Lee Miller: de top model a reportera de guerra (y II)

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Lee Miller en 1947. Fotografía: Cordon.

(Viene de la primera parte)

Decíamos en la primera parte que tras unos meses de libertad en París y muy a su pesar, Elizabeth Miller tuvo que regresar a Estados Unidos cuando —según parece— sus padres se enteraron de que estaba manteniendo un idilio con el director de la escuela de escenografía. Así, parecía desvanecerse su sueño de llevar una vida bohemia. Sin embargo los Miller podían apartar a Elizabeth de París pero no podían apartar al mundo de la belleza de Elizabeth. A los 19 años su hija seguía llamando la atención por donde quiera que pasara y visitando tanto Nueva York, muy cercana a su hogar familiar, era solamente cuestión de tiempo que algún cazatalentos terminase fijándose en ella. Después de que el editor de Vogue la descubriera en plena calle para hacerla debutar como modelo, no pasó demasiado tiempo hasta que apareció en la cubierta de la revista (aunque retratada en dibujo, ya que por entonces no se estilaba la fotografía de portada) y convertirse en uno de los rostros más cotizados de Nueva York, posando para algunos de los mejores fotógrafos de moda del planeta. Era la gran estrella de Vogue. Su carrera como modelo fue breve pero extraordinariamente exitosa. De repente se convirtió en una starlett del mundillo y sus bellísimo rostro aparecía en todas partes: portadas, carteles, anuncios. Vogue la transformó en un icono estético; sus rasgos eran el canon de perfección de los años 20 y recordaban también a los cánones del arte clásico o renacentista. No obstante, aquella carrera de modelo no estada destinada a durar y de hecho empezó a tambalearse a causa de un escándalo que hoy puede parecernos un tanto inexplicable, por no decir ridículo, pero que en su tiempo fue bastante sonado. Vogue cedió una fotografía de Elizabeth a la empresa Kotex para ilustrar la campaña publicitaria de unas compresas íntimas femeninas. De este modo, Elizabeth Miller fue la primera mujer que aparecía en un anuncio de compresas. Dado que la revista era propietaria de los derechos de la foto y no necesitaba el permiso de la modelo para cederla, cuando se lanzó la campaña y salió publicado el anuncio con su imagen Elizabeth se quedó atónita, mortificada por verse convertida en el epicentro de la polémica. La prensa nunca había tratado tan abiertamente el tabú de la higiene femenina o la menstruación, y muchos estadounidenses de los sectores más conservadores protestaron por aquella campaña.  Sin embargo, el disgusto inicial de Elizabeth pronto se transformó en orgullo porque, como muchas mujeres jóvenes de su generación, aspiraba a un mundo en el que su sexo gozase de más libertades, donde se pudiesen tratar los asuntos de la intimidad femenina con mayor naturalidad. Finalmente, pese al enorme revuelo que se había organizado, terminó sintiéndose satisfecha por el papel que había cumplido en la causa feminista apareciendo en aquella campaña publicitaria.

De todos modos, el que aquel escándalo afectase a su carrera como modelo le importaba ya bien poco. En las sesiones que hizo para Vogue había descubierto su nueva vocación: la fotografía. Durante los tres años en los que estuvo posando para algunos de los más reputados profesionales de la cámara se había familiarizado con las técnicas fundamentales de la fotografía y su impulso artístico, siempre alerta, la llevó pronto a imaginarse en el otro lado del objetivo. Comenzó a interesarse por los secretos del oficio, ametrallando con preguntas a los mismos individuos para los que posaba. Quienes la retrataban se sentían sumamente sorprendidos por la voraz curiosidad de aquella modelo que no se limitaba a dejarse fotografiar, cobrar su dinero e irse, sino que quería conocer hasta el último secreto del procedimiento técnico utilizado. Para colmo, podían comprobar que estaba muy familiarizada con la vanguardia artística del momento y que, aun siendo una diletante en la materia, conocía bien el trabajo de algunos fotógrafos de vanguardia. Por estos motivos Elizabeth no se preocupó excesivamente cuando su estatus como modelo empezó a peligrar a causa del escándalo de las compresas Kotex. Estaba ya decidida a regresar a Francia para ser fotógrafa. Su plan era el de convertirse en aprendiz del estadounidense Man Ray, un fotógrafo modernista residente en París cuyo trabajo ella admiraba enormemente. Definitivamente intoxicada por el ímpetu creativo, cortó en seco con su exitosa etapa como top model y abandonó Nueva York con rumbo a Europa. Por entonces tenía 22 años e independencia económica, así que sus padres tenían ya poco que opinar al respecto.

De vuelta en París no le costó salirse con la suya. Aunque Man Ray era conocido por negarse una y otra vez a aceptar ayudantes o aprendices, a fin de cuentas era un hombre… y en cuanto una Elizabeth Miller de 22 años se plantó ante él diciendo “a partir de hoy seré tu alumna”, no supo decir que no. Así, ella se convirtió no solamente en su alumna, sino también en su amante y su musa. Fue por entonces cuando decidió empezar a usar su segundo nombre —“Lee”— para presentarse en el mundillo artístico, en lugar de seguir haciéndose llamar Elizabeth. Lee Miller sonaba a nombre masculino y era precisamente esa ambigüedad lo que le gustaba de su nueva identidad. También creía que con ese nombre le resultaría más fácil abrirse camino en un mundo donde las mujeres tenían que sortear muchos más obstáculos que los varones.

