, en el campo de la traducción, un traductor novato le va a tener que echar muchas más horas a un texto para sacar la calidad de un traductor experimentado, que se ha enfrentado a esos problemas mil veces. Pero o bien metes esas horas desproporcionadas que no compensan lo que te están pagando, o no aprendes, no llegas a ser competitivo y te quedas por el camino. Y comercialmente, ojo, está también el peligro de triunfar. Un necio nunca se recupera de un éxito.

Muchas editoriales independientes intentan extraer sus beneficios de un solo autor.

Lo puedes enunciar así o al revés: editoriales que han conseguido aguantar una línea gracias a un autor. En estos momentos Gigamesh aguanta su estructura y línea editorial gracias a Martin.

¿Ves viable un modelo así, aguantar pérdidas hasta que con un libro o autor concreto salte la liebre?

Sí. Eso dice dónde están tus prioridades. Si tu prioridad es publicar más y mejor e inviertes en hacer eso aunque unos títulos te den beneficios y otros no, indica que lo que quieres es publicar. Si tu prioridad es ganar lo máximo en el mínimo tiempo posible, no te interesa construir catálogo.

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Hace unos meses leíamos entusiasmados la elección de Barcelona como sede del Eurocon 2016, una convención de literatura de género. ¿Cómo fue el proceso de selección?

Le debemos la Eurocon de Barcelona a Ian Watson, que nos ha llevado de la oreja diciéndonos qué había que hacer y qué papeles rellenar. Había mucho interés en incorporar a España de una vez al circuito europeo de convenciones. Básicamente la selección se decide por los votos de los asistentes a la Eurocon y sus oficiales. Competíamos con una ciudad polaca que será capital europea de la cultura: un proyecto muy serio de gente que mueve convenciones de todo tipo. Nosotros teníamos apalabrada la colaboración con el CCCB, así que nos dedicamos a vender que estamos en el centro turístico de Barcelona. Todo ello junto a que el alcohol es barato y se consiguen vuelos bien de precio fue decisivo: hemos capitalizado el hecho de que a la gente le apetece venir a Barcelona.

Hablando del papel español en la ciencia ficción: te hemos leído quejarte del nivel medio de redacción de los autores españoles.

Como siempre, el 90 % de todo es basura. Ya me quejaba hace quince años cuando discriminaba poco, y ahora mi opinión debería ser muchísimo peor. El nivel medio es muy bajo, la gente se lía a escribir con pocas armas y pocas horas de vuelo, y se vuelve ambiciosa con recursos insuficientes. Pero es que no hay otra forma de hacerlo. Todos hemos aprendido así: yo a lo bruto publicando fanzines, y los disparates que metiera allí han quedado. La forma de aprender las cosas es haciéndolas mal. La diferencia es cultivar la disposición y la paciencia para ir mejorando a largo plazo. Todas las correcciones, hostias y críticas que nos hacíamos unos a otros nos han curtido y nos han permitido progresar. Estoy descubriendo ahora a gente que me deslumbra. Hemos crecido mucho como comunidad y sabemos aprovechar las herramientas: los frikis somos muy productivos trabajando en equipo.

La mayor facilidad actual para publicar, ¿la ves positiva o negativa?

Positiva. Cortando cojones se aprende a capar, así que cuantas más posibilidades haya de meter el cuchillo, mejor.

A un autor no publicado, ¿qué le recomendarías?

Rastrear quién está pidiendo cuentos específicos para algo y enviar relatos. Luego están los concursos literarios: Félix J. Palma hizo carrera profesional a base de ganar premios.

Bolaño escribió un cuento, «Sensini», sobre un autor que vivía de los premios.

Hay todo un circuito de autores que compiten por las dotaciones de los premios. Lo importante es empezar a publicar y a recibir feedback para darte cuenta de qué estás haciendo mal, corregirlo y poner en marcha el proceso de aprendizaje.

