El amor por el mal y viceversa - Jot Down Cultural Magazine

El amor por el mal y viceversa

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Me contó un hombre que relataba unas historias estupendas que durante sus años mozos en París le llamó la atención observar cómo, en los urinarios públicos, había de vez en cuando señores echando trozos de pan por el suelo. Se preguntó si sería con el noble propósito de dar de comer a las ratas, lo que ennoblecía enormemente al ciudadano francés, hasta que le dijeron que no: que se trataba de coprófagos. Los tíos echaban mendrugos de pan por el suelo de los baños para ir a recogerlos dos días después. Bien impregnados en orines, como los pastelitos llamados borrachos, se los comían en plan Saturno devorando a sus hijos de nuestro Francisco de Goya.

La verdad es que nunca he dejado de pensar en estos coprófagos parisinos. La razón es sencilla: me daban envidia. Alcanzar el éxtasis con tan poco. Qué suertudos. Me siento como Richard Burton en Equus. Ya saben, la película de Sidney Lumet sobre un chico al que de niño su madre le machaca con la figura de Jesucristo. Luego su padre, harto, retira el retrato de Jesús de su habitación y pone un ordinario cuadro de caza con un caballo en primer plano. Pero el chaval siguió rezando en la misma postura y en la misma dirección, obviando que el contenido del retrato había cambiado, hasta desarrollar una especie de religión nueva y personal en la que el objeto de culto eran los caballos. De mayor esto le ocasionó algún que otro problema que dio con su culo en el diván del psiquiatra, que era el aludido Richard Burton. Digo que me siento como él, porque en un momento del tratamiento se cuestiona todos sus principios y rompe a gritar (aproximadamente): «¡Pero por qué tengo que curarlo! Cuando está desnudo montado a caballo por la noche siente que… ¡está follando con su Dios! ¡Sexo con Dios!». Era cierto, ¿para qué quería ser normal ese chico? ¿Para hundirse en la rutina del matrimonio como su psiquiatra y despertarse todos los días sin ganas de vivir?

Pero estoy equivocado. No es tan fácil como parece. El señor que unta panecillos en pis está desafiando un esquema de valores que es de todo menos sencillo. Y para que el niño de Equus folle con Dios hace falta, primero, toda la religión cristiana desde que se vuelve organizada y su confrontación, segundo, con los valores emanados de la ilustración —el padre—. O sea, que no se puede hacer el experimento en casa porque le da a uno la gana. No puede uno ponerse a comer sus heces a ver si se le ponen los ojos en blanco del gusto ni rezarle a las bombillas para sentir que te la chupa el demiurgo cada vez que alguien da la luz. En cada acto, llamado o mal llamado de perversión o transgresión, necesitamos a toda la sociedad en su conjunto para que baile con nosotros.

Es lo que explica un libro de 2009, Nuestro lado oscuro, de Élisabeth Roudinesco, que me ha alegrado el verano. Habla de la perversión, de qué lo ha sido y qué lo ha dejado de ser con el paso del tiempo. Por ejemplo, flagelarse en la Edad Media acercaba a Dios, era una sana costumbre, hasta que poco a poco se fue bajando el látigo para azotarse en el culo porque aquello despertaba cierto interés sexual y pasó a ser perverso. Así como la homosexualidad, que fue cosa del diablo, ahora es lo más normal del mundo. O la pura masturbación, que durante los siglos XVIII, XIX y hasta bien entrado el XX se consideró por muchos médicos como una fuente de terribles enfermedades. Los que se masturbaban, bajo esa lógica, se estaban destruyendo a sí mismos, eran perversos. Pero luego ya se ha admitido que en el peor de los casos el masturbador es que está estresado o aburrido o simplemente conectado a internet una tarde lluviosa de invierno.