Lee avanzó velozmente en su aprendizaje y reunió bagaje técnico suficiente como para convertirse en una auténtica fotógrafa profesional con personalidad propia, aunque cabe decir que su papel como ayudante de Man Ray no obtuvo el suficiente crédito en su momento. Cierto es que Man Ray la fotografiaba constantemente y nos ha dejado algunos de los más espléndidos retratos de la joven Lee Miller —incluyendo unos cuantos desnudos bastante atrevidos para su época— por los que convirtió en una musa de la vanguardia parisina. Pero en realidad su contribución al trabajo de Man Ray iba mucho más allá de posar para él y del papel de modelo que muchos le seguían atribuyendo. Era bastante más que una simple modelo. Por ejemplo, tomó unas cuantas fotos que Man Ray firmó como suyas. También se le atribuyó a Man Ray la invención de una importantísima novedad técnica —la solarización— que en realidad fue descubierta por Lee. Pero a ella no le importó trabajar en la sombra, por lo menos al principio, mientras sentía que estaba progresando en su aprendizaje. Además, a través de Man Ray empezaba a codearse con la plana mayor del mundillo artístico del momento: Max Ernst, Salvador Dalí, André Masson, Joan Miró, y muy especialmente Jean Cocteau y Pablo Picasso, con quien terminaría cultivando una muy buena amistad (es más, ¡Picasso pintó varios retratos de Lee!).

Eso sí, sus deseos de aparecer ante la cámara parecieron renovarse, incluso llegó a ejercer como actriz de cine. Su paso por el séptimo arte fue fugaz pero reforzó su papel como musa oficial de aquella generación de artistas. Jean Cocteau estaba preparando una película y buscaba una actriz de ciertas características físicas poco comunes —debía encarnar a una estatua griega que cobra vida—, cuando al entrar en un restaurante frecuentado por la intelectualidad parisina vio a Lee sentada junto a Man Ray. Quedó inmediatamente prendado de Lee; aquella era la chica que él necesitaba para su film. Fingiendo un tono casual, Cocteau le contó a Man Ray sobre su nuevo largometraje y preguntó “¿no conocerás a nadie que quiera hacer una prueba de cámara?”, refiriéndose inadvertidamente a Lee. Ella no dijo nada en ese momento, porque sabía que a Man Ray no le haría demasiada gracia verla trabajando para Cocteau, pero eso, como de costumbre, no la detuvo. Tras pensarlo un tiempo se dirigió al cineasta y fue ella misma quien se ofreció para participar en su proyecto. Encantado, Cocteau le cedió un papel en la película La sangre de un poeta. Aquello colmaba la vieja afición de Lee por las artes escénicas. Además, gracias a aquella colaboración cinematográfica hoy podemos contemplar a la joven Lee Miller de su etapa parisina en movimiento. Lo cual, desde luego, es de agradecer.

Bien pudo haberse ganado la vida en el cine tras aquella experiencia, pero la fotografía ya se había convertido en su primera y principal pasión. Después de tres años junto a Man Ray se atrevió a abrir un estudio fotográfico en París, bajo su propio nombre, para tratar de establecerse como una artista reconocida entre los grandes creadores de la vanguardia local. Aquello coincidió con el final del romance con su compatriota. Lee tenía solamente 25 años pero ya había aprendido los secretos del oficio y estaba consiguiendo desarrollar un lenguaje propio que era muy apreciado por sus pares. Sin embargo, tras romper su relación con Man Ray pareció cansarse de París, le entró la morriña de su tierra y decidió regresar a Estados Unidos. Tras establecerse en el centro de Nueva York abrió otro estudio fotográfico y pronto atrajo una selecta clientela que apreciaba mucho sus exquisitos retratos, además de acudir a ella atraídos por aquella reputación que le confería haberse movido entre la flor y nata del mundillo artístico mundial. Posaron para ella personajes de todo tipo, incluyendo unas cuantas celebridades, y aunque el retrato no era exactamente el tipo de fotografía al que ella espiraba, sí le permitía vivir cómodamente. El éxito le sonreía de nuevo y ahora volvía a ser una estrella, solo que al otro lado de las cámaras. Su vertiginosa evolución cortaba el hipo; curtida en el París de las revoluciones artísticas y con apenas 26 años de edad, en poco más de un lustro había pasado de ser una de las modelos más cotizadas del planeta a erigirse como una fotógrafa de prestigio internacional. En aquellos tiempos en los que mucha gente pensaba que lo mejor que podía hacer una chica guapa era sacarle partido a su belleza, Lee Miller había optado por terminar valiéndose únicamente de su talento. A una edad insultantemente joven estaba encaramándose a la cima de una profesión que apenas llevaba cuatro años ejerciendo. Sus padres podían sentirse bien orgullosos.