Hablemos de la actualidad. Basta echar un vistazo a tu perfil público de Facebook para comprobar que eres combativo en temas políticos. ¿Sería correcto situarte en la órbita del 15M? ¿Te consideras un activista?

Sí. Lo digo sin ambages: a mí me activó políticamente el 15M, y lo que vengo haciendo en redes desde entonces es difusión con mentalidad «quinceemera». Me interesa especialmente el metadiscurso, el mensaje de que tenemos armas en nuestras manos y podemos contribuir al cambio cada uno desde nuestro ámbito. Me encanta cuando veo a un familiar o a un amigo que se activa y se convierte en emisor también, porque se va creando una red de difusión de noticias no mediatizada e independientemente de los medios tradicionales. Hace tiempo que no sigo la prensa tradicional. Las noticias me las dan las feeds de Twitter y, especialmente, Facebook. La politización de las redes sociales es el germen de la revolución, y es lo que permite que se acelere el proceso de cambio. Estamos demasiado cerca y no nos damos cuenta de lo vertiginoso que es, hasta el punto de que nos parecen insuficientes quince escaños en Andalucía para Podemos. ¿Cómo han crecido tantísimo nuestras expectativas en tan poco tiempo? Es todo efecto de la misma marea. Vivimos una época de cambio brutal y estamos atravesando el punto de inflexión.

¿Cómo describirías la situación política actual en tus propias palabras?

Un resumen rápido sería que estamos en la vanguardia, siguiendo el mismo recorrido político que Grecia. Los discursos de los nuevos movimientos sociales, o de Syriza allí y Podemos aquí, no dejan de ser nuevas versiones del discurso Pirata de toda la vida. Es una nueva forma de hacer política: mientras sigan articulados de forma totalmente transparente, puedas verles las tripas, en qué gastan y en qué dejan de gastar el presupuesto… Todo desembocará en una nueva forma de hacer política, más colaborativa que confrontativa. Soy muy optimista con lo que puede a llegar a producir todo esto en un plazo de tiempo muy corto, y me sorprende la velocidad del cambio. Todo eso nace en el 15M, la actitud se ha contagiado a muchos sectores de la población, que les han abierto (¡les hemos abierto!) frentes en todas partes. Y la difusión viral es en última instancia el árbitro anárquico de esa especie de asamblea permanente que no controla nadie.

En las últimas elecciones al Parlament apareciste en la lista del Partido Pirata.

En puestos bajos de la lista, de relleno, porque no me veo con mucho tiempo para dedicarme a esas cosas.

Y en los últimos Sant Jordi, Gigamesh ha cedido parte de su espacio en la parada de Las Ramblas a ese partido.

El problema del Partido Pirata es que está un poquito adelantado a su tiempo. En realidad es muy friki. Está articulado en torno a una variante de las tres leyes robóticas de Asimov, pero con la defensa de los derechos humanos, la libertad de la red y el principio pirata de representación como «principios piratas». Es foolproof. Se articuló así el Partido Pirata catalán, y otros piratas europeos quieren adoptar una articulación parecida. Las asambleas e incluso las juntas son abiertas; solo les faltaría retransmitirlas en streaming. Podemos vacilaba de que había hecho un presupuesto muy modesto en relación votos/dinero invertido… Mariconadas. El presupuesto que dedicó el Partido Pirata frente a los votos que consiguió fue dos órdenes de magnitud inferior. Es un partido muy embrionario todavía, pero tienen la actitud correcta. Se quejan de que no tienen demasiados parados ni jubilados, con lo que les falta mano de obra para hacer más cosas, pero van muy bien orientados. Ahora han montado la estructura federal para acomodar los partidos regionales. Los Piratas son muy monos y lo hacen todo bien. Me tienen muy enamorado. Pero necesitan mucho crecimiento todavía, aunque haya alguna gente de peso involucrada. Pero ojo con el último susto. En las anteriores generales en Islandia habían conseguido representación en el Parlamento. Y al elevar al ámbito representativo su forma de operar, totalmente transparente y en abierto, se han ganado al personal. Había que ver la cara de pasmo de uno de los diputados piratas cuando le daban los sondeos para las siguientes elecciones: un 20 % de intención de voto, segunda fuerza política en Islandia. Y un par de semanas después: primer partido en intención de voto en Islandia.