Los peligros de la masturbación. Imagen de Le livre sans titre (DP)

Los peligros de la masturbación. Imagen de Le livre sans titre (DP)

En la actualidad, dice Roudinesco, los dos tipos de perversos más destacados en nuestra sociedad son el terrorista islamista y el pedófilo. El primero es un tipo que meticulosamente se prepara para matar a cuantas más personas mejor y al mismo tiempo, en muchos casos, inmolarse también con ellos para irse al paraíso. El puro gozo de destruir y destruirse. En el caso de los niños, el rechazo que causa el pederasta se debe a que su crimen, la violación, lo perpetra con quienes por su propia naturaleza no pueden tener relaciones sexuales. ¿Cómo se remodelarán estas dos perversiones en el futuro?

Para plantear esta reflexión el libro se estructura, con las palabras que emplearían Faemino y Cansado, como un carromato de perversos fenómenos. Con el subtítulo «Una historia de los perversos», es un desfile de personajes de tal envergadura que uno se sentiría más cómodo leyendo el ensayo con pasamontañas. Pero, por si acaso, nosotros ampliaremos con más información las hazañas de cada uno de ellos que aporta el libro. Vamos allá.

La primera en aparecer es doña Margarita María Alacoque (1647-1690), monja salesa natural de Hautecour, que residió y se hizo famosa en el convento de Paray-le-Monial, en Borgoña, básicamente al lado de donde nació. Se conoce que era una monja muy limpia y muy pulcra a la que le repugnaba cualquier atisbo de suciedad, pero un día se le apareció Jesús increpándola por su actitud y se comió los vómitos de una enferma arrepentida y, en otra ocasión, los excrementos de una enferma de disentería. En el libro Antes del asco: excremento, entre naturaleza y cultura de Hilia Moreira se explica que la religiosa pretendía «mostrar la equivalencia entre boca y ano, adentro y afuera, alto y bajo, limpio y sucio. Todo es obra de Dios, según ella». Pero Luigi Cascioli, autor de La fábula de Cristo, considera que era un fervor menos religioso y más prosaico, tal y como se deja entrever en los fragmentos de estas vivencias que destaca de su biografía:

Cuando estaba frente a Jesús me consumía como una vela en el contacto enamorado que tenía con él (…) Yo era de un carácter tan delicado que la menor suciedad me levantaba el corazón (…) Jesús me regañó vigorosamente por mi debilidad y yo reaccioné contra ella con tanto coraje que un día limpié con mi lengua el suelo ensuciado por el vómito de un enfermo. Me hizo gozar tanta delicia en esta acción que habría deseado tener la ocasión para poder hacerlo todos los días (…) Una vez mostré cierta repugnancia en el momento de servir a un enfermo que tenía disentería. Jesús me regañó tan severamente que, con el fin de reparar, me llené la boca de sus excrementos, me los hubieses tragado si la Norma no prohibiera comer fuera de las comidas.

Sor Margarita fue santificada por el papa Benedicto XV en 1920.

Siguiente: Catalina de Siena (1347-1380) bebió pus de los pechos de una mujer cancerosa y en ese momento pudo escuchar a Cristo decirle «Mi bienamada, has mantenido por mí duros combates y con mi ayuda has salido victoriosa. Nunca me has sido tan querida ni tan grata (…) No solo has despreciado los placeres sensuales, sino que has vencido a la naturaleza al beber con alegría, por amor a mí, un horrible brebaje. Pues bien, dado que has realizado un acto que excede la naturaleza, quiero darte un licor que excede la naturaleza». Momento en el cual, le abre la herida del pecho de Cristo y le da de beber su sangre. «Algunos teólogos medievales presentaban esa herida como un seno, lo que hace de esa visión de la carne sangrienta-lactante de Cristo un símbolo de su profunda humanidad», nos cuenta el profesor de la Universidad Paul-Valéry de Montpellier, Louis Cardaillac.

Sor Catalina fue santificada en 1461 por Pío II. En 1939, Pío XII la declaró patrona principal de Italia, junto a San Francisco de Asís. En 1970, Pablo VI la hizo Doctora de la Iglesia. Y en 1999, Juan Pablo II la convirtió en Santa Patrona de Europa.

Pasaje de la vida de santa Catalina de Siena, de Cristóbal de Villalpando.

Pasaje de la vida de santa Catalina de Siena, de Cristóbal de Villalpando.