Precisamente por todo esto resultó tan chocante el que apenas un par de años después de haberse abierto un hueco entre los retratistas neoyorquinos preferidos de los famosos, cerrase repentinamente su estudio —que marchaba viento en popa— y abandonase su brillante carrera como retratista para casarse con un hombre de negocios egipcio, Aziz Eloui Bey. La maniobra desconcertó por completo a su círculo, porque Lee ya había conseguido lo más difícil —esto es, transformarse en una artista autónoma siendo mujer y teniendo un pasado como modelo— y había cumplido sus sueños de adolescencia. Sin embargo ahora abandonaba la profesión y se marchaba a vivir a El Cairo, aparentemente convertida en la guapa mujercita-florero de un ricachón egipcio. Quizá estaba buscando una figura paternal en la que refugiarse de sus inseguridades interiores o quizá sencillamente le apetecía casarse y le atraía la idea de vivir en un país tan exótico. Sea como fuere, Lee Miller terminó haciendo lo que quería, como casi siempre, por mucho que nadie la pudiese entender.

Sin embargo, su nueva relación pronto la decepcionó. Egipto no era un lugar en el que ella pudiera ser feliz. Aunque gozaba de las mismas libertades que una mujer estadounidense de su tiempo gracias a que su nuevo marido tenía una mentalidad bastante moderna y occidentalizada, el modo de vida de los egipcios le desagradaba considerablemente. No le gustaba el modo en que las mujeres eran sometidas y obligadas a llevar una existencia en la sombra. Aunque ella pudiese viajar por el país y visitar naciones limítrofes con total autonomía, muchas egipcias apenas eran más que una posesión de sus maridos, lo cual hería la sensibilidad occidental y progresista de la estadounidense. Tampoco soportaba la crudeza del clima local, aunque no tuvo inconveniente en adentrarse en el desierto del Sahara, impulsada por su inextinguible afán de aventuras. Sin embargo, una vez consumidos los encantos del paisaje apenas quedaba nada en Egipto que la estimulase. Después de haber vivido el esplendor de la modernidad y la intelectualidad en Nueva York y París, El Cairo le aburría soberanamente. ¿Qué pintaba una artista tan inquieta como ella ejerciendo el discreto papel de esposa con la pata quebrada en un país al que no parecía capaz de adaptarse? Evidentemente, por más que el enamoramiento o la necesidad emocional la hubiesen arrastrado hacia allí, la artista que había en su interior no había desaparecido y sus horas en Egipto estaban contadas.

Curiosamente, pese a haberse retirado oficialmente de la profesión y estar alejada del mundillo artístico,  fue en Egipto donde realizó algunas de sus más famosas fotografías. Aprovechaba las peculiaridades del paisaje local para, utilizando las formas concretas de la realidad circundante, componer esquemas abstractos que aunque basados en la realidad, paradójicamente llegaban a parecer irreales. Como por ejemplo las fotografías que tomó desde lo alto de la gran pirámide, en las que podíamos ver proyectada la sombra del monumento sobre un paisaje que quedabarepentinamente convertido en una inesperada composición cubista. O muy especialmente la celebérrima Retrato del espacio, aquella fotografía del desierto visto desde el interior de una tienda de campaña, imagen que parecía estar planificada según los patrones de la vanguardia surrealista pictórica y que tenía tanta fuerza que llegó a inspirar un cuadro de René Magritte. Aquella fotografía despertó numerosos comentarios de admiración una vez fue expuesta (sus fotografías, todo sea dicho, muy raramente aparecían en exposiciones). Incluso convertida en una mujer de su casa sin oficio ni beneficio, Lee Miller seguía siendo capaz de dejar su huella en las principales corrientes artísticas del momento. Quienes la conocían no dejaban de preguntarse por qué desperdiciaba su talento vegetando en África.

Pero como decíamos su sitio no estaba en El Cairo y al cabo de tres años ya estaba harta. Durante un breve viaje a París conoció al pintor inglés Roland Penrose y volvió a enamorarse. Abandonó a su marido y se marchó definitivamente de Egipto. Pasó por Francia, donde Pablo Picasso hizo varios retratos de ella al mismo tiempo que elaboraba su grandioso Guernica. Después de inspirar varios cuadros de uno de los pintores más importantes de la historia, se marchó al Reino Unido para vivir junto a su nueva pareja. Volvió al trabajo cuando la edición británica de Vogue se interesó por sus servicios, aunque ahora ya no era la modelo de portada sino una de sus más importantes fotógrafas.