Caray.

Es como la Wikipedia. Hace años yo mismo decía: «Vaya mierda de enciclopedia gratuita llena de errores. Esto no va a ninguna parte». Me he comido esas palabras, y cada día flipo más con lo buena que es la Wiki. Al principio, a este tipo de estructuras productivas, colaborativas y con elementos imposibles antes de la red no se les da importancia. Pero a la que suman masa crítica y empiezan a tener depuración son estructuras orgánicas que se disparan muy rápido.

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¿La subida meteórica de Podemos puede descafeinar sus propuestas iniciales?

Veremos de todo. Me hizo gracia cómo empezó Pablo Iglesias el discurso en el mitin de cierre de la campaña andaluza. «No somos perfectos, cometeremos errores, vamos a hacer muchas cosas mal», y después de esa precisión entraba con el eslogan de «pero no vamos a ser mayordomos de los poderosos», etcétera. Hay que ser pragmático: la van a cagar y les vamos a reprochar un montón de cosas, pero que sigan con la actitud básica correcta, bebiendo de la red y del consenso. ¿Qué otro partido es parte de la red como ellos? Nadie. Un partido político tradicional con un sistema de toma de decisiones vertical asoma la cabeza en la red y lo único que recibe son hostias. Ellos en cambio forman parte del engranaje, usan la red… Son muy frikis, también [Risas]. Tengo la teoría de que el 15M y la revalorización de la cultura friki forman parte del mismo proceso. Los frikis estamos en todas partes: ¡el 15M fue una revolución friki! Fue el núcleo que nos contagió un montón de actitudes y nos hizo darnos cuenta de un montón de cosas, nos consideráramos 15M o no. Fue un meme que se propagó en red y por redes sociales en una época en la que usábamos las redes sociales para jugar, yo el primero. Se propagó en ámbitos sociológicos muy concretos, todos ellos habitantes de la red. ¿Qué grupos sociales usaban la red? Los inmigrantes, los frikis y la chavalada… Y esos fueron los grupos sociales que se activaron con el 15M.

Ibas a cualquier plaza del 15M, y la gente que tratabas en los grupos de trabajo eran todos frikis. Hay gente que piensa que el 15M ha desaparecido porque hay una parte de su funcionamiento que no han entendido. Esa gente cree que el 15M eran las plazas, que las plazas eran el cerebro del 15M. Y no es cierto. Las plazas eran los oídos del 15M. El 15M contactó con los grupos activistas y sociales, se enteró de qué reivindicaban y con qué argumentos. Yo me enteré en la plaza de que en España las hipotecas no tenían dación en pago. Oí por primera vez mencionar la Tasa Tobin. Y un montón de coletillas que la propia clase política más progresista ha incorporado a su discurso. Hay una imagen del 15M que se me quedó grabada: la foto de un tío con la máscara de Anonymous sosteniendo un cartel con la leyenda «Nobody expects the Spanish Revolution». ¡Por Dios, qué cosa más friki! Esa foto nos estaba hablando a los friqkis de tú a tú.

Cuando pasó Neil Gaiman por aquí comentó que cualquier sistema político nace de la imaginación, de ver las cosas diferentes a como son en la actualidad.

Hay un estudio publicado en una revista médica sobre qué partes del cerebro se activan durante la lectura. Hicieron una comparativa de géneros y encontraron que la ciencia ficción es el género que activa más zonas distintas del cerebro durante la lectura. Tiene más grados de complejidad. No es ninguna sorpresa para los que somos aficionados al género, y me reafirma en aquello de que el realismo es pernicioso.