Con el número tres, Liduvina de Schiedam (1380-1433). Un caso contado en la obra de Roudinesco a partir de la biografía que escribió Joris-Karl Huysmans (1848-1907), libertino decadente, convertido al catolicismo por odio a la ciencia, a la modernidad y a la razón, un místico esteta fascinado por la abyección. Suya es la frase «el arte, junto a la oración, es la única eyaculación limpia del alma». Cuenta este caballero que Liduvina quiso salvar el alma de la Iglesia y de sus fieles «convirtiendo su cuerpo en un montón de basura». Tras caerse a un río helado, contrajo una penosa enfermedad. Durante treinta años estuvo postrada imponiendo a su cuerpo sufrimientos como gangrena, úlceras o dislocación de miembros. «La bienaventurada consideraba su estado como un don de Dios». Tras morir su padre, decidió seguir sin cama. Tirada en el suelo. «Vivió sobre una tabla cubierta de estiércol». Pero como no se moría, llegó a ser sospechosa de herejía. «A veces, por la noche sollozaba y desafiaba a su maestro, para luego reclamarle mayores sufrimientos todavía».

Huysmans escribió esta biografía cuando la medicina del siglo XIX empezaba a calificar estos comportamientos transgresores de los santos, goce con la suciedad, excrementos y orina, como enfermedades mentales. El autor quiso glorificarla, aunque personalmente me quedo con la versión de Tomás de Kempis (1380-1471) escritor para monjes de vida contemplativa y cuya «postura medieval antiintelectualista haría que los críticos del racionalismo le acusaran de oscurantismo y apología de la ignorancia», dice la Wikipedia. Afortunadamente, en Global Catholic Network encontramos un resumen de su trabajo biográfico sobre Liduvina.

Hasta los quince años Liduvina era una muchacha como las demás: alegre, simpática, buena y muy bonita. Pero en aquel año su vida cambió completamente. Un día, después de jugar con sus amigos, iban a patinar y en el camino cayó en el hielo partiéndose la columna vertebral (…) La pobre muchacha empezó desde entonces un horroroso martirio. Continuos vómitos, jaquecas, fiebre intermitente y dolores por todo el cuerpo la martirizaban todo el día. En ninguna posición podía descansar. La altísima fiebre le producía una sed insaciable. Los médicos declararon que su enfermedad no tenía remedio.

Se ponía a llorar y a preguntar a Dios por qué le había permitido tan horrible martirio. Pero un día Dios le dio un gran regalo: nombraron de párroco de su pueblo a un verdadero santo, el padre Pott. Este virtuoso sacerdote lo primero que hizo fue recordarle que «Dios al árbol que más lo quiere más lo poda, para que produzca mayor fruto y a los hijos que más ama más los hace sufrir». Le colocó en frente de la cama un crucifijo, pidiéndole que de vez en cuando mirara a Jesús crucificado y se comparara con Él y pensara que si Cristo sufrió tanto, debe ser que el sufrimiento lleva a la santidad.

Santa Liduvina llegó a amar de tal manera sus sufrimientos que repetía: «Si bastara rezar una pequeña oración para que se me fueran mis dolores, no la rezaría (…) Y en adelante sus sufrimientos se le convirtieron en una fuente de gozo espiritual (…) La enfermedad fue invadiendo todo su cuerpo. Una llaga le fue destrozando la piel. Perdió la vista por un ojo y el otro se le volvió tan sensible a la luz que no soportaba ni siquiera el reflejo de la llama de una vela. Estaba completamente paralizada y solamente podía mover un poco el brazo izquierdo (…) Parecía que ya en vida estuviera descomponiéndose como un cadáver. Pero nadie la veía triste o desanimada, sino todo lo contrario: feliz por lograr sufrir por amor a Cristo y por la conversión de los pecadores.

Esta alegre muchachita fue santificada oficialmente por León XIII en 1890.

Liduvina de Schiedam. Imagen: DP.