Tras un periodo de relativa calma personal en Inglaterra sucedió algo que encauzaría su destino y la dejaría marcada para siempre: estalló la Segunda Guerra Mundial y el Reino Unido se vio metido de lleno en el enfrentamiento contra la Alemania nazi. El director de Vogue le encargó diversos reportajes centrados en la contribución femenina al esfuerzo de guerra británico y Lee comenzó a elaborar artículos en los que no solamente ejercía como fotógrafa sino donde también escribía el texto. Como fotógrafa ya era muy admirada, pero también como redactora obtuvo reconocimiento a causa de la viveza y detallismo de sus narraciones. Su aguda mirada iba más allá de lo meramente visual y el estilo sumamente personal de aquellos reportajes le ganó el respeto de muchos periodistas. Había descubierto una nueva vocación, hasta el punto de que cuando comenzaron los bombardeos alemanes sobre Londres y las cosas se estaban poniendo feas en Inglaterra, su familia estadounidense le suplicó una y otra vez que regresara a América para evitar el peligro… pero ella se negó. Se sentía completamente absorbida por su nuevo trabajo periodístico, en el que además estaba rompiendo moldes. Sus fotografías de guerra, especialmente, plasmaban no solamente los efectos de los bombardeos desde una perspectiva documental sino que demostraban que seguía arreglándoselas para encontrar encuadres pintorescos y enfoques inusuales en los rincones más insospechados. Su objetivo no siempre se centraba en lo truculento, aunque lógicamente no faltase material de ese tipo después de los bombardeos. Muchas veces prefería evitar mostrar imágenes demasiado crudas y buscaba elementos simbólicos o con dobles interpretaciones: la interpretación periodística por un lado y la interpretación puramente estética por otro. Su habilidad a la hora de combinar ambos aspectos la convirtieron en una de las grandes fotógrafas de guerra en aquella Inglaterra sobre la que llovían las bombas. Por ejemplo, una de sus fotografías más célebres de esa época, La capilla inconformista, mostraba una iglesia en la que un montón de escombros emergía de la entrada casi a modo de vómito; era una imagen que mostraba la realidad sin retoques, pero el modo de aproximarse a esa realidad hizo que muchos la considerasen una imagen surrealista más que una simple estampa de reportera. No menos surrealistas eran sus retratos de personas con máscaras antigás, o la —hoy prototípica— imagen de unas muñecas entre los escombros de un edificio. Lee Miller no había dejado de ser una artista de vanguardia por el hecho de estar dedicándose al reportaje de guerra y aquello podía comprobarse con cada uno de sus trabajos para la Vogue británica.

Su labor no pasó desapercibida en su país natal; también la edición americana de Vogue —para la que había aparecido en portada más de una década atrás— empezó a publicar sus artículos. Es más: el mismísimo ejército americano había ojeado su trabajo y cuando los Estados Unidos entraron en guerra tras el bombardeo de Pearl Harbor y empezaron a planear una intervención en Europa, las fantásticas crónicas de Lee Miller le valieron una de las escasas licencias como corresponsal oficial de guerra que concedía la US Army. Aquello supuso una rara distinción que habla muy mucho del aprecio en que se tenía su trabajo. A sus 37 años todavía parecía una estrella de Hollywood, pero ahora posaba orgullosamente con el uniforme de corresponsal estadounidense. Estaba a punto de alcanzar el cenit de su carrera, además de experimentar los años más intensos de toda su vida mientras  acompañaba a las tropas americanas durante el asalto a la Europa ocupada por los nazis. Justo tras el desembarco de Normandía experimentó el primer contacto con los hospitales de campaña, donde realizó reportajes conmovedores. Le marcó especialmente un soldado afectado por horribles quemaduras que estaba completamente vendado. El desdichado soldado le pidió entre risas que lo fotografiase, para ver “qué pinta tan graciosa tengo”. A Lee le impresionó el buen ánimo del chico, que era capaz de mostrarse alegre incluso en mitad del tremendo dolor. Le sacó una foto, pero el soldado murió poco después. Por edad, ella ya era bastante mayor que la mayoría de los soldados, a muchos de los cuales podía ver casi como a hijos, y no pudo evitar apiadarse dolorosamente del muchacho. Pero la entereza de aquel soldado le hizo comprender que si quería estar allí, ejerciendo como testigo directo de los hechos, tenía que ser dura. Y lo fue. Pronto se hizo notar por su valor, por su predisposición a experimentar las mismas privaciones e incomodidades de los combatientes y, todo sea dicho, por la cantidad de palabras malsonantes que soltaba continuamente al hablar. La antigua top model parecía tanto o más ruda que muchos de los soldados que la rodeaban. Se ganó el respeto de todos ellos.

Su licencia como corresponsal únicamente le permitía marchar con las tropas en zonas pacificadas y supuestamente despejadas de presencia enemiga. Siendo corresponsal oficial, reconocida fotógrafa y mujer,  los mandos militares no querían arriesgarse a que perdiese la vida mientras se encontraba bajo su protección. Así que, en un principio, Lee Miller viajaba con la segunda línea del avance, evitando el contacto directo con el enemigo. Sin embargo, durante el inicio del avance aliado por el norte de Francia alguien cometió un error garrafal y puso su dedo en el punto equivocado del mapa, declarando como “despejada” una zona en la que todavía quedaban tropas alemanas atrincheradas. Lee Miller iba acompañando a un batallón de infantería en segunda línea y teóricamente debía documentar la liberación de una ciudad ya pacificada, pero cuando quiso darse cuenta se encontró metida de lleno en primera línea del combate. Ahora, de repente, era testigo directo del enfrentamiento entre soldados alemanes y estadounidenses, sacando fotos mientras las balas silbaban a su alrededor y se producían explosiones en los lugares más imprevisibles, amenazando con hacerla pedazos en cualquier instante. Se estaba jugando la vida como un soldado más. Baste decir que en algunas de aquellas fotografías quedó plasmado el primer uso de un nuevo arma experimental, aunque en su momento Lee no supo exactamente qué era aquello que producía tanto humo: se trataba de napalm.