Las relaciones entre ciencia ficción y política son complejas. Por ejemplo, hay autores que se resisten a posicionarse a un lado u otro del espectro político, quizá por no perder lectores. ¿Qué opinión te merece esa postura?

La disputa más sangrienta con la New Wave en su día fue la lista de autores de ciencia ficción que estaban a favor o en contra de la guerra de Vietnam. Provocó un cisma en la comunidad que ahora no se recuerda, pero fueron palabras mayores y se posicionó gente muy sorprendente en ambos lados. Yo agradezco el posicionamiento ideológico, como persona y como lector. Una novela que no tome partido está descafeinada. En la ciencia ficción busco subversión, que el autor ponga en entredicho mis valores, que me hable de tú a tú. Ese es uno de los grandes méritos de la ciencia ficción: abre amplitud de miras.

¿Qué opinas de los boicots que ocurren cuando algún autor de ci-fi muestra ideas, digamos, impopulares? Por ejemplo con Orson Scott Card y sus declaraciones incendiarias sobre homosexualidad.

Si un autor no se ha tomado la molestia de redactar bien, tiro su novela a la basura: ¿por qué debería tener miramientos en tirar un libro que me ofenda ideológicamente? No hay cosa que me joda más que el adoctrinamiento. Rechazo que un autor me intente adoctrinar, incluso si es sobre ideas con las que comulgo. ¡No, no! Quiero libros que provoquen diálogo, no que me laven el cerebro. Los pecados ideológicos son perfectamente susceptibles de castigar una novela. Pero lo peor que puedes hacerle es un boicot, ya que en último término le das publicidad. Sencillamente no hables de ella.

¿Hay algún libro de ciencia ficción que consideres adecuado para entender la situación política que estamos viviendo?

Yo insisto en El jinete de la onda de shock, de John Brunner. La novela puede funcionar mejor o peor narrativamente, tiene un par de McGuffins descarados y un final feliz un poco inverosímil… Pero me sorprende cómo una novela escrita en 1975 habla tan proféticamente de los años que estamos viviendo. A partir del Minitel francés, Brunner imaginó una red de comunicaciones global, independiente y libre que alimenta activismos y activistas, e imagina cómo el gobierno se opone a esa red llenándola de ruido o librando una guerra de virus informáticos. Todo eso predice. Y sobre todo predice el impacto que el acceso a una red libre tiene sobre el ciudadano consciente, como puede contrastar las noticias y trabajar en oposición a su gobierno. La red esquiva cualquier intento de controlar nuestras percepciones y lecturas. Me resuenan los problemas morales, las dudas del protagonista, un hacker imaginado en una época en la que no existía el concepto.

Y a ver, qué más libros… La mejor novela de carga política que he leído y publicado es Leyes de mercado, de Richard Morgan, una actualización del 1984 de Orwell que narra un proceso de corrupción a manos del sistema, un sistema puesto al día con un circo divertido, duro y con mala leche. Hay otra novela que esperamos publicar el año que viene: New Model Army, de Adam Roberts, publicada originalmente un año antes del 15M… y en la que el autor se inventa un 15M bélico: un ejército mercenario que dispone de wifi privada de comunicaciones y se especializa en guerrilla urbana. Así, cuando los escoceses deciden independizarse del Reino Unido, contratan a una new model army para que se enfrente al ejército inglés. La guerrilla cuenta con armamento eficaz y barato, y toma las decisiones como enjambre, por consenso en una asamblea virtual permanente, y se comen con patatas al ejército regular inglés, cuyas respuestas tácticas son lentas y peor informadas en comparación. La novela abre con un capítulo encantador. El oficial del ejército inglés tiene que rendirse tras una serie de derrotas humillantes ante esa panda de perroflautas. ¿Y quiénes se acercan a pactar la rendición? Los tres que estaban más cerca [Risas] La puesta en escena era un calco de cuando los periodistas llegaban a las asambleas del 15M y preguntaban: «Bueno, ¿con quién puedo hablar?», y le contestaban «pues con ese mismo» [Risas]. Ah, y quizá otra novela: Soft Apocalypse, en la que el problema del paro actual es en realidad el primer escalón de una caída apocalíptica en que la civilización va desmoronándose poco a poco.

