
La nueva versión de Nosferatu nos evoca algunas viejas cuestiones. ¿Es el terror apenas un absceso fruto de una imaginación delirante? ¿Su publicación es tan solo una forma más de entretener? En cierta medida, se puede leer de tal modo. La fantasía es consustancial a la capacidad humana de imaginar y, en un sentido más amplio, de rumiar. Sin embargo, no se debería obviar la siembra: ningún cuento es solo un cuento.
El día de Navidad de 2024 llegó a la gran pantalla la versión de Nosferatu de Robert Eggers. La revisión de un clásico siempre genera expectación, a la vez que es una presión considerable para quienes la llevan a término: el público tiende a ser inmisericorde ante cualquier desajuste, la traición del original es un fantasma que atormenta a los que realizan la recreación y que envalentona a quiénes la juzgan.
Aún con todo, la nueva Nosferatu parece haber cumplido. Si bien hay quienes han expresado que no está a la altura del vampiro de la de Murnau en 1922, en general no ha recibido críticas muy negativas y eso ya es un gran logro, dadas las circunstancias.
Sin embargo, este escrito no es una reseña sobre la película Nosferatu, tampoco es una crítica cinematográfica, ni siquiera una comparativa entre las dos versiones citadas de esta historia. Lo que sí que hay en este texto es un análisis sobre el subtexto ideológico y político que puede leerse en el género de terror, con especial énfasis en la figura del vampiro, que tan bien encarnan el conde Drácula y el conde Orlok1.
Para empezar, se debería precisar que las historias más célebres sobre vampirismo suelen pertenecer al género de la novela gótica. En lo gótico la atención se centra en un regreso del pasado que perturba el presente y suele haber un componente ancestral y/o sobrenatural que no es tan propio del posterior y más moderno género de terror. Las disquisiciones técnicas sobre géneros narrativos tampoco nos va a interesar demasiado y, por ello, emplearé de forma habitual el término de terror como un genérico para englobar diferentes conceptos (lo gótico, el horror, el terror, etc.). Por supuesto, cuando la cuestión requiera más concreción, seré más específico en el uso de la terminología. En todo caso, la atención se centrará en hacer una lectura en clave de marxismo gótico.
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Los ejemplos más obvios del cine de terror como canalizador de los miedos ante cierto contexto sociopolítico creo que son las producciones de la Toho-Godzilla (el trauma de las bombas de Hiroshima y Nagasaki) y las películas estadounidenses de «horror nuclear» con increíbles hombres y animales crecientes/menguantes de finales de los 50 (el temor ante la guerra fría).
Sí y no. No se puede pasar de soslayo por la interpretación marxista más evidente de los relatos vampíricos. Un conde con derecho de pernada, un parásito, efectivamente, un ser que con buenas maneras se cuela en la alcoba de las campesinas. Cuidado Caperucita!