Semejante experiencia en el frente le hizo entender que no cualquier fotografía podía aspirar a reflejar, siquiera en parte, la cruda realidad de un

Lee con su uniforme de corresponsal oficial de guerra del ejército estadounidense. Fotografía: David E. Scherman/United States Army Signal Corps (DP).

conflicto bélico. Descubrió que si quería ser una corresponsal veraz no podía poner distancia entre ella y la guerra. Si estaba allí para arriesgarse a recibir un balazo, se arriesgaría, y pronto el uniforme de corresponsal se convirtió en algo más que en un mero símbolo porque Lee Miller había decidido que era capaz de vivir en el frente. Para colmo, a medida que se adentraba en el continente sus fotografías se iban tornando cada vez más francas, descarnadas y directas, porque aumentaba la magnitud de los horrores que iba encontrando en su camino. Y eso que, como decíamos, generalmente evitaba mostrar directamente las visiones más truculentas, pero incluso en sus fotografías más aparentemente “neutras” conseguía reflejar la tristeza y desolación del conflicto. Su talento para captar el simbolismo en los objetos y rincones más inesperados era sensacional. Al mismo tiempo, su propio rostro iba mostrando progresivamente las marcas que la guerra estaba dejando en su espíritu. Se estaba dejando lo que le quedaba de juventud en el frente y en algunos momentos del avance podemos verla con el rostro abotargado, profundas ojeras y la mirada perdida en el infinito. Eso sí, como estaba acostumbrada a sufrir desde muy pequeña, era una mujer capaz de adaptarse a las tremendas incomodidades y peligros del frente, sin que las tropas a las que acompañaba tuvieran que perder tiempo en intentar protegerla o acomodarla. Por entonces había muy pocas corresponsales de guerra femeninas, pero entre ellas ya cumplía un papel excepcional, porque era la única que vivía los combates desde dentro. Existe una curiosa fotografía en la que posan varias corresponsales femeninas, y más allá de comprobar que Lee Miller seguía siendo capaz de lucir un uniforme con la prestancia de una maniquí, lo realmente interesante es que es una de las pocas fotografías donde no la vemos posando conscientemente —costumbre adquirida en sus años como modelo— y donde aparece con una expresión más natural. Y en esa fotografía no es su modo de lucir el uniforme lo que más la distingue de las demás corresponsales femeninas. Los años en que llamaba la atención a causa meramente su belleza quedaban atrás; ahora, mientras las otras corresponsales sonreían, eran la profundidad de su mirada, su expresión ausente y su rostro castigado lo que la hacían destacar. Porque ella era la única mujer corresponsal que verdaderamente estaba en primera línea. Los horrores de la guerra, pùes, se dejan traslucir en su gesto.

Cierto es que también fue testigo de momentos eufóricos como por ejemplo la liberación de París, donde se reencontró con Picasso y ya de paso hizo la que quizá sea una de las fotografías más impactantes y originales jamás tomadas de la torre Eiffel (que lo es precisamente porque la torre Eiffel apenas puede verse, oculta entre una niebla que simbolizaba la antigua ocupación). Pero también en aquellos escenarios de alegría tras la liberación demostró su agudeza psicológica y supo captar lo que había más allá de los titulares trinfalistas, recogiendo a la perfección el desencanto de las poblaciones liberadas, un desencanto que la propaganda procuraba ocultar. En sus reportajes sobre aquellas zonas antiguamente ocupadas por los nazis, Lee se preocupó de transmitir la idea —generalmente obviada por la prensa más triunfalista— de que tras la alegría inicial los liberados se encontraban con la desagradable realidad de la posguerra, donde la vida no resultaba nada fácil, donde quedaban secuelas muy desagradables de la ocupación y el conflicto. Conforme Lee veía más y más adentro de la guerra, sus crónicas y fotografías empezaron a ser más escépticas respecto a los mensajes de victoria, y más apegadas a una realidad fea e inconveniente que no se parecía en nada a lo que narraba la propaganda bélica. Y eso que todavía le quedaba por presenciar algunas de las más bajas y oscuras simas de la historia europea y mundial:

No hay duda de que los civiles alemanes sabían lo que estaba pasando. El tren que va hacia el campo de Dachau atraviesa un pueblo, con vagones repletos de deportados muertos o moribundos. No suelo sacar fotografías de los horrores. Pero no creo que aquí haya una ciudad o una zona que no estén repletas de ellos. Espero que en Vogue piensen que estas fotografías son publicables. (Lee Miller, en un telegrama desde Alemania poco antes de la rendición nazi)

Durante la guerra trabó amistad —y parece que algo más— con su compatriota David Scherman, fotógrafo que ejercía como corresponsal para la revista Life. Él es responsable de algunos de los registros visuales más ilustrativos de la propia Lee Miller con uniforme, y también de algunos de los recuerdos más vivos de la evolución personal de la fotógrafa durante aquella andadura europea. Conforme los aliados ganaban terreno al Tercer Reich y se adentraban en territorio alemán, Lee pudo ver que los horrores de la guerra se presentaban in crescendo. Empezó a pensar que la realidad le proporcionaba un material que sobrepasaba con mucho los límites de crudeza que una revista estaría dispuesta a publicar y de hecho sus fotografías comenzaron a poner a prueba la flexibilidad editorial de los países aliados, como comentaremos un poco más adelante.