Liduvina de Schiedam.(DP)

A continuación, en la obra aparecen los flagelantes. Cuenta Milagros León, profesora de Historia de la Universidad de Málaga, que el origen de esta práctica está en la peste negra que se extendió por el continente en el siglo XIV, la cual fue considerada un castigo divino. Estas buenas gentes, los flagelantes, para pedir perdón por los pecados que habían traído la ira divina, formaban «cohortes vagabundas» que se apartaban de la sociedad, renunciaban al sexo y dejaban de ingerir cualquier tipo de alimento superfluo para azotarse en la espalda y así «manifestar y sentir uno mismo que la carne es despreciable, que el propio cuerpo es de deficiente composición, pedir que otra corporeidad te sea concedida», tal y como explica Patrik Vandermeersch, profesor de Psicología de la Religión en la Universidad de Groningen.

Vamos, que zumbándose hasta perder el sentido tenían la sensación de que no habitaban en su propio cuerpo, entraban en trance por el dolor extremo. Y hasta ahí bien, lo que pasó es que a alguno se le empezó a ir la olla (tan solo un poquito más) y a finales del siglo XIV los flagelantes anunciaron la venida del Anticristo, dice Roudinesco. Entonces sus prácticas fueron condenadas y a la «idolatría del cuerpo» se opuso un cristianismo basado en el amor y la confesión. Se sustituyó la «punición exuberante de la carne» por el «autocontrol espiritual». Los otrora excelsos flagelantes de repente pasaron a ser considerados perversos. Un caso escandaloso fue el del rey Enrique III de Francia (1551-1589), que es el que trae Roudinesco en su libro.

Hacia finales del siglo XVI se vio, con un refinamiento digno de él y de su corte, al rey Enrique III flagelarse en público con sus favoritos en las procesiones en que participaban, vestidos con túnicas blancas, excitándose de ese modo en las orgías de lujuria a las que, después de la ceremonia, tan devotos personajes se entregaban en los aposentos secretos del Louvre.

Lo cierto es que a la autora se le olvida mencionar que este rey, que fue asesinado, sufrió varias campañas de descrédito por medio de panfletos que finalmente, como suele ocurrir, se convirtieron con los años en la verdadera historia, la cual actualmente es desmentida. No obstante, sí era cierto que Enrique III era patrón de los Flagelantes Blancos de la Anunciación, pero lo que parece que pasaba era que los parisinos, a esas alturas del siglo XVI, se tomaban a cachondeo sus romerías.

En España, sin embargo, nadie se reía. La Contrarreforma supuso un auge de este tipo de órdenes. El Concilio de Trento justificó la penitencia como buena obra para merecer a Cristo, en contraposición a esa cosa moderna, hipster y metrosexual que preconizaban los protestantes: «el sacrificio». Eso sí, aquí éramos humanos igual que en cualquier otra parte, y según recuerda Milagros León, la cosa también se nos fue de las manos por la vía sexual. Dice esta profesora que el arzobispo sevillano Cristóbal de Rojas se quejó a Felipe II en una serie de cartas en las que se «informa y evidencia la promiscuidad y falta de respeto mostrada por los fieles y penitentes a lo largo de los excesos y concurridos recorridos, siempre en horas nocturnas». Carlos III fue el primer monarca que prohibió decididamente estas prácticas flagelantes, pero como vimos el año pasado cuando recordamos la España negra, estas resistieron durante todo el siglo XIX hasta nada menos que ¡hoy!

Volviendo un par de siglos atrás, Roudinesco cita a Gilles de Rais (1405-1440). Había luchado a las órdenes de Juana de Arco, una doncella a quien guiaban unas voces y que llevaba ropas de hombre. Lo primero se lo podían perdonar en aquel tiempo, pero no, nunca, lo segundo. Entre otros pecados, atentaba contra su obligación mostrar su condición de mujer, ocultarla venía a ser como apropiarse de los derechos que no le correspondían por no ser varón. Ella dijo que los ingleses querían violarla, pero el tribunal no tragó y le prendieron fuego. Este suceso marcaría la vida de Gilles de Rais.