Qué optimista.

Cenital de Emilio Bueso va un poco en esa línea, y sería otra novela políticamente significativa y con un eco del 15M.

Una de las claves de la ciencia ficción es la confianza en la ciencia como elemento de progreso. ¿Simpatizas con los círculos escépticos y racionalistas?

Sí, mucho. Somos patrocinadores del Círculo Escéptico de Barcelona: cuando podemos le pagamos el viaje a algún invitado a sus charlas. Pero no tiene nada de particular: no se puede hacer ciencia ficción magufa o new age, la ciencia ficción es necesariamente escéptica, o debería serlo.

¿Cuál es tu postura frente a las religiones organizadas?

Soy profundamente ateo. Es decir, un agnóstico con mala técnica de socialización o con poco arte para convencer al contrario. Un ateo beligerante es más agresivo que un agnóstico: hacemos eso que sienta tan mal de creernos en posesión de la verdad. Pero en cualquier caso me parece la postura más elegante, más bonita. Adoro los ateos pragmáticos: por ejemplo Fredric Brown, que lo transmite mucho y muy bien. William Tenn, en la presentación a sus cuentos completos, explica que Brown era profundamente ateo y se pregunta: ¿por qué habría que molestarse en hacerle un homenaje a alguien si desde el punto de vista ateo nada es especialmente relevante? Y contesta que porque decidimos hacerlo. Cuando decidimos hacer algo a sabiendas de que es irrelevante, por darnos el placer propio y ajeno, eso es lo que lo dota de sentido. Me emociona cualquier cosa que transmita esa filosofía.

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Sabemos que eres un gran consumidor de series de televisión. Pero no caigamos en el tópico: recomiéndanos alguna serie que por tu perfil público nadie esperaría que siguieras.

Uff, ¿que no sea de género ni de política? Que no sería sorpresa que vea Juego de Tronos [Risas] ¿Algo retorcido e inverosímil…? Shameless. He visto dos temporadas de la americana, y me voy a pasar a la inglesa.

¿Qué series de género sigues?

De las recientes me gustan Extant y Orphan Black como series sólidas y bien construidas. Y luego la primera temporada de una serie islandesa espléndida, Äkta människor, traducida como Real Humans, sobre robots caseros, su impacto social, los tabúes… Los islandeses son unos sobrados. Las dos de Sherlock, la de la BBC y Elementary. Las de superhéroes que estoy viendo están un poquito descafeinadas, pero ahora que han estrenado Daredevil, soy feliz. La de piratas, Black Sails, y Vikingos son muy correctas, aunque no sean estrictamente de género sino de aventuras, algo limítrofe… Y claro, El Ministerio del Tiempo, que me parece simpatiquísima y estoy encantado con ella. Independientemente de que se meta en un berenjenal con agujeros estructurales, me encanta el talento que destila: los gags de humor, recursos como convertir un problema de la serie en humor poniéndolo en boca de un personaje… Transmite mucho oficio; hay frikis con mucho nivel tras ese proyecto.

¿Y Black Mirror?

Black Mirror no me gusta. La veo demasiado gafapasta, con historias demasiado triviales vestidas de mucho aparato.

¿Y en cuanto a series políticas?

Estoy enamorado de El ala oeste de la Casa Blanca, que es de las mejores series divulgativas que conozco, junto con Hikaru No Go por otros motivos. Series que te instruyen a través de la construcción eficaz de una ficción… House of Cards es un sueño húmedo: es como El ala oeste, pero en lugar de ser todos más buenos que el pan, son unos hijos de puta, lo que resulta mucho más convincente. The Good Wife tiene su dimensión política también, y es otra serie espléndida… Ah, y la mejor serie española de todos los tiempos: los ocho episodios de Crematorio. Vea usted cómo funciona el pelotazo urbanístico en Valencia, conozca a sus protagonistas… Espectacular.