Lee también empezó a mirar con disgusto a los alemanes, que se habían dejado someter por el régimen de los camisas pardas. Consideraba al pueblo alemán un “pueblo de esquizofrénicos”, de gentes que habían sido cómplices —cuando directamente no esbirros— del régimen de Hitler. A medida que descubría nuevas evidencias de la barbarie hitleriana, su actitud se tornó más y más germanófoba. Su odio al régimen nazi se tornó tan vehemente que impresionaba incluso a los propios soldados americanos a los que acompañaba. Aunque lo cierto es que en su trabajo fotográfico seguía siendo objetiva. Por ejemplo, pese a su profundo desprecio hacia los colaboracionistas, no tenía inconveniente en retratarlos como víctimas de la venganza de sus conciudadanos y mostraba en sus fotografías el terror y la súplica de aquellos que ahora eran considerados traidores e iban a sufrir un destino terrible. En lo personal no se apiadaba de ellos, pero su cámara sí lo hacía por ella. Lee Miller siempre consentía que la cámara hablase por sí misma.

Uno de los momentos más duros fue el de la llegada a los campos de exterminio como el de Dachau, donde fotografió los escuálidos cuerpos de las víctimas que se apilaban formando unos montones que —de nuevo— solamente podían calificarse como “surrealistas”, aunque esta vez de una manera todavía más descorazonadora y deprimente. Su reportaje gráfico sobre aquel campo de exterminio era tan duro que la edición británica de Vogue se negó a publicarlo, tal era el impacto de las fotografías que envió. Sin embargo, pese a la crudeza de aquellas imágenes, sí vieron la luz en la edición americana de Vogue. Lee Miller sabía que aquellas imágenes parecían irreales y que muchos lectores estadounidenses podrían dudar de su veracidad, tomándolas como un montaje destinado a afear al régimen de Hitler. Pero como ella lo había visto todo con sus propios ojos insistía en que los lectores lo contemplasen todo tal y como ella lo estaba contemplando, sin edulcorarlo. Insistía en que, por difícil de asimilar que pareciese, los lectores fuesen conscientes de que aquello era lo que había estado sucediendo en el corazón de Europa. Las impactantes fotografías de cadáveres de judíos y otras víctimas de los nazis iban acompañadas de un expresivo pie de foto escrito por ella misma, un pie de foto que simplemente decía: “¡Créanselo!”

El paso de Lee Miller por la guerra la cambió por completo. Gracias a su cámara sabemos cuáles fueron muchas de las cosas que presenció. Retrató a prisioneros que pedían clemencia después de una paliza. Retrató a niños moribundos. Retrató a cadáveres de todas las edades y condiciones, desde bebés hasta antiguos colaboracionistas o miembros de los regímenes locales que se habían suicidado para evitar las represalias. Retrató a hombres con terribles heridas. Vio ejecuciones sumarias de importancia histórica, como la del primer ministro húngaro fascista Ferenc Szálasi. Vio a los famélicos supervivientes de los campos de concentración, que parecían fantasmas de mirada vidriosa. Pero nunca dejó de ser una artista. Compuso algunas de las imágenes más bellas que jamás se hayan realizado de la muerte, como aquella de un soldado hundido en el agua que parece rememorar la famosa Ofelia de Millais. También nos dejó algunos de los retratos más significativos de ella misma. Su visceral odio hacia el régimen nazi no hacía más que crecer y cuando los aliados llegaron al corazón del Tercer Reich pudo vengarse de la forma más elegante imaginable, muy propia de su acerado sarcasmo: estuvo en los antiguos aposentos del mismísimo Adolf Hitler —quien todavía estaba vivo, aunque refugiado en su búnker de Berlín— e hizo que David Scherman la fotografiase metida en la bañera que hasta no mucho tiempo atrás había pertenecido al Führer. Pocos testimonios visuales escenificaron la victoria aliada con tanta ironía y finura… una antigua modelo estadounidense remojándose en la tina de Adolf Hitler.

Según la opinión de muchos, aquella corresponsalía de guerra supuso la cima profesional e incluso artística de Lee Miller como fotógrafa, y eso que su contribución previa a la vanguardia no había sido nada desdeñable. Pero fue el conflicto bélico lo que la impulsó a llevar su lenguaje visual al máximo, a exprimir su vocabulario para adaptarse a las necesidades de un entorno extremo y repleto de espantos inimaginables. Pocos periodistas captaron la esencia de la guerra con tan fascinante combinación entre sangrante realismo y sublime mirada artística. Sus estampas de guerra, sin dejar de resultar estéticamente bellas, contienen un mensaje poderosísimo que era producto de lo que ella misma estaba presenciando y sintiendo. El duro periplo posterior al desembarco parecía haberla endurecido y haber extraído los elementos más afilados de su carácter. Contrariamente a la frialdad académica de sus maestros, Lee Miller desarrolló un lenguaje visual explosivo que parecía surgir directamente de sus entrañas. Sus fotografías ya no esperaban pasivamente la contemplación del espectador, como había sucedido por ejemplo con las imágenes de su maestro Man Ray. Ahora sus fotos se lanzaban a por la yugular del espectador de una manera picassiana, y además con una considerable carga emocional en la que a veces no faltaba incluso una forma bastante afilada de ironía. Y no por ello perdían la voluntad de conseguir el equilibrio estético, de producir belleza. La verdad es que resulta intrigante imaginar qué hubiese podido hacer Lee Miller de haberse decidido a iniciar una carrera como directora de cine. Sí, probablemente en aquellos tiempos era una utopía que una mujer se dedicara a rodar grandes películas, pero la imaginería de Miller posee la agresiva geometría y el perfeccionismo obsesivo de un Kubrick, o el olfato para la poesía inesperada de un John Ford o un David Lean. Incluso el dinámico poder de seducción de un Hitchcock. Y sobre todo, sabía cómo transformar la tragedia en arte.