Biografiado por Georges Bataille, al morir un año después el abuelo de Gilles y heredar este toda su fortuna, brotó en él un intenso deseo de violencia y transgresión. Su abuelo había sido un individuo cruel y ahora Gilles, fuera de su dominio y cabreado con el mundo, solo querría superarle. Roudinesco en un parrafito se ventila este apartado de su vida:

Rodeado de sirvientes, que le servían de proveedores, secuestraba a niños pequeños, arrebatados a familia campesinas, y les hacía sufrir las peores sevicias. Seccionaba los cuerpos, arrancaba los órganos, sobre todo el corazón, y se aplicaba en sodomizarlos en el momento de su agonía. Con frecuencia, presa de frenesí, se agarraba el miembro en erección para frotarlo contra los vientres torturados. De ese modo entraba en una especie de delirio en el momento de la eyaculación.

Elegía siempre a los niños más guapos, porque estaba muy preocupado de escenificar sus maldades. Al final, como en trance, llegaba a invocar al diablo, pero siempre acababa chapoteando entre la sangre, el semen y los restos de comida. Se cepilló a unos trescientos niños, pero su aludido biógrafo explicaba el fenómeno, que iba más allá de la locura, o más acá, como contó el periodista Eduardo Chamorro cuando reseñó la obra en Triunfo: el crimen para él era algo «lúdico y orgiástico» donde el delirio se convirtió en «el cauce más adecuado para unas pasiones lóbregamente vitales y en el resorte fundamental de la fuente de la vida, que encuentra en su dilapidación inútil la forma espeluznante de erguirse sobre el orden humano e igualarse a lo sacro».

Ya ven. Al final todo se reducía a ese anhelo tan medieval del que hemos hablado de salirse uno de su cuerpo mortal, de la carne, para abrazar la divinidad. No es casual que cuando el Tribunal de Nantes le metió mano, coincidió con la iniciativa del rey Carlos VII que puso fin a los grupos de bandoleros a las órdenes de los señores feudales como De Rais, sustituyéndolos por un ejército regular y jerarquizado. Restauró el poder real y eso significó el final del feudalismo, una época que tenía que ver más con Mad Max que con laúdes y tortas de pan. Antes de ser sentenciado, Gilles de Rais se arrepintió de sus correrías y advirtió a los jueces sobre los nefastos efectos «del consumo de vino caliente, especias y estimulantes». Tras pedir perdón, se le reintegró en el seno de la Iglesia para luego ahorcarlo y prender fuego a su cuerpo, como al de su querida Juana. Aunque aquí fue solo un poco. Una vez socarrado permitieron a las damas de la nobleza que lo retiraran de las llamas para darle digna sepultura.

Gilles de Rais en el cómic Los viajes de Jhen, de J.Pleyers y Jaques Martin. Imagen: NetCom2 Editorial.

Gilles de Rais en el cómic Los viajes de Jhen, de J.Pleyers y Jaques Martin. Imagen: NetCom2 Editorial.

Muchos años después, la brutalidad de este personaje solo pudo ser igualada por la de Sade, pero en sus cuentos, no en la vida real. El marqués pertenecía a la nobleza del siglo XVIII, un estamento arrogante y que no conocía límites en la búsqueda del placer, pero que no hacía sangre. O no tanta. Niño consentido como pocos, ya en los primeros escritos de Sade aparece la figura del libertino, que lejos de cualquier filosofía del placer, el erotismo o la libertad individual, lo que reivindicaban eran los excesos de la naturaleza y en servirla siguiendo su ejemplo. Una lógica en la cual, si el acto sexual se basa en tratar al otro como un objeto, un objeto es siempre equiparable a otro objeto, de manera que el verdadero libertino debía buscar el último grado de la lujuria en los seres, humanos o no humanos, más improbables: «Un eunuco, un hermafrodita, un enano, una mujer de ochenta años, un pavo, un mono, un dogo enorme, una cabra y un niño de cuatro años, bisnieto de la anciana, fueron los objetos de lujuria que nos presentaron las damas de compañía de la princesa», escribió en su amena Historia de Juliette en 1797. Una vez presentado el equipo, el libertino debería ingeniárselas para gozar de todos ellos a la vez, y ahí residía la sensibilidad artística:

Una vez dispuesta la colección de tales anomalías, el libertino deberá disfrutar de ellas inventando hasta el infinito el gran espectáculo de las posturas más irrepresentables. Deberá encular al pavo y cortarle el cuello en el momento de la eyaculación, luego acariciar los dos sexos del hermafrodita, arreglándoselas para tener entre la nariz el culo de la vieja mientras esta defeca y en su propio culo al eunuco follándolo. Tendrá que pasar del culo de la cabra al culo de una mujer, luego al culo del niño mientras otra mujer le secciona el cuello al pequeño: «Me follo el mono, de nuevo el dogo pero por el culo, el hermafrodita, el eunuco, los dos italianos, el consolador de Olympe: todos los demás me masturbaron, me lamieron y salí de tan nuevas y singulares orgías tras diez horas de los más estimulantes goces».