En literatura, ¿qué tipo de novela que no sea de género te atrae?

He leído muy poco fuera del género. De jovencito tuve mi vena y me gustaba mucho Dostoievski. He leído policíacos sueltos pero no he llegado a coger a nadie en batería. Me gustó mucho Marc Behm, que tiene cosas tanto policíacas como dentro de género. Lo mejor en su caso es La mirada del observador. Ah, y libros que se podrían incorporar al género, como El hombre de los dados, ciencia ficción mesiánica tal vez.

¿Algo de ensayo?

La estructura de las revoluciones científicas de Thomas Kuhn, de mis años universitarios. Ensayos de género, sobre autores y mucha crítica. Le tengo mucho respeto a los textos de divulgación de Asimov. Ah, y Guerrilla Marketing, el original, que fue muy formativo, en realidad toda la preparación que tuve en su día para meterme en embolados comerciales. Y por supuesto, en el ámbito político, La doctrina del shock de Naomi Klein. Y puestos a citar, el documental de Moore, Bowling for Columbine, que es un abreojos.

¿Cómo descubres nuevos talentos? ¿Sigues leyendo originales aún no publicados, o tienes lectores que hacen un filtrado previo?

Estoy dando lecturas a gente para ampliar un poco, pero sigo funcionando por impulso. Mientras estuve haciendo reseñas, leía toda novedad que salía por obligación, complementada con lecturas de cosas en inglés que pudiera publicar en Martínez Roca. Si me apetecía leer lo que acababa de publicar LeGuin no podía porque no tenía posibilidades de publicarlo ahí. Y eso desgasta. No poder leer lo que te apetece es chungo, quizá por reacción soy cada vez más anárquico a la hora de elegir lecturas. A veces alguien me enreda para que lea un original, y si tiene un buen arranque… Ya no perdono según qué cosas y los originales se me caen de las manos muy deprisa, pero hay gente que te da sorpresas.

Muchos recordamos la antigua Gigamesh como un lugar de peregrinación al que veníamos a por los últimos módulos y expansiones de nuestros juegos de rol. ¿Hay más o menos roleros que hace diez años? ¿Han cambiado los juegos?

De todos los ámbitos frikis, el de los juegos es el que está teniendo una evolución más salvaje y divertida. La cantidad de oferta actual es enorme. En su día, cuando querías jugar a rol tenías lo que publicaba aquí Matas y lo que llegaba de importación, pero no había tantas novedades interesantes. Los jugadores de rol son un poco como Los Vengadores: vengador una vez, vengador siempre. Los roleros no lo dejan, a lo mejor se tiran años sin jugar, pero un día se reúnen o montan un grupo nuevo y ahí están como el primer día. También han ido entrando más jugadores. El rol se ha normalizado, se ha incorporado a nuestras opciones de ocio. Y fíjate que yo no soy rolero: me llegó tarde. Me lo llegan a poner más de chavalín y estaría aún tirando dados.

Has hecho mucho por popularizar el go en España: Gigamesh es una de las pocas tiendas donde puede encontrarse buen material al respecto. ¿De dónde viene tu pasión por este juego?