Dora Maar, Pablo Picasso y Lee Miller en 1937. Fotografía: Cordon.

Paradójicamente —o tal vez deberíamos decir que comprensiblemente— aquella cumbre profesional fue seguida por un momento personal bastante oscuro. Cuando Alemania se rindió tras el suicidio de Hitler, Lee Miller volvió a Inglaterra junto a Roland Penrose… y entonces se vino abajo.

Había pasado varios años acompañando a las tropas como una más, contemplando los horrores de la guerra en primera persona. Y ahora había dejado el frente para retornar a la agradable casa de campo en la que vivía Penrose. Pero el contraste no podía por menos que hacer aflorar toda aquella oscuridad acumulada en su interior durante el conflicto, que se había combinado con las antiguas pesadillas de su infancia. Empezó a manifestar los síntomas del síndrome de estrés postraumático, ese que convierte en un infierno la vida de muchos antiguos combatientes. Demasiadas heridas abiertas a sumar a las viejas heridas de su pasado, y todas ellas consiguieron que su espíritu se quebrase. Lo que había visto y vivido era demasiado, resultaba imposible de asimilar sin desestabilizar emocionalmente a una persona. Empezó a sufrir episodios de depresión clínica en los que retornaban sus antiguos pensamientos suicidas. Combatía aquellos sentimientos con la bebida. Era como una excombatiente que no sabía cómo readaptarse a la vida civil aunque hubiese estado anhelando la paz. Se estaba derrumbando entre borracheras. También se desencantó con su profesión. Aunque la revista Vogue seguía interesada en contar con sus servicios porque sus crónicas bélicas le habían ganado una considerable reputación como periodista de primera línea, ahora todo proyecto le sabía a poco. El giro de Vogue hacia temas más propios de la paz y enfocados sobre todo a la moda no le servía de estímulo.

Lee Miller (segunda por la derecha) con otras corresponsales femeninas. Fue la única en estar en primera línea. Fotografía: U.S. Army Official Photograph (DP).

Mientras peleaba por superar el alcoholismo y la desesperanza, descubrió —a sus 40 años— que estaba embarazada de Roland Penrose. Todavía legalmente casada con el egipcio Aziz Eloui Bey, al que había abandonado bastantes años atrás, se apresuró a firmar el divorcio para casarse con el padre de su futuro hijo. Pero aquel matrimonio se convirtió poco menos que en una farsa, en una repetición distorsionada del matrimonio de sus propios padres. Además Lee Miller perdió el rumbo profesional y sus reportajes fueron cada vez más escasos. El último se publicó en 1953, que podemos considerar como año oficial de su retiro definitivo. A partir de ahí se contentó con ejercer como ama de casa, madre y anfitriona de la nutrida vida social de su marido, que recibía numerosas visitas en su agradable casa de la campiña británica. Pero quizá “contentarse” no sea el verbo adecuado. Lee continuó bebiendo para combatir la infelicidad y el hogar fue escenario de no pocos enfrentamientos feroces, producto del creciente desinterés de él por la relación y de los cada vez más incontrolables cambios de humor de ella, tormentas propias de una personalidad explosiva que Roland Penrose no sabía ni quería tener que saber manejar. Lee estaba consumida por la pesadilla de la guerra pero no compartía con su marido aquellos horrores que la habían dejado marcada para siempre, así que se sentía más y más sola. Entretanto, su marido mostraba nula disposición para ayudarla a descargarse de esos traumas, entretenido como estaba con diversas relaciones extramatrimoniales que cultivaba cada vez más frecuentemente a medida que la relación con la madre de su hijo se venía abajo. Penrose, además, se estaba transformando en un artista muy reputado mientras que ella, una de las artistas punteras de la antigua vanguardia, ejercía ahora como comparsa en el imparable ascenso profesional de su marido. Lee era muy consciente del papel de florero que estaba ejerciendo y lo afrontaba con su sarcasmo característico: burlonamente se hizo llamar “Lady Lee” cuando a él lo nombraron Caballero del Imperio Británico. Mientras tanto, su propio legado artístico y periodístico iba quedando enterrado en el olvido. Pero el matrimonio no se deshizo. De algún modo, lograron mantener las formas de cara al exterior y continuar adelante con la farsa.