Estas ideas no nacían solo en su poderosa imaginación. Su madre encasquetó los cuidados de su hijo a una de las amantes de su padre, que era sodomita de jóvenes de ambos sexos. Cuando su padrastro murió, pasó a custodia de su hermano, el conde de Charolais, conocido por su crueldad. En las cacerías, como quiso probar Fraga en su momento, disparaba a las personas, en especial a los obreros que trabajaban en su propiedad. El niño, por esas fechas, con tamaños ejemplos no manifestaba afectos ni sentimiento de culpabilidad, así que se lo pasaron a unas hermanas que se dedicaron a mimarlo sin freno, lo que le hizo ser aún más arrogante.

Después estuvo bajo la tutela de su tío Paul Andonse de Sade, apasionado de la flagelación y la pornografía, que vivía con dos mujeres, una madre y otra hija, de las que disfrutaba a discreción. También era erudito y volteriano, así que mientras el joven Sade se culturizaba en la literatura y la historia, su tío le iba pasando prostitutas para que se fogueara. Solo tenía diez años. Edad con la que entró en un colegio de jesuitas en el que le dieron a conocer el látigo y los castigos corporales y fue iniciado en la sodomía por parte de los profesores y los alumnos. Más adelante se casó y maltrató a su esposa todo lo que le permitió la imaginación. Por supuesto también se echó una amante, la obrera Jeanne Testard, y junto a ella se entregó a actos sacrílegos hasta encontrar por fin su destino, el talego, y su vocación, la escritura. Es muy simpático cómo lo cuenta Roudinesco.

Un día, mientras eyaculaba en un cáliz, le introdujo hostias en el ano y luego se hizo flagelar con unas disciplinas calentadas al rojo. Finalmente la obligó a blasfemar y ponerse una lavativa para que se aliviara sobre un crucifijo. Denunciado y después encarcelado en el torreón de Vincennes, tomó la decisión de escribir libros.

Con la Revolución llegaría uno de los más salaos: Franceses, un esfuerzo más si queréis ser republicanos, donde proponía que por el bien de la República debía invertirse la ley que hasta el momento regía las sociedades humanas. Ningún hombre podía quedar excluido de la posesión de mujeres, pero ninguno podía poseer a ninguna en particular, preconizaba. Además, ellas debían ser sodomitas y sodomizadas, a poder ser en cópulas múltiples, para que no pudiera identificarse quién era el padre de cada quién y así los niños que nacieran pudieran pertenecer solo a la República. «Hay que separarlos de la madre desde su nacimiento para convertirlos en objetos de placer». Imaginen el análisis de este programa político en tertulia de La Linterna en la cadena COPE.

Al final, lo que son las cosas, los republicanos no es que no comulgaran con estas tesis, no confluyeron, que se dice ahora, sino que terminaron también ordenando su detención. Si en un inicio le sacaron del manicomio gracias a la abolición de las leyes contra la blasfemia y la sodomía y trató de llevar una vida normal, volvió a ser detenido y encerrado en las letrinas de un convento con otros nobles. A estas alturas, tras la decapitación de María Antonieta, Sade estaba muy impresionado por el terror de Robespierre. Cuando las barbaridades las ejecutaba fría e impenitentemente el Estado, el poder establecido, le horrorizaban. A él le gustaba el crimen y las violaciones siempre que «emanaran de una pulsión soberana», que se institucionalizase el terror le parecía repugnante. Con solo estar ante el cadalso, se ponía a vomitar. La visión de los cuerpos decapitados le deprimía enormemente. Todo su catálogo de salvajadas estaba siendo exorcizado por el Estado. Se sentía… violado.