Ponerme medallas cuando hay un japonés de Madrid que lleva un montón de años liando a todo el mundo y enseñando a jugar al go me parecería exagerado. Pero como comercio especializado sí que destacamos. Hace años se articuló un grupo de jugadores que empezó a jugar habitualmente a go en la terraza del bar Mariona: los rescoldos del grupo supervicioso y semiprofesional de jugadores de Magic. El Magic atrajo a gente de todas las procedencias, y de mucho nivel en algunos casos, ya que es un juego competitivo que requiere mucha destreza. Cuando nos empezamos a desenganchar del Magic nos metieron a jugar a go y acabamos aficionándonos un buen grupo. Y en Gigamesh empezamos a traer material de autoconsumo para los cuatro gatos que jugábamos: tableros, bibliografía… Es un nicho pequeño, que son los interesantes en el comercio. Cuando descubres un nicho grande como el Magic, se acaba vendiendo en todas partes y tienes que competir mucho para sacar un rendimiento estándar o bajo. En cambio en el go hay muy poquitos jugadores activos, quizá cien en toda España, pero es un mercado en el que, si te posicionas bien y no abusas de los márgenes, se forma un público cautivo que crea comunidad. Hace años Gigamesh vendía cien tableros al año, un año tras otro. Pero es que el go es un juego tan bonito…

¿Cómo explicarías las virtudes del go a quien no lo conozca?

Los juegos establecen de forma atractiva unos procesos simbólicos de aprendizaje clarísimos, y el aprendizaje es el mecanismo último de la felicidad, somos máquinas diseñadas para adaptarnos y aprender. Quien tenga inquietudes ludópatas sabrá que un juego atrae tanto como lo difícil que sea de quemar. Cuando llevas muchas partidas con un mismo juego y empiezan a hacerse repetitivas, dejas de aprender y el juego pierde interés. En el go las reglas son muy sencillas, pero es el juego más diabólicamente complejo que existe, y su proceso de aprendizaje es eterno. El nivel de complejidad es similar al de aprender un idioma. Como jugador al principio ves ahí un batiburrillo de piedras blancas y negras y no sabes qué significa. No sabes leer. Luego empiezas a distinguir formas, estructuras, lo que está vivo y lo que está muerto, a leer el flujo de la partida, y llegas a apreciar detalles de la personalidad del jugador. Ningún juego da tantas satisfacciones como el go. Y de cara a hacer proselitismo: tener como hobby el go, si eres bueno, tiene como premio viajes a Japón. Los países que más potencian los torneos internacionales son China, Japón y Corea. Pau Carles, un empleado de Gigamesh, es uno de los jugadores españoles más fuertes y cada año viaja invitado para jugar.

Para terminar, según el Fanhunter de Cels Piñol, a estas alturas ya tendrías que haber volado el Vaticano, haberte proclamado papa acto seguido y tendrías que haber prohibido todo lo que no haya escrito Philip K. Dick. ¿A qué esperas?

[Risas] Tranquilos, estoy en ello. Nunca he sido muy bueno con los plazos y las fechas. ¿Qué preferís, que tomemos el Vaticano de cualquier manera o que lo tomemos en condiciones?

ac9

Fotografía: Alberto Gamazo

22 comentarios

  1. De las multiples razones por las que me gustaria vivir en Barcelona, la primera, la fundamental, la que realmente creo que me haría feliz, es Gigamesh.

    Claro, hasta que la parienta vea que el sueldo lo tendria domiciliado ahi en vez de en el banco.

    Para mi ir a Barcelona y no pisar Gigamesh es un viaje perdido.

  2. Pingback: Alejo Cuervo: "El friki vive en territorio metafórico toda su vida"

  3. Un poco cerrado ideológicamente hablando, ¿no?. Deja traslucir que sólo le gusta lo que cree que concuerda con sus ideas. Y sólo niega el boicot por cuestiones estratégicas…pues vaya friki…

  4. Para alguien tan leído sorprende encontrarse una y otra con lo de “los frikis los frikis los frikis”.
    La entrevista bastante buena.

    • En el contexto de la literatura de género (ciencia ficción, fantasía, terror) es bastante frecuente usar la palabra “friqui” o “friki” como sinónimo de “aficionado”, desprovista de las connotaciones chusco-televisivas que ha adoptado la palabra en los últimos años… De ahí lo de las tiendas del Triángulo Friqui barcelonés, por ejemplo. :)

  5. Una corrección: la serie Äkta människor (Real Humans) es sueca. Lo digo porque el entrevistado afirma hasta en dos ocasiones que es islandesa.