Pese al prestigioso estatus social del apellido Penrose en el Reino Unido, Lee nunca abandonó su feroz espíritu de liberal estadounidense.  Al contrario que otras damas de su condición, trataba a los grandes artistas y potentados que recibía en su casa exactamente igual que a los empleados del servicio, o viceversa. Detestaba el esnobismo. Ella había conocido y cultivado amistad con unos cuantos de los más importantes artistas e intelectuales del siglo XX, así que poco podía impresionarla la actitud soberbia de aquellos pijos ingleses tan propensos a la presunción. Le molestaba especialmente que algunos amigos británicos de su esposo mostrasen un abierto desprecio hacia los estadounidenses de a pie (categoría en la que por supuesto no la incluían a ella, porque ella era una americana “chic” y una antigua artista, además de estar casada con un inglés). Una anécdota ilustrativa: durante una cena elegante compuesta de exquisitos platos, uno de aquellos estirados ingleses se permitió el lujo de hacer comentarios despectivos acerca del estilo de vida del norteamericano medio, el típico John Smith que se pasaba el día devorando hamburguesas y bebiendo Coca Cola. A Lee no le hacían ninguna gracia aquellas ínfulas de superioridad británica, así que se levantó, se fue a la cocina y regresó portando orgullosamente un helado y una Coca Cola para terminar su cena. Exactamente el mismo tipo de ironía afilada de aquellas fotos en la bañera de Hitler. La misma personalidad afilada que había impresionado a los soldados en el frente. Con todo lo que había experimentado y con todo lo que había visto en su intensísima vida, era capaz de cerrarle la boca a cualquier esnob sin necesidad siquiera de levantar la voz o de hablar siquiera. Bastaba una simple Coca Cola para dejar sin palabras a toda una mesa repleta de comensales. Su sarcasmo estaba a años luz por delante de la mentalidad encorsetada de aquellos ingleses que se creían tan ingeniosos, y Lee disfrutaba demostrándoselo a la menor oportunidad. Aunque ella misma era de origen burgués, le divertía enormemente descolocar a sus invitados con salidas de todo proletarias, como la de echarse a dormir una siesta en el porche al mejor estilo del campo estadounidense. O lo de sacar a relucir aquel repertorio de tacos y exabruptos que incluso entre el escasamente pulido círculo de rudos soldados de la II Guerra Mundial le había dado fama de malhablada.

Lee Miller nunca pudo o no quiso reinsertarse en el mundillo artístico y periodístico, lo que contribuyó enormemente a que su nombre perdiese resonancia con respecto al de muchos ilustres contemporáneos que la admiraron y cultivaron su amistad. Vivió el resto de su vida en Inglaterra cumpliendo el papel para nosotros frustrante de elegante consorte de un afamado artista, cuando ella poseía igual o superior talento al de él. Sin embargo pudo superar su etapa de alcoholismo; conforme envejecía pareció conseguir dominar sus viejos demonios, al menos en parte. Como mínimo aprendió a disfrutar nuevamente de algunos de los placeres de la vida. Volvió a viajar a diversas partes del mundo y —esta vez sí— consiguió sentirse a gusto visitando paisajes exóticos. Con todo, nunca dejó de ser una mujer compleja, siempre con aquella media sonrisa que parecía forzada, nunca verdadera, y con su mirada invariablemente melancólica. Jamás, en ninguna de las fotografías que existen de ella, parecen brillar de alegría sus ojos.

Lee Miller murió de cáncer en 1977, a la edad de 70 años, en su casa de campo de Inglaterra. La oscuridad de su interior, dicen algunos que la conocían, nunca desapareció. Pero sobrevivió a sus heridas durante siete décadas e hizo cosas verdaderamente impresionantes, viviendo experiencias que nosotros ni siquiera podemos llegar a imaginar. Solamente ella sabe cuál fue el verdadero precio a pagar. Porque la recompensa, en todo caso, fue la eternidad.

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12 comentarios

  1. Pingback: Jot Down Cultural Magazine | Lee Miller: de top model a reportera de guerra (I)

  2. Caballero

    Excelente artículo.

    PD. ‘Bastante más mayor’?

  3. Me han parecido excepcionalmente preciosos estos artículos.

  4. Excelente semblanza, hay algunas erratas en el texto, pero no lo demerita en absoluto. Extraordinaria mujer.

  5. Gracias por un artículo brillante. Es una maravilla conocer a artistas de esta manera.

  6. Pingback: 09/07/13 – Lee Miller : de top model a reportera de guerra (y II) | La revista digital de las Bibliotecas de Vila-real

  7. Me hubiera encantado conocerla. Es un personaje tremendamente enigmático y cautivador.

  8. Pingback: Lee Miller: de top model a reportera de guerra (artículo de Jot Down) | A 24mm de la realidad

  9. Carmela

    Estupendos artículos. Yo conocí a Lee Miller por casualidad hace un montón de años por una exposición en la Photographers’ Gallery de Londres, y me ha fascinado desde entonces. Es una lástima que no sea más conocida.

  10. Pingback: 10 musas que inspiraron a grandes artistas « Fucsia

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  12. Gracias, de verdad, por este artículo. Me habéis hecho beber tres copas de vino en el bar de un hotel de carretera de Shelton, Connecticut. Y lo agradezco, he pasado un buen rato.

    Y aunque se parecen mas el tocino y la velocidad, os sugiero que algún día escribáis sobre Benazir Bhutto, otra mujer para la eternidad, que este vino me ha hecho asociar.

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