Al final Sade acabó en el manicomio de Charenton, donde, cuenta Roudinesco «tuvo una última relación con la hija de una enfermera, a la que inició en la sodomía al tiempo que le enseñaba a leer y a escribir», mientras que su caso sirvió para iniciar en la sociedad de la época un intenso e interesante debate que situaba a la humanidad en el siglo XIX: si Sade era un loco, debía estar en un manicomio, pero si era un pervertidor, tendría que dar con sus huesos en la cárcel.

Retrato imaginario del marqués de Sade, por H. Biberstein. (DP)

Retrato imaginario del marqués de Sade, por H. Biberstein. (DP)

Así, en el siglo XIX la medicina inventó una lista de términos sexuales que consideraba patológicos. Nace todo eso que busca usted en los Pornotubes de rigor cuando se siente un poco plof: zoofilia, masoquismo, sadismo, vouyerismo… Y otros tantos términos de connotaciones más duras: necrofilia, pedofilia, coprofagia, etc. El Dictionnaire des fantasmes, perversions, et autres pratiques de l´amour, dice la autora, contaba con quinientas entradas y cien ilustraciones. Los Estados nacientes de la modernidad decidieron que tenían que gobernar también las prácticas sexuales distinguiendo vicio de virtud. Era el programa histórico de la burguesía triunfante, surgida en oposición a una nobleza que había creado todo un ritual alrededor de la defecación y la ingestión de heces como quintaesencia del placer sexual. Había surgido el «higienismo», la sexualidad a partir de ese momento sería romántica: felicidad de las mujeres como madres, felicidad del padre como protector de la prole. Y punto. Perversos pasaron a ser entonces escritores como Balzac, Flaubert, Victor Hugo o Maupassant por su odio al régimen burgués, que no podía ser más perverso al tratar de domesticar las pasiones humanas, entendían. Y en este punto de la noria histórica, Roudinesco saca a colación a Freud, que analiza por fin el propio concepto de la perversión:

Es en cierto modo connatural al hombre. Clínicamente, constituye una estructura psíquica: no se nace perverso, se deviene al heredar una historia singular y colectiva donde se mezclan educación, identificaciones inconscientes, traumas diversos. Después, todo depende de lo que cada sujeto haga con la perversión que lleva en su interior: rebelión, superación, sublimación… o, por el contrario, crimen, aniquilamiento de uno mismo y de los demás.

Por eso el ensayo condena el puritanismo como otro tipo de perversión, pero el problema aún fue más allá, cuando en el siglo XX se empezó a hablar de valores de vida negativos, de vidas que no merecen la pena ser vividas, y todo lo que conocemos como eugenesia. Aquí Roudinesco se adentra en el nazismo y los comportamientos de los jerarcas de ese régimen. Desde los que consideraban que Alemania debía desaparecer para siempre tras perder la guerra, que no podía existir en un mundo que odiaban, como los que se suicidaban porque no podían consentir que esos a los que veían como abyectos e infrahombres, cualquiera que no fuese alemán al fin y al cabo, pudieran juzgarles. Y se cita a Hannah Arendt: la mayor parte de toda esta gente creía que hacía el bien.

El ejemplo que trae a colación es el de Rudolf Höss (1900-1947), comandante de Auschwitz. A petición de su abogado en los juicios de Núremberg, redactó una autobiografía para poner de manifiesto las cualidades humanas de su autor. Su mejor amigo de niño, arranca, fue un pony. Sus padres no le querían y no tenía amigos. Iba para misionero, pero cuando su confesor reveló a sus padres una pequeña confidencia, perdió la fe. Optó por el ejército y en 1915 pudo por fin matar a una persona en el frente turco durante la Gran Guerra. Un enemigo de la patria. Lógicamente se sintió humillado tras la rendición de Versalles y en 1922 se afilió al Partido Nacionalsocialista. Un año más tarde, pudo hacer el bien por Alemania asesinando a un maestro comunista, del que no sé quién había dicho que era espía. Höss no entendió por qué fue a la cárcel y se sintió una víctima del sistema, pero cuando salió merced a una amnistía, se había acostumbrado tanto a la disciplina de la vida penitenciaria que ya no podía vivir de otra forma y tuvo la feliz idea de ingresar en una secta, los artamanes, «que se han atribuido la misión de crear, en pleno corazón de la campiña alemana, firmes modelos en los que los humanos de raza superior podrían por fin cohabitar con sus émulos, los animales».