  6. Genio y figura Alejo. La verdad es que no deja a nadie indiferente. Me alegro que el boom de Juego de Tronos se lo lleve él y no un Planeta o similar, se nota la pasión y la afición en cada uno de los ejemplares que ha traducido, editado y publicado Gigamesh. Queda pendiente una peregrinación a la tienda nueva!

  7. Una entrevista muy interesante, sobre todo para mí que me encanta el género.

    Yo no soy de Barcelona así que no sabía nada de Gigamesh ni Alejo Cuervo, sino que los descubrí gracias a Alejo Cuervo, el personaje de Fanhunter, así que me resulta muy curioso leer a Alejo Cuervo, la persona.

    No conocía tampoco la plataforma LEKTU, voy a mirarla y tal vez unirme. Por desgracia no puedo gastar lo que me gustaría en “vicio y subcultura” y encima tengo falta de espacio, así que por lo que he leído aquí, LEKTU me interesa mucho.

    Por último, comentar lo mucho que me sorprendió la primera referencia a Hikaru no Go. No lo he leído, pero sé qué es y de qué trata. Luego ya queda bien aclarado porqué lo menciona. Hace años a mí también me interesaron en el Go, pero fue justo antes de mudarme a otra ciudad así que ni siquiera pude empezar. Es algo que me ha quedado pendiente de probar a fondo, pero por desgracia además de dinero y espacio, la otra cosa incluso más importante aún, que me falta, es el tiempo para leer y hacer todo lo que quisiera.

  8. Muy interesante. Me siento privilegiado de haber crecido en la órbita del triángulo friqui. Leer a Alejo me da ganas de leer mucho más, pero hay tanta subcultura y en tantas formas! :)

  9. Se me acaba de romper los esquemas mentales cuando me acabo de enterar que el Papa Alejo I esta basado en una persona real.

  10. Mi entrevista favorita de JotDown en mucho, mucho tiempo. Gracias.

  11. Lo del titular lleva diciéndose desde los años 50, y es falso. Precisamente si algo caracteriza al friki, al fandomita, es su incapacidad para las metáforas. Lo lee todo en términos literales y no busca la sorpresa y la novedad, al contrario, su inmersión total en el género le convierte en un tradicionalista que interpreta cada mínima idea novedosa respecto a unos “clásicos” que sabe de memoria como una revolución.

    Por supuesto que hay lectores de género diferentes, pero son, precisamente, los no frikis, los anti-fandom.

  12. No puedo estar más en desacuerdo contigo, tanto en la parte de las metáforas como en la parte de la aprensión a la novedad

  13. soy de aquellos que dudaron antes de entrar en el pequeño garito magico del vicio y la subcultura del papa alejo y ahora soy asiduo al giga. buena entrevista de un buen tipo

  14. Lastima que para un personaje tan interesante que hay en el mundillo del fantástico Español sea de Extrema izquierda.

  15. En algun que otro comentario lo tildan de “Extrema Izquierda…” espero que sea a modo trolleada ajjaajja

  16. Pingback: Alejo Cuervo: «El friki vive en territorio metafórico toda su vida» (Jot Down) | Libréame

  17. Todo muy interesante pero lo que no llego a entender es cómo un editor de libros esté con el partido pirata.

  18. Genial la entrevista.
    Me ha acercado muchisimo a un hombre al que conocia por algunas cosas y poco, y me ha presentado a un señor al que seguir y espiar. De hecho acaba de ampliar mi futura biblioteca con muchisimos titulos interesantes. Ya no solo eso, si no que me encuentro ante alguien ante el que quitarme el sombrero.

    Muchisimas gracias por la extensa entrevista que toca tantos palos.

  19. Pingback: The Armageddon Rag, de George R. R. Martin | C

  20. Pingback: Sin tableros de go: cómo Google y un robot han puesto de moda un juego milenario - Cooking Ideas

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