Sin embargo, lo crucial de esta autobiografía se ve cuando el protagonista se detiene en un episodio de su etapa como comandante de Auschwitz. Cuando se encuentra a un rumano, obeso y homosexual, con todo el cuerpo tatuado con dibujos pornográficos. Le interesaba tanto como le repugnaba, y le impuso los trabajos más duros que pudo imaginar. Cuando el rumano murió exhausto, Höss anotó que había fallecido por «vicio sexual» en su ficha. Y, además, ordenó que su madre contemplara el cadáver. Cuando detectó o se imaginó que esta se sintió aliviada, entendió que les había hecho un favor librándole de la vida. Madre e hijo encontraron la paz y él, Höss, era un enorme benefactor de la humanidad, escribía, gracias a su homicidio redentor. El comandante de Auchwitz, ahí lo ven, tan solo era una bellísima y sensible persona en el engranaje de un régimen perverso. A ver si en el tercer milenio rizamos el rizo y aportamos perversos en un sistema perverso, que es un fenómeno que no parece escasear hoy en día precisamente.

Rudolf Höss. Foto: Schutzstaffel (DP)

Rudolf Höss. Foto: Schutzstaffel (DP)

7 comentarios

  1. Pingback: El amor por el mal y viceversa

  2. Muy buen artículo, aunuqe quizás decir que la personificación del mal en un individuo, en un nombre, es ciertamente una banalización de un proceso psicológico que implica a la humanidad entera. Pues en última instancia, más allá de lo biológico o genético, el ser humano actua según su pensamiento, y este es fruto de mil y una influencias, y por tanto fruto de un proceso participativo del que todos formamos parte, desde un supuesto Adán y Eva, hasta tu o yo, ahora mismo. Habría tanto que decir, tal vez siguiendo este hilo recomiendo un libro al respecto, simple y profundo a la vez, una ojeada en htpp://goo.gl/ktqYFq para investigar inteligentemente la naturaleza del conflicto, tan cercana a nuestro pensamiento que no se puede distinguir de nosotros mismos.

  3. La historia esta plagada de hombres y mujeres cuya dedicación es el engaño, son los del camino de los santos, del bien, son mas arteros pues el bueno da confianza seguridad, sus escritos nos guían, nos conducen a lugares de imaginación imposibles, los libros donde el dolor y la flagelación son sinónimos de redención doblegan las estanterías de todas las bibliotecas, el mal y el bien que es humano como todo,hasta los milagros es un negocio de los más lucrativo.

  4. Estupedo artículo, en el que se une, en algunos casos misticismo con perversión. Me ha recordado un libro de relatos eróticos y de fantasía, en el que aparecen algunos genuinos representattes del Mal, así, con mayúsculas. Se trata de “Historias al calor del brasero”, de M. du Lac. Por si alguien se interesa está en Amazon.

  5. Tambien existen los descerebrados que se excitan matando animales en grupo. El Toro de la Vega es un ejemplo de la barbarie humana. Si está en desacuerdo, les dejo un link para nfirmar para que se acabe de una vez este disparte:
    https://www.change.org/p/a-los-legisladores-solicito-se-anule-el-festejo-del-toro-de-la-vega?recruiter=17768832&utm_source=share_petition&utm_medium=email&utm_campaign=share_email_responsive

    Muchas gracias.

  6. ¿Conoces la película Martirio? Creo que te gustaría.

    http://www.imdb.com/title/tt1029234/

  7. El cierre es con broche de oro, la subjetividad de los gustos, placeres y creencias siempre será la barrera para juzgarlos, ésta debe basarse en la trasgresión de los derechos de los otros, entiendase por otros cualquier ser que sea susceptible al sufrimiento.

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